08 agosto 2026

UN POEMA PARA EL SÁBADO: VLADIMIR HOLAN

 

Un día por la mañana

Un día por la mañana, al abrir la puerta,
encontraste en el umbral los zapatos de baile.
Era para besarlos y tú lo hiciste enseguida
y volviste a sentir alegría después de tantos años,
todas las lágrimas largo tiempo contenidas
ascendieron a tu risa.
Luego te reíste y desde el alma rompiste a cantar
con la tranquilidad de la juventud...
No preguntaste qué hermosa
dejó los zapatos en el umbral.
Nunca lo averiguaste
y, sin embargo, de aquel feliz momento
aún vives con frecuencia...


Versión de Clara Janés

 

Vladimír Holan nació en Praga, el 16 de septiembre de 1905.

Fue miembro de una generación de brillantes y comprometidos poetas, que se podría comparar con la que fue en España la Generación del 27.

En 1948 las autoridades comunistas declararon su obra como decadente. Como reacción ante esta miopía agresiva del Estado, se encierra en su casa de la isla de Kampa, para no volver a salir sino en contadas ocasiones. 

Algunas de sus obras son :Sin título (1939-1942), Avanzando (1943-1948), Dolor (1949-1957), Una noche con Hamlet (1949-1956,1962), Historias(1948-1955), Toscana (1958-1963), En el último trance (1961-1965) y Un gallo para Esculapio (1966-1967).

Durante años, Holan estuvo condenado al silencio y sólo a partir de 1963 se le permitió la publicación de sus obras. Desde entonces llegan los reconocimientos oficiales: “el Gran Premio del Estado Checoslovaco”, el “Premio de la Unión de Escritores” y el “Título de Artista Nacional”. En 1966, se le otorgó el “Premio Etna-Taormina”, en Italia. Rompió su silencio, publicó sus libros, pero nunca quiso salir de su casa para recibir estos premios.

En 1982, tras su muerte acaecida en 1980, se publica su libro Abismo de abismo, que reúne algo más de cuatrocientos poemas.

Está considerado como el más grande poeta checo del siglo XX.

 

07 agosto 2026

AQUELLOS DOMINGOS DE VIEJO COLOR

 



El último día de la semana desde siempre ha estado marcado o definido por una característica específica: es el merecido día dedicado al descanso y al disfrute de la actividad lúdica. Pero los cambios en los hábitos y costumbres a lo largo del tiempo han generado que, en muchos aspectos, los domingos actualmente no se diferencien en demasía con respecto al resto de los demás días de la semana. Los siguientes párrafos va a estar dedicados a comentar cómo eran aquellos antiguos domingos de nuestras infancias, centrándonos en las décadas de los 50 y 60 de la anterior centuria. Por supuesto que estos recuerdos son personales. Cada uno tiene anclados en los archivos de la memoria “sus domingos”. También, el escritor. Vamos a destacar, por consiguiente, rasgos generalizables que puedan asumirse por la mayoría sociológica.

Todos los miembros de la familia esperaban con ilusión y necesidad la jornada dominical. El “papá” y, en algunos casos, la “mamá, no tenían que acudir a su puesto de trabajo fuera del hogar. En consecuencia, no había que madrugar, con ese despertador de cuerda que resultaba tan ruidoso e incómodo para el sosiego. El aseo del cuerpo era una obligación ineludible. La leyenda urbana comentaba que muchos sólo se duchaban o lavaban, integral o por partes, los domingos. El preciso puntualizar que no todos los pisos tenían cuarto de baño. Tras el aseo, se desayunaba con esa calma inusual en el resto de la semana.

