Artículo de Iñaki Echeverría Huarte, Assistant Professor, Universidad de Navarra, Ángel Garcimartín Montero, Catedrático de Física de la Materia Condensada, Universidad de Navarra y Iker Zuriguel Ballaz, Professor of Applied Physics, Universidad de Navarra. Publicado en la revista digital The Conversation.
Esta historia comenzó, como tantas otras
en la historia de la ciencia, con algo que no estábamos buscando.
En 2020, durante la pandemia de covid-19,
estábamos estudiando una cuestión práctica: ¿cómo se mueven las personas en un
espacio cerrado cuando se les pide que mantengan la distancia entre ellas? Al
ver las grabaciones una y otra vez, nos dimos cuenta de algo extraño: casi
todos los participantes caminaban en círculos que giraban en la misma dirección,
siempre en sentido antihorario. Y lo más curioso de todo es que ninguno de
ellos parecía haberse dado cuenta de que lo estaban haciendo.
Esa
observación nos llevó a emprender una investigación de cinco años
para averiguar por qué los seres humanos se comportan de esta manera.
El efecto en sí mismo es fácil de
describir. Si dejamos que una multitud deambule por un espacio cerrado sin un
destino concreto, poco a poco empieza a girar, casi siempre hacia la izquierda.
Nadie dirige ese movimiento. Nadie lo decide.
Para un físico, esto parece un ejemplo
clásico de “comportamiento emergente”: un patrón colectivo que surge de
innumerables pequeñas interacciones, ya sea entre individuos o entre estos y su
entorno. Estas eran nuestras dos hipótesis principales, que intentamos validar
por separado.
No era la sala
Nuestra primera sospecha se basaba en la
interacción entre los peatones y las paredes de la sala. Un estudio anterior de neurociencia había
descubierto que las personas diestras tienden a girar a la izquierda y las
zurdas, a la derecha, un sesgo sutil relacionado con pequeñas diferencias entre
las dos mitades del cerebro. Dado que la mayoría de nuestro grupo original era
diestra, era razonable plantear la hipótesis de que el remolino colectivo no
era más que la suma de las preferencias individuales, convertida en un bucle
por las paredes que les rodeaban.
Para comprobarlo, diseñamos un nuevo
experimento que comenzaba incluso antes de que el grupo se reuniera en el
recinto. Uno a uno, los voluntarios caminaban en línea recta hacia una pared y
registrábamos en qué dirección giraban al llegar allí.
Al conocer la preferencia de cada uno,
pudimos clasificar a las personas según esta característica y observar el
resultado. Si las paredes y la lateralidad fueran la respuesta, un grupo de
zurdos o, mejor aún, de personas que giraran exclusivamente a la derecha,
acabaría invirtiendo la rotación y se movería en el sentido de las agujas del
reloj. Pero eso nunca ocurrió. Tanto si llenábamos la sala con personas que
giraban a la derecha como con zurdos, el sesgo en sentido contrario a las
agujas del reloj se mantenía.
Quizá la presencia de las paredes en sí
misma fuera la causa de este efecto de desviación. Para averiguarlo,
trasladamos el experimento al aire libre, a un patio escolar muy amplio de
3 000 metros cuadrados, sin muros perimetrales, y dejamos que más de un
centenar de adolescentes caminaran sin nada que los guiara. El efecto de
rotación no solo se mantuvo, sino que se intensificó. Evidentemente, la sala no
tenía la culpa.
No era la cultura
Eso nos dejaba con nuestro segundo
sospechoso: la forma en que interactuamos entre nosotros. Cuando dos peatones
se encuentran de frente, cada uno se aparta, lo que da lugar al conocido fenómeno de la formación de carriles.
Pero el lado que elegimos no es aleatorio,
y suele estar determinado por la parte de la carretera por la que circulan los
vehículos. En España, al igual que en el resto de Europa continental, nos
apartamos hacia la derecha, lo que deja algo de espacio a nuestra izquierda
para que la persona que viene en sentido contrario haga lo mismo.
Quizás, razonamos, el origen del
movimiento en sentido antihorario no era más que una manifestación de este
fenómeno. Si los peatones tienden a apartarse hacia la derecha en cada
interacción, acabarán caminando con la pared a la derecha, moviéndose en
sentido antihorario. Si esto fuera cierto, una multitud japonesa debería girar
en sentido horario porque, en Japón, la gente conduce y se aparta hacia la
izquierda, y la formación de carriles se produce en el lado opuesto al de
España.
Nos pusimos en contacto con un colega de Tokio, convencidos de que
él observaría que la multitud giraba en el sentido de las agujas del reloj. Los
nuevos experimentos se saldaron con un nuevo fracaso. La multitud japonesa giró
en sentido antihorario, por lo que nuestra hipótesis era errónea.
Aún quedaba una explicación cultural: un
hábito adquirido en algún momento, como la dirección antihoraria en la que se
construyen casi todas las pistas de atletismo. Así que recurrimos a los niños
de guardería, que apenas han comenzado a asimilar las convenciones de los
adultos. Lejos de desaparecer, su tendencia en sentido antihorario fue la más
marcada que medimos en cualquier lugar.
La
respuesta está dentro de nosotros
Si no se trata del grupo, del entorno ni de
nuestros hábitos sociales, solo quedaba una posibilidad: una característica
puramente individual, algo biomecánico o arraigado en el cerebro.
Para comprobarlo, pedimos a más de 200
voluntarios que caminaran solos, de uno en uno, en un recinto vacío. Sin nadie
con quien chocar y sin una multitud a la que seguir, una clara mayoría siguió
moviéndose en sentido antihorario.
Durante décadas, nuestro campo había dado
por sentado que patrones colectivos como este surgen de las interacciones entre
los peatones. En este caso, los datos muestran exactamente lo contrario: el
patrón ya está presente en una sola persona que camina por su cuenta. De hecho,
al introducir en un modelo únicamente esos datos de movimiento individual,
fuimos capaces de reproducir el remolino de toda la multitud. En este caso, y
al contrario de lo que ocurre en los fenómenos colectivos emergentes, el todo
no es más que la suma de las partes; es exactamente lo mismo.
Y aquí está la conclusión sincera: seguimos
sin saber el porqué de este sesgo a nivel individual. Buscamos una relación con
la lateralidad (mano dominante), el pie dominante, el ojo dominante, el sexo,
etc., y no encontramos nada. Los estudios con personas que caminan con los ojos
vendados, que tienden a desviarse en espiral hacia un lado, apuntan a algo más
profundo, tal vez a ligeras asimetrías en el oído interno que modifican
mínimamente nuestro sentido de la rectitud. Pero, tal y como están las cosas,
no podemos dar ninguna explicación al respecto.
En cualquier caso, saber que esa tendencia
es propia del individuo y no del grupo sigue siendo valioso, y podría cambiar
la forma en que modelamos y diseñamos los espacios que compartimos: lugares como
aeropuertos, estaciones de tren y museos, donde es importante que el tránsito
de personas sea fluido.
Esa misma inclinación hacia la izquierda se
observa incluso en los animales, por ejemplo, en los bancos de peces y en las
columnas en espiral de las hormigas soldado. La fuerza que empuja a un ser
humano hacia la izquierda podría, en última instancia, resultar mucho más
antigua que la propia humanidad.




