13 octubre 2026

CASI TODO EL MUNDO GIRA INCONSCIENTEMENTE HACIA LA IZQUIERDA AL CAMINAR, Y AÚN NO SABEMOS POR QUÉ.

 

Artículo de Iñaki Echeverría Huarte, Assistant Professor, Universidad de Navarra, Ángel Garcimartín Montero, Catedrático de Física de la Materia Condensada, Universidad de Navarra y Iker Zuriguel Ballaz, Professor of Applied Physics, Universidad de Navarra. Publicado en la revista digital The Conversation.

Esta historia comenzó, como tantas otras en la historia de la ciencia, con algo que no estábamos buscando.

En 2020, durante la pandemia de covid-19, estábamos estudiando una cuestión práctica: ¿cómo se mueven las personas en un espacio cerrado cuando se les pide que mantengan la distancia entre ellas? Al ver las grabaciones una y otra vez, nos dimos cuenta de algo extraño: casi todos los participantes caminaban en círculos que giraban en la misma dirección, siempre en sentido antihorario. Y lo más curioso de todo es que ninguno de ellos parecía haberse dado cuenta de que lo estaban haciendo.

Esa observación nos llevó a emprender una investigación de cinco años para averiguar por qué los seres humanos se comportan de esta manera.

El efecto en sí mismo es fácil de describir. Si dejamos que una multitud deambule por un espacio cerrado sin un destino concreto, poco a poco empieza a girar, casi siempre hacia la izquierda. Nadie dirige ese movimiento. Nadie lo decide.

Para un físico, esto parece un ejemplo clásico de “comportamiento emergente”: un patrón colectivo que surge de innumerables pequeñas interacciones, ya sea entre individuos o entre estos y su entorno. Estas eran nuestras dos hipótesis principales, que intentamos validar por separado.

No era la sala

Nuestra primera sospecha se basaba en la interacción entre los peatones y las paredes de la sala. Un estudio anterior de neurociencia había descubierto que las personas diestras tienden a girar a la izquierda y las zurdas, a la derecha, un sesgo sutil relacionado con pequeñas diferencias entre las dos mitades del cerebro. Dado que la mayoría de nuestro grupo original era diestra, era razonable plantear la hipótesis de que el remolino colectivo no era más que la suma de las preferencias individuales, convertida en un bucle por las paredes que les rodeaban.

Para comprobarlo, diseñamos un nuevo experimento que comenzaba incluso antes de que el grupo se reuniera en el recinto. Uno a uno, los voluntarios caminaban en línea recta hacia una pared y registrábamos en qué dirección giraban al llegar allí.

Al conocer la preferencia de cada uno, pudimos clasificar a las personas según esta característica y observar el resultado. Si las paredes y la lateralidad fueran la respuesta, un grupo de zurdos o, mejor aún, de personas que giraran exclusivamente a la derecha, acabaría invirtiendo la rotación y se movería en el sentido de las agujas del reloj. Pero eso nunca ocurrió. Tanto si llenábamos la sala con personas que giraban a la derecha como con zurdos, el sesgo en sentido contrario a las agujas del reloj se mantenía.

Quizá la presencia de las paredes en sí misma fuera la causa de este efecto de desviación. Para averiguarlo, trasladamos el experimento al aire libre, a un patio escolar muy amplio de 3 000 metros cuadrados, sin muros perimetrales, y dejamos que más de un centenar de adolescentes caminaran sin nada que los guiara. El efecto de rotación no solo se mantuvo, sino que se intensificó. Evidentemente, la sala no tenía la culpa.

No era la cultura

Eso nos dejaba con nuestro segundo sospechoso: la forma en que interactuamos entre nosotros. Cuando dos peatones se encuentran de frente, cada uno se aparta, lo que da lugar al conocido fenómeno de la formación de carriles.

Pero el lado que elegimos no es aleatorio, y suele estar determinado por la parte de la carretera por la que circulan los vehículos. En España, al igual que en el resto de Europa continental, nos apartamos hacia la derecha, lo que deja algo de espacio a nuestra izquierda para que la persona que viene en sentido contrario haga lo mismo.