Había que vestirse “de domingo”. Ropa limpia y planchada, pues era necesario ir bien presentado a cumplir con el precepto de la “fiesta de guardar”: la misa de 12, en la parroquia del barrio o en la más suntuosa y monumental Iglesia Catedral. En el templo magno oficiaba la santa misa el prelado de la diócesis, quien también predicaba la homilía. Muchos pasaban por los confesionarios para poder comulgar, lo cual era una buena señal para representar que eran personas “de bien”. Especialmente comulgaban las señoras y los niños. Había que estar “bien con dios”. Tanto a la llegada al templo parroquial, como a la salida de la misa, eran frecuentes los encuentros con los amigos, vecinos o conocidos. También con los familiares, a los que se veía de tarde en tarde. Se preguntaban por la salud, intercambiando parabienes. “Cada día te veo más joven” “pues estoy de tratamiento de la ciática” “pero qué grande esta este niño, tiene toda la cara del padre” “te acompaño en el sentimiento por lo de tu abuela” “ya tiernes edad de buscarte un novio, que no quiero verte vistiendo a santos” “el niño está bien “colocao” como aprendiz de confitero” “no te pongas tan remilgada, que ya eres mocita vieja” “A Simón le van bien las cosas en el trabajo, ya ha dado la entrada para el seiscientos, yo quiero aprender a conducir pero él no me deja” etc. Esas relaciones después de misa eran también interesantes para hacer algunos negocios, siempre con la cordialidad y la sonrisa “Profidén” en el rostro.




Una vez abandonado el recinto sacro, la familia solía dirigirse al puesto de periódicos más cercano. El padre elegía el Marca o el SUR. Los periódicos editados en Madrid se repartían por todo el territorio nacional, utilizándose el tren como transporte de los diarios, por lo que no se exponían en los puestos de venta hasta el lunes. Pasados los años, el uso del transporte aéreo facilitó la llegada de la prensa nacional en el mismo domingo. Los niños conseguían algún tebeo, como El TBO, El Capitán Trueno, El Jabato y la muy popular Claro de Luna, de ediciones Toray, que narraba una historia basada en una canción del momento.

Muchas familias acudían a algún bar del centro de la ciudad o de la zona del puerto malagueño, a fin de tomar un aperitivo: cerveza o vinos con gambas cocidas, aceitunas “aliñás” para los padres y refrescos de naranjada o limonada para los niños. Los más pequeños de la casa ya habían conseguido de sus padres la compra de algunas “chuches”: pipas de girasol, saras o regalices, chicles “bazokas”, avellanas, etc. Normalmente se almorzaba en casa, pues no estaban los bolsillos para hacer demasiados extraordinarios. Al ser domingo, muchos padres pasaban por la confitería (La Imperial, Casa Anglada, La Española, Aparicio) para llevar “un papelito” de pasteles, para los postres y meriendas del día.


Después del almuerzo los “mayores” hacían la siesta, mientras los niños jugaban. Pero había que preparar la tarde, para el disfrute del día de fiesta. La radio era un eficaz aliado para la distracción. Por supuesto, Radio Nacional de España, para escuchar “el parte” de las 14:30. Muchos padres iban al estadio de la Rosaleda, cuando había partidos del Club deportivo Málaga. En caso de que el equipo de la ciudad jugara en otra ciudad, se sintonizaba la cadena SER de Radio Madrid y escuchaban la marcha de los partidos de fútbol, especialmente los de la 1ª división, ya que la emisora conectaba con todos los campos en tiempo real. Se tenía encima de la mesa la quiniela del PAMDB (Patronato de apuestas mutuas deportivas benéficas) para comprobar si los resultados de los encuentros concordaban con el 1, X, 2 (gana el equipo de casa, empata o pierde) signos que el apostante había anotado en el boleto. Tenían premio económico los acertantes de 14 resultados, y los de trece. Con los años, también los acertantes de 12 resultados recibían alguna compensación en pesetas. Una frase repetida: “desafortunado en el juego, pero afortunado en amores”. La madre solía dedicar parte de la tarde a tricotar, coser, planchar o subía a casa de alguna vecina del bloque para hablar de sus cosas, con el tazón de café con leche y las rosquillas fritas de harina, huevo y azúcar, canela o miel, muy apetitosas.


