11 mayo 2026

CABEZA RAPADA

 

Un cuento Jesús Fernández Santos


Era un viento templado. Las hojas volaban llenando la calzada, remontándose hasta caer de nuevo desde las copas de los árboles. Su cabeza rapada al cero, aparecía oscura del sudor y el sol, como las piernas con sus largos pantalones de pana. No había cumplido los diez años; era un chico pequeño. Íbamos andando a través de aquel amplio paseo, mecidos por el rumor de los frondosos eucaliptos, envueltos en remolinos de polvo y hojas secas que lo invadían todo: los rincones de los bancos, las vías… Menudas y rojizas, pardas, como de castaño enano o abedul, llenaban todos los huecos por pequeños que fuesen, pegándose a nosotros como el alma al cuerpo.

Cruzaban sombras negras, luminosas, de los coches; los faros rojos atrás, acentuando su tono hasta el morado. Aunque no hacía frío nos arrimamos a una hoguera en que el guarda de las obras quemaba ramas de eucaliptos esparciendo al aire un agradable olor a monte abierto. Allí estuvimos un buen rato, llenando de él nuestros pulmones, hasta que el chico se puso a toser de nuevo.

-¿Te duele? -le pregunté.

Y contestó:

-Un poco -hablando como con gran trabajo.

-Podemos estar un poco más, si quieres.

Dijo que sí, y nos sentamos. Eran enormes aquellos árboles flotando sobre nosotros, cantando las ráfagas en la copa con un zumbido constante que a intervalos subía; y, más allá del pilón donde el hilo de la fuente saltaba, se veía a la gente cruzar, la ropa pegada al cuerpo, íntimamente unidas las parejas.

El chico volvió a quejarse.

-¿Te duele ahora?

-Aquí, un poco…

Se llevó la mano bajo la camisa. Era la piel blanca, sin rastro de vello, cortada como las manos de los que en invierno trabajan en el agua. Otra vez tenía miedo. Yo también, pero me esforzaba en tranquilizarle.

-No te apures; ya pasará como ayer.

-¿Y si no pasa?

-¿Te duele mucho?

El guarda nos miraba con recelo, pero no dijo nada cuando nos recostamos en el cajón de las herramientas. Freía sardinas en una sartén de juguete. A la luz anaranjada de la llama, el olor de la grasa se mezclaba al aroma de la madera que ardía.

-Ese chico no está bueno…

-¡Qué va! No es más que frío…

El chico no decía palabra. Miraba el fuego pesadamente, casi dormido.

-No está bueno…

Ahora no tenía un gesto tan hosco. El chico escupió al fuego y guardó silencio.

-Va a coger una pulmonía, ahí sentado.

Me levanté y le cogí del brazo, medio dormido como estaba.

-Vamos -dije-; vámonos.

Le fui llevando, poco a poco, lejos del fuego y de la mirada del guarda.

Mientras andábamos, por animarle un poco, froté aquella cabeza monda y suave, con la mano, al tiempo que le decía:

-¡Que no es nada, hombre!

Pero él no se atrevía a creerlo, y por si era poco, vino de atrás las voz del otro:

-¡Le debía ver un médico!

-¡Ya lo vio ayer!

Esto pasó con el médico: como no conocíamos a nadie fuimos al hospital, y nos pusimos a la cola de la consulta, enana habitación alta y blanca, con un ventanillo de cristal mate en lo más alto y dos puertas en los extremos abriéndose constantemente. La gente aguardaba en bancos, a lo largo de las paredes, charlando; algunos en silencio, los ojos fijos, vagos, en la pared de enfrente. La enfermera abrí una de la puertas, diciendo: “Otro”, y el que en aquel momento salía, saludaba: “Buenos días, doctor”.

Una mujer olvidó algo y entró de nuevo en la consulta. Salió aprisa, sin ver a nadie, sin saludar. Exclamaba algo que no entendimos bien. Todos miraron las baldosas, como si cada cual no pudiera soportar la mirada de los otros, y un hombre joven, de cara macilenta, maldijo muchas veces en voz baja.

El médico auscultaba al chico y, al mismo tiempo, me miraba a mí. Nos dio un papel con unas señas para que fuéramos al día siguiente.

-¿Es hermano tuyo?

-No.

Al día siguiente no fuimos adonde el papel decía.

