El paso de
los años nos habitúa a observar los cambios de imagen que van adoptando las
ciudades, con las que hemos convivido en nuestro “caminar” por la vida. Cambios
positivos o negativos, según los criterios de cada cual. Pero todas estas
transformaciones, importantes o nimias, nos dejan un poso de nostalgia, al
recordar tiempos, personas e imágenes que ya no volverán. Es ese tiempo
“perdido” que nunca podremos recuperar.
Muchos de las
personas mayores solemos recordar múltiples vivencias de nuestra infancia, que
sentimos como felices e imborrables. Entre estas imágenes recurrentes, tienen
especial significación los amplios tiempos que dedicábamos para jugar y,
obviamente, todos aquellos juguetes que tanto nos hacían disfrutar.
En los
pretéritos y “felices” años 50 y 60, los comercios que más motivación y
fascinación nos producías eran los puestos de chucherías y las tiendas de
juguetes. En Málaga, por encima de todos los comercios, destacaba en esta faceta
lúdica infantil la tienda de JUGUETES CARRIÓN.
Aunque esta marca nació en calle Compañía en 1953, como tienda de prendas de
vestir y juguetes, esquina con el pasaje de los Mártires, posteriormente se
especializó en ofrecer toda una inmensa juguetería, en un local cercano, en el
mismo pasaje de los Mártires, espacio hoy ocupado por las instalaciones del
Museo Thyssen, inaugurado en el 2011.
Una de las
diversiones de la chIquillería de aquellos años de posguerra consistía, por ejemplo,
en ir a los dos grandes escaparates de Juguetes Carrión, para deleitarnos
durante muchos minutos en contemplar aquel “reino de los juguetes”, construido
en nuestra sencilla imaginación infantil. Los trenes eléctricos, que sólo
podían tener los niños de familias acomodadas en lo económico, los inolvidables
Meccanos, los Juegos Reunidos Jeyper, los balones y pelotas de todo tipo de
calidad, desde las de goma hasta los balones de “reglamento” hechos de piel de
badana, los saltadores, las cocinitas, las muñecas de trapo de pasta, los
rompecabezas, las arquitecturas de madera coloreada, las acuarelas, los
camiones y coches de madera, latón y de cuerda, las escopetas y las pistolas
(los balines eran pequeños tapones de corcho), las “caretas” de cartón pintado
con múltiples figuras para pasarlo bien, los cubos y las paletas para jugar en
la playa, los tanques y los aviones, etc. Sobra añadir que en aquellos años no
había llegado todavía la “invasión cibernética” a todos los órdenes de la vida.
Como la
“economía” de la mayoría de los niños era muy modesta o casi nula, en aquellos
tiempos de escasez, se improvisaba una pelota para jugar al fútbol con un
simple taco de madera, una chapa o un cierre de latón de una botella de
refresco o cerveza. También servía un trozo de ladrillo, que no fuese
especialmente voluminoso. Se vendían cartones, periódicos usados e incluso
trozos de pan duro, para recoger unas pesetas o céntimos, con los que poder
comprar una pelota de goma para el juego en las calles, plazas y jardines. Se
improvisaban porterías de fútbol, utilizando los portales de las casas, aunque
las protestas de sus inquilinos eran constantes. Lo verdaderamente importante
era jugar y tratar de pasarlo bien, durante aquellos largos tiempos de escasez
y aburrimiento.
