29 octubre 2026

NÚMEROS QUE CURAN Y PREDICEN: ¿POR QUÉ LES DAMOS TANTO PODER?

Artículo de Anna Peirats, Catedrática de Humanidades, Universidad Católica de Valencia y Francisco Javier Arteaga Moreno, Profesor de Estadística, Universidad Católica de Valencia. Publicado en la revista digital The Conversation

Cada vez que llega un martes 13, más de uno aplaza la firma de un contrato o cambia un vuelo. “En martes, ni te cases ni te embarques”, recuerda el refranero. Ese recelo tiene raíces antiguas: los romanos dedicaron el martes a Marte, dios de la guerra, asociado a los conflictos y a las muertes violentas.

En Grecia, donde el martes 13 también se considera aciago, la tradición popular lo vincula con la caída de Constantinopla, un martes 29 de mayo de 1453. Hay quien añade que las cifras de ese año suman 13: 1 + 4 + 5 + 3.

Mientras, en el mundo anglosajón, se teme el viernes 13. Una explicación popular combina la Última Cena, que reunió a Jesús con sus doce apóstoles, Judas entre ellos, y la crucifixión del viernes siguiente. De ahí suele derivarse la creencia de que, cuando trece personas comparten mesa, una morirá antes de que acabe el año.

Otra explicación apunta a los templarios, los monjes guerreros que protegían a los peregrinos en Tierra Santa. Un 13 de octubre como hoy, pero de 1307 y en viernes, Felipe IV de Francia ordenó detenerlos y los acusó de herejía. Sin embargo, las primeras menciones del viernes 13 como jornada de mal agüero aparecen en Francia en el siglo XIX, cinco siglos después.

Matemáticas para ordenar el mundo

Detrás de todas estas historias, hay una idea más ambiciosa que el miedo al 13: el mundo puede leerse y los números ofrecen una clave para anticiparlo. Durante siglos, sirvieron para elegir momentos propicios, interpretar el cuerpo y buscar respuestas sobre aquello que todavía no había sucedido.

También había cifras que permitían anticipar fenómenos celestes. Los astrónomos babilonios advirtieron durante siglos que, cada 18 años, 11 días y 8 horas, se repetían configuraciones casi idénticas: el ciclo de saros, que permitía predecir eclipses.

Los pitagóricos, en cambio, hicieron del número el principio de todas las cosas. Consideraban perfecto el 10, porque reunía los cuatro primeros números en la tetraktys, figura geométrica sagrada formada por diez puntos ordenados en un triángulo equilátero de cuatro filas (1, 2, 3 y 4), cuya suma total es diez : 1 + 2 + 3 + 4. En el cielo, sin embargo, contaban nueve cuerpos en movimiento. Así, para completar la decena postularon la Antitierra, un astro que nadie había observado.

Leer el destino en el cielo

Los números podían describir regularidades reales, como el ciclo de saros, pero también se les atribuía la capacidad de revelar lo que se quería adivinar de antemano.

Por ejemplo, para conocer el futuro de un recién nacido se consultaba un lunario, una tabla con un pronóstico para cada día del ciclo lunar, contado desde la luna nueva. El devocionario de Ælfwine, copiado en Inglaterra en el siglo XI, anunciaba mala salud al nacido el tercer día de la luna y buena al nacido el séptimo.

Pronósticos de salud

La fecha de un tratamiento parecía igual de decisiva. El monje benedictino Beda (672-735) cuenta en su Historia eclesiástica que una monja llamada Quoenburg se sometió a una sangría, tras la que su brazo quedó tan hinchado que se temió por su vida. El obispo Juan de Beverley reprochó a la comunidad que la hubieran sangrado en el cuarto día lunar: recordaba haber oído al arzobispo Teodoro de Canterbury que sangrar era muy peligroso “cuando crecen la luz de la luna y la marea del océano”. El razonamiento tenía su lógica. Si la luna levantaba las mareas del océano, también movería los líquidos del cuerpo.

Por otra parte, los hombres zodiacales, figuras que repartían los signos por el cuerpo desde Aries en la cabeza hasta Piscis en los pies, indicaban dónde no convenía realizar incisiones según la posición de nuestro satélite.

El beato mallorquín Ramón Llull (1232-1316), filósofo, místico y teólogo, llevó al cielo su propio método. Según su Vida coetánea, tras una iluminación en el monte de Randa había concebido su Ars, un sistema que organizaba conceptos con letras, figuras y ruedas combinatorias para demostrar las verdades de la fe. En su Tractatus novus de astronomia (1297) asignó letras a las cualidades de los planetas y los signos. Calculó cuál dominaba en cada combinación y qué efectos podía tener sobre la salud. De esta manera, pretendía distinguir los juicios astrológicos que consideraba válidos de las predicciones engañosas.

 

Nueve vueltas para un buen parto

La misma asociación entre cifra y curación ha sobrevivido durante siglos en múltiples tradiciones populares. Hasta hace pocas décadas, por ejemplo, en distintas poblaciones se trazaban tres cruces con aceite de candil sobre el vientre para calmar el dolor, mientras se recitaba una oración que solo se enseñaba en un Viernes Santo. Para detener hemorragias, circulaban fórmulas acompañadas también de tres cruces.

