15 septiembre 2026

"SOBREMESA", "FLANER" O "SAUDADE": LA TRADUCCIÓN NO INTERCAMBIA PALABRAS SINO QUE EXPLICA CULTURAS

 

Artículo de Olga Popova, Investigadora predoctoral, Universidad de Cádiz. Publicado en la revista digital The Conversation.

La traducción suele entenderse como un simple cambio de palabras entre lenguas. No obstante, los principales desafíos surgen cuando una lengua expresa conceptos o realidades culturales sin equivalente directo en otra. ¿Cómo traducir la diferencia entre te quiero y te amo? ¿Qué ocurre con palabras como sobremesaagobio o botellón?

Las lenguas no son sólo comunicación, sino también cultura, y la traducción humana sigue siendo esencial para su comprensión.

No es un simple intercambio de palabras

“Tú, que sabes inglés, tradúceme esta frase” o “¿cómo se dice mariscar en alemán?”. ¿Cuántas veces hemos escuchado preguntas como estas? Todas ellas surgen porque la traducción suele concebirse como algo automático, un simple intercambio entre dos códigos.

Sin embargo, esta va mucho más allá de sustituir unas palabras por otras. Su objetivo es transmitir el significado, la intención comunicativa y el contexto cultural, procurando que el resultado suene natural para quienes lo leen o escuchan. Precisamente por eso, cuando disfrutamos de una novela traducida o vemos una película doblada, rara vez pensamos en el trabajo que hay detrás. Si la traducción funciona, suele pasar desapercibida.

Traducir conlleva interpretar, conocer bien las lenguas y las culturas implicadas y, muy a menudo, saber leer entre líneas. Es una operación lingüística, pero también un acto de comunicación y una forma de mediación entre mundos diferentes.

Las lenguas: una visión del mundo

En español se dice nieve, pero en maorí hablan de huka-rere, “uno de los hijos de la lluvia y el viento”. Cada pueblo y su forma de ver el mundo son únicos, y estas particularidades encuentran un reflejo en las lenguas que hablan.

La relación entre lengua, cultura y pensamiento ha sido ampliamente estudiada desde disciplinas como la lingüística cognitiva o la antropología lingüística. Aunque existe debate sobre hasta qué punto el lenguaje condiciona nuestra forma de pensar, sí hay un amplio consenso en que las lenguas reflejan la experiencia y el contexto cultural de sus hablantes. Esta influencia no solo se aprecia al comparar idiomas diferentes, sino también dentro de una misma lengua.

Un ejemplo muy ilustrativo se encuentra en estos versos de Federico García Lorca:

En la mitad del camino cortó limones redondos,

y los fue tirando al agua hasta que la puso de oro.

Para un lector español, la imagen resulta natural. Sin embargo, para lectores de otros países de habla hispana, la escena puede resultar confusa. Mientras en España los limones suelen asociarse al color amarillo, en gran parte de América Latina son verdes. El propio Gabriel García Márquez recordó esta diferencia al descubrir, durante un viaje a Europa, que “el diccionario tenía razón” y que allí esa fruta tenía, efectivamente, ese color.

Si una misma palabra puede evocar imágenes distintas dentro de una misma lengua, las diferencias son aún más evidentes cuando intervienen lenguas y culturas distintas. Es precisamente ahí donde el traductor debe demostrar su competencia y tomar decisiones.

Si no existe la palabra: los vacíos léxicos

Uno de los principales desafíos de la traducción son los vacíos léxicos, es decir, cuando una lengua dispone de un término concreto para expresar una idea, mientras que otra necesita recurrir a varias palabras para transmitir el mismo significado.

Es el caso de los verbos madrugar y trasnochar. En muchas lenguas no existe un equivalente directo, por lo que es necesario traducirlos mediante expresiones como “levantarse temprano” o “acostarse tarde” (o “estar despierto hasta muy tarde”, según el contexto).

Algo parecido ocurre con sobremesa. En español basta una sola palabra para referirse al tiempo de conversación que sigue a una comida, mientras que en otras lenguas es necesario describir la situación.

Sin embargo, la ausencia de un equivalente léxico no significa que esas realidades no existan. En muchos idiomas no hay un término exacto equivalente a veranearestrenar o puente, aunque sus hablantes también tengan vacaciones de verano, vistan una camiseta por primera vez o disfruten de un fin de semana largo gracias a un día festivo.

Este fenómeno no es exclusivo del español. Todas las lenguas poseen palabras que condensan significados difíciles de expresar de forma tan concisa en otros idiomas. Es el caso de flâner, en francés, que alude al paseo sin rumbo y contemplativo asociado tradicionalmente a la vida urbana parisina, o de saudade, en portugués, utilizada para expresar una mezcla de nostalgia, añoranza y afecto por algo o alguien ausente.