Quizás, razonamos, el origen del movimiento en sentido antihorario no era más que una manifestación de este fenómeno. Si los peatones tienden a apartarse hacia la derecha en cada interacción, acabarán caminando con la pared a la derecha, moviéndose en sentido antihorario. Si esto fuera cierto, una multitud japonesa debería girar en sentido horario porque, en Japón, la gente conduce y se aparta hacia la izquierda, y la formación de carriles se produce en el lado opuesto al de España.

Nos pusimos en contacto con un colega de Tokio, convencidos de que él observaría que la multitud giraba en el sentido de las agujas del reloj. Los nuevos experimentos se saldaron con un nuevo fracaso. La multitud japonesa giró en sentido antihorario, por lo que nuestra hipótesis era errónea.

Aún quedaba una explicación cultural: un hábito adquirido en algún momento, como la dirección antihoraria en la que se construyen casi todas las pistas de atletismo. Así que recurrimos a los niños de guardería, que apenas han comenzado a asimilar las convenciones de los adultos. Lejos de desaparecer, su tendencia en sentido antihorario fue la más marcada que medimos en cualquier lugar.

La respuesta está dentro de nosotros

Si no se trata del grupo, del entorno ni de nuestros hábitos sociales, solo quedaba una posibilidad: una característica puramente individual, algo biomecánico o arraigado en el cerebro.

Para comprobarlo, pedimos a más de 200 voluntarios que caminaran solos, de uno en uno, en un recinto vacío. Sin nadie con quien chocar y sin una multitud a la que seguir, una clara mayoría siguió moviéndose en sentido antihorario.

Durante décadas, nuestro campo había dado por sentado que patrones colectivos como este surgen de las interacciones entre los peatones. En este caso, los datos muestran exactamente lo contrario: el patrón ya está presente en una sola persona que camina por su cuenta. De hecho, al introducir en un modelo únicamente esos datos de movimiento individual, fuimos capaces de reproducir el remolino de toda la multitud. En este caso, y al contrario de lo que ocurre en los fenómenos colectivos emergentes, el todo no es más que la suma de las partes; es exactamente lo mismo.

Y aquí está la conclusión sincera: seguimos sin saber el porqué de este sesgo a nivel individual. Buscamos una relación con la lateralidad (mano dominante), el pie dominante, el ojo dominante, el sexo, etc., y no encontramos nada. Los estudios con personas que caminan con los ojos vendados, que tienden a desviarse en espiral hacia un lado, apuntan a algo más profundo, tal vez a ligeras asimetrías en el oído interno que modifican mínimamente nuestro sentido de la rectitud. Pero, tal y como están las cosas, no podemos dar ninguna explicación al respecto.

En cualquier caso, saber que esa tendencia es propia del individuo y no del grupo sigue siendo valioso, y podría cambiar la forma en que modelamos y diseñamos los espacios que compartimos: lugares como aeropuertos, estaciones de tren y museos, donde es importante que el tránsito de personas sea fluido.

Esa misma inclinación hacia la izquierda se observa incluso en los animales, por ejemplo, en los bancos de peces y en las columnas en espiral de las hormigas soldado. La fuerza que empuja a un ser humano hacia la izquierda podría, en última instancia, resultar mucho más antigua que la propia humanidad.

 

10 octubre 2026

UN POEMA PARA EL SÁBADO: MARIO BENEDETTI

 

Elegir mi paisaje

Si pudiera elegir mi paisaje
de cosas memorables, mi paisaje
de otoño desolado,
elegiría, robaría esta calle
que es anterior a mí y a todos.

Ella devuelve mi mirada inservible,
la de hace apenas quince o veinte años
cuando la casa verde envenenaba el ciclo.
Por eso es cruel dejarla recién atardecida
con tantos balcones como nidos a solas
y tantos pasos como nunca esperados.

Aquí estarán siempre, aquí, los enemigos,
los espías aleves de la soledad,
las piernas de mujer que arrastran a mis ojos
lejos de la ecuación de dos incógnitas.

Aquí hay pájaros, lluvia, alguna muerte,
hojas secas, bocinas y nombres desolados,
nubes que van creciendo en mi ventana
mientras la humedad trae lamentos y moscas.

