Artículo
de María Vanessa Chávez Peña,
Profesora y Coordinadora de prácticas del Máster Universitario en Psicología
General Sanitaria, Universidad Europea. Publicada en la revista digital The
Conversation.
Aunque la enfermedad celíaca se ha asociado tradicionalmente con
la infancia, la evidencia científica demuestra que un
número creciente de diagnósticos se produce en la edad adulta, sobre todo a
partir de los 35 años. En muchos casos, este retraso
en la detección ocurre porque no aparece con los síntomas digestivos clásicos,
sino con manifestaciones inespecíficas o fuera del aparato digestivo.
Lo cierto es que una persona puede presentar desde joven una
predisposición genética a desarrollar celiaquía sin manifestar síntomas durante
muchos años. Entonces, diversos factores ambientales, como determinadas
infecciones, cambios hormonales o alteraciones importantes de la microbiota
intestinal (conjunto de microorganismos que viven de forma natural en nuestro
intestino, como las bacterias), podrían actuar como factores desencadenantes o
moduladores de la dolencia. En cualquier caso, esta tiene un origen
multifactorial.
La anemia ferropénica
como señal de alarma
Un cuadro muy representativo del diagnóstico tardío es la anemia ferropénica crónica o refractaria al tratamiento con
hierro. Resulta habitual que adultos celíacos
pasen años en consultas de hematología y probando suplementos sin lograr
recuperar sus niveles de ferritina, proteína que almacena el hierro en las
células.
Porque nos enfrentamos a un trastorno autoinmune sistémico: la
inflamación destruye las vellosidades del intestino delgado, lo que reduce la
superficie de absorción e impide la incorporación de micronutrientes esenciales
como el citado hierro.
La barrera de los falsos
negativos
El proceso diagnóstico presenta una barrera importante: la alta
probabilidad de que los resultados de los análisis sean engañosos. En una
proporción considerable de casos, los análisis de anticuerpos (IgA
antitransglutaminasa) arrojan
resultados seronegativos, lo que lleva a descartar
la celiaquía antes de tiempo. El déficit de IgA, una dieta pobre en gluten
antes de la analítica o ciertas características propias de la enfermedad pueden
falsear el resultado.
Ante una sospecha firme, las guías médicas recomiendan no detener
el estudio y realizar biopsias intestinales para confirmar la lesión mucosa.
Más allá de la diarrea o la pérdida de peso, la enfermedad suele
manifestarse de forma silenciosa mediante fatiga persistente, osteoporosis,
alteraciones del esmalte dental o problemas neurológicos.
Disparidades de género
Si bien la celiaquía afecta a personas de cualquier sexo y edad, las
investigaciones epidemiológicas muestran una mayor prevalencia en mujeres.
Esto explica por qué una gran parte de los diagnósticos en la
madurez ocurre en pacientes femeninas que han convivido durante años con
síntomas leves o solapados con otras condiciones.
Carga económica y
psicológica
A día de hoy no existe un tratamiento farmacológico. La única
terapia eficaz es la eliminación estricta y permanente del gluten de la dieta
(excluyendo trigo, cebada, centeno y sus híbridos), acompañada de seguimiento
médico periódico para evaluar la recuperación del intestino.
Sin embargo, esta pauta impone un impacto económico sostenido: los
alimentos específicos sin gluten tienen un coste muy superior al de los
productos convencionales. En productos básicos como el pan, la harina o la
pasta, esta diferencia de precio se sitúa entre el 200 % y el
300 % respecto a las versiones tradicionales.
Además, recibir el diagnóstico a partir de los 35 años plantea un
verdadero desafío adaptativo. El paciente debe reestructurar hábitos
alimentarios y de conducta arraigados durante décadas, con alteraciones en su
día a día:
·
Hipervigilancia constante: la necesidad ineludible de evitar la contaminación cruzada en
casa y al comer fuera transforma la alimentación en una tarea de planificación
continua.
·
Pérdida de espontaneidad: afecta a las reuniones sociales, viajes y eventos de
convivencia.
·
Carga emocional: la dificultad para mantener la pauta y el temor a la ingestión
inadvertida de gluten se relacionan con tasas elevadas de ansiedad, frustración, estrés y una
pérdida de la identidad alimentaria.
Una patología de alcance
integral
La enfermedad celíaca va mucho más allá de las molestias
digestivas. Su capacidad para camuflarse tras analíticas inespecíficas exige un
alto índice de sospecha en la atención médica de adultos.
Comprender la magnitud de esta condición exige reconocer tanto sus
mecanismos biológicos como sus consecuencias socioeconómicas y emocionales: la
dieta sin gluten no es una opción de estilo de vida, sino un tratamiento médico
continuado que exige una reestructuración profunda de la vida cotidiana.

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