Ante estos vacíos léxicos, el traductor debe recurrir a distintas estrategias: explicar el concepto mediante una perífrasis, encontrar un equivalente aproximado o adaptar la expresión al contexto para transmitir el mismo significado. El objetivo no es traducir cada palabra de forma aislada, sino conseguir que el receptor de la traducción comprenda la misma idea que el receptor del texto original.

Los ‘realia’: cuando el problema es cultural

Si los vacíos léxicos plantean un desafío lingüístico, los realia suponen un reto cultural. Se trata de palabras que designan objetos, instituciones, costumbres o fenómenos propios de una comunidad y que no tienen un equivalente directo porque la realidad a la que hacen referencia no existe en otras culturas (o no existe de la misma manera).

Uno de los ejemplos más conocidos es siesta, una palabra que ha acabado incorporándose a muchas lenguas como préstamo, conservando prácticamente su forma original. Algo parecido ocurre con botellón, que no solo denomina una reunión para beber alcohol al aire libre, sino un fenómeno social muy característico. Traducir esta palabra exige algo más que encontrar un equivalnte: requiere explicar el contexto cultural que la hace comprensible.

La lista de realia es muy amplia: palabras como tapasflamencopatiooposiciones o jerez remiten a realidades profundamente vinculadas a la cultura hispánica. En estos casos, los traductores suelen optar por mantener el término original (es decir, utilizar un préstamo) y acompañarlo de una explicación que permita al lector comprender su significado.

Los realia ponen de manifiesto que traducir no consiste únicamente en trasladar palabras de una lengua a otra. En muchas ocasiones, el verdadero reto es hacer comprensible una realidad cultural para quienes nunca han formado parte de ella.

Por todas estas razones, la intervención humana sigue siendo fundamental, incluso en una época en la que los traductores automáticos han alcanzado un notable nivel de precisión. El sentido del texto depende a menudo del contexto, de las intenciones del autor, de los conocimientos compartidos con el destinatario o de referencias culturales implícitas que una traducción literal difícilmente puede captar. El humano es capaz de interpretar todos estos elementos y tomar decisiones para que el texto no solo sea correcto desde el punto de vista lingüístico, sino también adecuado desde el punto de vista cultural.

En definitiva, traducir consiste en hacer posible la comprensión entre distintas maneras de ver el mundo.

12 septiembre 2026

UN POEMA PARA EL SÁBADO: HENRIK NORDBRANDT

 

Hablo de ti

Hablo de ti

y me es difícil hacerlo.
Así es que hablo de que hablo de ti

cuando hablo del otoño, de telarañas tan delicadas
como perdidas en los surcos por novias olvidadizas
de las pesadas gotas del rocío bajo el tardío sol vespertino

y más tarde de las largas sombras sobre la explanada
de la tormenta que sacude las copas de los tilos
ya antes de que yo empiece a hablar de las estrellas

y del resplandor de las estrellas en los cristales rajados de la casa
que tintinean cuando ataca la helada de la noche
y todos los sonidos devienen penetrantes, cuando hablo

de todo esto, de todo esto que habla de ti
y de lo que es tan difícil hablar.

Así hablo de ti.

 

De "Nuestro amor es como Bizancio"

Henrik Nordbrandt, poeta, novelista y ensayista danés nacido en Copenhague en 1945. Estudió lenguas orientales en la Universidad de Copenhague y a principios de los años sesenta abandonó su país y se trasladó al sur de Europa para buscar nuevas metas.

Considerado como el máximo representante de la poesía danesa actual, publicó en 1966 su primer libro bajo el título "Poemas". Su consagración como poeta mayor de las letras danesas llegó con "Partidas y llegadas" en 1974, seguido, entre otros, de "84 poemas"  y "Armenia" en 1984, "El temblor de la mano en noviembre" en 1986; una antología resumiendo el conjunto de su obra poética, titulada "Nuestro amor es como Bizancio" en 2003 y "Horas de visita" en 2007.

En el año 2000 recibió el prestigioso premio de la Academia sueca para escritores escandinavos conocidos como el pequeño Nobel, por su libro "Puentes de sueños"

Uno de sus temas recurrentes es el amor que, a veces, lo expresa de manera sorprendente. Con una gran fuerza poética, consigue mezclar lo concreto y lo misterioso con un lenguaje nada artificioso no exento de palabras malsonantes.

 

11 septiembre 2026

LAS SIRENAS: CUENTO CORTO DE AZORÍN

 

Las sirenas


Cuando volvieron de la iglesia celebraron con una merienda espléndida el bautizo. La casa estaba llena de invitados; entraron todos en el comedor. Sobre el blanco mantel resaltaba la límpida cristalería. Y acá y allá, la nota pintoresca de un pomposo, oloroso, pintoresco ramo de flores. Todos estaban alegres, animosos.

