Artículo
de Jara Pérez Jiménez, Doctora en
Ciencia y Tecnología de los Alimentos. Científico Titular en el ICTAN-CSIC.
Centro de Investigación Biomédica en Red en Diabetes y Enfermedades
Metabólicas, Instituto de Ciencia y Tecnología de Alimentos y Nutrición (ICTAN
- CSIC). Antonio Peralta-Gómez, Estudiante
de doctorado (Arqueobotánica), Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CCHS -
CSIC). Leonor Peña-Chocarro, Profesora
de Investigación (arqueobotánica), Consejo Superior de Investigaciones
Científicas (CSIC), María Ángeles Martín
Arribas, INVESTIGADORA, Instituto de Ciencia y Tecnología de Alimentos y
Nutrición (ICTAN - CSIC) y Sonia Ramos,
Científico Titular (CSIC), Instituto de Ciencia y Tecnología de Alimentos y
Nutrición (ICTAN - CSIC). Publicado en la revista digital The Conversation.
Puede que, paseando por alguna ciudad española, haya visto en el
suelo unas vainas marrones. Igual las ha identificado como vainas de algarroba.
Pero ¿sabía que se trata del fruto de un cultivo muy mediterráneo, el
algarrobo, con una composición nutricional muy interesante? Vayamos por partes…
Lo
que la arqueobotánica nos ha enseñado sobre el algarrobo
El algarrobo (Ceratonia siliqua) es un árbol perenne y longevo, capaz de
soportar temperaturas cercanas a 40 °C y periodos de sequía. Esto explica su
presencia frecuente en suelos pobres y zonas marginales, allí donde otros
cultivos no sobreviven.
Durante mucho tiempo se creyó que había
sido introducido en el Mediterráneo occidental desde Oriente Próximo por
fenicios, griegos o romanos. Sin embargo, los avances en genética vegetal y aleoecología han modificado esta visión. La
evidencia muestra hoy que el algarrobo silvestre es autóctono del sur de la
península ibérica y del noroeste de África. Su domesticación implicó
selecciones locales e hibridaciones entre poblaciones silvestres y cultivadas
en diferentes regiones mediterráneas.
La
arqueobotánica ha contribuido a reforzar esta nueva perspectiva. Los análisis
de carbones documentan la presencia de Ceratonia siliqua en
yacimientos ya desde la Edad del Bronce en el área valenciana, el sureste
peninsular y zonas de Extremadura. En cuanto a semillas, hasta ahora solo se ha
identificado un conjunto procedente del yacimiento medieval de Mojácar la Vieja
(Almería).
Respecto a las fuentes escritas, autores
romanos ya mencionan su cultivo. Pero fue durante la
etapa andalusí cuando el algarrobo alcanzó una mayor expansión y atención en
los tratados agronómicos.
Los agrónomos de Al-Ándalus describieron
distintas variedades y detallaron prácticas de cultivo, mostrando su
importancia en los sistemas agrícolas medievales. Las vainas
fueron utilizadas tradicionalmente como forraje, mientras que las semillas,
algo dulces, se consumieron confitadas, mezcladas con zumo de uva como
edulcorante o empleadas con fines medicinales; en épocas de escasez podían
molerse y mezclarse con harina para elaborar panes de subsistencia.
Entre sus derivados figura también la llamada “miel de algarrobo”,
una melaza obtenida mediante la cocción y reducción de las vainas. Se empleaba
como edulcorante alternativo y se valoraba por sus propiedades astringentes y
su utilidad en el tratamiento de trastornos digestivos.
Estas evidencias muestran que la historia
del algarrobo es más antigua, compleja y mediterránea de lo que se creía.
Además, su potencial vuelve a ser relevante en el contexto actual de creciente
aridez.
La
harina de algarroba: un ingrediente desconocido y sostenible
Pero ¿es posible consumir hoy harina de
algarroba? Sí, podemos encontrarla como tal o como ingrediente en distintos
alimentos, muchas veces reemplazando al cacao por sus propiedades singulares.
No obstante, sigue siendo una gran desconocida, a pesar de sus dos grandes
virtudes: su valor nutricional y su carácter sostenible.
Además, el uso de harina de algarroba
permite aprovechar la vaina, un subproducto de la industria alimentaria. Y es
que el algarrobo suele cultivarse por sus semillas (contenidas en dicha vaina)
para la obtención de goma garrofín, un aditivo alimentario (E-410) empleado
como espesante en yogures o mermeladas. De ahí que tradicionalmente se hayan
generado toneladas de vainas, descartadas a pesar de su interesante composición
nutricional.
Beneficios
del consumo de harina de algarroba
Para poder tener certeza acerca de los efectos en salud de un
alimento es necesario demostrarlos en estudios científicos y no solo deducir
sus beneficios a partir de su composición. La harina de algarroba ha mostrado
en investigaciones con animales resultados muy prometedores en relación con el metabolismo de la glucosa o de la microbiota intestinal. Esto
último se ha visto al usarla añadida a una carne o en combinación con cacao. Algún estudio en humanos ha obtenido resultados en la misma línea,
aunque son todavía muy escasos.
Todo ello anima a continuar las
investigaciones para fomentar el cultivo del algarrobo y el uso de la harina de
algarroba como ingrediente. Eso sí, sin pretender convertirla en un
“superalimento”, término sin validez científica.
Mientras seguimos avanzando en este
conocimiento, tal vez pueda empezar a incorporar esta harina en algunas
recetas… y a ver con otros ojos esas vainas tiradas en la calle.