Sin embargo existe también el pasado
con sus súbitas rosas y modestos escándalos
con sus duros sonidos de una ansiedad cualquiera
y su insignificante comezón de recuerdos.

Ah si pudiera elegir mi paisaje
elegiría, robaría esta calle,
esta calle recién atardecida
en la que encarnizadamente revivo
y de la que sé con estricta nostalgia
el número y el nombre de sus setenta árboles.

 

De: Sólo mientras tanto, 1948-1950

 

Mario Benedetti, poeta uruguayo (14 de septiembre de 1920 - 17 de mayo de 2009). Formó parte de la generación del 45 de ese  país junto a nombres como Juan Carlos Onetti, Ángel Rama e Ida Vitale.

Estudió la primaria en una escuela alemana, aunque cuando la ideología nazi empezó a ser difundida, la dejó.   Gracias a su conocimiento de la lengua alemana, pudo trabajar más adelante como traductor de Kafka.

Tuvo que abandonar la escuela secundaria pues la economía familiar no lo permitía, y estudiar por su cuenta. Desde entonces, trabajó en diferentes oficios como vendedor, taquígrafo y contable, además de traductor.

Se formó finalmente como periodista y fue ganando poco a poco notoriedad en la escena intelectual del país.

Tras el golpe militar de 1973, abandonó su cargo  de jefe del Departamento de Literatura Hispanoamericana, en la Facultad de Humanidades y Ciencias de Montevideo, y se fue a vivir en el exilio. A lo largo de diez años vivió en países como Argentina, Cuba, Perú y España, separado circunstancialmente de su mujer,  Luz López Alegre, con quien estuvo casado más de 60 años.

Su obra, traducida a más de 25 idiomas, abarca géneros como poesía, novela, cuento, crítica y ensayo. Además, su estilo se adapta muy bien a la musicalización, por lo que sus poemas  han sido inmortalizados en las voces de  cantantes como Joan Manuel Serrat, Pablo Milanés, Soledad Bravo y muchos más.

Recibió numerosos reconocimientos, entre los que podemos nombrar: la Orden Félix Varela (Cuba, 1982), el Premio Llama de Oro de Amnistía Internacional (Bruselas, 1987), la medalla Gabriela Mistral (Chile, 1995) y la medalla Pablo Neruda (Chile, 2005). Asimismo, recibió la distinción Honoris Causa en la Universidad de la República en Montevideo (2004) y VIII Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (España, 1999).

 

09 octubre 2026

¿POR QUÉ LAS HOJAS DE ALGUNOS ÁRBOLES CAMBIAN DE COLOR EN OTOÑO?

 Artículo de Luis F. García del Moral Garrido, Profesor Emérito-Fisiología Vegetal, Universidad de Granada.

Este artículo forma parte de la sección The Conversation Júnior, en la que especialistas de las principales universidades y centros de investigación contestan a las dudas de jóvenes curios@s de entre 12 y 16 años.

El cambio de color de un bosque caducifolio en otoño es uno de los espectáculos más fascinantes de la naturaleza. Pero ¿sabías que esos amarillos, naranjas y rojos tan llamativos habían estado escondidos en las hojas durante todo el verano?

Una paleta de colores en cada planta

Las hojas de los árboles contienen diversos tipos de pigmentos y la famosa clorofila es el más abundante. Es la que da a las hojas su color verde y el principal responsable de absorber la luz solar para la fotosíntesis.

Otros pigmentos son los carotenos, de color naranja, y las xantofilas, de color amarillo. Los primeros colaboran con la clorofila captando luz para la fotosíntesis y, al mismo tiempo, la protegen de sufrir daños cuando la radiación solar es muy intensa, como en los días luminosos del verano. También participan en la protección de las clorofilas las xantofilas, ya que disipan el exceso de energía captada bajo condiciones de alta iluminación.

Además, las hojas contienen antocianinas, pigmentos de color rojo o morado que actúan como un filtro para proteger a las células de la hoja de la radiación ultravioleta.

