27 mayo 2026

GONZALO CELORIO, PREMIO CERVANTES 2025: LA ESCRITURA COMO MEMORIA

 

Artículo de Dulce María Zúñiga Chávez, Profesora investigadora de literatura, Universidad de Guadalajara. Publicado en la revista Digital The Conversation.

Que a Gonzalo Celorio (México, 1948) se le otorgue el Premio Cervantes 2025 no es sólo un reconocimiento a una trayectoria de autor y humanista, es la celebración de una manera de entender la literatura como destino y como arte de la memoria.

Gonzalo Celorio es un hombre de letras “integral”. Así lo califica el jurado del Cervantes. Y estamos de acuerdo. Es narrador, ensayista, hombre de teatro, filólogo y promotor cultural. Pero, sobre todo, es un gran lector y erudito: “nada humano le es ajeno”. Sus conocimientos van más allá de la literatura escrita en español. Sus intereses lo han llevado a conocer de historia, antropología y otras ciencias humanas.

Una obra que abarca géneros y culturas

Gonzalo Celorio ocupa un lugar importante en la literatura contemporánea no sólo por la amplitud y densidad de su obra, sino por la conciencia profunda con la que ha sabido entretejer su historia personal con la de una vasta geografía histórica y cultural que abarca países como España, México, Cuba y Nicaragua. En su escritura, la experiencia individual se dilata hasta volverse memoria compartida, y la memoria, a su vez, se vuelve una forma de conocimiento.

Es autor de las novelas Amor propio (1992), Y retiemble en sus centros la tierra (1999), así como de la trilogía titulada irónicamente “Una familia ejemplar”, integrada por Tres lindas cubanas (2006), El metal y la escoria (2014) y Los apóstatas (2020). En ella despliega una mirada crítica, a la vez lúcida y entrañable, sobre los vínculos familiares y las fisuras de la memoria. Construye una épica familiar que abarca varias épocas y territorios.

A esta obra narrativa se suma una producción ensayística fundamental: El viaje sedentario (1994), México, ciudad de papel (1997), Ensayo de contraconquista (2001), Cánones subversivos (2009), Del esplendor de la lengua española (2016), De la carrera de la edad (2018), Mentideros de la memoria (2022) o Ese montón de espejos rotos (2025).

Varios de sus libros han sido traducidos al inglés, francés, italiano, portugués, griego y chino, lo que da cuenta de su proyección internacional.

La lengua como memoria

La obra de Gonzalo Celorio se alza como un espacio donde el lenguaje deja de ser sólo un instrumento de comunicación y se convierte en sustancia viva. Su escritura no sólo narra: respira, recuerda, interroga. Hay en ella una convicción profunda de que las palabras no nombran el mundo desde fuera, sino que lo engendran desde dentro. Su conocimiento del idioma le valió ser elegido director de la Academia Mexicana de la Lengua. También tiene vínculos oficiales con la Real Academia Española y con las academias cubana y nicaragüense.

En sus escritos, el español encuentra una de sus modulaciones más sensibles. Su voz no sólo cuenta anécdotas, sino que recuerda por todos nosotros. Y en ese acto de recordar vuelve a fundar –con delicadeza y hondura– un mundo.

De hecho, una de las claves de su obra se encuentra en la tensión entre recordar y dejar atrás. El autor ganador del Premio Cervantes 2025 así lo dijo con sencillez cuando
se encontró con la prensa tras el anuncio del galardón: “Escribo fundamentalmente para olvidar”. Y enseguida reconoció la paradoja: “mis novelas son memorísticas”.

Celorio posee una memoria prodigiosa, a la menor provocación recita poemas de decenas de autores clásicos, o páginas completas de novelas. Esto revela una relación íntima, física y corpórea con el idioma. Así se vio en 2004, durante el homenaje internacional al autor argentino Julio Cortázar, en la Universidad de Guadalajara. Allí, Celorio y el escritor Eduardo Casar maravillaron al público escenificando de memoria el capítulo 68 de la novela Rayuela, escrito en “gíglico” (lenguaje inventado). Fue una sesión inolvidable.

 

El ritmo del lenguaje

Para Gonzalo Celorio, la literatura no es sólo una manera de dar salida a sus recuerdos, sino también una forma de vida. Así, confesó también que escribía “por una necesidad apremiante”.

La escritura del ganador del Premio Cervantes 2025 puede entenderse como una poética de la narración: un modo de concebir el lenguaje como ritmo, como resonancia, como espacio de condensación simbólica donde se insinúa lo esencial. Cada palabra parece elegida no sólo por su significado, sino por su peso y su música.