Otro número al que se le atribuye poder curativo es el 9. En Muxía, junto al santuario de Nosa Señora da Barca, los romeros pasan nueve veces bajo la Pedra dos Cadrís para aliviar dolores de espalda, riñón y males reumáticos. La tradición la identifica con un resto de la barca de piedra en la que llegó la Virgen para alentar al apóstol Santiago.

El 9 es también el número del inicio de la vida. En algunas zonas de Galicia, existe el rito en la noche de San Juan de recibir el impacto de nueve olas para favorecer la maternidad. En Valencia, las embarazadas dan nueve vueltas al interior de la catedral, una por cada mes de gestación, y se encomiendan a la Virgen del Buen Parto para pedir un parto favorable.

El número siete, no obstante, ofrece un contraste llamativo. En la tradición cristiana, se asocia a la plenitud: siete son los días de la creación, los sacramentos y los dones del Espíritu Santo. Sin embargo, la misma cifra mide una de las supersticiones más conocidas: romper un espejo trae siete años de mala suerte. La relación entre el espejo roto y el mal augurio está documentada desde finales del siglo XVIII; la duración de siete años aparece ya en testimonios de comienzos del XIX.

Una cifra entre la vida y la muerte

En hebreo y en griego, las letras tenían un valor numérico. En esa equivalencia se apoya el enigma del Apocalipsis: según la lectura más aceptada, “Nerón César” transcrito al hebreo suma 666, el número de la bestia del capítulo 13.

El mismo método permitía responder a una pregunta más urgente, si un enfermo podía curarse. Un manuscrito copiado hacia 1110 en la abadía de Thorney, en Inglaterra, conserva dos diagramas circulares para averiguarlo, las “esferas de vida y muerte” atribuidas a Pitágoras.

Se sumaba el valor del nombre del paciente, el día lunar de la enfermedad y una cifra del día de la semana. El total se dividía entre treinta y el resto se buscaba en el dibujo: arriba significaba vida; abajo, muerte.

En este manuscrito, eso sí, el XXI aparece arriba en una esfera y abajo en la otra. Aunque la aritmética era impecable y cualquier monje entrenado podía hacerla, el pronóstico dependía de qué dibujo se mirara.

Lo que una cifra puede decirnos

Durante los siglos siguientes, los números siguieron adquiriendo nuevos significados. En la India del siglo VII, Brahmagupta formuló reglas para operar con el cero: al sumar cero a una cantidad esta permanecía igual y cualquier número multiplicado por cero daba cero. El nombre de aquel “vacío” viajó también entre lenguas: el sánscrito śūnya se tradujo al árabe como ṣifr, origen de nuestra “cifra” y del inglés cipher, que acabaría designando también un mensaje escrito en clave.

Siglos después, también en India, Srinivasa Ramanujan (1887-1920), matemático autodidacta, llegó a Cambridge en 1914 gracias a Godfrey Hardy, matemático británico a quien había enviado sus teoremas el año anterior.

En 1919, enfermo en un sanatorio de Putney, Ramanujan recibió la visita de Hardy. Este comentó que había llegado en el taxi 1729, un número sin gracia, quizá de mal augurio. Ramanujan lo corrigió: 1729 es el menor número que puede escribirse de dos maneras como suma de dos cubos positivos, 1³ + 12³ y 9³ + 10³. Hardy vio un posible presagio, mientras que Ramanujan identificó una propiedad matemática.

Hagamos lo mismo con el 13. Elevamos sus cifras al cuadrado y sumamos: 1 + 9 = 10. Repetimos con el 10 y llegamos a 1. En matemática recreativa, los números que alcanzan el uno por ese camino se llaman “felices”.

Felices o infelices, nosotros decidimos

Así, aplazar una firma un martes 13 prolonga la creencia de que nada ocurre por azar y el calendario puede predecirlo. Pero el 13 puede ser aciago en un calendario y “feliz” en matemáticas. La cifra permanece intacta, el sentido se lo atribuimos nosotros.

Quizá por eso los números conservan tanto poder sobre nuestra imaginación. Parecen exactos, objetivos e indiferentes a nuestros deseos. Precisamente por eso, resultan tan atractivos cuando buscamos respuestas para aquello que más incertidumbre nos provoca: la salud, el amor o el futuro

24 octubre 2026

UN POEMA PARA EL SÁBADO: AMADO NERVO

 

El primer beso

Yo ya me despedía… y palpitante
cerca mi labio de tus labios rojos,
«Hasta mañana», susurraste;
yo te miré a los ojos un instante
y tú cerraste sin pensar los ojos
y te di el primer beso: alcé la frente
iluminado por mi dicha cierta.

Salí a la calle alborozadamente
mientras tu te asomabas a la puerta
mirándome encendida y sonriente.
Volví la cara en dulce arrobamiento,
y sin dejarte de mirar siquiera,
salté a un tranvía en raudo movimiento;
y me quedé mirándote un momento
y sonriendo con el alma entera,
y aún más te sonreí… Y en el tranvía
a un ansioso, sarcástico y curioso,
que nos miró a los dos con ironía,
le dije poniéndome dichoso:
«Perdóneme, Señor esta alegría.»