Venía al mundo un nuevo ser. Se celebraba su entrada en la vida. ¿Qué había en el mundo para este niño? Las conversaciones, las risas, las exclamaciones de cuando en cuando, como el ir y venir de un oleaje, tenían un momento, ligerísimo, de tregua. Parecía que en estos vagos y fugaces silencios algo se cernía sobre las cabezas de los invitados. La madre del niño estaba un poco seria, meditativa; ya se había levantado de la cama; a los tres días del parto ya se hallaba en pie; era mujer fuerte, robusta, que cruzaba las manos sobre el pecho —las manos gordezuelas, lustrosas, sonrosadas—, y así permanecía, con una dulce sonrisa, largos ratos. El padre iba y venía afanoso, un poco febril entre los invitados; llevaba en alto una botella; pasaba de una parte a otra una bandeja con dulces; decía a éste una broma; replicaba al otro con una chuscada.

Y el niño, en la sala vecina, lloraba con un llantito agudo, persistente. Le entraban en el comedor; le besuqueaban todos, y se lo volvían a llevar a la pieza vecina. Su carita menuda asomaba entre las blondas y encajes blancos.

—¡Que nos diga el poeta el horóscopo del niño! —gritó uno de los convidados.

No hemos hablado todavía del poeta. El poeta era Eladio Parra. Cuando el niño nació, su padre, Antonio Riera, escribió al gran poeta:

«Querido Eladio: ¡Cuánto tiempo hace que no nos vemos! Pero yo sé de ti. Sé de ti por tus versos. Yo no soy nada; tú lo eres todo. Desde los días del colegio, hace veinte años, no nos hemos vuelto a ver. Ha nacido mi primer hijo. Yo tendría placer en que el más grande poeta de España apadrinara a este niño. No te niegues a mi deseo. Si vienes, desde la casa estarás viendo a todas horas el Mediterráneo, el mar tranquilo y siempre azul. Y esto será para ti una compensación de las molestias del viaje.»

Tal era la carta. Y el gran poeta vino al bautizo. Rodeado de la admiración y del cariño de todos, se hallaba sentado ante la mesa; su mano diestra reposaba, con coquetería, en el blanco mantel; esta mano, él la estaba mirando, había escrito los versos más finos, más delicados, más originales del Parnaso español contemporáneo.

Todos apoyaban la petición del invitado interpelante.

—¡Sí, sí; que haga el poeta el horóscopo del niño!

El poeta sonrió afablemente. ¿Qué iba a decir él de un niño que entra en la liza del mundo? El poeta sonrió con bondad; todos le rodeaban; manos finas y blancas se apoyaban en sus hombros; ojos bellos femeninos le miraban con profunda admiración. ¿Qué iba a decir el poeta de un ser que penetra en el tráfago de la vida?

El poeta sonreía con amabilidad.

—Pues bien, señores —dijo al fin—; pues bien, sí, señores…

Y todos aplaudieron. Los aplausos resonaron en el comedor; el llanto del niño se percibía entre la algazara de las voces y de las risas.

Había que hacer las cosas discretamente. Puesto que la concurrencia quería que el poeta levantara el horóscopo de un niño, Eladio Parra, el gran poeta, saldría del paso con alguna bobería espiritual, delicada. Antes habían puesto ante Eladio al niño, y el poeta estuvo contemplando en silencio, solemnemente, como quien estudia las profundidades de un misterio, los ojitos del niño, su naricita, su boquita contraída por un mohín picaresco. Y cuando Eladio hubo contemplado un rato al niño, pidió ser llevado a un salón vecino, donde había recado de escribir. Todos esperaban en la puerta. El poeta se recogió un momento, en pausa cómica, y luego salió de la estancia llevando en la mano un sobre.

—¡Aquí está —dijo— el horóscopo de este niño!

Y todos esperaron, ansiosos, a que el padre rasgara el sobre. Dentro estaban escritas estas pocas palabras:

«¡Cuidado con las sirenas!». Hubo un momento de indecisión. ¿Qué significaba esta misteriosa advertencia?

¡Cuidado con las sirenas! Sí, sí; era verdad; el poeta se refería a las mujeres, a las mujeres encantadoras y engañosas que podían hacer la desgracia del niño.

Cuidado con las sirenas significaba que este niño estaba expuesto, como tantos otros, en su vida de hombre, a ser el juguete, la víctima, la presa de mujercitas terribles, aventureras; una mujer, seguramente, iba a perderle. Las mujeres, de todos modos, jugarían un papel decisivo, importante, en la vida de este niño. Y no se tomaron las cosas por lo trágico. Al fin, desechados tristes pensamientos, se pensó, picarescamente, en la buena fortuna de este Don Juan novísimo, afortunado, que ahora venía al mundo.

