Artículo
de Anna Peirats, Catedrática de
Humanidades, Universidad Católica de Valencia y Francisco Javier Arteaga Moreno, Profesor de Estadística,
Universidad Católica de Valencia. Publicado en la revista digital The
Conversation
Cada vez que llega un martes 13, más de uno aplaza la firma de un
contrato o cambia un vuelo. “En martes, ni te cases ni te embarques”, recuerda el refranero. Ese recelo tiene raíces antiguas:
los romanos dedicaron el martes a Marte, dios de la guerra, asociado a los
conflictos y a las muertes violentas.
En Grecia, donde el martes 13 también se considera aciago, la tradición popular lo
vincula con la caída de Constantinopla, un martes 29 de mayo de 1453. Hay quien
añade que las cifras de ese año suman 13: 1 + 4 + 5 + 3.
Mientras, en el mundo anglosajón, se teme el viernes 13. Una explicación
popular combina la Última Cena, que reunió
a Jesús con sus doce apóstoles, Judas entre ellos, y la crucifixión del viernes
siguiente. De ahí suele derivarse la creencia de que, cuando trece personas
comparten mesa, una morirá antes de que acabe el año.
Otra explicación apunta a los templarios, los
monjes guerreros que protegían a los peregrinos en Tierra Santa. Un 13 de
octubre como hoy, pero de 1307 y en viernes, Felipe IV de Francia ordenó
detenerlos y los acusó de herejía. Sin embargo, las primeras menciones
del viernes 13 como jornada de mal agüero aparecen en Francia en el siglo XIX,
cinco siglos después.
Matemáticas
para ordenar el mundo
Detrás de todas estas historias, hay una idea más ambiciosa que el
miedo al 13: el mundo puede leerse y los números ofrecen una clave para
anticiparlo. Durante siglos, sirvieron para elegir momentos propicios, interpretar
el cuerpo y buscar respuestas sobre aquello que todavía no había sucedido.
También había cifras que permitían anticipar fenómenos celestes.
Los astrónomos babilonios advirtieron durante siglos que, cada 18 años, 11 días
y 8 horas, se repetían configuraciones casi idénticas: el ciclo de saros, que
permitía predecir eclipses.
Los pitagóricos, en cambio, hicieron del número el principio de todas las
cosas. Consideraban perfecto el 10, porque reunía los cuatro primeros números
en la tetraktys, figura geométrica sagrada formada por diez puntos
ordenados en un triángulo equilátero de cuatro filas (1, 2, 3 y 4), cuya suma
total es diez : 1 + 2 + 3 + 4. En el cielo, sin embargo, contaban nueve cuerpos en
movimiento. Así, para completar la decena postularon la Antitierra, un astro que nadie había observado.
Leer el
destino en el cielo
Los números podían describir regularidades reales, como el ciclo
de saros, pero también se les atribuía la capacidad de revelar lo que se quería
adivinar de antemano.
Por ejemplo, para conocer el futuro de un recién nacido se
consultaba un lunario, una tabla con un pronóstico para cada día del ciclo
lunar, contado desde la luna nueva. El devocionario de Ælfwine, copiado en Inglaterra en el siglo XI, anunciaba mala salud al nacido
el tercer día de la luna y buena al nacido el séptimo.
Pronósticos de
salud
La fecha de un tratamiento
parecía igual de decisiva. El monje benedictino Beda (672-735) cuenta en su Historia eclesiástica que una monja llamada Quoenburg se sometió a una sangría,
tras la que su brazo quedó tan hinchado que se temió por su vida. El obispo Juan
de Beverley reprochó a la comunidad que la
hubieran sangrado en el cuarto día lunar: recordaba haber oído al arzobispo Teodoro de Canterbury que sangrar era muy peligroso “cuando crecen
la luz de la luna y la marea del océano”. El razonamiento tenía su lógica. Si
la luna levantaba las mareas del océano, también movería los líquidos del
cuerpo.
Por otra parte, los hombres zodiacales,
figuras que repartían los signos por el cuerpo desde Aries en la cabeza hasta
Piscis en los pies, indicaban dónde no convenía realizar incisiones según la posición
de nuestro satélite.
El beato mallorquín Ramón
Llull (1232-1316), filósofo, místico y
teólogo, llevó al cielo su propio método. Según su Vida coetánea, tras una iluminación en el monte de
Randa había concebido su Ars, un sistema que
organizaba conceptos con letras, figuras y ruedas combinatorias para demostrar
las verdades de la fe. En su Tractatus novus de astronomia (1297) asignó letras a las cualidades de los planetas y
los signos. Calculó cuál dominaba en cada combinación y qué efectos podía tener
sobre la salud. De esta manera, pretendía distinguir los juicios astrológicos
que consideraba válidos de las predicciones engañosas.