Y, por último, otras sustancias que propician el cambio de color en otoño son los taninos, de color marrón, que protegen las hojas del ataque de hongos y bacterias, y cuyo sabor amargo y desagradable evita que las coman insectos y herbívoros.

Todos estos pigmentos se encuentran en las hojas durante el verano, pero están enmascarados por el verde de la clorofila. Por eso no se ven sus colores.

El otoño se prepara para la primavera

Cuando los días van acortándose progresivamente durante el otoño, la disminución de la luz solar y la bajada de temperaturas promueven que los árboles se preparen para pasar el invierno. Una de sus estrategias consiste en desprenderse de las hojas que ya no les serán útiles para la fotosíntesis durante la estación fría, en el caso de las especies caducifolias.

Pero, antes de hacerlo, reciclan todos sus elementos nutritivos y los exportan a través de las venas foliares, para almacenarlos en troncos y raíces. Luego, los usarán para la formación de nuevas hojas en la primavera siguiente.

Y esta es la razón de su cambio de color en otoño: cuando la clorofila se va reciclando y el color verde va desapareciendo, aparecen progresivamente los naranjas y amarillos de los otros pigmentos, que estaban ocultos. De hecho, para completar la recuperación de nutrientes, las zonas alrededor de las venas foliares son las últimas en perder la actividad metabólica y el color verde.

Posible misión protectora

Aunque presentes todo el año en las hojas, las antocianinas rojas se sintetizan en mayor cantidad a medida que aumentan las condiciones otoñales. Pero ¿por qué algunos árboles invierten recursos en producir un nuevo pigmento, a la vez que intentan ahorrar otros para el próximo invierno? Aunque no se sabe a ciencia cierta, se ha sugerido que el color rojo brillante de las antocianinas, que indica también presencia de compuestos perjudiciales, podría disuadir a las plagas de insectos para alimentarse de las hojas todavía activas o de poner sus huevos sobre el árbol.

También se piensa que dichas sustancias, además de proteger las hojas de la radiación ultravioleta mientras exportan sus nutrientes, podrían atraer a las aves que se alimentan de los frutos
del árbol y así diseminar sus semillas.

Finalmente, a medida que avanza el otoño, las hojas comienzan a volverse marrones una vez que el árbol reabsorbe todos sus nutrientes, incluidos los pigmentos, y en las hojas secas solo quedan los taninos menos reciclables.

Calendario para árboles

Pero ¿cómo perciben los árboles el paso del tiempo para desprenderse de su vestido verde en otoño? En otras palabras, ¿qué tipo de reloj usan los árboles? La respuesta está en un fotorreceptor de las hojas llamado fitocromo, una molécula presente en todas las hojas verdes que está activa durante las horas de luz, pero que se inactiva durante las horas de oscuridad.

En su forma activa, el fitocromo favorece que se produzca clorofila y que se mantenga la actividad metabólica de las hojas. A medida que los días van acortando, el tiempo en que el fitocromo está inactivo aumenta en relación con el que está activo, lo que sumado a la disminución de la temperatura del aire que acompaña a los días otoñales, determina que las hojas ralenticen su metabolismo y reciclen la clorofila y otros nutrientes. Consecuentemente, las hojas van amarilleando y acaban por desprenderse del árbol caducifolio. Con la llegada de la primavera, los días largos activan al fitocromo, se revierte el proceso y se producen nuevas hojas.

Eso sí, no todas las hojas adquieren colores vivos en otoño. Solo unas pocas especies de árboles de hoja caduca –en particular, álamos, abedules, hayas, castaños, arces, robles y algunas especies ornamentales– producen colores y tonalidades verdaderamente espectaculares en nuestros bosques y jardines.



06 octubre 2026

DE UN LIBRO PARA EL SÁBADO: ANA MARÍA MATUTE

 


Nací cuando mis padres ya no se querían. Cristina, mi hermana mayor, era por entonces una jovencita displicente, cuya sola mirada me hacía culpable de alguna misteriosa ofensa hacia su persona, que nunca conseguí descifrar. En cuanto a mis hermanos Jerónimo y Fabián, gemelos y llenos de acné, no me hacían el menor caso. De modo que los primeros años de mi vida fueron bastante solitarios.