Pasaron muchos años. El niño, Pablo Riera, se hizo hombre. El horóscopo estaba olvidado. Las sirenas, es decir, las mujeres, el eterno femenino, no jugaba papel en la vida de Pablo. La vida de Pablo se deslizaba tranquila, sosegada, uniforme. Se había casado ya el mozo. No había hombre menos mujeriego que Pablo. Su mujer le adoraba. Los dos llevaban con escrupulosidad y provecho la tiendecilla de que vivían. Pablo era un hombre callado, un poco encogido; tenía una sensibilidad reconcentrada. Experimentaba, con la menor contrariedad, una profunda, larga, resonante angustia en todo su organismo. Las horas para él traían todas, cada día, las mismas cosas. No se producía alteración en el vivir silencioso, llano, feliz, en suma, de este matrimonio.

Un día, revolviendo trastos viejos, la mujer de Pablo encontró un cofrecillo; estaba lleno de cartas antiguas, de fotografías amarillentas. Era de noche; había terminado la tarea diaria; bajo la luz ancha, circular, de la lámpara, en el silencioso comedor, en tanto que Pablo leía, su mujer iba escudriñando todos estos viejos recuerdos. Y de pronto apareció un papelito en un sobre, un papelito en que se leía, con letra enrevesada, pero grande: «¡Cuidado con las sirenas!».

—Mira, Pablo —dijo la mujer—; aquí está tu horóscopo, el horóscopo de que tú me has hablado algunas veces.

—Es verdad —dijo Pablo—; ésta es la letra del gran poeta amigo de mi padre.

—Pues las sirenas no te han sido funestas en la vida —añadió la mujer.

—Sí, cierto; hombre menos aventurero, menos mujeriego que yo, tú lo sabes, habrá habido pocos —contestó Pablo.

—Los poetas se equivocan —agregó el marido.

—¡Afortunadamente, en este caso! —exclamó la mujer.

Y sus ojos, bajo la lámpara, se clavaban en las palabras escritas por el gran poeta: «¡Cuidado con las sirenas!

El silencio, la paz, el sosiego eran profundos. A la mañana siguiente la mujer de Pablo no se levantó, estaba un poco enferma. Dos días después la enfermedad había adquirido caracteres de gravedad. Pablo, el marido, vivía en una continua zozobra. Los minutos transcurrían lentos, dolorosos. La enferma, desde la cama, acariciaba con una mirada larga, triste, profundamente triste, al pobre Pablo.

—¡Pablo, Pablo! —exclamaba-. ¡Qué solo te vas a quedar! ¿Qué harás tú sin mí en el mundo?

Y Pablo sentía que se le desgarraban las entrañas.

Llegó la hora suprema. La esposa de Pablo murió; murió a la madrugada, en una madrugada turbia, opaca. Caía una lluvia persistente, menuda. En los cristales del balcón apenas se marcaba vagamente la claridad de la aurora. Dentro, la llama de una lamparilla tembloteaba. Y en el momento de expirar su mujer, de allá lejos, del puerto, llegaba angustioso, como un lamento largo, plañidero, el son de la sirena de un vapor.

Pablo estaba solo. La tiendecilla no marchaba bien. Pablo no se ocupaba en nada. Y su vida estaba deshecha, rota. No parecía por la tienda. Daba largos y solitarios paseos por la ciudad; pasaba largas horas en el cementerio, ante la sepultura de su mujer. ¿Para qué quería él vivir? Una noche, en la ciudad, comenzaron a sonar todas las campanas. Se había declarado un incendio en alguna parte. La tiendecilla de Pablo estaba ardiendo; el incendio destruyó todas las existencias y enseres del comercio. De madrugada, Pablo, rendido, fatigado, presa de una terrible angustia, se dejaba caer en la cama. Era una madrugada fría, lluviosa; caía de un cielo turbio, sucio, una llovizna persistente, helada.

Y a lo lejos, entre sueños, vaga y dolorosamente, Pablo escuchaba el son largo, plañidero, de la sirena de un barco.

Pablo, el pobre, estaba anonadado; vivía en un cuartito de un quinto piso. Una anciana venía todas las mañanas a arreglar el menaje; él comía fuera; su traje era desastrado. Como un autómata, caminaba y caminaba horas y horas por el campo. Después, al anochecer, rendido, volvía a su cuartito y se dejaba caer, inerte, en la cama.

Una vez no pudo dormir en toda la noche. La claridad del día apareció en los vidrios del balcón. La aurora era borrosa, turbia, gris. Caía una lluvia menudita, fría; se oía a intervalos, en una pieza vecina, ruido de una gotera que sonaba persistente.