Se inclinó un poco más. Debía sufrir mucho con aquella punzada en el costado. Sudaba por la fiebre y toda su frente brillaba, brotada de menudas gotas. Yo pensaba: “Está muy mal. No tiene dinero. No se pude poner bien porque no tiene dinero. Está del pecho. Está listo. Si pidiera a la gente que pasa no reuniría ni diez pesetas. Se tiene que morir. No conoce a nadie. Se va a morir porque de eso se muere todo el mundo. Aunque pasara el hombre más caritativo del mundo, se moriría.”

Reunimos tres pesetas. Decidimos tomar un café y entrar en calor.

-Con el calor se te quita.

Era un café vacío y mal alumbrado, con sillas en los rincones. La barra estaba al fondo, de muro a muro, cerrando una esquina, con el camarero más viejo sentado porque padecía del corazón, y sólo para los buenos clientes se levantaba. Tres paisanos jugaban al dominó. Llegaban los sones de un tango entre el soplido del exprés y los golpes de fichas sobre el mármol.

Sólo estuvimos un momento; lo justo para tomar el café. Al salir todo continuaba igual: el viejo tras el mostrador, mirando sus pies hinchados; los otros jugando, y el que andaba en la radio con los botones en la mano. La música y la luz parecían ir a desparecer de pronto. Viéndolos por última vez, quedaban como un mal recuerdo, negro y triste.

En el paseo, bajo los árboles, de nuevo empezó a quejarse, y se quiso sentar. Pisábamos el césped a oscuras. Buscó un árbol ancho, frondoso, y apoyando el él su espalda, rompió a llorar. De nuevo acaricié la redonda cabeza, y al bajar la mano me cayó una lágrima. Lloraba sobre sus rodillas, sobre sus puños cerrados en la tierra.

-No llores -le dije.

-Me voy a morir.

-No te vas a morir, no te mueres…

 

Cabeza rapada (1958), Barcelona, Seix Barral, 1982, págs. 11-15.

10 mayo 2026

UN POEMA PARA EL SÁBADO: MARÍA VICTORIA ATENCIA

 

Mar

Bajo mi cama estáis, conchas, algas, arenas:
comienza vuestro frío donde acaban mis sábanas.
Rozaría una jábega con descolgar los brazos
y su red tendería del palo de mesana
de este lecho flotante entre ataúd y tina.
Cuando cierro los ojos se me cubren de escamas.

Cuando cierro los ojos, el viento del Estrecho
pone olor de Guinea en la ropa mojada,
pone sal en un cesto de flores y racimos
de uvas verdes y negras encima de mi almohada,
pone henchido el insomnio, y en un larguero entonces
me siento con mi sueño a ver pasar el agua.

 

 

Recogido en la antología: Como las cosas claman – Antología poética, 1955-2010

 

 

María Victoria Atencia (Málaga, 1931), autora que desde muy joven estuvo ligada a los poetas del grupo Caracola. Es una de las exponentes de la generación de los años 50.

Es autora de numerosas obras, entre las que destacan: 'Tierra mojada' (1953); 'Cuatro sonetos' (1955); 'Cañada de los ingleses' (1961); 'Los sueños' (1976); 'El mundo de M.V.' (1978); 'Compás binario' (1979); 'Adviento' (1983); 'Trances de Nuestra Señora' (1986); 'De la llama que arde' (1988), 'La pared contigua' (1989), El hueco (2003) y ‘De pérdidas y adioses’ (2005). Su obra está traducida al francés, portugués, gallego, inglés, italiano, lituano, checo, búlgaro, rumano, polaco, sueco, árabe, hebreo, flamenco y latín, entre otras lenguas.

Entre otros premios, cuenta con el Premio Nacional de la Crítica 1997, el Premio Luis de Góngora de las Letras Andaluzas 2000, el Premio Real Academia Española de creación literaria 2012 por el libro ‘El umbral’. En 2014, es galardonada con el XXIII Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, siendo la cuarta mujer en conseguirlo y la primera española.

María Victoria Atencia es académica de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo, de Málaga, y correspondiente de las de Cádiz, Córdoba, Sevilla y San Fernando; consejera del Centro Andaluz de las Letras y de la Fundación María Zambrano, y Honorary Associate de The Hispanic Society of America (Nueva York).

María Victoria Atencia García ha sido galardonada con el Premio Nacional de las Letras Españolas, correspondiente al año 2025.

El jurado ha elegido a la autora por “una creación poética que posee y recrea la esencia de la vida. En sus versos, la palabra se justifica a sí misma por su capacidad de trasmitir instantes de trascendencia emocionante, por una clara fe en el valor representativo y por la relevancia de su belleza”.