En este cruce de memoria y lenguaje, de narración y poesía, la obra de Gonzalo Celorio se vuelve una interrogación constante sobre la posibilidad de decir el mundo sin agotarlo. Su voz narrativa no se impone: se despliega, se demora, escucha. Y en esa escucha encuentra su forma más honda de verdad.

¡Enhorabuena, Gonzalo Celorio!


25 mayo 2026

EL AYA

 

Un cuento de José María Eça de Queirós

 

Érase una vez un rey, joven y valiente, señor de un reino abundante en ciudades y cosechas, que partía a batallar por tierras distantes, dejando solitaria y triste a su reina y a un hijo chiquitín, que todavía vivía en su cuna, envuelto en sus fajas. La luna llena que lo viera marchar, llevado en su sueño de conquista y de fama, empezaba a menguar, cuando uno de sus caballeros apareció, con las armas rotas, negro de la sangre seca y del polvo de los caminos, trayendo la amarga nueva de una batalla perdida y de la muerte del rey, traspasado por siete lanzas entre la flor de su nobleza, a la orilla de un gran río. La reina lloró magníficamente al rey. Lloró, además, desoladamente al esposo, que era hermoso y alegre. Pero, sobre todo, lloró ansiosamente al padre que así deja al hijito desamparado, en medio de tantos enemigos de su frágil vida y del reino que sería suyo, sin un brazo que lo defendiese, fuerte por la fuerza y fuerte por el amor.

De esos enemigos, el más temeroso era su tío, hermano bastardo del rey, hombre depravado y bravío, consumido por groseras codicias, deseando la realeza tan solo por sus tesoros, y que hacía años que vivía en un castillo en los montes, con una horda de rebeldes, como lobo que, desde su atalaya, en su foso, espera la presa. ¡Ay, la presa ahora era aquella criaturita, rey que aún mamaba,  señor de tantas provincias, y que dormía en  su cuna con un sonajero de oro en la mano cerrada!

A su lado, otro niño dormía en otra cuna. Pero este era un esclavito, hijo de la bella y robusta esclava que amamantaba al príncipe. Ambos habían nacido en la misma noche de verano. El mismo pecho los criaba. Cuando la reina, antes de adormecerse, se acercaba a besar al principito, que tenía el cabello rubio y fino, besaba  también  por amor suyo al esclavito, que tenía  el cabello negro y crespo. Los ojos de ambos relucían como piedras preciosas. Solo que la cuna de uno era magnifica y de marfil entre  brocados, y la cuna del otro, pobre y de mimbre. La leal esclava, sin embargo, a ambos dedicaba igual cariño, porque si uno era su hijo, el otro seria su rey.

Nacida en aquella casa real, tenía por pasión, por religión, a sus señores. Ningún llanto correría más sentidamente que el suyo por el rey muerto a la orilla del gran río. Pertenecía, por lo demás, a una raza que cree que la vida de la Tierra se continúa en el Cielo. El rey, su amo, seguramente ya estaría ahora reinando en otro reino, más allá de las nubes, abundante también en cosechas y ciudades. Su caballo de batalla, sus armas, sus pajes, habían subido con él a las alturas. Sus vasallos, según fuesen muriendo, prontamente irían en ese reino celeste a retomar en torno a él su vasallaje. Y ella, un día, a su vez, remontaría en un rayo de luz para habitar el palacio de su señor, e hilar de nuevo el lino de sus túnicas, y encender de nuevo la cazoleta de sus perfumes; sería en el Cielo como había sido en la Tierra, y feliz en su servidumbre.

¡Pero, además, también ella temblaba por su principito! ¡Cuántas veces, con él colgado al pecho, pensaba en su fragilidad, en su larga infancia, en los años lentos que correrían antes de que él fuese al menos del tamaño de una espada, y en aquel tío, cruel, de rostro más oscuro que la noche y corazón más oscuro que el rostro, hambriento del trono y acechando desde la cima de su roquedo entre los alfanjes de su horda! ¡Pobre principito de su alma! Con una ternura mayor lo apretaba entonces en los brazos. Pero si su hijo parloteaba al lado, sus brazos corrían hacia él con un ardor más feliz. Ese, en su indigencia, nada tenía que temer de la vida. Desgracias, asaltos de la suerte mala, nunca lo podrían dejar más desnudo de las glorias y bienes del mundo de lo que ya estaba allí, en su cuna, bajo el pedazo de lino blanco que resguardaba su desnudez. La existencia, en verdad, era para él más preciosa y digna de ser conservada que la de su príncipe, porque ninguno de los duros cuidados que ennegrecen el alma de los señores rozaría siquiera su alma libre y sencilla de esclavo. Y, como si lo amase más por aquella humildad dichosa, cubría su cuerpecito gordo de besos pesados y devoradores: de los besos que se hacían leves sobre las manos de su príncipe.