Y ¿qué hacían los más jóvenes de la familia? Según la edad, los pequeños se juntaban con los vecinos para jugar en la calle a la pelota, si el tiempo acompañaba. Otros tenían la suerte de conseguir las tres o cuatro pesetas para comprar una entrada en el cine del barrio, con programa doble. En el caso de Málaga, los cines más populares con películas de reestreno eran: el Capitol, el Avenida, el Duque, el Moderno, el Plus Ultra y el Cayri cinema. Había que volver a casa no más tarde de las 8 o las 9 de la noche, con lo que se podía ver las dos películas y volver a visionar parte de la primera. Los hijos ya más crecidos buscaban la diversión y el “ligue” en los guateques que se organizaban en casa de algún amigo, que conseguía el permiso de sus padres, para mover los muebles del salón estar. Se utilizaba el pick-up o”picú, pequeño tocadiscos con singles de vinilo, que reproducía las canciones de los grupos y solistas de la época, música para bailar “separados” o “agarrados” (Los Bravos, Duo Dinámico, Los Brincos, Los Diablos, Conchita Velasco, The Platters, Nino Bravo, y Salvatore Adamo, etc). Los padres vigilaban para que no hubiera alcohol, sólo refrescos, tapas o dulces para la merienda.

Algunos jóvenes ennoviados, con el control de los padres respectivos, dedicaban horas al paseo cogidos de la mano y buscando algún rincón discreto para intercambiar ese beso prolongado, “victoria” esforzada para cada salida.


Las “chachas” que servían en alguna casa “bien” tenían libre la tarde dominical para dar sus paseos, ir al cine o salir con el chico con el que habían “ligado” los domingos previos. También solían llevarse los pequeños de los señores al Parque, para que jugaran y darles la merienda (rebanada de pan y pastilla de chocolate Dolca o Nestlé. También galletas Maria. El yogurt no se había generalizado todavía).

Algunas familias solían dar (con el buen tiempo meteorológico) un paseo por el Puerto marítimo, aprovechando la mañana o la tarde dominguera. En aquellos años, el recinto portuario era utilizado para sus funciones propias. No estaba dedicado también al turismo, como hoy ocurre, con restaurantes, tiendas, bares y cafeterías. Por el contrario, había montículos de aceitunas, trigo, naranjas que se exportaban en los barcos mercantes. También, bidones de aceite. Abundaban los veleros o barcos de pesca de arrastre, por la bahía malagueña o para desplazarse a los caladeros marroquíes. El gran SILO, inaugurado en 1952 y hoy desaparecido, servía para guardar los cereales y otras mercancías de importación y exportación. En la gran terraza de una nave adjunta abundaban las parejas de “tortolitos”, quienes se reunían para la ilusión de esas “manitas”, besos o demás tocamientos fugaces, aunque a veces venía el guardia del puerto y soltaba sus buenas reprimendas que casi nunca llegaban a mayores. Cuando el calendario indicaba algún santo o cumpleaños en la familia, además del chocolate y los churros en casa Aranda, se hacía el extraordinario de dar un divertido paseo en un coche de caballos por el centro de la ciudad.

Y pronto llegaba la noche, para hacer la cena e ir la cama, pues el lunes había que madrugar, con el trabajo del padre y el colegio de los niños. No siempre los “deberes” se habían cumplimentado, por lo que había que sacrificarse alguna hora después de cenar. En la oscuridad nocturna, unos y otros, mayores y pequeños, pensaban sus recuerdos acerca de cómo habían pasado el domingo: los juegos, las fiestecillas, los dulces, la quiniela del “otra vez será”, la merienda con la vecina del cuarto en la que se hablaba de “todo” y esa expresión: ¡hasta el domingo que viene, pues a lo mejor iremos de merienda al campo! en el deseo ilusionado de todos los miembros de la casa. Tras el descanso nocturno, llegaba la rutina del lunes en una España de posguerra, con las carestías mejor o peor llevadas, con el catolicismo como doctrina oficial en todos los órdenes de la vida y con la preocupación y cuidado en los comportamientos familiares, por “el qué dirán” los vecinos y amigos del barrio.  Eran los domingos y los días de viejo y ocre color, esperando un mañana que podría ser mejor -


 

José L. Casado Toro

Agosto 2026

 

 


 



04 agosto 2026

FECHAS DEL PROCESO DE MATRICULACIÓN AULA DE MAYORES+55, CURSO 2026/2027

 


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¿POR QUÉ ESTÁ DE MODA EL MAGNESIO?