Comenzó a oírse de pronto, allá en el puerto, el grito agudo, como una súplica, como un lamento, como una suprema imprecación, de la sirena de un barco. Y cuando se apagó el estampido de una detonación, en el cuartito, todavía sonaba con angustia, trágicamente, la voz de la sirena.

08 septiembre 2026

LA VUELTA A LA RUTINA TRAS EL VERANO TAMBIÉN CUESTA A LAS PERSONAS MAYORES: ASÍ PUEDE HACERSE MAS LLEVADERA

 

Artículo de Esther Camacho Ortega, Psicóloga experta en envejecimiento, UNIE Universidad. Publicado en la revista digital The Conversation.

 

El verano rompe la rutina de muchas personas mayores: cambian los horarios, las actividades y los lugares. Aunque este parón suele beneficiar a muchas personas y no tanto a otras, para ambos grupos la vuelta no siempre es sencilla. Recuperar el día a día de forma progresiva, teniendo en cuenta los ritmos, y contar con apoyo es clave para evitar desorientación, malestar o sobrecarga.

Durante el año, la rutina cumple una función importante. No es solo “hacer lo mismo cada día”: también da seguridad, organiza el tiempo y facilita el bienestar emocional. La investigación ha mostrado que mantener una cierta estabilidad en las actividades diarias se asocia con mejor sueño en personas mayores y con menos insomnio.

La rutina ofrece la posibilidad de participar en actividades culturales, formativas y de desarrollo como talleres, cursos de idiomas y de habilidades o voluntariado, así como en actividades de ocio beneficiosas, como paseos a horas concretas, comidas más regulares, ejercicio físico y actividades grupales.

Estas actividades ayudan a mantener la mente activa y el contacto social, y distintos estudios han relacionado la participación en actividades físicas, sociales e intelectuales con un mejor rendimiento cognitivo y una mayor calidad de vida.

Cambios estivales

Sin embargo, el verano introduce cambios. Muchas de estas actividades se suspenden. Se viaja al pueblo, se visitan familiares o los familiares vienen a casa. Los horarios, las cantidades de comida y sueño y la organización del día se alteran. En algunos casos, hay más tiempo libre y descanso; en otros, ocurre lo contrario y aumentan las responsabilidades.

Este cambio no es necesariamente negativo. Salir del entorno habitual puede ser estimulante y, en algunos casos, también favorecer el bienestar. Reencontrarse con lugares conocidos, como la casa del pueblo, aporta sensación de continuidad y puede funcionar como una experiencia emocionalmente reconfortante.

Pero no todas las experiencias estivales son iguales. Para algunas personas mayores, el verano implica perder espacios de autocuidado. El cierre de talleres o centros puede suponer dejar de ver a amistades, reducir la actividad física o perder estímulos cognitivos. Además, cuando disminuyen los contactos habituales, puede aumentar la sensación de aislamiento. La evidencia es clara: la soledad y el aislamiento social en personas mayores se asocian con peor salud física y mental.

En otros casos, el verano añade carga. Hay personas mayores que asumen más tareas: cuidar de nietos, encargarse de la casa familiar o atender a otra persona dependiente. Incluso pueden convivir temporalmente con familiares con los que la relación no es fácil. Todo esto puede generar cansancio físico y emocional.

El esfuerzo de adaptación

Después de semanas o meses con horarios más flexibles, el regreso a la rutina exige un esfuerzo de adaptación. A nivel cognitivo, puede aparecer cierta desorientación, sobre todo si ha habido cambios de entorno prolongados. Estudios sobre la organización de la vida diaria en personas mayores sugieren que una mayor rigidez o necesidad de rutina puede asociarse con más vulnerabilidad cognitiva y psicológica.

Además, el contraste puede ser brusco. Se pasa de un periodo con más compañía a otro con más soledad, o al revés: de la tranquilidad a una agenda llena de tareas. También influye el estado emocional con el que se vuelve. No es lo mismo regresar descansado y con ilusión por retomar, que hacerlo agotado o con sensación de sobrecarga.

Claves para una vuelta más fácil

La adaptación no debe ser inmediata ni exigente. Hay algunas pautas que pueden ayudar:

·  Planificar la vuelta antes del verano: plazos de inscripción a talleres, horarios a tener en cuenta a la vuelta… Todo en la medida de lo posible y sin agobios.

·        Recuperar la rutina poco a poco: no es necesario retomar todas las actividades de golpe. Es mejor empezar por aquellas que resultan más significativas, como un dar un paseo diario o leer el periódico.

·     Restablecer horarios estables de sueño y comidas: la regularidad en los horarios de sueño se ha vinculado con mejor descanso y salud en personas mayores.