Sin embargo, un gran temor llenaba el palacio, en donde ahora reinaba una mujer entre mujeres. El bastardo, el hombre de rapiña que erraba en la cima de las sierras, había bajado a la llanura con su horda, y ya a través de caseríos y aldeas felices iba dejando un surco de matanza y de ruinas. Las puertas de la ciudad se habían asegurado con cadenas más fuertes. En las atalayas, ardían fuegos más altos. Pero a la defensa le faltaba la disciplina viril. Una roca no gobierna como una espada. Toda la nobleza fiel había perecido en la gran batalla. Y la desventurada reina tan solo sabía correr a cada instante a la cuna de su pequeño y llorar sobre él su flaqueza de viuda. Solamente el ama leal parecía segura: como si los brazos en que estrechaba a su príncipe fuesen murallas de una ciudadela que ninguna  audacia puede  transponer.

Pero una noche, noche de silencio y oscuridad, cuando se iba a dormir, habiéndose desvestido, ya en su catre, entre sus dos niños, adivinó, más que sintió, un corto rumor de hierro y de pendencia, lejos, a la entrada de los jardines reales. Envuelta a toda prisa en un manto, echándose los cabellos hacia atrás, escuchó ansiosamente. En la tierra enarenada, entre los jazmines, corrían pasos pesados y rudos. Hubo después un gemido, un cuerpo cayendo indolente, sobre losas, como un fardo. Corrió con violencia la cortina. Y allá, al fondo de la galería, avistó hombres, un resplandor de linternas, brillos de armas… En un momento lo comprendió todo: ¡el palacio sorprendido, el bastardo cruel que venía a robar, a matar a su príncipe! Entonces, rápidamente, sin una vacilación, sin una duda, arrebató al príncipe de su cuna de marfil, lo lanzó a la pobre cuna de mimbre, y sacando a su hijo de la cuna servil, entre besos desesperados, lo acostó en la cuna real, que cubrió con un brocado.

Bruscamente, un hombre enorme, de rostro llameante, con un manto negro sobre la cota de malla, surgió en la puerta de la cámara, entre otros, que levantaban linternas. Miró, corrió a la cuna de marfil en la que lucían los brocados, arrancó al niño, y, ahogando sus gritos en el manto, partió apresurada y furiosamente.

El príncipe dormía en su nueva cuna. El ama se había quedado inmóvil en el silencio y la tiniebla.

Pero bramidos de alarma, de repente, atronaron el palacio. Por las cristaleras se percibió el luengo llamear de las antorchas. Los patios resonaban con el golpe de las armas. Y desgreñada, casi desnuda, la reina invadió la cámara, entre las ayas, clamando por su hijo. Al ver la cuna de marfil, con las ropas en desorden, vacía, cayó sobre las losas, en un llanto, destrozada. Entonces, callada, muy lenta, muy pálida, el ama descubrió la pobre cuna de mimbre… Allí estaba el príncipe, quieto, adormecido, en un sueño que le hacía sonreír y le iluminaba todo el rostro entre sus cabellos de oro. La madre cayó sobre la cuna, con un suspiro, como cae un cuerpo muerto.

En ese instante, un nuevo clamor estremeció la galería de mármol. Era el capitán de la guardia y su  gente fiel. En sus clamores había, sin embargo, más tristeza que triunfo. ¡El bastardo había muerto! Capturado entre el palacio y la ciudadela al escapar, aplastado por la fuerte legión de arqueros, había sucumbido y con él veinte de su horda. Su cuerpo allí  había quedado, con flechas en el costado, en un charco de sangre. ¡Pero, ay, dolor sin nombre! ¡El cuerpecito tierno del príncipe allí había quedado también, envuelto en un manto, ya frío, lívido aún de las manos feroces que lo habían estrangulado! Así, tumultuosamente, lanzaban la nueva cruel los hombres de armas, cuando la reina, deslumbrada, con lágrimas entre risas, levantó en sus brazos, para enseñárselo, al príncipe, que había des­pertado.

Fue un asombro, una aclamación. ¿Quién lo había salvado? ¿Quién? ¡Allí estaba junto a la cuna de marfil vacía, muda y yerta, la que lo había salvado! ¡Sierva sublimemente leal! Fue ella la que, para conservar la vida a su príncipe, mandó a la muerte a su hijo… Entonces, solo entonces, la madre dichosa, emergiendo de su alegría extática, abrazó apasionadamente a la madre dolorosa, y la besó, y la llamó hermana de su corazón… Y de entre aquella multitud que se apretaba en la galería vino una nueva, ardiente aclamación, con súplicas de que fuese recompensada, magníficamente, la sierva admirable que había salvado al rey y al reino.