 

        Uno de mis recuerdos más lejanos se remonta a la noche en que vi correr al Unicornio que vivía enmarcado en la reproducción de un famoso tapiz. Con asombrosa nitidez, le vi echar a correr y desaparecer por un ángulo del marco, para reaparecer enseguida y retomar su lugar; hermoso, blanquísimo y enigmático.

 

        Nunca supe por qué razón el Unicornio había intentado escapar del cuadro y durante mucho tiempo me intrigó, y aun me atemorizó un poco. Por aquellos días yo no debía de tener más de cinco años, quizá solo cuatro, pero ese recuerdo tiene un lugar relevante entre los primeros de mi vida. A veces, los recuerdos se parecen a algunos objetos, aparentemente inútiles, por los que se siente un confuso apego. Sin saber muy bien por qué razón, no nos decidimos a tirarlos y acaban amontonándose al fondo de ese cajón que evitamos abrir, como si allí fuéramos a encontrar alguna cosa que no se desea, o incluso se teme vagamente.

 

        Más o menos por aquellos tiempos en que vi echar a correr al Unicornio, fui enterándome, poco a poco, de que había nacido a destiempo. La primera noticia concreta la tuve durante mis prolongadas escuchas bajo la mesa del cuarto de la plancha. Junto a la cocina y el antiguo cuarto de jugar (ahora convertido en cuarto de estudio, porque Jerónimo y Fabián estudiaban allí, y aparentemente ya nadie jugaba en aquella familia) eran mis espacios habituales.

 

        Las personas más cercanas a mí eran precisamente las que los frecuentaban y ocupaban. Tata María y la cocinera Isabel. Escondida debajo de la mesa de la plancha, escuchaba sus conversaciones, a menudo tan misteriosas que, cuando hablaban del mundo y la vida en general, me despertaban innumerables preguntas, pero si se referían a mí resultaban muy claras. De este modo tuve el tempano conocimiento de que había nacido tarde y en el momento menos oportuno para la familia.

 

        —Ésta no ha tenido la suerte de sus hermanos, pobrecilla —murmuraba Isabel, siempre sentimental, mientras recogía y guardaba alguna cosa. Tata María se limitaba a levantar los ojos al techo y, de cuando en cuando, acompañado de un golpe de plancha, murmurar algo ininteligible.

 

        A pesar de todo, mis primeros años no fueron desgraciados. Incluso me atrevo a decir que fueron más felices que los de algunos niños nacidos en circunstancias más favorables. Entre otras cosas, yo ya me había fabricado un mundo propio, donde vivía sumergida en algún elemento nebuloso, y a veces extraordinariamente cálido, con la calidez que (por lo oído por debajo de la plancha) me había sido de algún modo regateada. Esconderme bajo aquella mesa (aun con el convencimiento de que las dos mujeres sabían, o sospechaban, mi presencia) no era el único de mis refugios. No puedo recordar exactamente cuándo empecé a saltar de la cama y recorrer el mundo nocturno de la casa. Suponía a todos dormidos. Y lo estaban, o no estaban, o estaban en algún lugar muy alejado de mí. Pero la casa, no. La casa despertaba precisamente entonces.

 

        Tata María, y la cocinera Isabel, me habían leído, la primera, y contado, la segunda, muchos cuentos. Los libros desechados ya por mis hermanos fueron, primero en sus labios y poco más tarde leídos por mí misma, lo más revelador y dichoso de mi primera infancia. Y no es extraño, o no lo era entonces, que en alguna de aquellas correrías nocturnas, descalza y en camisón, viera una bandada de príncipes cisnes, once exactamente, volar cielo arriba, o escuchara suavemente, entre el vaivén de las cortinas de mi ventana, la llamada de un conocido caramillo.