Cuando se acercaban las muy esperadas fechas navideñas y la llegada de “los Reyes Magos de Oriente”, las visitas a los escaparates de la tienda de juguetes Carrión eran frecuentes e intensamente emocionantes. Cada niño tenía su juguete preferido y anhelado en su crédula imaginación. Había que escribir la carta a los Reyes y posteriormente echarla sin franqueo o incluso con un sello “matado” al buzón que se instalaba en la puerta del gran establecimiento donde los juguetes esperaban “la recogida” por SS.MM. El autor de estas líneas para la nostalgia ha de confesar que su mayor deseo era jugar con un fuerte de madera, provisto de empalizadas y torretas de vigía en los cuatro ángulos del espacio militar, lugar donde los soldados americanos de goma, con sus casacas azules, su gorro del mismo color y su pañuelo amarillo al cuello, se defendían de los ataques que realizaban los indios, con sus tatuajes de guerra, arcos de flecha y gorros alargados de plumas. El juego de los soldados y los indios emocionaba a tantos niños que habían visto en las pantallas de los viejos cines de barrio, las películas de antiguo oeste americano. La creencia en que los RR MM pudieran traen en las alforjas mágicas de sus camellos ese fuerte de soldados e indios u otros juguetes era una fuerte esperanza que motivaba e ilusionaba, hasta el amanecer con las sorpresas del 6 de enero. La noche del día cinco, en la que había que poner un zapato cerca del nacimiento, junto al que los Reyes dejaban sus mágicos regalos, era difícil poder conciliar el sueño, por la emoción que suponía pensar el “qué me traerán los Reyes”. Al levantarse de la cama por la mañana, la emoción y sorpresa de los niños era inenarrable. Por supuesto no sólo los niños jugaban en esa fecha emblemática del primer mes del año, sino que también sus padres participaban en esos juegos, convirtiéndose, especialmente en ese día de Reyes, en “niños grandes” que competían con los juguetes que les habían dejado a los pequeños de la casa.
Las tiendas
de juguetes Carrión, con el prestigio merecido para los juegos de los niños de
distintas generaciones, se fueron multiplicando en distintos puntos del
callejero malagueño: Alarcón Luján, Santa Lucía, Mármoles, Juan Sebastián
Elcano. Avda de Plutarco y calle Nueva. También fueron instaladas sucursales en
algunos puntos de Andalucía, como en la vecina Granada y Córdoba.
Pero con la llegada de la informática y los juguetes electrónicos, la venta de juguetes tradicionales fue decayendo paulatinamente. Y las tiendas de Carrión se vieron abocadas al cierre. La competencia de precio en los grandes centros comerciales, Internet, Temu, Amazón … fueron ocupando y dominando el ilusionado mercado de juguetes. Hace escasos días, la prensa local nos trajo una triste noticia, especialmente para los niños vivos de los años 50 y 60. El último paraíso de los juguetes, la última tienda abierta de Juguetes Carrión en la popular y transitada calle Nueva, a dos pasos de Larios y la plaza de la Constitución, echaba también el cierre, el día 30 de abril. Arturo, 49, nieto del fundador de la empresa, don Francisco Carrión Ruiz, explicaba las causas que le habían llevado a tomar tan dolorosa decisión. “No vendemos lo suficiente, como para poder mantener la tienda abierta. El saldo comercial no cubre los gastos. ¿Por qué vendemos tan poco? Hay menos niños y los niños juegan mucho menos en las calles. Desde muy pequeños tienen acceso a sofisticados periféricos informáticos: móviles telefónicos, tabletas electrónicas de prestaciones informáticas sofisticadas, poderosos ordenadores portátiles. El plástico fue el primero que fue avisando de que el mundo lúdico infantil cambiaba. Aquel juguete de madera, metal, latón, goma, algodón, ya no es demandado por los niños. Las grandes superficies comerciales, los gigantes del comercio on-line, servido por el repartidor del transporte urgente en los domicilios, es una competencia imposible para las antiguas y tradicionales tiendas de juguetes.
Este afectivo
y nostálgico articulo va dirigido a ese mundo inolvidable de los juguetes de
siempre y, en concreto, a todos los buenos comerciantes que tenían vínculos
directos con SS MM los Reyes de Oriente. Gracias a su generosa labor, nuestra
infancia pudo ser más divertida, ilusionada y fraternal, en unos años
difíciles, pero sin embargo más imaginativos y creativos, Un adiós agradecido
para siempre en el recuerdo, al inolvidable “paraíso” de los JUGUETES CARRIÓN. –
José L.
Casado Toro
Mayo 2026