¿Pero cómo? ¿Qué bolsas de oro podrían pagar un hijo? Entonces un viejo de casta noble sugirió que la llevasen al tesoro real, y que escogiese de entre esas riquezas, que eran  las mayores de la India, todas  cuantas su deseo apeteciese…

La reina tomó la mano de la sierva. Y sin que su rostro de mármol perdiese la rigidez, con andares de muerta, como en un sueño, así fue conducida a la cámara de los tesoros. Señores, ayas, hombres de armas, seguían con un respeto tan conmovido que apenas se oía el rozar de las sandalias en las losas. Las macizas puertas del tesoro rodaron lentamente. Y cuando un siervo desatrancó las ventanas, la luz de la madrugada, ya clara y rosácea, entrando por las rejas de hierro, prendió un maravilloso y chispeante incendio de oro y pedrerías. Del suelo de roca hasta las sombrías bóvedas, por toda la cámara, relucían, centelleaban, refulgían los escudos de oro, las armas taraceadas, los montones de diamantes, las pilas de monedas, los largos hilos de perlas, todas las riquezas de aquel reino, acumuladas por cien reyes durante veinte siglos. Un largo «¡Ah!», lento y maravillado, pasó sobre la turba y enmudeció. Después se hizo un silencio ansioso. Y en medio de la cámara, envuelta en un precioso fulgor, el ama no se movía… Apenas sus ojos, brillantes y secos, se habían levantado hacia aquel cielo que, más allá de las rejas, se teñía de rosa y de oro. Era allí, en ese cielo fresco y de madrugada, donde estaba ahora su niño. ¡Estaba allí, y ya el sol se levantaba, y era tarde, y su niño seguramente lloraba, y buscaba su pecho!… Entonces, el ama sonrió y alargó la mano. Todos seguían, sin respirar, aquel lento mover de su mano abierta. ¿Qué joya  maravillosa, qué hilo de diamantes, que puñado de rubíes iba a escoger?

El ama extendió la mano, y sobre un escabel cercano, de un manojo de armas, asió un puñal. Era el puñal de un viejo rey, todo tachonado de esmeraldas, y que valía una provincia.

Había agarrado el puñal y con él apretado fuertemente en la mano, apuntando hacia el cielo, donde subían los primeros rayos de sol, miró a la reina y a la multitud, y gritó:

-¡He salvado a mi príncipe, y ahora voy a dar de mamar a mi hijo!

Y se clavó el puñal en el corazón.

FIN

23 mayo 2026

UN POEMA PARA EL SÁBADO: GUADALUPE GRANDE

 

Junto a la puerta

La casa está vacía
y el aroma de una rencorosa esperanza
perfuma cada rincón

Quién nos dijo
mientras nos desperezábamos al mundo
que alguna vez hallaríamos
cobijo en este desierto.

Quién nos hizo creer, confiar,
—peor: esperar —,
que tras la puerta, bajo la taza,
en aquel cajón, tras la palabra,
en aquella piel,
nuestra herida sería curada.

Quién escarbó en nuestros corazones
y más tarde no supo qué plantar
y nos dejó este hoyo sin semilla
donde no cabe más que la esperanza.

Quién se acercó después
y nos dijo bajito,
en un instante de avaricia,
que no había rincón donde esperar.

Quién fue tan impiadoso, quién,
que nos abrió este reino sin tazas,
sin puertas ni horas mansas,
sin treguas, sin palabras con que fraguar el mundo.

Está bien, no lloremos más,
la tarde aún cae despacio.
Demos el último paseo
de esta desdichada esperanza.

Guadalupe Grande

De: «El libro de Lilit»

 

Guadalupe Grande Aguirre (Madrid, 30 de mayo de 1965-Madrid, 2 de enero de 2021)  fue una poeta, ensayista y crítica española.

Licenciada en Antropología Social por la Universidad Complutense de Madrid, era hija de los poetas Francisca Aguirre y Félix Grande y nieta del pintor Lorenzo Aguirre.

Publicó los libros de poesía El libro de Lilit, Premio Rafael Alberti, La llave de niebla, Mapas de cera y Hotel para erizos. Sus poemas figuran en revistas así como en antologías de ámbito nacional e internacional. Junto a Juan Carlos Mestre realizó la selección y traducción de La aldea de sal, antología del poeta brasileño Lêdo Ivo.

