Continúa la onversación, a bordo del vehículo. Se sincera en unos datos un tanto inconexos que avalan el esquema que, desde los primeros minutos de nuestro encuentro, he notado en su austera y depresiva figura. Cada día toma medicinas, a fin de combatir el mal momento que está atravesando. Le comento lo inadecuado de confiar sólo en los fármacos, para afrontar problemas que deben encontrar soluciones por otras vias no farmacológicas. no llega a concretármelo, pero adivino que se trata de una persona que sufre la viudez. Sus tres hijos no le tienen abandonado, me lo recalca, pero él comprende que tienen sus vidas, sua obligaciones laborales, las necesidades propiaas de sus respectivas familias. No quiere ser una carga en las molestias que sus problemas puedan depararles. Al circular por la zona donde tiene su propia casa, me ruega si tengo inconveniente en que me acompañe hasta llegar al centro de Málaga. Valora mi comprensión, los consejos ysugerencias que le facilito. La atención que estoy prestando a su evidente ansiedad. Incluso llega a confiarme el bien que, con nuestro ratito de conversación, ha encontrado en ese cruce amistoso de las palabras. Comprende que debe reaccionar en ese desaliento que, a todas luces, pregona la tristeza de su cansado rostro. Antes de que se baje del coche, ya cerca de mi domicilio, le resumo a modo de esquema algunas vias que pueden ayudarle. Practicar el deporte, disfrutar con la lectura, el cine, el estudio....pero, sobre todo, no encerrarse en la soledad de su domicilio, con esas angustias y lágrimas (él me las confirma) que nada resuelven y tanto degradan. Me repite palabras de agradecimiento por mi atención y la confianza que le he prestado. La parada de una línea próxima del transporte municipal le va a llevar de vuelta hacia el complejo universitario de Teatinos. Estrechamos las manos, con la confianza de nuestros nombres. "Seguro que nos volveremos a encontrar en el Aula de mayores de UMA" son mis últimas palabras que, con una sonrisa, llegan a sus oídos. Por el espejo retrovisor le veo alejarse, con su caminar pausado sin urgencias para el tiempo.
Deseo, en lo humano, que José alcance ese sosiego de alma, cuya ausencia tanto le perjudica. No, no será fácil conseguirlo. Pero al menos, hoy, he visto, en su valiente actitud, una predisposición hacia el cambio en las tinieblas que aturden la tarde. Y, también, la crudeza nocturna. Igual ha tomado la certera decisión de matricularse en alguno de los cursos para mayores. En la Universidad o en otras instituciones que buscan el mejor servicio a la sociedad. Que ese temor que me confiaba, en incomodar la provacidad de sus hijos, se torne en una colaboración anhelada, ante las necesidades familiares de éstos. Que supere el ocre temor a la soledad por un darse a los otros, solidaridad que revertirá con grandeza para sentirse útil y generoso, en el clarear de cada una de las mañanas. Y que cuando se vea rodeado de silencios y nublados, sea él quién ejerza la inteligencia de la palabra, hablándole al mar, dialogando con la naturaleza, observando a los demás. Sonriendo, con aceptación, a la realidad de la vida.
¡Hombre, José! ¿No te acuerdas de mí? Sí, soy yo, el de la puerta de la salida en la piscina. Sí, claro, ahora no llevo el ropaje de bañista. Pero tútampoco te has puesto esa gorrilla beige que alegra y realza, sin duda, la figura. Me alegro mucho, de verdad, que estés por aquí. Fíjate, en apenas unos escasos minutos, noto en ti muchos cambios. Podemos quedar para después de las siete y media, hora en la que termino mis clases. ¿Y qué es esa cosa tan importante que me has de contar? ¡Déjame, déjame adivinarlo!
José Luis casado Toro (viernes 21 octubre 2011
Profesor
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