 

Artículo de Maria Izquierdo-Pulido, Catedrática del Departamento de Nutrición, Ciencias de la Alimentación y Gastronomía, Universitat de Barcelona, Isabella Parilli Moser, Profesora lectora e investigadora del Departamento de Enfermería Fundamental y Clínica, Universitat de Barcelona y Maria Fernanda Zeron Rugerio, Profesora Lectora del Departamento de Enfermeria Fundamental y Clínica. Facultad de Enfiermeria. Universidad de Barcelona, Universitat de Barcelona. Publicado en la revista digital The Conversation.

El magnesio se ha convertido en uno de los suplementos estrella. Las motivaciones para consumirlo son múltiples: dormir mejor, reducir el estrés, evitar calambres, tener más energía o prevenir carencias. Las redes sociales han amplificado su popularidad y muchas personas lo toman con la idea de que es una solución sencilla para sentirse mejor. El problema es que a menudo se confunden funciones fisiológicas reales con beneficios clínicos que, en personas sanas, están poco demostrados.

Pero ¿qué dice realmente la ciencia?

Un suplemento no mejora una dieta pobre

El magnesio es un mineral esencial. Participa en centenares de reacciones enzimáticas y es necesario para el metabolismo energético, la función muscular y nerviosa, la síntesis de proteínas, el mantenimiento de los huesos y el equilibrio electrolítico.

Una ingesta insuficiente puede asociarse a fatiga, debilidad o alteraciones neuromusculares. Pero una cosa es que el magnesio sea imprescindible y otra muy diferente es que suplementarlo resulte útil para todo el mundo. En nutrición, más no siempre quiere decir mejor. De hecho, el beneficio de un suplemento, ya sean vitaminas o minerales, es claro cuando hay un déficit; en cambio, el efecto es mucho menos evidente cuando las necesidades ya se cubren con la alimentación.

Las mejores fuentes dietéticas de magnesio son los cereales integrales, las verduras de hoja verde, las legumbres, los frutos secos, las semillas y el cacao puro. En muchas personas, incorporar más de estos alimentos tendría más sentido que añadir una cápsula. Un suplemento no mejora una dieta pobre: la sustituye de manera ilusoria. Confiar en que una píldora compensará lo que no comemos es engañarse a uno mismo. Y una idea que, por desgracia, resulta muy rentable para quien la vende.

En la Unión Europea hay alegaciones de salud autorizadas para el magnesio: que contribuye a reducir el cansancio, al metabolismo energético normal y a la función muscular y nerviosa. Son declaraciones ciertas en sentido fisiológico, pero no significan que un suplemento de magnesio actúe como un energizante o relajante universal. Indican, simplemente, que el organismo necesita este mineral para funcionar bien.

Promesas del magnesio versus qué dice la ciencia

También se ha popularizado la idea de que cada problema requiere una forma concreta de magnesio: citrato para el estreñimiento, bisglicinato para el sueño, malato para el cansancio, treonato para el cerebro.

Es cierto que las distintas sales varían en su absorción y tolerancia digestiva, pero demostrar que una sal concreta es clínicamente superior para dormir o para reducir el estrés en personas sanas es otro tema. Este “recetario de sales” es hoy más una estrategia de marketing que una conclusión científica.

La ciencia matiza cada una de estas promesas. El sueño es uno de los reclamos más populares: el magnesio interviene en la excitabilidad neuromuscular y en procesos de relajación, lo que le proporciona una base biológica plausible.

Aun así, la evidencia clínica es bastante limitada: un ensayo clínico reciente en adultos con mala calidad del sueño apunta a una reducción modesta del tiempo necesario para conciliar el sueño. No obstante, hacen falta más estudios clínicos, con muestras más amplias y medidas objetivas del sueño, antes de poder afirmar con solidez que el magnesio mejora la calidad del descanso. De hecho, la Unión Europea no tiene aprobada ninguna declaración de propiedades saludables que relacione este mineral con la mejora del sueño.