Como crítica literaria colaboró desde 1989 en diversos diarios y revistas culturales, como El Mundo, El Independiente, Cuadernos Hispanoamericanos, El Urogallo, Reseña, etcétera.

En 2008 obtuvo la Beca Valle-Inclán para la creación literaria en la Academia de España en Roma. En el ámbito de la edición y la gestión cultural trabajó en diversas instituciones como los Cursos de Verano de la Universidad Complutense de Madrid, la Casa de América y el Teatro Real. Desde ese año, comenzó a experimentar con la fotografía y el collage.

En sus últimos años, fue responsable de la actividad poética de la Universidad Popular José Hierro, en San Sebastián de los Reyes. Fue muy activa en la cultura de Madrid, y en su barrio de Chamberí hasta su muerte.

 


DE UN LIBRO PARA EL SÁBADO: MANUEL VICENT

 


 

 

El 17 de Julio del año 1936, a las cinco de la tarde, que en España es la hora de matar reses bravas, se levantaron los militares en África para derribar a la II República  y reponer a la Monarquía. El fracaso del alzamiento dio origen a la guerra civil. Alfonso XIII, desde su exilio en el Gran Hotel de Roma, contribuyó con un millón de pesetas para la causa. Su hijo, el joven don Juan de Borbón, se ofreció voluntario para pelear contra otros españoles en el bando nacional, un deseo que no pudo cumplir por la expresa negativa de Franco. «Ése aquí no hará más que enredar».

Franco jugó con una baraja que acabaría con todas las cartas manchadas de sangre. Cuando se inició aquella gran corrida, Adolfo Suárez tenía cuatro años. Don Juan Carlos estaba a punto de llegar a este mundo. La mujer rubia lo haría poco después. Con estos tres personajes, con un príncipe que partía ladrillos con la mano, con un simpático político de billar y con una mujer rubia malherida, la historia formó un triángulo, dentro del cual echó los dados el azar, principio y final de este relato.

Setenta y dos años después, el 17 de julio de 2008, a la misma hora, cinco de la tarde, que en España también es la hora de la siesta de baba con una mosca vibrando en el cristal, el rey don Juan Carlos visitó a Adolfo Suárez en su casa de la Colonia de la Florida, en las afueras de Madrid, para entregarle el Collar de la Insigne Orden del Toisón de Oro, la condecoración de más alto rango, sin duda muy merecida por los servicios que este hombre había prestado a la Corona. De aquella visita queda un testimonio gráfico, en cierto modo patético. El hijo de Suárez sacó una foto familiar de amos personajes de espaldas, mientras paseaban por el jardín de la mansión. En la imagen se ve al monarca en actitud afectuosa con el brazo sobre el hombro del político, el primer presidente del Gobierno de la democracia. Parecía uno de esos paseos que se dan después del orujo al final de una larga sobremesa. «Vamos a estirar un poco las piernas», se dice en estos casos, aunque en realidad el rey estaba guiando a Adolfo Suárez de forma amigable, pero inexorablemente, hacia la niebla de un bosque lleno de espectros del pasado bajo una claridad cenital, que se extendía sobre las copas de los pinos y las ramas de los abetos.

Adolfo Suárez había perdido la memoria (…)



Manuel Vicent nació el 10 de marzo de 1936 en Castellón. Es un destacado escritor y periodista español, conocido por su estilo literario en artículos y novelas. Licenciado en Derecho y Filosofía por la Universidad de Valencia y titulado en la Escuela Oficial de Periodismo de Madrid, ha desarrollado una prolífica carrera en El País. Ganador de premios como el Nadal y Alfaguara, es famoso por obras como Tranvía a la Malvarrosa.

Inició su andadura profesional en las revistas Hermano Lobo y Triunfo, y como columnista político en el diario Madrid. Desde 1977 colabora asiduamente en el diario El País.

Su estilo literario se caracteriza por una prosa poética y una gran capacidad de observación en sus crónicas, novelas, cuentos y libros de viajes.

Algunos de sus premios y reconocimientos: Premio Alfaguara de Novela (1966 por Pascua y Naranja y 1999 por Son de mar). Premio Nadal (1987 por La Balada de Caín). Premio González Ruano de Periodismo. Premio Francisco Cerecedo de Periodismo.

Sus obras principales, de un larga lista, son: la ya mencionada Tranvía a la Malvarrosa, Son de mar (adaptada al cine en 2001).La balada de Caín. La novia de Matisse. Una historia particular. Nadie muere la víspera. Póquer de ases. Mitologías. El azar de la mujer rubia. Detrás de la herida.