Nueve vueltas
para un buen parto
La misma asociación entre cifra y curación ha sobrevivido durante
siglos en múltiples tradiciones populares. Hasta hace pocas décadas, por
ejemplo, en distintas poblaciones se trazaban tres cruces con aceite de candil
sobre el vientre para calmar el dolor, mientras se recitaba una oración que
solo se enseñaba en un Viernes Santo. Para detener hemorragias, circulaban
fórmulas acompañadas también de tres cruces.
Otro número al que se le
atribuye poder curativo es el 9. En Muxía, junto al santuario de Nosa
Señora da Barca, los romeros pasan nueve
veces bajo la Pedra dos Cadrís
para aliviar dolores de espalda, riñón y males reumáticos. La tradición la
identifica con un resto de la barca de piedra en la que llegó la Virgen para
alentar al apóstol Santiago.
El 9 es también el número del inicio de la vida. En algunas zonas
de Galicia, existe el rito en la noche de San Juan de
recibir el impacto de nueve olas para favorecer la maternidad. En Valencia, las
embarazadas dan nueve vueltas al interior de la catedral, una por
cada mes de gestación, y se encomiendan a la Virgen del Buen Parto para pedir
un parto favorable.
El número siete, no obstante, ofrece un contraste llamativo. En la
tradición cristiana, se asocia a la plenitud: siete son los días de la
creación, los sacramentos y los dones del Espíritu Santo. Sin embargo, la misma
cifra mide una de las supersticiones más conocidas: romper un espejo trae siete
años de mala suerte. La relación entre el espejo roto y el mal augurio está documentada desde finales del siglo XVIII; la
duración de siete años aparece ya en testimonios de comienzos del XIX.
Una cifra
entre la vida y la muerte
En hebreo y en griego, las
letras tenían un valor numérico. En esa equivalencia se apoya el enigma del Apocalipsis: según
la lectura más aceptada, “Nerón César” transcrito al hebreo suma 666, el número de la bestia del capítulo 13.
El mismo método permitía responder a una pregunta más urgente, si
un enfermo podía curarse. Un manuscrito copiado hacia 1110 en la abadía de Thorney,
en Inglaterra, conserva dos diagramas circulares
para averiguarlo, las “esferas de vida y muerte” atribuidas a Pitágoras.
Se sumaba el valor del nombre del paciente, el día lunar de la
enfermedad y una cifra del día de la semana. El total se dividía entre treinta
y el resto se buscaba en el dibujo: arriba significaba vida; abajo, muerte.
En este manuscrito, eso sí, el XXI aparece arriba en una esfera y
abajo en la otra. Aunque la aritmética era impecable y cualquier monje
entrenado podía hacerla, el pronóstico dependía de qué dibujo se mirara.
Lo que una
cifra puede decirnos
Durante los siglos siguientes,
los números siguieron adquiriendo nuevos significados. En la India del siglo
VII, Brahmagupta
formuló reglas para operar con el cero: al
sumar cero a una cantidad esta permanecía igual y cualquier número multiplicado
por cero daba cero. El nombre de aquel “vacío” viajó también entre lenguas: el
sánscrito śūnya se tradujo al
árabe como ṣifr, origen de nuestra “cifra” y del inglés
cipher, que acabaría designando también un mensaje escrito en
clave.
Siglos después, también en India, Srinivasa Ramanujan
(1887-1920), matemático autodidacta, llegó a Cambridge en 1914 gracias a Godfrey Hardy,
matemático británico a quien había enviado sus teoremas el año anterior.
En 1919, enfermo en un sanatorio de Putney, Ramanujan recibió la visita de Hardy. Este comentó que había llegado en el taxi 1729, un número
sin gracia, quizá de mal augurio. Ramanujan lo corrigió: 1729 es el menor
número que puede escribirse de dos maneras como suma de dos cubos positivos, 1³
+ 12³ y 9³ + 10³. Hardy vio un posible presagio, mientras que Ramanujan
identificó una propiedad matemática.
Hagamos lo mismo con el 13. Elevamos sus cifras al cuadrado y
sumamos: 1 + 9 = 10. Repetimos con el 10 y llegamos a 1. En matemática recreativa,
los números que alcanzan el uno por ese camino se llaman “felices”.
Felices o
infelices, nosotros decidimos
Así, aplazar una firma un martes 13 prolonga la creencia de que
nada ocurre por azar y el calendario puede predecirlo. Pero el 13 puede ser
aciago en un calendario y “feliz” en matemáticas. La cifra permanece intacta,
el sentido se lo atribuimos nosotros.
Quizá por eso los números conservan tanto poder sobre nuestra imaginación. Parecen exactos, objetivos e indiferentes a nuestros deseos. Precisamente por eso, resultan tan atractivos cuando buscamos respuestas para aquello que más incertidumbre nos provoca: la salud, el amor o el futuro

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