(…)

 

 

Biografía

 

Ana María Matute (Barcelona, 1925-2014) ha cosechado los premios literarios más prestigiosos por su obra, entre las que figuran las novelas Los Abel (Finalista del Premio Nadal 1947), Fiesta al Noroeste (Premio Café Gijón 1952), Pequeño Teatro (Premio Planeta 1954), Los Hijos Muertos (Premio de la Crítica 1958 y Premio Nacional de Literatura 1959), Primera Memoria (Premio Nadal 1959), Los soldados lloran de noche (Premio Fastenrath de la Real Academia Española 1962), La trampa (1969), La Torre vigía (1971), Olvidado Rey Gudú (1996), Aranmanoth (2000) y Paraíso inhabitado (2008). También es autora de cuentos infantiles y de varios libros de relatos reunidos en el volumen La puerta de la luna (2010). Miembro de la Real Academia Española y de la Hispanic Society of América. En 2007 fue galardonada con el Premio Nacional de las Letras por el conjunto de su obra y, en 2010, con el Premio Cervantes.

 

     Amaduma


03 octubre 2026

UN POEMA PARA EL SÁBADO: CLARA JANÉS

 

Oyes esa música

 

¿Oyes esa música
que cruza como luz la oscuridad
mientras la oscuridad gira
y yo con ella?
¡Con qué fuerza
se abre paso
y llega incluso
a mi lugar más remoto
cercado también de sombras!
Pero el latido
que brota allí
nadie lo oye.
Nadie, como yo, sabe
que existo
y creceré
y amaré
como aman estos brazos
que me sostienen
porque no sé andar aún…
Pero escucha, escucha:
todos los árboles se mecen
en la música.
Y en mi interior,
donde un secreto sol
me hace adivinar
el sol secreto
de la oscuridad.

 

Clara Janés Nadal (Barcelona, 6 de noviembre de 1940) es una escritora española que cultiva diversos géneros literarios. Destaca como poeta y como traductora de diferentes idiomas centro-europeos y orientales. Premio Nacional de Traducción en 1997 por el conjunto de su obra, desde 2015 ocupa la silla «U» de la Real Academia Española. Es la décima mujer electa miembro de la RAE. Presentó su discurso de ingreso en junio de 2016, titulado «Una estrella de puntas infinitas. En torno a Salomón y el Cantar de los cantares».

Hija del editor y poeta Josep Janés y de Ester Nadal, se crió en Pedralbes, a las afueras de Barcelona. Su afición por la poesía comenzó a temprana edad tras leer a Santa Teresa de Jesús. En 1957 comenzó su carrera de Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona.

Tras la muerte de su padre en 1960 se trasladó a Pamplona y completó su licenciatura en la Universidad de Navarra. Amplió estudios en la Universidad de la Sorbona, donde obtuvo la maîtrise en Literatura Comparada.

A la edad de 23 años consiguió que el escritor Gerardo Diego, el cual tenía amistad con su madre, leyera uno de sus poemas. El escritor hizo posible que publicara su primera obra “Las estrellas vencidas” en 1964. Ese mismo año decidió trasladarse a Madrid, ciudad que ya no abandonaría.

Desde 1983 participó en encuentros literarios nacionales e internacionales. Su poesía ha sido traducida a veinte idiomas. Dirigió la colección Poesía del Oriente y del Mediterráneo.

Catalogar a la autora dentro de una corriente literaria concreta de finales del siglo xx resulta complicado, ya que  posee un lenguaje y un estilo propios.

Es  considerada como una mediadora entre el mundo oriental y occidental.

Su obra ha sido traducida a más de veinte idiomas.


02 octubre 2026

MITOS Y REALIDADES DE HOY


 

El ser humano, en la limitación de su naturaleza, necesita y busca “mirarse”, ilusionarse y sustentarse en mitos o héroes humanos, creados artificialmente por sus especiales habilidades en los más variados segmentos de nuestra existencia. Deporte, cine, teatro, literatura, biología, medicina, periodismo, radiodifusión, periodismo, música, arte, filosofía, ciencia, cibernética, economía, etc.

En nuestra imperfección, nos esforzamos en crear personajes que destacan sobremanera en sus actividades específicas, los encumbramos, le prestamos culto, tratamos de imitar algunos de los aspectos que les caracterizan (forma de vestir, peinado, modales, gestos) nos ponemos una camiseta que lleve impresa su fotografía o su nombre, nos colgamos del cuello algún logotipo o figura con su rostro y también nos hacemos tatuajes con su imagen en alguna parte (incluso noble) de nuestro cuerpo.