Con los calambres musculares para algo parecido. Las revisiones disponibles no muestran un beneficio claro en personas que los experimentan de forma habitual, y la idea de que “el magnesio elimina los calambres” es demasiado simplista.

En cuanto a la energía, el organismo no funciona como un depósito que se llena indefinidamente: si las necesidades ya están cubiertas, añadir más magnesio no produce más energía. El beneficio esperable es corregir una deficiencia, no convertir un mineral en un estimulante.

Tampoco es inocuo en cualquier cantidad

Lo que obtenemos de los alimentos rara vez causa problemas, pero los suplementos en dosis altas, en cambio, pueden provocar diarrea, náuseas y dolor abdominal.

En personas con enfermedad renal o que toman determinados medicamentos el riesgo es mayor. Además, puede interferir con algunos antibióticos y fármacos para la osteoporosis si se toman al mismo tiempo.

Todo junto invita a una reflexión más amplia. En una población sana, la mayoría de complementos alimentarios no son necesarios si la dieta es suficiente, completa y equilibrada. Algunos pueden ser útiles en situaciones concretas –déficits diagnosticados, necesidades aumentadas o indicaciones clínicas–, pero eso no justifica su uso generalizado.

El problema no es solo el producto, sino también el mensaje que lo acompaña. La idea de que una cápsula puede compensar la falta de sueño, el estrés crónico o unos hábitos poco saludables resulta muy atractiva desde el punto de vista comercial, pero responde más a intereses de mercado que a necesidades reales de salud pública.

El magnesio no es una moda sin fundamento: es un nutriente esencial con funciones muy importantes. La pregunta no debería ser “¿qué suplemento me falta?”, sino “¿realmente lo necesito o simplemente me lo han vendido bien?”. La mejor recomendación sigue siendo la que parece “menos atractiva”, pero también la más sólida: primero, los alimentos y, solo cuando sea necesario, una suplementación bien indicada por un profesional sanitario.

01 agosto 2026

UN POEMA PARA EL SÁBADO: JOSÉ ÁNGEL VALENTE

 

El adiós

 

Entró y se inclinó hasta besarla porque de ella recibía la fuerza.

(La mujer lo miraba sin respuesta)

Había un espejo humedecido que imitaba la vida vagamente. Se apretó la corbata, el corazón, sorbió un café desvanecido y turbio, explicó sus proyectos para hoy, sus sueños para ayer y sus deseos para nunca jamás

(Ella lo contemplaba silenciosa)

Habló de nuevo. Recordó la lucha de tantos días y el amor pasado. La vida es algo inesperado, dijo.

(Más frágiles que nunca las palabras.)

Al fin calló con el silencio de ella, se acercó hasta sus labios y lloró simplemente sobre aquellos labios ya para siempre sin respuesta.

 

José Ángel Valente es un poeta español representativo de la poesía social de la década de 1950. Nació en Ourense el 25 de abril de 1929 y murió en Ginebra el 18 de julio de 2000.

Estudió Derecho en la Universidad de Santiago de Compostela y obtuvo la licenciatura de Filología Románica en la Complutense de Madrid. Dio clases en la Universidad de Oxford y en Ginebra ejerce de traductor de organizaciones internacionales; posteriormente trabajará en París en la sede de la UNESCO. En sus últimos años alternará su residencia suiza con la española, y recibe múltiples distinciones como el Premio Príncipe de Asturias de las Letras o el Premio Nacional de Poesía.

Cultivador de la más rigurosa prosa poética y narrativa, su primera obra de este género, Número trece (1971), fue secuestrada por la censura franquista y le ocasionó un auto de procesamiento, pero pudo ser parcialmente reunida en El fin de la Edad de Plata (1973), ciclo complementado más adelante con Nueve enunciaciones (1982).