·       Incorporar un buen hábito: hacer más caminatas, comer más fruta o leer más.

·   Favorecer la socialización: retomar el contacto con amistades o participar en actividades grupales reduce la desconexión y ayuda a combatir la soledad.

·    Hablar sobre la experiencia del verano: compartir y escuchar a otras personas sobre lo vivido facilita integrar el cambio y dar continuidad a la propia historia.

·     Evitar la sobrecarga: intentar “recuperar el tiempo perdido” puede generar fatiga. Es importante alternar actividad y descanso.

·      Contar con el apoyo del entorno: familiares, amistades y personas que ofrecen cuidados deben respetar el ritmo de la persona mayor, sin imponer tiempos ni expectativas.

 

Una oportunidad para revisar actividades

No hay que olvidar que la rutina no siempre es positiva. Para algunas personas, volver significa retomar obligaciones exigentes: cuidar de otros, encargarse del hogar o asumir responsabilidades sin suficiente apoyo. En estos casos, el malestar no tiene que ver con la adaptación, sino con las condiciones de vida.

Por eso, la vuelta a la rutina también constituye una oportunidad para revisar qué actividades aportan bienestar y cuáles generan carga. Es fundamental mantener lo que cuida (como los espacios sociales o las actividades significativas, que se han relacionado con mejor funcionamiento cognitivo y mayor reserva cognitiva) y buscar apoyo en lo que desgasta.

La clave está en entender que cada persona vive este proceso de forma distinta. Acompañar, respetar los tiempos y recuperar poco a poco aquello que da sentido al día a día facilita una vuelta más amable y saludable, algo coherente con lo que muestran los estudios sobre actividades de ocio, participación social y salud cognitiva en mayores.

05 septiembre 2026

PROGRAMA DE ACTIVIDADES DE AMADUMA PARA EL MES DE SEPTIEMBRE DE 2026

 


ACTIVIDADES PROGRAMADAS POR “AMADUMA” DURANTE EL MES DE SEPTIEMBRE DE 2026.

 

DIA 6. DOMINGO. Inicio del viaje programado para visitar Teruel y las localidades más importantes de esta provincia. Regreso el día 12 del mismo mes.

 

DIA 23. MIÉRCOLES. Visita guiada a la estupenda exposición “Y sonó la música” que se puede admirar en el Palacio Episcopal. Veinte personas. Lugar: en el propio Palacio Episcopal. Hora: 11 de la mañana. Se ruega llegar con diez minutos de antelación.

Actividad gratuita para los socios.

 

Día 25. VIERNES. Repetición de la visita a la exposición “Y sonó la luz”. En esta ocasión, podrán realizarla dos grupos de veinte personas cada uno. Lugar: Palacio Episcopal. Horas 11 y 12 de la mañana.

Actividad gratuita para los socios.

 

Los socios interesados en esta actividad que no puedan incorporarse en los días indicados, podrán hacerlo durante el mes de octubre en las fechas que oportunamente daremos a conocer.

 

El año pasado realizamos en el mes de octubre un viaje a Toledo para, entre otros temas de interés, disfrutar del magnífico espectáculo “Puy de Foi”, “El sueño de Toledo” del que regresamos muy satisfechos.

Como hubo un número de socios que no pudo llevarlo a cabo, y prometimos repetirlo, rogamos a los compañeros que estén interesados en el mismo nos envíen un wassap para conocer el número de los que deseen hacerlo y valorar si el viaje es realizable o no.

 

Para el próximo mes de octubre tenemos proyectadas diversas actividades, algunas novedosas, y se os informará cumplidamente de ellas al finalizar el presente mes.


UN POEMA PARA EL SÁBADO: MARIO BENEDETTI

 

Piedritas en la ventana

De vez en cuando la alegría
tira piedritas contra mi ventana
quiere avisarme que está ahí esperando
pero me siento calmo
casi diría ecuánime
voy a guardar la angustia en un escondite
y luego a tenderme cara al techo
que es una posición gallarda y cómoda
para filtrar noticias y creerlas

quién sabe dónde quedan mis próximas huellas
ni cuándo mi historia va a ser computada
quién sabe qué consejos voy a inventar aún
y qué atajo hallaré para no seguirlos

está bien no jugaré al desahucio
no tatuaré el recuerdo con olvidos
mucho queda por decir y callar
y también quedan uvas para llenar la boca

está bien me doy por persuadido
que la alegría no tire más piedritas
abriré la ventana
abriré la ventana.

 

 

Mario Benedetti, poeta uruguayo (14 de septiembre de 1920 - 17 de mayo de 2009). Formó parte de la generación del 45 de ese  país junto a nombres como Juan Carlos Onetti, Ángel Rama e Ida Vitale.