 


08 mayo 2026

UNA CARTA DE CUENTO

 


 Hijos míos, si estáis leyendo esta carta es porque ya ha concluido mi paso por la vida. Una vida muy larga, pero con el paréntesis de un descanso centenario. No todo lo que sabéis por tradición oral es cierto, así que voy a desvelaros la verdadera historia de la Bella Durmiente. Debéis guardar  el secreto,  tal como yo lo he hecho, para no alterar el mundo de la fantasía ni el mensaje de los cuentos, y que llegue a las siguientes generaciones infantiles tal como lo escribieron sus autores, sin tener en cuenta el ligero cambio desde mi despertar...

Vosotros sabéis que gracias a varias hadas madrinas que acudieron a mi nacimiento, fui  dotada de los dones más preciados. La inteligencia fue el más útil durante mi reinado. También conocéis esa parte de la historia en que un hada joven revocó el hechizo de mi muerte por un largo sueño de cien años, del que me despertaría el príncipe destinado a ser mi consorte y hacerme feliz. El hada era joven y novata por añadidura, así que trastocó algo más: cuando abrí los ojos de mi letargo solo vi a una rana saltando y croando alrededor y me desperté asustada.  Salté de la cama y le di un certero manotazo, la tiré al suelo y la rematé con el cetro que habían puesto entre mis manos para gobernar. ¡Siempre me dieron asco esos pegajosos batracios!

Tal como estaba previsto por el hechizo, todo a mi alrededor también cobró vida, pero no  había ningún joven apuesto a mi lado, ni recibí el esperado beso . Mi primera doncella y el fiel consejero, dispuestos por mis padres para cuidarme al despertar, empezaron a contarme los extraños comportamientos acaecidos en Palacio y otros insólitos cambios fuera de sus muros.

Caperucita Roja estaba en la cocina, cuchillo en mano, corriendo y aullando detrás de un lobo asustado con la cola gacha. Cenicienta no quería perder los zapatos de cristal porque su príncipe, convertido en ratón, se había inflado como un globo después de comerse la calabaza con sabor a parmesano. Hansel y Gretel se habían transformado en ogros de chocolate y perseguían sin descanso a un Pulgarcito, con nariz de Pinocho. La madrastra de Blancanieves había emigrado, junto a las brujas, al país de los Espejos.

Pregunté por las hadas y me dijeron que todas ellas, varitas inservibles en mano, también desaparecieron por un virus desconocido que les contagiaron los gnomos.

Después me interesé por Blancanieves. Me  contaron que seguía tan infantil como siempre, cantando y retozando por el bosque. Se ocupaba del cuidado de sus diminutos padres adoptivos y de un invitado más: el príncipe que la rescató de la manzana envenenada, quien había sido desheredado y enviado a cortar leña. Compartía morada con ella y los siete enanitos, cada día más celosos y malhumorados que no consentían la boda entre ambos. 

 Dispuse verlos para parlamentar utilizando el más preciado de mis dones. Los pequeños, gracias a mi generoso regalo, convencieron a Blancanieves para cantar en otro bosque, así que Blanca y los siete se trasladaron a una cómoda casa labriega, situada casualmente en los confines del Reino. También les cedí una huerta muy productiva para cuidar de sol a sol.

Una vez despejado el camino, mandé llamar al noble desheredado y le hice ver  la conveniencia de mantener el equilibrio ecológico dejando de talar árboles. Cayó rendido a mis encantos y a los del trono, recordándole su linaje real. No me fue difícil conquistarlo porque prefería las comodidades de un Palacio al frío de los bosques nevados. Al abandonar el hacha los sentimientos hacia su amada desaparecieron como por arte de magia.

Después de nuestra boda casi todo volvió a su origen.  Él se convirtió en mi Príncipe Azul y vuestro padre aunque, como todos y con el tiempo, terminó desteñido.

Espero que comprendáis mi proceder. Estoy segura de que cualquier Princesa que se precie hubiera hecho lo mismo en aquel «revoltijo de cuentos». Os lego, además de mis tesoros, el deber Real de guardar el secreto para siempre jamás.

                              Vuestra querida madre, La Bella Despierta.

 

P.D. Casi se me olvida: la rana que no cumplió su misión en el momento adecuado está criando malvas al pie del nogal centenario de los jardines de Palacio. Por precaución, todas las demás fueron desterradas del Reino.

 

 

                                                          Esperanza Liñán Gálvez


06 mayo 2026

¿PUEDE LA ASPIRINA PREVENIR EL CÁNCER?