 

Juan Crisóstomo Ruiz de Nervo, conocido como Amado Nervo, nace en Tepic, Nayarit (México), el 27 de agosto de 1870 y fallece en Montevideo el 24 de noviembre de 1919. Fue uno de los poetas más destacados del movimiento modernista americano, y uno de los grandes representantes de la lírica mexicana en el siglo XX. Su vida estuvo signada por la tragedia. Su padre muere en 1879, posteriormente se suicida su hermano Luis, y también desaparece Ana Cecilia, su gran amor, en 1912.

En 1896, aparece su primera obra, "El bachiller", con rasgos naturalistas y en 1898 se conocen "Perlas negras" y "Místicas", poemas modernistas. Este último estilo se refuerza con el contacto en París, con Rubén Darío y Leopoldo Lugones, con quienes inicia una estrecha vinculación. Allí conocerá su amada y musa Ana Cecilia Luisa Daillez. Publica en esa época un libro de poesías: "El éxodo y las flores del camino" (1902).

Trata en sus obras de Dios, al que busca con desesperación obsesiva, estableciendo con la naturaleza una relación mística. Sus obras de neto tinte religioso son: "Los jardines interiores" (1905), "En voz baja" (1909), "Serenidad" (1914), "Elevación" (1917) y "Plenitud" (1918). Publica también ensayos, como "Juana de Asbaje" (1910), en homenaje a la poetisa mexicana Sor Juana Inés de la Cruz, y "Mil filosofías" (1912).

Entre sus prosas figuran "Almas que pasan" (1906) y "Ellos".

23 octubre 2026

CELIAQUÍA EN EDAD ADULTA: CUANDO RECIBIR EL DIAGNÓSTICO OBLIGA A REDEFINIR TODA LA VIDA

Artículo de María Vanessa Chávez Peña, Profesora y Coordinadora de prácticas del Máster Universitario en Psicología General Sanitaria, Universidad Europea. Publicada en la revista digital The Conversation.

Aunque la enfermedad celíaca se ha asociado tradicionalmente con la infancia, la evidencia científica demuestra que un número creciente de diagnósticos se produce en la edad adulta, sobre todo a partir de los 35 años. En muchos casos, este retraso en la detección ocurre porque no aparece con los síntomas digestivos clásicos, sino con manifestaciones inespecíficas o fuera del aparato digestivo.

Lo cierto es que una persona puede presentar desde joven una predisposición genética a desarrollar celiaquía sin manifestar síntomas durante muchos años. Entonces, diversos factores ambientales, como determinadas infecciones, cambios hormonales o alteraciones importantes de la microbiota intestinal (conjunto de microorganismos que viven de forma natural en nuestro intestino, como las bacterias), podrían actuar como factores desencadenantes o moduladores de la dolencia. En cualquier caso, esta tiene un origen multifactorial.

La anemia ferropénica como señal de alarma

Un cuadro muy representativo del diagnóstico tardío es la anemia ferropénica crónica o refractaria al tratamiento con hierro. Resulta habitual que adultos celíacos pasen años en consultas de hematología y probando suplementos sin lograr recuperar sus niveles de ferritina, proteína que almacena el hierro en las células.

Porque nos enfrentamos a un trastorno autoinmune sistémico: la inflamación destruye las vellosidades del intestino delgado, lo que reduce la superficie de absorción e impide la incorporación de micronutrientes esenciales como el citado hierro.

La barrera de los falsos negativos

El proceso diagnóstico presenta una barrera importante: la alta probabilidad de que los resultados de los análisis sean engañosos. En una proporción considerable de casos, los análisis de anticuerpos (IgA antitransglutaminasa) arrojan resultados seronegativos, lo que lleva a descartar la celiaquía antes de tiempo. El déficit de IgA, una dieta pobre en gluten antes de la analítica o ciertas características propias de la enfermedad pueden falsear el resultado.

Ante una sospecha firme, las guías médicas recomiendan no detener el estudio y realizar biopsias intestinales para confirmar la lesión mucosa.

Más allá de la diarrea o la pérdida de peso, la enfermedad suele manifestarse de forma silenciosa mediante fatiga persistente, osteoporosis, alteraciones del esmalte dental o problemas neurológicos.

Disparidades de género

Si bien la celiaquía afecta a personas de cualquier sexo y edad, las investigaciones epidemiológicas muestran una mayor prevalencia en mujeres.

Esto explica por qué una gran parte de los diagnósticos en la madurez ocurre en pacientes femeninas que han convivido durante años con síntomas leves o solapados con otras condiciones.

Carga económica y psicológica

A día de hoy no existe un tratamiento farmacológico. La única terapia eficaz es la eliminación estricta y permanente del gluten de la dieta (excluyendo trigo, cebada, centeno y sus híbridos), acompañada de seguimiento médico periódico para evaluar la recuperación del intestino.

Sin embargo, esta pauta impone un impacto económico sostenido: los alimentos específicos sin gluten tienen un coste muy superior al de los productos convencionales. En productos básicos como el pan, la harina o la pasta, esta diferencia de precio se sitúa entre el 200 % y el 300 % respecto a las versiones tradicionales.

Además, recibir el diagnóstico a partir de los 35 años plantea un verdadero desafío adaptativo. El paciente debe reestructurar hábitos alimentarios y de conducta arraigados durante décadas, con alteraciones en su día a día:

·         Hipervigilancia constante: la necesidad ineludible de evitar la contaminación cruzada en casa y al comer fuera transforma la alimentación en una tarea de planificación continua.