Además, su biografía incluye trabajos como galerista de arte y su participación en la memoria cultural española, incluyendo semblanzas como la de Concha Piquer en Retrato de una mujer moderna.

 

  Amaduma


21 mayo 2026

EL VIÑEDO ROJO: VINCENT VAN GOGH

 


Título original: La vigne rouge

Autor. Vincent Van Gogh

Técnica: Pintura al óleo

Estilo: Postimpresionismo

Tamaño: 75x93cm

Museo: Museo Pushkin, Moscú (Rusia)

 

El viñedo rojo cerca de Arlés (La vigne rouge) es una pintura al óleo del pintor holandés Vincent van Gogh, realizada en Arlés a principios de noviembre de 1888.

En octubre de 1888 Vincent le escribió a su hermano Theo:

«No puedo cambiar el hecho de que mis cuadros no se vendan. Pero llegará el momento en que la gente reconocerá que valen más que el costo de las pinturas utilizadas».

El pintor no consiguió vender su arte, pero acertó en su profecía futura. Su arte fue reconocido. Aunque por supuesto, él nunca lo supo.

Esta pintura, dicen, es la única obra que Van Gogh vendió en vida. Muchos expertos afirman que es muy posible que hubiera más ventas y sabemos que intercambió obras con otros artistas o pagó comida y material con sus pinturas, pero sólo hay registros y documentos de una venta en vida: El viñedo rojo.

Van Gogh la pintó en Arlés, cuando vivía con Gauguin en su comuna artística de dos miembros. Una vez más, escribió a Theo:

¡Si hubieras estado con nosotros el domingo! Vimos un viñedo rojo, completamente rojo como el vino tinto. A lo lejos se volvió amarillo, y luego un cielo verde con un sol, campos violetas y amarillos chispeantes aquí y allá la lluvia en la que se reflejaba el Sol poniente.

La obra sería comprada en 1890 en una exposición en Bruselas, la del grupo Les XX. Van Gogh envió seis obras y desde luego no gustaron a todo el mundo. De hecho, hubo un gran detractor: el simbolista belga Henry de Groux, al que le horrorizaba el arte de Vincent, en concreto sus Girasoles, que consideraba ridículos, abominables y un agente provocador. Para de Groux, van Gogh era un ignorante y un charlatán.

El 18 de enero, durante la inauguración de la muestra, hubo tensión: los seguidores de Van Gogh contra los de De Groux iniciaron sus hostilidades.  Se llegó a proponer un duelo a muerte, pero la sangre no llegaría al río. Los artistas son muy temperamentales. De Groux sería expulsado esa misma noche de Les XX y el Viñedo Rojo adquirido por Anna Boch, una artista belga (la única mujer entre Les XX).

Quizás empatizó con Vincent y su arte, que era sistemáticamente rechazado. Quizás vio que un cuadro que provocaba esos sentimientos debía tener algo. O quizás Boch simplemente vio el futuro del arte.

Boch puso 400 francos que fueron a parar al bolsillo de un Vincent exultante. Fue uno de los días más felices de su vida.

 


20 mayo 2026

LA LUZ MATUTINA Y OTROS TRUCOS PARA QUE LA EDAD NO NOS QUITE EL SUEÑO

 

Artículo de Álvaro Astasio Picado, Profesor de Enfermería Médico-Quirúrgica. Doctor en Biomedicina Aplicada., Universidad de Castilla-La Mancha. Publicado en la revista digital The Conversation.

 

Muchas personas observan que, con el paso de los años, dormir “como un niño” se vuelve más difícil. El sueño parece menos profundo, los despertares nocturnos son más frecuentes y cualquier ruido leve o preocupación puede interrumpir el descanso.

Esta experiencia no es una simple percepción subjetiva: la ciencia del sueño ha demostrado que el envejecimiento se asocia a cambios bien definidos en la estructura y la regulación del sueño.

La arquitectura del sueño cambia con la edad

El sueño humano se organiza en ciclos que incluyen fases de sueño no REM (N1, N2 y N3) y sueño REM. La fase N3, también conocida como sueño de ondas lentas o sueño profundo, es especialmente importante para la recuperación física y cerebral.

Diversos estudios han demostrado que, a partir de la edad adulta media, se produce una reducción progresiva del sueño de ondas lentas, junto con un aumento del número de despertares y del tiempo despierto tras el inicio del sueño. En concreto, un metaanálisis clásico basado en datos de más de 65 estudios y miles de individuos sanos mostró que el porcentaje de sueño profundo disminuye de forma significativa con la edad, a la vez que el sueño se vuelve más fragmentado y menos eficiente.