 

Artículo de Guillermo López Lluch, Catedrático del área de Biología Celular. Investigador asociado del Centro Andaluz de Biología del Desarrollo. Investigador en metabolismo, envejecimiento y sistemas inmunológicos y antioxidantes., Universidad Pablo de Olavide. Publicado en la revista digital The Conversation.

En estos tiempos, muchos creen que la salud puede depender de un suplemento o una pastilla. De hecho, desde múltiples webs y redes sociales se nos dice que tal o cual enfermedad puede ser prevenida e incluso curada con tratamientos simples y naturales. Pero no, la biología es mucho más compleja y ni hay compuestos para todas las dolencias ni todo es prevenible con una pastilla o un suplemento.

El cáncer, diana de los reclamos “milagrosos”

El cáncer, o mejor dicho los diferentes tipos de cáncer, constituyen las dianas más llamativas para reclamos de todo tipo. Considerada una enfermedad de la que antes apenas se hablaba, ahora ya parece ser algo común, una dolencia más que se ha cronificado en muchos casos.

Así, frente a los avances científicos basados en pruebas, ensayos, resultados, comprobaciones y conclusiones, podemos encontrarnos con consejos de lo más variopinto para “prevenir” o “curar” cualquier cáncer. Y no todos se basan en las evidencias. Mientras que la ciencia va mejorando la quimioterapia y añadiendo tratamientos exitosos como los controles hormonales y las inmunoterapias basadas en anticuerpos, vacunas o células inmunitarias modificadas, otros enfoques no convencionales afirman tener cierto éxito aunque sin haber seguido los controles clínicos necesarios para convertirse en terapias.

En cuanto a la prevención, la ciencia ha demostrado que ciertos comportamientos como el sedentarismo, el tabaquismo, la ingesta de alcohol o ciertas dietas o someterse a ciertos ambientes contaminados aumentan la incidencia de determinados cánceres. Es obvio que evitarlos reduce las posibilidades, aunque no las anula completamente, de sufrirlos.

Sin embargo, otros tipos de cáncer dependen de factores que no podemos controlar, como contraer infecciones por virus que insertan su genoma en nuestras células (Epstein-Barr, herpes, VIH, VPH…). O haber nacido con cierta predisposición al heredar una versión alterada de un gen esencial para reparar el ADN: mutación del gen BRCA1 en el caso del cáncer de mama, útero y ovario o síndrome de Lynch en el caso del cáncer colorrectal, endometrio, ovario, estómago e intestino delgado.

Si tenemos en cuenta todas las causas que pueden desencadenar un cáncer, nos podemos hacer una idea de que seguir la recomendación de tomar tal o cual cosa para prevenirlo carece de base científica suficiente. Es el caso de la aspirina.

¿Hay alguna relación entre la aspirina y el cáncer?

Se ha puesto de moda tomar aspirina para prevenir el cáncer de colon, y así lo indican muchas páginas con aspecto científico. Eso sí, la práctica, genuinamente efectiva, de moderar la ingesta de carne roja y procesados brilla por su ausencia.

Desde los puntos de vista biológico y clínico debemos preguntarnos en qué se basa el supuesto de que ese medicamento disminuye el riesgo de sufrir la enfermedad si no afecta a los procesos esenciales que lo inducen.

La aspirina, o ácido acetilsalicílico, es un antipirético y analgésico, sintetizado de forma estable y pura allá por 1897 en los conocidos laboratorios de una empresa farmacéutica. Su aislamiento se basó en el efecto analgésico de la corteza de sauce, ya indicado por la farmacología egipcia hace más de 2 000 años. Lo que hizo la ciencia fue aislar el compuesto activo.

Su mecanismo de acción consiste en inhibir unas enzimas (las ciclooxigenasas-1 y -2) para bloquear la producción de las prostaglandinas. Estos compuestos naturales, como el tromboxano A2, inducen fiebre, inflamación y dolor mediante la activación de células del sistema inmunitario y las plaquetas. Al inhibir esas enzimas, la aspirina impide que dicha activación se produzca y reduce los síntomas. Poco más.

Teniendo en cuenta este mecanismo de acción, es difícil entender que la ingesta crónica de dosis bajas o moderadas de aspirina vayan a afectar a la progresión de un cáncer (al margen de que reducir el componente inflamatorio sí puede influir positivamente, pero solo en algunas modalidades de la dolencia).

Y no, la aspirina no previene el cáncer

Si bien ciertos estudios han indicado que puede haber cierto efecto secundario de la aspirina en la prevención del cáncer, lo cierto es que los trabajos con grandes grupos de personas indican que ese efecto, de haber alguno, es muy bajo.