·         Pérdida de espontaneidad: afecta a las reuniones sociales, viajes y eventos de convivencia.

·         Carga emocional: la dificultad para mantener la pauta y el temor a la ingestión inadvertida de gluten se relacionan con tasas elevadas de ansiedad, frustración, estrés y una pérdida de la identidad alimentaria.

 

Una patología de alcance integral

La enfermedad celíaca va mucho más allá de las molestias digestivas. Su capacidad para camuflarse tras analíticas inespecíficas exige un alto índice de sospecha en la atención médica de adultos.

Comprender la magnitud de esta condición exige reconocer tanto sus mecanismos biológicos como sus consecuencias socioeconómicas y emocionales: la dieta sin gluten no es una opción de estilo de vida, sino un tratamiento médico continuado que exige una reestructuración profunda de la vida cotidiana.


20 octubre 2026

LOS SANTOS PATRONOS DE MÁLAGA CIRIACO Y PAULA. LA ERMITA DE MARTIRICOS

Artículo de Mari Pepa Lara García, archivera y doctora en Historia. Académica de número de la Academia Malagueña de Ciencias, académica de número de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo, académica correspondiente de la Real Academia de Historia y académica correspondiente de la Real Academia de Nobles Artes de Antequera. Publicado por La Academia Malagueña de Ciencias.

Los primeros datos históricos escritos acerca de los mártires se remontan al año 858 cuando Usuardo, monje benedictino francés, fue enviado a nuestra Península por el rey Carlos el Calvo, para que trasladase a Francia unas reliquias de mártires y, al mismo tiempo, recogiese material para la redacción de su Martirologio. En él incluyó la historia de Ciriaco y Paula. El texto decía así: “… Día 18 de junio. En España, en la ciudad de Málaga, el tránsito de los Santos Mártires Ciriaco y Paula, virgen, que después de muchos tormentos, devolvieron al cielo, cubiertos de piedras, las almas, mientras eran lapidados.” Este relato de Usuardo fue tomado por Inocencio VIII en la carta que dirigió a los Reyes Católicos a raíz de la toma de Málaga. El Papa certificó que los santos padecieron en Málaga el martirio, siendo apedreados hasta morir. Así lo testifica el P. Florez en su “España Sagrada”.

Conquistada la ciudad de Málaga el 18 de agosto de 1487, los Reyes Católicos enviaron a Inocencio VIII, una carta con la relación de todo lo que había ocurrido en ella, y éste les contestó certificándoles cómo la ciudad había sido consagrada con los martirios de los santos Ciriaco y Paula, y cómo fueron apedreados a semejanza de San Esteban. Desde entonces quedó establecido el patronato, constando así en los Estatutos de la Catedral, hechos por el obispo don Pedro de Toledo en 1492; y se estableció, desde la conquista de la ciudad, el culto a los santos. Los reyes fundaron en 1490 la iglesia de los Mártires. Y en 1494, el 30 de agosto, concedieron a Málaga su escudo de armas, manifestando: “… e por reverencia de los bienaventurados mártires sant Ceriaco e santa Paula, que en la dicha cibdad fueron martirizados, mandamos poner su ymagen de cada uno dellos en par de las torres de Gibralfaro …”.

LA ERMITA DE LOS SANTOS PATRONOS CIRIACO Y PAULA

Desde un principio, hubo muchas dudas y opiniones de historiadores e investigadores, acerca del lugar dónde fueron lapidados los Santos Patrones y, al parecer, se llegó a la conclusión de que fue en Málaga. Así, en el siglo XVII fue construida una ermita dedicada a los mártires Ciriaco y Paula. El lugar fue conocido por Martiricos, ya que se erigió en aquella zona, dónde, según la leyenda, se piensa fueron lapidados los Santos. Estaba situada, dice Medina Conde: “… en la huerta llamada Perdida, en el camino que de Guadalmedina va al Arroyo de los Ángeles y Trinidad, entre ambos caminos”. Su emplazamiento exacto podemos documentarlo, perfectamente, en el plano de Carrión de Mulas del año 1791; y en planos de años posteriores.

Sin embargo, revisando  el interesantísimo y documentado libro de Emilio Ruiz Muñoz, canónigo archivero de la Catedral “Los Santos Mártires Ciriaco y Paula”, del año 1916, con un Prólogo del R.P. Fidel Fita, director,  por entonces, de la Real Academia de la Historia, aquél explicaba minuciosamente, consultando los mismo textos que estudió Guillén Robles, y a otros muchos, y apoyándose en la traducción del latín del “Himno” que realizó Simonet, la cual consideraba muy autorizada, frente a la no correcta o libre de Guillén,  el cual al traducirlo   también  interpretó   mal  el texto  de  Usuardo -según Ruiz Muñoz-; con todos estos datos éste afirmaba rotundamente que los santos fueron martirizados en Málaga.

Antes de continuar con nuestro relato, quisiéramos dedicarle unas letras al ya mencionado P. Fidel Fita quien, el 19 de enero de enero de 1901, vino a nuestra ciudad  a dar una conferencia sobre los Santos Ciriaco y Paula, en la entonces denominada Sociedad Malagueña de Ciencias; y en el artículo que  escribió  Narciso Díaz de Escovar, comentó un fragmento de dicha conferencia, cuando explicaba que, Fita decía que al consagrarse la iglesia  Basílica de Guadix, dedicada a la Santa Cruz, el 13 de mayo del año 652, entre las reliquias colocadas en  su ara se pusieron  algunas de las de Santa Paula; con ello se demostraba pues, que sus restos no estaban enterrados en lugar oculto,  sino que eran objeto de devoción por los cristianos a mediados del siglo VII.