Este cambio en la arquitectura del sueño explica en gran medida la sensación de “sueño ligero” que refieren muchas personas mayores.

El envejecimiento cerebral desestabiliza el sueño

Dormir no es un proceso pasivo. El cerebro mantiene activamente el estado de sueño mediante redes neuronales que inhiben la vigilia y protegen frente a estímulos externos. Con el envejecimiento, estas redes se vuelven menos eficaces.

Los cambios estructurales y funcionales del cerebro envejecido, especialmente en regiones frontales, reducen la generación de ondas lentas y disminuyen la capacidad del órgano para mantener un sueño profundo y estable. Como consecuencia, el umbral para despertarse baja, haciendo que estímulos menores provoquen microdespertares o despertares completos.

Además, con la edad se altera la microarquitectura del sueño, como los husos del sueño, que desempeñan un papel clave en la consolidación del descanso nocturno y la protección frente a interrupciones.

Estudios con actigrafía también muestran que los patrones de descanso-actividad se vuelven más fragmentados con la edad, reflejando una pérdida de continuidad del sueño. Y somos más vulnerables al insomnio

Amanece más temprano

Otro factor clave es el envejecimiento del sistema circadiano, el “reloj interno” que regula los ciclos de sueño y vigilia. Con la edad, se produce un adelanto de fase circadiana, como si el día comenzase antes para nuestro cerebro. Eso explica por qué muchas personas mayores tienen sueño más temprano por la tarde y se despiertan muy pronto por la mañana.

Además, las señales circadianas que inducen al descanso, como la secreción de melatonina o los cambios de temperatura corporal, se reducen, haciendo que el sueño sea más vulnerable a interrupciones.

Aunque el envejecimiento biológico explica parte del fenómeno, el sueño ligero no debe atribuirse únicamente a la edad. En las personas mayores aumenta la frecuencia del dolor crónico, las enfermedades respiratorias o cardiovasculares y la nicturia (necesidad frecuente de orinar por la noche), que pueden hacernos despertar. Además, es habitual consumir alguno de los múltiples fármacos que alteran el sueño.

¿Por qué necesitamos el sueño profundo?

La pérdida de sueño de ondas lentas no solo afecta a la sensación subjetiva de descanso. Investigaciones recientes sugieren que este tipo de sueño está implicado en procesos de limpieza metabólica cerebral y en la salud cognitiva.

Un estudio longitudinal publicado en JAMA Neurology encontró que la reducción del sueño de ondas lentas se asociaba con un mayor riesgo de desarrollar demencia en adultos mayores, lo que refuerza la importancia de preservar la calidad del sueño en el envejecimiento.

Llegados a este punto, ¿qué se puede hacer para dormir “más profundo” al envejecer (sin caer en mitos)?

Aunque parte de los cambios del sueño forman parte del envejecimiento normal, existen estrategias eficaces para mejorar la continuidad y profundidad del sueño en personas mayores, basadas en mecanismos fisiológicos bien descritos.

Luz matutina: reforzar el reloj biológico

La exposición a luz por la mañana, preferentemente luz natural, es una de las intervenciones no farmacológicas mejor fundamentadas. La luz actúa como el principal sincronizador (zeitgeber) del ritmo circadiano, reforzando la señal de vigilia diurna y ayudando a que el sueño nocturno se consolide.

En adultos mayores, cuya señal circadiana suele ser más débil, la luz matutina ayuda a estabilizar los horarios de sueño y a reducir despertares nocturnos. Estudios y revisiones en cronobiología del envejecimiento subrayan que una adecuada exposición lumínica mejora la alineación circadiana y la calidad del descanso.

Regularidad de horarios: el valor de la rutina

Mantener horarios regulares de acostarse y levantarse, incluso los fines de semana, es especialmente importante con la edad. El cerebro envejecido depende más de señales externas y rutinas conductuales para mantener la estabilidad del sueño.

Los trabajos clásicos de D. J. Dijk y J. F. Duffy demostraron que la interacción entre el ritmo circadiano y la presión homeostática del sueño se vuelve más frágil con la edad. Por ello, la regularidad actúa como un “andamiaje externo” que compensa esta pérdida de robustez circadiana. Por el contrario, un horario irregular hace que el sueño se fragmente.

Ejercicio y actividad diurna: aumentar la presión de sueño

La actividad física regular, especialmente durante el día, contribuye a mejorar la llamada presión homeostática del sueño, es decir, la necesidad biológica de dormir que se acumula durante la vigilia. Llegar a la noche con suficiente “hambre de sueño” facilita un inicio más rápido del sueño y una mayor continuidad nocturna.