De hecho, la más reciente revisión sistemática, que analiza todos los estudios clínicos al efecto, demuestra que esa relación no existe.

Es más, el uso crónico del célebre medicamento puede afectar negativamente, aumentando el riesgo de contraer otros tipos de cáncer dependiendo de la edad del paciente o incluso de sufrir hemorragias intestinales y cerebrales.

Seguir confiando en las soluciones farmacológicas sencillas o de suplementos para el cáncer o enfermedades muy complejas sin atender a los mecanismos de acción de los fármacos y a la naturaleza de las patologías es un gran error. No hay varitas mágicas y todos los medicamentos, e incluso los suplementos nutricionales, tienen sus efectos secundarios. Consulten con sus facultativos antes de meter nada en su organismo.

 


UN SILBIDO

Un cuento de Vicente Blasco Ibáñez

 

El entusiasmo caldeaba el teatro. ¡Qué debut! ¡Qué Lohengrin! ¡Qué tiple aquella!

Sobre el rojo de las butacas destacábanse en el patio las cabezas descubiertas o las torres de lazos, flores y tules, inmóviles, sin que las aproximara el cuchicheo ni el fastidio; en los palcos silencio absoluto; nada de tertulias y conversaciones a media voz; arriba, en el infierno de la filarmonía rabiosa, llamado irónicamente paraíso, el entusiasmo se escapaba prolongado y ruidoso, como un inmenso suspiro de satisfacción, cada vez que sonaba la voz de la tiple, dulce, poderosa y robusta. ¡Qué noche! Todo parecía nuevo en el teatro. La orquesta era de ángeles: hasta la araña del centro daba más luz.

En aquel entusiasmo tomaba no poca parte el patriotismo satisfecho. La tiple era española, la López, sólo que ahora se anunciaba con el apellido de su esposo el tenor Franchetti; un gran artista que, casándose con ella, la había hecho ascender a la categoría de estrella. ¡Vaya una mujer! Legítima de la tierra. Esbelta, arrogante; brazos y garganta con adorables redondeces, y los blancos tules de Elsa amplios en la cintura, pero estrechos y casi estallando con la presión de soberbias curvas. Sus ojos negros, rasgados, de sombrío fuego, contrastaban con la rubia peluca de la condesa de Brabante. La hermosa española era en la escena la mujer tímida, dulce y resignada que soñó Wágner, confiando en la fuerza de su inocencia, esperando el auxilio de lo desconocido.

Al relatar su ensueño ante el emperador y su corte, cantó con expresión tan vagorosa y dulce, los brazos caídos y la extática mirada en lo alto, como si viese llegar montado en una nube al misterioso paladín, que el público no pudo contenerse ya, y como la retumbante descarga de una fila de cañones, salió de todos los huecos del teatro, hasta de los pasillos, la atronadora detonación de aplausos y gritos.

La modestia y la gracia con que saludaba enardeció aún más al público. ¡Qué mujer! Una verdadera señora; y en cuanto a buenos sentimientos, todos recordaban detalles de su biografía. Aquel padre anciano, al que todos los meses enviaba una pensión para que viviera con decencia: un viejo feliz, que desde Madrid seguía la carrera de triunfos de su hija por todo el mundo.

Aquello era conmovedor. Algunas señoras se llevaban a los ojos una punta del guante, y en el paraíso, un vejete lloriqueaba metiendo la nariz en el embozo de la capa para sofocar sus gemidos. Los vecinos se reían.

¡Vamos hombre, que no era para tanto!

La representación seguía su curso en medio de los ecos del entusiasmo. Ahora el heraldo invitaba a los presentes, por si alguno quería defender a Elsa. Bueno, adelante. Aquel público, que se sabía de memoria la ópera, estaba en el secreto. No se presentaría ningún guapo. Después, con acompañamiento de tétrica música, avanzaron las damas veladas para llevarse la condesa al suplicio. Todo era broma; Elsa estaba segura. Pero cuando los bravos guerreros brabanzones se agitaron en la escena, viendo a lo lejos el misterioso cisne y su barquilla, y se fue armando en la imperial corte una batahola de dos mil demonios, el público, por acción refleja, se movió ruidosamente, arrellanándose en el asiento, tosiendo, suspirando, revolviéndose para hacer provisión de silencio. ¡Qué emoción! Iba a presentarse Franchetti, el famoso tenor, un gran artista de quien se murmuraba que habíase casado con la López buscando una compensación a sus facultades decadentes en la frescura y valentía de su mujer. Aparte de esto, un maestrazo que sabía salir triunfante con auxilio del arte.