En 1912 el P. Fidel Fita fue nombrado director de la Real Academia de la Historia; en 1913 se le concedió la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso XII y, también, se le nombró Académico de la Real de Bellas Artes de San Fernando, y correspondiente del Instituto Arqueológico de Roma. En 1917 fue elegido para ocupar el sillón Q en la Real Academia Española de la Lengua.

Usuardo cuando viajó a la Península contactó con la iglesia mozárabe, a ésta se lo había transmitido la iglesia visigoda, la cual a su vez lo había aprendido de la iglesia primitiva romana, sede de la lapidación de nuestros mártires, con ello Ruiz Muñoz probaba la verosimilitud del emplazamiento de los mártires. Pero contrastando todas estas opiniones históricas, lo cierto es que en ninguno de los documentos se afirma con claridad el lugar exacto dónde se realizó el martirio, el mencionarse las dos ciudades en los textos, ha llevado a su dudosa interpretación: unas veces de Málaga y otras de Cartago. Lo que sí es cierto, es que esa es la tradición desde tiempo inmemorial: el sacrificio de los santos malagueños.

También existe un grabado del año 1780 a cuyo pie se lee: “…Vista y perspectiva de Málaga tomada desde el Cortijo de la Palma, situado en el Guadalmedina, propio del convento de la Merced”. (En el facsímil de este grabado, que fue realizado en el año 1966 por la Obra Cultural de la Caja de Ahorros Provincial y la Sociedad Malagueña de Ciencias; se encuentra depositado en el Archivo Díaz de Escovar). En él observamos perfectamente diferenciadas la ermita de Martiricos y, al lado, con una distancia entre ambas, la torre de Martiricos. Esta torre que hoy todavía persiste, es, en realidad, la alcubilla que está situada, actualmente, en la Avenida Gálvez Ginachero, junto al Colegio de San José, la cual tiene un tejado a cuatro aguas, y quizá por esta causa, y por estar situada muy cerca de la ermita, se pensó en otros tiempos que eran los restos de la torre de dicha ermita.

La ermita se fundó en 1630 por Cristóbal Ramón, en una huerta de la propiedad del alférez Alejo del Águila. Fallecido aquél, se hizo cargo de la ermita el licenciado Martín Castaño Casillas de Guzmán, quién la mejoró notablemente, sucediéndole en 7 de agosto de 1657 María Godoy, que justificó ser hija del referido Martín Castaño. Cuando ésta murió en su testamento, de fecha 6 de julio de 1677, dejó como patrona de la ermita a su hija Juana Hurtado, casada con Juan Luis Zambrana, a sus hijos y descendientes. En virtud de este testamento, cuando falleció Juana Hurtado, su marido pidió judicialmente la posesión de la ermita, y ésta le fue adjudicada. Así prosiguió la ermita primitiva hasta el año 1680, sufriendo muchos desperfectos con el terremoto del día de San Dionisio, quedando ésta abandonada por espacio de algunos años. Más tarde fue reconstruida e incluso ampliada, a expensas de Tomás Valdés y su esposa Paula Ruiz Arroyo, mercaderes de la seda establecidos en la calle Nueva. Concluida la capilla, fue consagrada por el obispo Fray Alonso de Santo Tomás, en 25 de junio de 1687, celebrándose grandes fiestas, organizadas por los dos Cabildos: Municipal y Eclesiástico, y la nobleza.

Según el P. Morejón, y más tarde el Marqués de Valdeflores, la advocación de estos Santos Patronos estaba muy arraigada en nuestra ciudad, y ambos relatan cómo la ermita estaba situada en el centro, como en una isla, rodeada de tres arroyos, y éstos en varias crecidas abundantes, concretamente una de ellas la del año 1661, y otra en 1764, no le afectaron nada, considerándose estos hechos un milagro otorgado por los santos.

A principios del siglo XIX, la ermita estaba en muy mal estado, así lo relata en una carta, en 1803, el presbítero Juan Tomás Sanz de la Reguera y Morcillo dirigida al Cabildo eclesiástico; asimismo se quejaba de olvido del culto a los patronos y de la escasa asistencia a la ermita. Al parecer, la ermita fue demolida a principios del siglo XX. Sin embargo, Sánchez Rodríguez en el texto que publicó en la prensa local “El Cronista”, el 18 de junio de 1916, terminaba su artículo diciendo: “De todo cuanto hemos relatado, sólo queda hoy, [en 1916] aparte los actos religiosos que celebran en su día la Catedral y la Parroquia de los Santos Mártires, la torre de la ermita”. Así pues, vemos como ya en el siglo XX confundían la alcubilla existente, pensando que eran los únicos restos que quedaban de la antigua ermita.