Buscamos, con admirable afán investigador, cualquier dato acerca de la vida y las “hazañas” de esos seres privilegiados y favorecidos por el destino, envidiados con “latría” por el anónimo y fanático “pueblo de a pie”, releemos su vida plena de glamur y desenfreno, contrastando su divinidad mundana con la vida de “miseria” aburrimiento y rutina de las clases populares, masa analfabeta, sumisa, maleable y engañada. Mientras más sabemos acerca de esos seres privilegiados, rodeados de idolatría y entusiasta borreguismo, más felices y “cultos” parecemos (“lo he leído en el Lecturas, viene también en el Pronto, no te lo puedes creer, aparece esta semana ¡en el Hola! fuentes certeras y documentales del último chisme o bulo promovido por el hábil departamento de marketing).




Pero, aunque no lo creamos, dada nuestra fe inquebrantable en la figura mítica, esos seres anhelados y adorados son personas de “carne y hueso”. No son dioses del Olimpo. ni de cualquier otro paraíso o ámbito celestial. Tienen también sus defectos, sus debilidades, sus maldades y sus insólitas ruindades. Sin embargo, la masa cegada o hipnotizada, acólitos servidores del mito, sigue prestándoles veneración y ciega comprensión, además de sorprendente justificación hacia sus crematísticas mezquindades. Son ídolos de “mármol de Carrara” con los pies de barro enlodado.

Sin embargo, la masa fervorosa tiene gustos cambiantes. Con el tiempo se va cansando de esos seres mitificados a los que ha prestado “culto” durante años. La rutina es una epidemia invisible que deteriora ilusiones, creencias, fidelidades y burdas necesidades y entonces el hartazgo comienza a invadir y deteriorar la benevolencia borreguil del público. Paulatinamente, el nombre dinamizador e incluso taumatúrgico de esos ídolos fabricados por los talleres del marketing comienza a perder popularidad. Pero no hay motivo de preocupación, pues la sustitución se va produciendo por nuevas hornacinas que irrumpen con ferocidad en los mercados, creándose esa corte anónima y acrítica que sufraga sus riquezas. ¿Cómo?  Comprando sus libros, escritos por autores “fantasmas o negros”. Visionando sus películas. Asistiendo a sus caros y densificados conciertos. Vistiendo ropa y complementos con su nombre grabado. Aplaudiendo enfervorizados sus logros deportivos. “Peregrinando” a cualquier parte donde celebren sus luminosos montajes.




No son pocas las ocasiones en que esa pérdida de popularidad en esos grandes e importantes personajes es causada o potenciada por delitos, más o menos graves, pero bien encubiertos por el dinero, perpetrados en su vida privada. Su insoslayable presencia ante los tribunales de justicia va minando fidelidades y creencias. Comienza o se acrecienta la patética caída y derrumbe del “héroe mitificado y adorado por la masa acrítica y fanatizada, sedienta de dioses terrenales. El “semidios” era humano, como tú y como yo. Pierden popularidad. Aparecen cada vez menos en las redes mediáticas. Se han hecho mayores. Su época de fascinación va quedando obsoleta.

Al no sentirse aclamados, vitoreados, envidiados, imitados, fotografiados, la crítica epidemia del olvido se va cerniendo sobre sus fabricadas o artificiales imágenes y ello provoca que vayan cayendo en depresiones, adicciones y lamentos, porque se sienten injustamente relegados. Van “naciendo” de la nada otros líderes, mitos emergentes, para saciar la necesidad de la masa “analfabeta” de valores para subsistir en la crueldad mundana de esta absurda sociedad. Los dioses caídos, los ángeles relegados, los ídolos hundidos, en el frágil lodazal de su sustento.

Mas no hay que inquietarse. De la poderosa fábrica de las truculencias, a no tardar, emergerán otros mitos, diseñados ahora en los crípticos y sorprendentes hangares de la A.I. en los que difícilmente llegaremos a conocer el porcentaje de humanidad que en ellos subyace.