¡Ah!… Ya estaba allí, de pie en el esquife, apoyado en larga espada, el escudo embrazado, cubierto el pecho de escamas de acero, irguiendo su arrogante figura de buen mozo festejado por toda la aristocracia de Europa, y deslumbrando de cabeza a pies, cual un pescado de plata envuelto en seda.

Silencio absoluto; aquello parecía una iglesia. El tenor miraba su cisne, como si allí no hubiese otro ser digno de atención, y en el místico ambiente fue desarrollándose un hilo de voz tenue, dulce, vagoroso, cual si viniera de una distancia invisible.

¡Mercè, mercè, cigno gentile!…

¿Qué fue lo que estremeció todo el teatro, poniendo de pie a los espectadores? Algo estridente, como si acabara de rasgarse la vieja decoración del fondo; un silbido rabioso, feroz, desesperado, que pareció hacer oscilar las luces de la sala.

¡Silbar a Franchetti antes de oírle! ¡Un tenor de cuatro mil francos! La gente de palcos y butacas miró al paraíso con el ceño fruncido; pero arriba la protesta fue más ruidosa. ¡Granuja! ¡Canalla! ¡Golfo! ¡A la cárcel con él! Y todo el público, arremolinándose, de pie y con el puño amenazante, señalaba al vejete que, cuando cantaba la tiple, metía la nariz en la capa para llorar, y ahora se erguía intentando en vano hacerse oír. ¡A la cárcel! ¡A la cárcel!

Pisando gente entró la pareja, y el viejo pasó a empujones de banco en banco, abofeteando a todos con su capa caída y contestando con desesperados manoteos a los insultos y amenazas, mientras que el público rompía a aplaudir estrepitosamente, para animar a Franchetti, que había interrumpido su canto.

En el pasillo detuviéronse el viejo y los guardias, respirando ansiosamente, magullados por el gentío. Algunos espectadores les siguieron.

—¡Parece imposible!—dijo uno de los guardias—. Una persona de edad y que parece decente…

—¿Y usted qué sabe?—gritó el viejo con expresión agresiva—. Mis razones tengo para hacer lo que he hecho. ¿Sabe usted quién soy yo? Pues soy el padre de Conchita, de esa que se llama en el cartel la Franchetti, de la que aplauden con tanto entusiasmo los imbéciles. ¡Qué tal!… ¿Les parece raro que silbe?… También yo he leído los periódicos; ¡qué modo de mentir! «La hija amantísima…» «El padre querido y feliz…» ¡Mentira, todo mentira! Mi hija ya no es mi hija, es un culebrón, y ese italiano un granuja. Sólo se acuerda de mí para enviarme una limosna, ¡como si el corazón comiera y le contentase el dinero! Yo no tomo un cuarto de ellos: primero morir; prefiero molestar a los amigos.

Ahora sí que era oído el viejo. Los que le rodeaban sentían hambrienta curiosidad ante una historia que tan de cerca tocaba a dos celebridades artísticas. Y el señor López, insultado por todo un público, deseaba comunicar a alguien su indignación, aunque fuese a los guardias.

—No tengo más familia que esa. Comprendan mi situación. Se crió en mis brazos: la pobrecita no conoció a su madre. Sacó voz; dijo que quería ser tiple o morir, y aquí tienen ustedes al bonachón de su padre decidido a que fuese una celebridad o a morir con ella. Los maestros dijeron: ¡a Milán! Y allá va el señor López con su niña, después de dimitir su empleo y vender los cuatro terrones heredados de su padre. ¡Válgame Dios y cuánto he sufrido! ¡Cuanto he trotado antes del debut, de maestro en maestro y de empresario en empresario! ¡Qué humillaciones, qué vigilancias para guardar a mi niña, y qué privaciones; sí, señores, privaciones y hasta hambre, cuidadosamente ocultada, para que nada faltase a la señorita! Y cuando cantó por fin y comenzó a sonar su nombre, cuando yo me extasiaba ante los resultados de mi sacrificio, llega ese fantasmón de Franchetti, y cantando sobre las tablas dúos y más dúos de amor, acaban por enamoricarse, y tengo que casar a la niña para que no me ponga mal gesto ni me parta el alma con sus lloros. Ustedes no saben lo que es un matrimonio de cantantes. El egoísmo haciendo gorgoritos. Ni cariño, ni corazón, ni nada; la voz, sólo la voz. Al ladrón de mi yerno le molesté desde el primer momento; tenía celos de mí, quería alejarme para dominar en absoluto a su mujer; y ella, que ama a ese payaso, que cada vez está más unida a él por las ovaciones, dijo que sí a todo. ¡Las exigencias del arte! ¡Su modo de vivir, que no les permite deberse a la familia, sino al arte! Estas fueron sus excusas, y me enviaron a España; y yo, por reñir con ese farsante, reñí con mi hija. Hasta hoy no les había visto… Señores, llévenme ustedes donde quieran, pero declaro que siempre que pueda vendré a silbar a ese ladrón italiano… He estado enfermo, estoy solo: pues revienta, viejo, como si no tuvieras hija. Tu Conchita no es tuya; es de Franchetti… pero no; es del arte. Y ahora digo yo: Si el arte consiste en que las hijas olviden a los padres que por ellas se sacrificaron, digo que me futro en el arte y que más me alegraría encontrarme a mi Concha al entrar en casa remendando mis calcetines.