Revisiones sistemáticas indican que el ejercicio aeróbico y de fuerza en personas mayores se asocia con mejoras en la eficiencia del sueño y reducción de despertares, además de proporcionar beneficios cardiovasculares y funcionales.

Identificar y tratar las causas de los despertares nocturnos

En cuanto a las señales de alarma, el sueño ligero merece una evaluación clínica cuando se acompaña de somnolencia diurna intensa, ronquidos habituales con pausas respiratorias, despertares por sensación de ahogo, movimientos molestos en piernas al acostarse, empeoramiento progresivo o impacto significativo en la calidad de vida.

En estos casos, la causa subyacente suele ser identificable y potencialmente tratable, lo que puede mejorar de forma sustancial el descanso nocturno y la salud global.

Un principio clave en geriatría del sueño es que despertarse con frecuencia no siempre es un problema primario del sueño. El dolor crónico, el reflujo gastroesofágico, la nicturia, la apnea obstructiva del sueño y el síndrome de piernas inquietas son causas frecuentes de sueño fragmentado en personas mayores.

La evaluación y el tratamiento dirigidos a mejorar estas condiciones pueden contribuir de forma notable a una mejor calidad del sueño sin necesidad de fármacos hipnóticos.

Precaución con los hipnóticos: priorizar intervenciones no farmacológicas

El uso de hipnóticos en personas mayores se asocia a mayor riesgo de caídas, deterioro cognitivo, confusión y dependencia, especialmente cuando se consumen benzodiacepinas y fármacos Z. Por este motivo, las guías clínicas y revisiones recomiendan evitar su uso prolongado en este grupo de edad.

La terapia cognitivo-conductual (TCC-I) es considerada el tratamiento de primera línea para el insomnio crónico en adultos mayores, con eficacia demostrada y un perfil de seguridad claramente superior al de los fármacos.

Por más que el refranero nos asegure que “A la vejez se apoca el dormir y se aumenta el gruñir”, lograr que el cerebro envejecido tenga un buen descanso nocturno es posible.

 

16 mayo 2026

UN POEMA PARA EL SÁBADO: JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

 

Primavera Madre

 

¡Madre mía, tierra,
otra vez más verde,
más plena, más bella!

(Y yo, mientras, hijo
tuyo, con más secas
hojas en las venas).

¡Madre mía, tierra,
sé tú siempre joven,
y que yo me muera!

(Y tú, mientras, madre
mía, con más frescas
hojas en las piernas).

 

 

Juan Ramón Jiménez Mantecón (Moguer, Huelva, 23 de diciembre de 1881-San Juan de Puerto Rico, 29 de mayo de 1958) fue un poeta español. Ganó el Premio Nobel de Literatura en 1956 por el conjunto de su obra, entre la que destaca la obra lírica en prosa “Platero y yo”.

Estudia en la Universidad de Sevilla, pero abandona la carrera de  Derecho y la Pintura para dedicarse a la literatura, influenciado por Rubén Darío y los simbolistas franceses.

Hizo varios viajes a Francia y luego a Estados Unidos, donde en 1916 se casó con Zenobia  Camprubí, a la que había conocido tres años antes.

Este hecho y el redescubrimiento del mar serán decisivos en su obra, e influirán en la escritura de “Diario de un poeta recién casado”. Esta obra marca la frontera entre su etapa sensitiva y la intelectual.

En 1936, al estallar la Guerra Civil española, se exilia a Estados Unidos, Cuba y Puerto Rico. En este último país recibe la noticia de la concesión del Premio Nobel de Literatura en 1956.

 

La crítica suele dividir su trayectoria poética en tres etapas:

Etapa sensitiva (1898-1915): marcada por la influencia de Bécquer, el Simbolismo y el Modernismo. En ella predominan las descripciones del paisaje, los sentimientos vagos, la melancolía, la música y el color, los recuerdos y ensueños amorosos

Etapa intelectual (1916-1936): descubrimiento del mar como motivo trascendente. El mar simboliza la vida, la soledad, el gozo, el eterno tiempo presente. Se inicia, asimismo, una evolución espiritual que lo lleva a buscar la trascendencia.

Etapa verdadera (1937-1958): todo lo escrito durante su exilio americano.

 

La obra poética de Juan Ramón Jiménez es muy numerosa, con libros que, a lo largo de su vida y en un afán constante de superación, repudia o de los que salva algún poema, casi siempre retocado en sus sucesivas selecciones.

La biblioteca del Instituto Cervantes de Nueva Delhi lleva el nombre de Zenobia-Juan Ramón Jiménez.

 


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