17 octubre 2026

UN POEMA PARA EL SÁBADO: LUIS ROSALES

 

Es el miedo al dolor

Es el miedo al dolor y no el dolor quien suele hacernos pánicos y crueles,
quien socava las almas
como socavan la ribera las orillas del río,
y yo he sentido su calambre desde hace mucho
tiempo,
y yo he sentido, desde hace mucho tiempo, que el curso de sus aguas nos arrastra,
nos mueve las raíces sin dejarnos crecer,
y nos empuja, y nos sigue empujando hasta
juntarnos
en esta habitación que es ya un rescoldo mío,
en esta habitación en donde las baldosas se levantan un poco
y ya no vuelven a encajar en su sitio
como la tierra removida ya no cabe en su hoyo:
tal vez a nuestro cuerpo le ocurra igual…

 

De: La casa encendida – Rimas  1951

 

Luis Rosales Camacho (Granada, 31 de mayo de 1910 - Madrid, 24 de octubre de 1992) fue un destacado poeta y ensayista español, considerado una de las máximas figuras de la Generación del 36 y de la llamada "poesía arraigada" de la posguerra. A lo largo de su carrera recibió el prestigioso  Premio Miguel de Cervantes en 1982 por el conjunto de su obra y fue miembro de la  Real Academia Española (RAE).

Nació en el seno de una familia numerosa y acomodada. Inició sus estudios de Derecho y Filosofía y Letras en la Universidad de Granada.  En 1930 se trasladó a Madrid para continuar su formación, donde se doctoró en Filología Románica. En la capital estrechó lazos con importantes figuras del panorama literario integrándose en los círculos de la Generación del 27 a los que pertenecían García Lorca o Pedro Salinas, aunque su estilo tomó un rumbo diferente.

Uno de los momentos más trágicos y determinantes de su vida ocurrió al inicio de la Guerra Civil Española , en agosto de 1936. Rosales, que simpatizaba con el bando falangista, ofreció su propia casa familiar en Granada como refugio a su amigo Federico García Lorca, pensando que allí estaría seguro. Pese a los esfuerzos de Luis y de sus hermanos por protegerle e interceder por él, Lorca fue detenido en la vivienda por fuerzas golpistas y posteriormente fusilado, un suceso que marcó profundamente a Rosales por el resto de sus días.

Su trayectoria lírica transitó por distintas etapas marcadas por las circunstancias históricas.

·         Clasicismo e inicios: En 1935 publicó su primer libro, Abril, una obra de poesía amorosa de corte clásico influenciada por los autores del Siglo de Oro, en especial por Garcilaso de la Vega

·         La madurez y la cotidianidad: Tras el trauma de la guerra, su poesía se volvió mucho más íntima y existencial. En 1949 vio la luz su obra cumbre, La casa encendida, un extenso poema narrativo y autobiográfico donde rompió con el clasicismo e introdujo el verso libre y un tono conversacional centrado en lo cotidiano.

·         Etapa final: Sus últimos escritos se tiñeron de reflexiones más oscuras sobre el paso del tiempo, la memoria y la cercanía de la muerte.

Rosales compaginó la creación poética con el ensayo y la labor editorial en publicaciones de relieve como la revista Escorial. Fue elegido miembro de número de la RAE en 1962, ocupando la silla "f". Además del Cervantes, su obra le valió el Premio Nacional de Poesía en 1951 y el Premio Nacional de Ensayo en 1973.


16 octubre 2026

ESCRIBIR SOBRE UNO MISMO

 


No resulta fácil hacerlo. Algunos especialistas, como psiquiatras, psicólogos y educadores, aconsejan a sus pacientes que escriban cada día unos minutos, acerca de cómo les ha ido el día, los proyectos e ilusiones conseguidos o frustrados, las causas de los errores y aciertos de los que han sido protagonistas y la proyección organizativa que tiene para el día siguiente. Pero hay que reconocer con franqueza que “abrirse” ante la sinceridad del folio vacío, el archivo de texto receptivo en el escritorio del ordenador o compartir la intimidad ante la persona amiga, es una decisión muy complicada, casi “heroica” en su adopción.

Desde tiempo inmemorial un género literario muy interesante, por el contenido del texto y por la aceptación del público lector o investigador es el de la BIOGRAFÍA. Hay dos tipos de publicaciones biográficas: aquella que realiza un investigador externo y esa otra que escribe el propio personaje o AUTOBIOGRAFÍA. En uno y otro caso, la intervención del protagonista de la vida historiada es necesaria, casi imprescindible.

Pero ambos géneros suelen estar lastrados por la subjetividad del escritor. Esa interpretación inevitable es comprensible. En principio, el autor se esfuerza en decir la verdad. Pero a pesar de esas nobles intenciones, cuando finalizamos la lectura de una autobiografía tenemos de inmediato una percepción. La necesidad, más o menos encubierta, que tiene el autor de “explicar” o de justificar o incluso mentir acerca de muchos o destacados comportamientos que jalonan su existencia. Ese es un pequeño o gran lastre, pues se modela los hechos con los detalles más favorecedores, “olvidándonos” de otros que enturbiarían la nitidez y veracidad de nuestra imagen. En otro sentido, toda biografía es un punto de vista acerca de cómo el personaje vivió e interpretó el contexto social, político y económico en el que le correspondió vivir.



A pesar de las limitaciones y condicionantes, el género es en sumo atrayente y documental, también comprensivo, para empatizar con el protagonista de del relato. Es significativo que leamos, en la crítica especializada, esa destacada frase de “Es la mejor biografía acerca del personaje histórico, que se ha publicado hasta el momento”. Aunque tenga elementos novelados o con aportes de ficción, nos ayudará a conocer y comprender mejor la época y el contexto histórico en donde transcurre la vida del personaje estudiado.