Estudió la primaria en una escuela alemana, aunque cuando la ideología nazi empezó a ser difundida, la dejó.   Gracias a su conocimiento de la lengua alemana, pudo trabajar más adelante como traductor de Kafka.

Tuvo que abandonar la escuela secundaria pues la economía familiar no lo permitía, y estudiar por su cuenta. Desde entonces, trabajó en diferentes oficios como vendedor, taquígrafo y contable, además de traductor.

Se formó finalmente como periodista y fue ganando poco a poco notoriedad en la escena intelectual del país.

Tras el golpe militar de 1973, abandonó su cargo  de jefe del Departamento de Literatura Hispanoamericana, en la Facultad de Humanidades y Ciencias de Montevideo, y se fue a vivir en el exilio. A lo largo de diez años vivió en países como Argentina, Cuba, Perú y España, separado circunstancialmente de su mujer,  Luz López Alegre, con quien estuvo casado más de 60 años.

Su obra, traducida a más de 25 idiomas, abarca géneros como poesía, novela, cuento, crítica y ensayo. Además, su estilo se adapta muy bien a la musicalización, por lo que sus poemas  han sido inmortalizados en las voces de  cantantes como Joan Manuel Serrat, Pablo Milanés, Soledad Bravo y muchos más.

Recibió numerosos reconocimientos, entre los que podemos nombrar: la Orden Félix Varela (Cuba, 1982), el Premio Llama de Oro de Amnistía Internacional (Bruselas, 1987), la medalla Gabriela Mistral (Chile, 1995) y la medalla Pablo Neruda (Chile, 2005). Asimismo, recibió la distinción Honoris Causa en la Universidad de la República en Montevideo (2004) y VIII Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (España, 1999).

 

 


04 septiembre 2026

PATINETAS Y MONOPATINES ELÉCTRICOS

 




Hace seis o siete décadas los muy mayores de hoy eran niños, que vivían en una España que trataba de superar una muy cruenta guerra entre hermanos. El terrible enfrentamiento bélico de casi tres años de duración, iniciado en julio de 1936, había sido motivado porque unos querían imponer un tipo y sentido de la vida que los otros rechazaban. Los fascistas de derecha “los nacionales” se sublevaron contra los republicanos de izquierda “los rojos”. Los dos bandos protagonizaron y tropelías y crueldades de lo más abyecto de la maldad humana, con una violencia denigrante y deshumanizada. El 5º mandamiento, para los creyentes religiosos, fue olvidado por todos los contendientes. La izquierda ideológica perdió la guerra y el nacional catolicismo de la derecha tuvo el campo libre para modelar una España a su antojo e interés, durante casi cuarenta años. La cruel represión militar y policial de los vencidos no finalizó el 1 de abril de 1939.

Los niños de la difícil posguerra no se habían olvidado de jugar, esa imprescindible actividad para sonreír y vitalizar su desarrollo. Era una España gris y taciturna, en donde el miedo y la represión imperaba, las carencias eran múltiples y las leyes impuestas por los vencedores, con el apoyo del catolicismo en todos los órdenes de la vida, cercenaban libertades de todo signo y carácter. Ante tanta miseria material e ideológica, los niños al menos podían y necesitaban jugar.

La imaginación era el mayor tesoro que esos niños de los cincuenta poseían, ante la carencia de grandes e importantes juguetes. Pocos eran los que podían acceder a una bicicleta, a un tren eléctrico o a balones de badana. Entonces había que improvisar, con el mayor desenfado y habilidad. Una piedra, un trozo de loza o de madera o el cierre de latón o chapa de una botella de cerveza podía suplir y hacer las veces de ese balón de reglamento del que se carecía para jugar. Los trenes de juguete, si se tenían había que impulsarlos con las manos y si no había vagones o máquinas de tren se improvisaban con cajas de cartón, o cajas de cerillas vacías, en donde “viajaban los pasajeros”. La bici era el juguete más anhelado por todos los niños. Si algún amigo o vecino tenía la suerte de tener una bicicleta, aunque fuera de segunda mano, provocaba la admiración de todos sus amigos. Podías pedirle que te la prestara durante unos minutos, a cambio de entregarle alguna canica de barro pintado o cristal o láminas coleccionables de las que traían las chocolatinas.


 

Pero la despierta imaginación infantil fue arbitrando medios para el desplazamiento “a gran velocidad”. Las dos piernas de los niños permitían correr “a toda pastilla”. La gente joven no se cansaba como los mayores. El invento pronto surgió: se buscaba un trozo de madera sin uso, al que se aplicaba cuatro ruedas de cojinetes. Algún padre o vecino habilidoso prestaba la ayuda técnica. Con ello ya se poseía un carrito plano y tosco para deslizarse con el impulso de los pies o se buscaba algunas calles con algo de pendiente, que se podía bajar con velocidad ayudándose del angular correspondiente. Los accidentes en esos juegos eran frecuentes. La cura con el mercurocromo, el esparadrapo o la visita al practicante resolvían las lesiones. Pero a la par del invento de este carrito deslizante con el suelo empedrado, apareció el gran sustituto de la bicicleta, para los que menos dinero tenían: LA PATINETA.