 Para un niño de 9 años, que en 1960 había podido ver en el cine Victoria de Málaga (ubicado en la Plaza de la Merced, cerrado en 2004 y derribado en 2019) UN RAYO DE LUZ, dirigida por Luis Lucia y protagonizada por la estrella emergente MARISOL (Josefa Flores González, 1948) resultó del todo emocionante y fascinante, recibir una carta. Contenía una foto en blanco y negro, con el rostro de Marisol, surcado por un par de lágrimas, con esa dulce dedicatoria firmada de “Para mi querido amigo …………. con todo el cariño de su buena amiga que no le olvida. Marisol”. Previamente, ese niño, amante del cine, había escrito a la productora, solicitando una foto dedicada, de esa niña actriz que a todos alegraba. –

 

José L. Casado Toro.

Octubre 2026 


29 septiembre 2026

UNA FAMILIA, DE FERNANDO BOTERO

 



Fernando Botero Angulo (Medellín, 19 de abril de 1932 – Montecarlo, 15 de septiembre de 2023) fue un célebre pintor, escultor y dibujante colombiano, reconocido a nivel mundial por su inconfundible estilo artístico denominado «boterismo». Su propuesta estética se caracteriza por la exploración del volumen, la sensualidad y la monumentalidad a través de formas exageradas y voluptuosas, aplicadas tanto a la figura humana como a objetos de la vida cotidiana. Aunque popularmente se asocia su obra con la representación de personas "gordas", el propio artista aclaró en múltiples ocasiones que su verdadera obsesión era dar un protagonismo plástico al volumen y las formas.

En su juventud abandonó una temprana formación como torero para dedicarse a la pintura. Viajó a Europa y México, donde se nutrió del muralismo mexicano (como Diego Rivera) y el Renacimiento italiano (Piero della Francesca y Paolo Uccello), fusionándolos con las tradiciones y el colorido de su Colombia natal.

Su salto a la fama global comenzó a finales de la década de 1950 y se consolidó cuando el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) adquirió su obra “Mona Lisa a los doce años” en 1961

Su obra abarca desde escenas costumbristas, retratos familiares y tauromaquia, hasta crónicas de fuerte crítica social y política, como su célebre serie sobre las torturas cometidas en la prisión iraquí de Abu Ghraib.

 

Además de sus lienzos, sus monumentales esculturas de bronce adornan los espacios urbanos y plazas principales de ciudades como Bogotá, Medellín, Madrid, París, Barcelona, Singapur y Nueva York.

Gran parte de su valioso legado artístico fue donado directamente por el pintor a instituciones públicas, dando origen a importantes colecciones que hoy se pueden visitar en el Museo de Botero en Bogotá y en el Museo de Antioquia en su ciudad natal, Medellín.

 

Una Familia (1989)

El tema de la familia es uno de los motivos más recurrentes e icónicos en la obra de Fernando Botero, quien lo abordó a través de diferentes versiones a lo largo de su carrera.

Existen múltiples cuadros bajo este concepto, pero el más famoso y estudiado es “Una familia” (1989), actualmente en el Museo Botero de Bogotá.

Esta pintura al óleo de gran formato (241 x 195 cm) retrata el arquetipo de la familia tradicional de clase media-alta en la Colombia de finales del siglo XX, contrastando la aparente estabilidad socioeconómica con tensiones latentes.

Los  personajes que aparecen son: el padre (vestido de traje oscuro formal como un ejecutivo), la madre, un hijo pequeño, una bebé en brazos y su mascota. Fiel a su estilo, los cuerpos lucen monumentales pero con detalles desproporcionadamente pequeños en manos y pies.

El cuadro está lleno de simbolismo. Dentro de la rigidez y aparente calma del retrato, Botero introduce elementos sutiles de ironía y pecado oculto. En el fondo del paisaje boscoso resalta una serpiente enroscada en un árbol y una manzana, claras alusiones bíblicas a la tentación y a la imperfección moral.

La obra destaca por el uso vibrante del color, dominando los tonos verdes en la naturaleza, el azul en el mobiliario, y contrastes de rojo en la ropa de los niños y los accesorios de la madre.


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