Y de aquí pasamos al DIARIO PERSONAL, reflexión íntima y privada de una parte, más o menos amplia, de la evolución de una vida. Esta narrativa posee, en la mayoría de las ocasiones, un sentido terapéutico para superar depresiones o bloqueos anímicos. Hablando con nosotros mismos, vamos reflexionando acerca de los más significativo que nos ha sucedido en el día. Resulta comprensible que en esos resúmenes diarios haya habido vivencias positivas y otras menos afortunadas, aciertos y errores, disgustos y alegrías. De manera especial nos detenemos en aquellos hechos “problemáticos” en los que dudamos o nos reafirmamos sobre la calidad de nuestros actos. Rememorar acontecimientos desagradables nos ayuda a poner las bases para tratar de evitar su repetición o para aplicar pautas más afortunadas de respuesta. En ocasiones hacemos un verdadero ejercicio de introspección “desnudándonos” ante nuestra conciencia. Esos diarios varían según sea la edad del que escribe, junto a las circunstancias ambientales y familiares que puedan afectarle. Desde luego, las páginas escritas pertenecen a la absoluta privacidad e intimidad de sus autores. Tratamos, por todos los medios posibles, que nadie conozca su contenido salvo que por nuestra voluntad o necesidad sea conocido por algún familiar, amigo o especialista de salud mental.




Hay una modalidad especial en estos géneros narrativos. Se trata de ESCRITOS SOBRE NUESTRA VIDA. En este caso deseamos que alguno de nuestros descendientes conozca una parte, más o menos amplia y detallada, sobre alguna decisión trascendental que hayamos tomado con respecto a nuestra existencia. Habrá secretos o acciones, de naturaleza confidencial, que aceptamos sean conocidos después de nuestra vida. También hay personas que, sin el ánimo de querer escribir una autobiografía, cuentan humildemente su existencia, guardando el conjunto de folios. Cuando se les pregunta, manifiestan con sencillez eso de “aquí está contada mi vida. ¿a quién puede interesarle? Puede tratarse de una persona viuda, con los hijos independizados, que no ha tenido o protagonizado grandes logros, sino su trabajo responsable en la actividad que haya desarrollado. Esos muy humanos y veraces “papeles” quedan guardados secretamente en el armario e irán adquiriendo el color amarillento, signo del paso del tiempo. Normalmente, tras su fallecimiento, alguno de los hijos, ya mayores, descubren el admirable “tocho” familiar. Su lectura generará sentimientos y emociones inesperadas en sus descendientes y allegados.

Sí, es bueno y saludable que escribamos. Y que el protagonista de esas intensas y transparentes líneas sea nuestra propia persona. Es necesario que esas reflexiones vayan ornadas de valentía, sinceridad y humildad. Cuando lo hacemos, estamos hablando o dialogando con nosotros mismos. Esos pensamientos, esos valiosos renglones ayudará a conocernos mejor. En realidad, somos unos desconocidos, en nuestro microcosmos existencial, siendo la vida un proceso, un complicado camino para entendernos y hacernos mejores, pensando con más generosidad en las personas próximas. –



José L. Casado Toro

Octubre 2026



13 octubre 2026

CASI TODO EL MUNDO GIRA INCONSCIENTEMENTE HACIA LA IZQUIERDA AL CAMINAR, Y AÚN NO SABEMOS POR QUÉ.

 

Artículo de Iñaki Echeverría Huarte, Assistant Professor, Universidad de Navarra, Ángel Garcimartín Montero, Catedrático de Física de la Materia Condensada, Universidad de Navarra y Iker Zuriguel Ballaz, Professor of Applied Physics, Universidad de Navarra. Publicado en la revista digital The Conversation.

Esta historia comenzó, como tantas otras en la historia de la ciencia, con algo que no estábamos buscando.

En 2020, durante la pandemia de covid-19, estábamos estudiando una cuestión práctica: ¿cómo se mueven las personas en un espacio cerrado cuando se les pide que mantengan la distancia entre ellas? Al ver las grabaciones una y otra vez, nos dimos cuenta de algo extraño: casi todos los participantes caminaban en círculos que giraban en la misma dirección, siempre en sentido antihorario. Y lo más curioso de todo es que ninguno de ellos parecía haberse dado cuenta de que lo estaban haciendo.

Esa observación nos llevó a emprender una investigación de cinco años para averiguar por qué los seres humanos se comportan de esta manera.

El efecto en sí mismo es fácil de describir. Si dejamos que una multitud deambule por un espacio cerrado sin un destino concreto, poco a poco empieza a girar, casi siempre hacia la izquierda. Nadie dirige ese movimiento. Nadie lo decide.

Para un físico, esto parece un ejemplo clásico de “comportamiento emergente”: un patrón colectivo que surge de innumerables pequeñas interacciones, ya sea entre individuos o entre estos y su entorno. Estas eran nuestras dos hipótesis principales, que intentamos validar por separado.