*FIN*

  

02 mayo 2026

UN POEMA PARA EL SÁBADO: CARLOS EDMUNDO DE ORY

 

Los amantes

Como estatuas de lluvia con los nervios azules
secretos en sus leyes de llaves que abren túneles
sucios de fuego y de cansancio reyes
han guardado sus gritos ya no más.


Cada uno en el otro engacelados
de noches tiernas en atroz gimnasio
viven actos de baile horizontal
no caminan de noche ya no más.


Se rigen de deseo y no se hablan
y no se escriben cartas nada dicen
juntos se alejan y huyen juntos juntos.


Ojos y pies dos cuerpos negros llagan
fosforescentes olas animales
se ponen a dormir y ya no más.

 

De: Miserable ternura – Cabaña

 

Carlos Edmundo de Ory (Cádiz, 27 de abril de 1923 - Thézy-Glimont, Francia, 11 de noviembre de 2010). Fue un poeta, narrador, ensayista y traductor español, uno de los principales representantes del Postismo, movimiento vinculado a las vanguardias literarias.

Su labor literaria comienza con los poemas Sombras y pájaros (1940) y Canciones amargas (1942). En 1951 publica, en colaboración con el pintor dominicano Darío Suro, el manifiesto introrrealista, en el que defiende que la poesía debe partir de la realidad subjetiva del individuo y expresarse con el lenguaje que nace de los diferentes estados de conciencia.

De su obra poética destacan:

Los sonetos (1963), Música de lobo (1970), Poesía:1949-1969 (1970). Técnica y llanto (1971), Poesía abierta: 1945-1973 (1974).

Lee sin temor (1976), Metanoia (1978), Energeia (1978), La flauta prohibida (1979) y Soneto vivo (1988), son también obras suyas.

En el año 2006 recibió el Título Honorífico de “Hijo Predilecto de Andalucía” concedido por la Junta de Andalucía.

El 6 de noviembre de 2007 dejó un mensaje en la Caja de las Letras en el Instituto Cervantes que no se abrirá hasta este año 2022. Su archivo fue donado por su esposa Laure Lachéroy de Ory a la ciudad de Cádiz, en una fundación que lleva su nombre.  

 


01 mayo 2026

RECURSOS PERSONALES CONTRA LA BARBARIE

 

Los medios de autodefensa que apliquemos para sobrevivir, en esta sociedad viciada que protagonizamos, son necesarios, posibles, imprescindibles y compensatorios pues estamos conviviendo con respuestas y comportamientos “selváticos”, absurdos, violentos e irracionales, que paulatinamente van empobreciendo la irrenunciable dignidad de lo humano.


Cuando abrimos la mirada a este mundo descontrolado que nos rodea, sentimos el aturdimiento subsiguiente de convivir con muy numerosas realidades que marchan “al revés. De manera especial nos decepciona la sorprendente inacción, el cobarde silencio, la tolerancia vergonzosa, mostrada por prestigiosos y antiguos órganos supranacionales, creados para regir la coexistencia mundial. Sin embargo, estas instituciones parecen estar mirando hacia “otro lado”, cuando no en connivencia con los desvaríos bélicos y genocidas de caracterizados e impasibles líderes políticos, deseosos de construir otro mundo a su antojo. El descaro, el cinismo, la arrogancia “tabernaria”, la desvergüenza, la ambición y la impunidad de estos dirigentes, atroces e inhumanos en su lesivo proceder contra la racionalidad y la humanidad, generan el asombro y el miedo más desalentador.