Un tablón alargado y estrecho en cuyo extremo delantero se aplicaba un eje vertical, también de madera, con una terminación horizontal a modo de manillares para la mejor conducción. Todo este cuerpo era sostenido por dos ruedas traseras y una delantera coordinada con el eje vertical. El sistema de empuje o motriz era muy ecológico, pues encina de la base se colocaba la pierna izquierda, mientras que la pierna derecha impulsaba la patineta aprovechando la rigidez del suelo. La velocidad de desplazamiento se incrementaba pateando el suelo con mayor frecuencia y fuerza. Tanto las ruadas de los tableros con cojinetes, como las ruedas de las patinetas generaban un ruido alegre e infantil para el disfrute.

Javi tuvo la suerte de conseguir una patineta en época de carestía. Un tío segundo, Diego tenía un amigo que trabajaba en los talleres de la RENFE, a quien pidió si podía hace una patineta para su sobrino. El buen carpintero construyó una espléndida patineta, de recia madera, con la particularidad de que las tres ruedas eran acanaladas, en las que insertó ruedas de goma para que al deslizarse por el suelo ganase en velocidad y redujera el sonido de rodadura. Javi se convirtió en el niño del barrio que más corría con su patineta, conduciendo con gran destreza a sus ocho años. Tomaba las curvas con la maestría de un avezado motorista. Se sentía muy contento con ese regalo que le hacía feliz para jugar y recorrer las calles.

 

Al paso de los muchos años, seis décadas más o menos, las necesidades de espacio y el coste del combustible ha hecho el “milagro” de renacer el uso de los MONOPATINETES, ahora impulsados por energía eléctrica que genera una batería recargable en la parte inferir del vehículo. Sólo tienen dos ruedas (delantera y trasera) y mandos eléctricos en los manillares.  



Los usuarios (preferentemente jóvenes, aunque también personas de más edad) apenas realizan esfuerzo físico, como no sea mantener el equilibrio y colocar en línea (uno delante del otro pie) los dos pies que con dificultad descansan en la plataforma, con lo que el gasto de calorías corporales no se realiza. La bicicleta no eléctrica al menos exige el esfuerzo de pedalear casi de continuo. La velocidad que pueden alcanzar estos monopatines eléctricos es incluso superior a los 20 km/h, velocidad que no está autorizada cuando circulas por los carriles bici en las aceras. El principal problema de estos usuarios es que no quieren desplazarse por la calzada, ya que temen el golpe lesivo de los coches y autobuses.


A este fin, los municipios han incrementado la construcción de carriles bici en las aceras de los peatones, Éstos han perdido seguridad y espacio para pasear por las calles, porque una mayoría de patinetes no circulan por los carriles sino por el espacio de los peatones y a gran velocidad. Aunque pueden ser multados, la impunidad de que gozan es inadmisible. No es que se esté pidiendo un policía para cada acera, pero si efectivamente se sancionara con rigor económico a los patinetes que circulan por lugares no autorizados sus conductores se lo pensarían, antes de amenazar los tobillos y piernas de los intranquilos paseantes. En ocasiones pueden verse a dos personas encina del monopatín, lo que hace preguntarnos dónde colocan los cuatro pies en la no amplia plataforma del vehículo. Recientemente se ha prohibido que los usuarios de estos monopatines puedan llevarlos cuando viajan en el autobús, por el peligro de la carga eléctrica de la batería que podría explosionar, con el riesgo para todos los viajeros.


Para finalizar, volvemos a echar la mirada sobre aquellos niños de la posguerra civil española (1936-1939) quienes disfrutaban ilusionados aplicando el poder de su imaginación con esos tableros de cuatro ruedas de cojinetes, los patines atados a sus zapatos y esas patinetas que impulsaban con la fuerza de su pierna derecha o izquierda. Los niños apetecían jugar en las calles, socializando su carácter. Pero en la actualidad son tiempos totalizados por el ordenador, las tablets o el móvil de última generación. Los niños permanecen sentados durante largas horas, utilizando sólo la energía de los dedos de sus manos. En la mayoría de los casos los sistemas operativos y la AI “piensan” por ellos. El sobrepeso de los niños aumenta con el peligro subsiguiente para el desarrollo de sus vidas adultas.  –

 

José L. Casado Toro

Septiembre 2026

 


 




Buscar