No era la sala

Nuestra primera sospecha se basaba en la interacción entre los peatones y las paredes de la sala. Un estudio anterior de neurociencia había descubierto que las personas diestras tienden a girar a la izquierda y las zurdas, a la derecha, un sesgo sutil relacionado con pequeñas diferencias entre las dos mitades del cerebro. Dado que la mayoría de nuestro grupo original era diestra, era razonable plantear la hipótesis de que el remolino colectivo no era más que la suma de las preferencias individuales, convertida en un bucle por las paredes que les rodeaban.

Para comprobarlo, diseñamos un nuevo experimento que comenzaba incluso antes de que el grupo se reuniera en el recinto. Uno a uno, los voluntarios caminaban en línea recta hacia una pared y registrábamos en qué dirección giraban al llegar allí.

Al conocer la preferencia de cada uno, pudimos clasificar a las personas según esta característica y observar el resultado. Si las paredes y la lateralidad fueran la respuesta, un grupo de zurdos o, mejor aún, de personas que giraran exclusivamente a la derecha, acabaría invirtiendo la rotación y se movería en el sentido de las agujas del reloj. Pero eso nunca ocurrió. Tanto si llenábamos la sala con personas que giraban a la derecha como con zurdos, el sesgo en sentido contrario a las agujas del reloj se mantenía.

Quizá la presencia de las paredes en sí misma fuera la causa de este efecto de desviación. Para averiguarlo, trasladamos el experimento al aire libre, a un patio escolar muy amplio de 3 000 metros cuadrados, sin muros perimetrales, y dejamos que más de un centenar de adolescentes caminaran sin nada que los guiara. El efecto de rotación no solo se mantuvo, sino que se intensificó. Evidentemente, la sala no tenía la culpa.

No era la cultura

Eso nos dejaba con nuestro segundo sospechoso: la forma en que interactuamos entre nosotros. Cuando dos peatones se encuentran de frente, cada uno se aparta, lo que da lugar al conocido fenómeno de la formación de carriles.

Pero el lado que elegimos no es aleatorio, y suele estar determinado por la parte de la carretera por la que circulan los vehículos. En España, al igual que en el resto de Europa continental, nos apartamos hacia la derecha, lo que deja algo de espacio a nuestra izquierda para que la persona que viene en sentido contrario haga lo mismo.

Quizás, razonamos, el origen del movimiento en sentido antihorario no era más que una manifestación de este fenómeno. Si los peatones tienden a apartarse hacia la derecha en cada interacción, acabarán caminando con la pared a la derecha, moviéndose en sentido antihorario. Si esto fuera cierto, una multitud japonesa debería girar en sentido horario porque, en Japón, la gente conduce y se aparta hacia la izquierda, y la formación de carriles se produce en el lado opuesto al de España.

Nos pusimos en contacto con un colega de Tokio, convencidos de que él observaría que la multitud giraba en el sentido de las agujas del reloj. Los nuevos experimentos se saldaron con un nuevo fracaso. La multitud japonesa giró en sentido antihorario, por lo que nuestra hipótesis era errónea.

Aún quedaba una explicación cultural: un hábito adquirido en algún momento, como la dirección antihoraria en la que se construyen casi todas las pistas de atletismo. Así que recurrimos a los niños de guardería, que apenas han comenzado a asimilar las convenciones de los adultos. Lejos de desaparecer, su tendencia en sentido antihorario fue la más marcada que medimos en cualquier lugar.

La respuesta está dentro de nosotros

Si no se trata del grupo, del entorno ni de nuestros hábitos sociales, solo quedaba una posibilidad: una característica puramente individual, algo biomecánico o arraigado en el cerebro.

Para comprobarlo, pedimos a más de 200 voluntarios que caminaran solos, de uno en uno, en un recinto vacío. Sin nadie con quien chocar y sin una multitud a la que seguir, una clara mayoría siguió moviéndose en sentido antihorario.

Durante décadas, nuestro campo había dado por sentado que patrones colectivos como este surgen de las interacciones entre los peatones. En este caso, los datos muestran exactamente lo contrario: el patrón ya está presente en una sola persona que camina por su cuenta. De hecho, al introducir en un modelo únicamente esos datos de movimiento individual, fuimos capaces de reproducir el remolino de toda la multitud. En este caso, y al contrario de lo que ocurre en los fenómenos colectivos emergentes, el todo no es más que la suma de las partes; es exactamente lo mismo.

Y aquí está la conclusión sincera: seguimos sin saber el porqué de este sesgo a nivel individual. Buscamos una relación con la lateralidad (mano dominante), el pie dominante, el ojo dominante, el sexo, etc., y no encontramos nada. Los estudios con personas que caminan con los ojos vendados, que tienden a desviarse en espiral hacia un lado, apuntan a algo más profundo, tal vez a ligeras asimetrías en el oído interno que modifican mínimamente nuestro sentido de la rectitud. Pero, tal y como están las cosas, no podemos dar ninguna explicación al respecto.

En cualquier caso, saber que esa tendencia es propia del individuo y no del grupo sigue siendo valioso, y podría cambiar la forma en que modelamos y diseñamos los espacios que compartimos: lugares como aeropuertos, estaciones de tren y museos, donde es importante que el tránsito de personas sea fluido.

Esa misma inclinación hacia la izquierda se observa incluso en los animales, por ejemplo, en los bancos de peces y en las columnas en espiral de las hormigas soldado. La fuerza que empuja a un ser humano hacia la izquierda podría, en última instancia, resultar mucho más antigua que la propia humanidad.

 

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