En su laxa conciencia, los ejércitos de estos crueles y repulsivos dirigentes llevan la violencia, el sufrimiento, el miedo y la muerte a centenares y miles de vidas, ya sean niños, mujeres, ancianos, hombres y mujeres inocentes ante tan crispada y sangrienta barbarie. Destruyen con sus potentes misiles y bombas mortíferas, ciudades, aldeas, fábricas, hospitales, riquezas monumentales, cultivos, viviendas, sembrando la desesperación en tantas vidas carentes de esa mínima felicidad que todo ser humano debe disfrutar. ¿Y qué hace la ONU, la OTAN, la Unión Europea y la Justicia internacional? ¿Y qué hacen los ángeles y los dioses, desde su críptico e ignoto “Paraíso? ¿y la propia Humanidad, sojuzgada y envilecida?


Frente a este desolador panorama, el ser individual o colectivo se pregunta ¿Cómo sobrevivir en medio de tanta inmundicia? Sólo nos puede salvar nuestra generosa bondad, nuestra valiosa racionalidad y nuestra fértil imaginación. Resulta obvio que no nos podemos quedar con los brazos cruzados. La autoprotección es innegociable y pragmáticamente terapéutica.

 

INFORMACIÓN. Es necesaria e imprescindible, para cualquier buen ciudadano. Pero no resulta útil, para la salud de nuestro estado anímico, seguir leyendo y escuchando, de continuo, esas deprimentes noticias que los medios de comunicación (muchas veces viradas de inconfesables intereses) nos ofrecen. Bastante dolor nos proporciona la aventura de vivir, para que encima suframos con esas injusticias, violencias, maldades y atrocidades generadas por desquiciadas voluntades, con las que los mass media rellenan sus titulares y artículos de opinión, ilustradas con un material gráfico que repugna cualquier sensatez. Para compaginar información y autoprotección anímica lo más aconsejable podría ser reducir, en lo posible, la “vorágine informativa”, centrándonos en titulares y en resúmenes ofrecidos por medios responsables y no interesados en ideologías extremistas.  

LITERATURA. Una vez informados en lo estrictamente básico, hay que buscar compensaciones y sustitutivos que nos ofrezcan lo mejor y más estimulante de la existencia. La lectura de libros puede ser un muy adecuado e inocuo “Lorazepam” con efectos secundarios vitalizadores. Novela, ensayo, biografía, memorias, Historia, ciencia, etc. El ejercicio lector proporciona una fascinante inmersión en un mundo ficticio o real, a través de diálogo mágico que mantenemos con el escritor o creador literario.


NATURALEZA VEGETAL. Trasladarnos con frecuencia a un ambiente rural, rodeados de árboles, montañas, colinas, hierbas y flores naturales, en la inmensidad de un horizonte que se une con la cúpula celeste, nos genera esa satisfacción de sentirnos pequeños y grandes a la vez. Respirar el aroma de la vegetación, escuchar la acústica delicada de las aves o de ese fluido hídrico que discurre buscando hidratar los elementos físicos con los que se encuentra, es un delicado placer, muy próximo a esa cuota de felicidad que el ser humano necesita, como medicina paliativa, para sonreír y vivir.

NATURALEZA MARÍTIMA. Muchos tenemos la suerte de poder desplazarnos fácilmente a las playas o a las zonas portuarias. La grata sensación de caminar por la arena, Gozar con las formas y acústicas encadenadas de las olas, oler el aroma salobre del mar, con la posibilidad de viajar con el vaivén lúdico sobre las aguas, favorece nuestra proximidad a esa naturaleza a la que pertenecemos. La natación, practicada en el mar o en las piscinas aclimatadas, es un juicioso método para “olvidar” las crueles miserias que otros provocan.




En esta larga lista de recursos compensatorios, no podría faltar la MAGIA DEL CINE, proyectado en las salas o en la pequeña pantalla de nuestros hogares. Empatizar con los protagonistas de historias narradas durante 90 o más minutos, nos lleva al conocimiento de otros mundos, otras vidas y otros comportamientos posibles. Nos enseña, nos distrae, nos ilusiona, nos hace pensar y reflexionar sobre un mundo que necesita acudir con urgencia a la clínica terapéutica de la sensatez.

 


Por supuesto que, en este breve listado de recursos compensatorios disponibles, faltarían otros a los que también podríamos recurrir para el objetivo que nos ocupa. Pero cada persona conoce, en lo íntimo de ser, aquello que más necesita y favorece, en el noble e inteligente objetivo de compensar tiempos acremente nublados. Hágase la luz. –

 

José L. Casado Toro

Abril 2026


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