El reconocimiento crítico de la obra en verso y en prosa de José Ángel Valente fue inmediato y perdurable, aunque no siempre estuvo a la altura de su calidad literaria. Su primer libro, A modo de esperanza, obtuvo el Premio Adonais, mientras que el segundo, Poemas a Lázaro, recibió el Premio de la Crítica, galardón que volvería a obtener en 1980 con Tres lecciones de tinieblas. Ocho años más tarde recibiría el Premio Príncipe de Asturias de las Letras.

 

31 julio 2026

DE UN LIBRO PARA EL SÁBADO: SANDOR MARAI


 

 

 

El general se entretuvo casi toda la mañana en la bodega del lagar. Había salido al viñedo de madrugada, junto con el vinatero, para ver qué se podía hacer con dos barriles de vino que habían empezado a fermentar. Eran las once pasadas cuando terminaron de embotellar el vino; entonces regresó a la casa. Bajo las columnas del porche de piedras húmedas que olían a moho le esperaba el montero, para entregar a su señor una carta que acababa de llegar.

 

—¿Qué quieres? —le preguntó, y se detuvo con fastidio. Se echó atrás el sombrero de paja de ala ancha que le cubría la frente y le oscurecía totalmente la cara rojiza. Hacía años que no leía ni abría ninguna carta. El correo lo abría, examinaba y seleccionaba uno de sus sirvientes de confianza, en la oficina del administrador.

—Un recadero acaba de traerla —dijo el montero, que se mantenía en posición de firme en el porche.

        Reconoció la letra, cogió la carta y la guardó en el bolsillo. Entró en el frescor del vestíbulo y entregó al montero su sombrero y su bastón, sin musitar palabra. Sacó las gafas del bolsillo donde guardaba también los puros, se acercó a la ventana y se puso a leer la carta en la sombra rasgada apenas por algunos rayos que penetraban por las rendijas de las persianas medio echadas.

 

—Espera —dijo por encima del hombro al montero, que se disponía a retirarse con el sombrero y el bastón.

        Arrugó la carta y se la guardó en el bolsillo.

—Que Kálmán prepare el coche para las seis. El landó, que va a llover. Que se ponga la librea de gala. Tú también —añadió con énfasis, como si estuviera enfadado por algo —. Que todo esté limpio y reluciente. Que empiecen ahora mismo a limpiar el coche y el aparejo. Te vistes de gala, ¿entendido? Y te sientas al lado de Kálmán, en el pescante.

—Entendido, excelencia —respondió el montero, mirando a su amo fijamente a los ojos—. A las seis en punto.

—A las seis y media os vais —dijo, moviendo a continuación los labios en silencio, como si estuviera contando—. Os presentáis en el Hotel del Águila Blanca. Solo tienes que decir que te he enviado yo y que ya está dispuesto el coche del capitán. Repítelo.

        El montero repitió las instrucciones. Entonces el general levantó una mano y miró al techo, como si quisiera añadir algo más. No dijo nada y subió al primer piso. El montero, firme, lo observó con ojos vidriosos, lo siguió con la mirada y esperó a que la cuadrada figura de anchas espaldas desapareciera por el recodo de la escalera de piedra del primer piso.

        El general entró en su habitación, se lavó las manos y se acercó al pupitre alto y estrecho, cubierto de paño verde, salpicado de manchas de tinta, donde había cortaplumas, tinteros y cuadernos con tapas de hule a cuadros, como los que utilizaban los colegiales para hacer los deberes, todos guardados con un orden milimétrico. En el centro del pupitre había una lámpara de pantalla verde y la encendió porque la habitación estaba a oscuras. Detrás de las persianas echadas, el verano quemaba el jardín lleno de plantas secas y de hojas arrugadas, como un pirómano colérico que incendiara toda la vegetación antes de desaparecer. El general sacó la carta del bolsillo, alisó el papel con gran cuidado y, con las gafas caladas, volvió a leer las frases cortas y rectas, escritas con letra fina, a la luz resplandeciente de la lámpara. Juntó las manos por detrás mientras leía.

        En una pared había un almanaque de números enormes. Catorce de agosto. El general echó la cabeza hacia atrás, para contar. Catorce de agosto. Dos de julio. Contaba el tiempo transcurrido entre una fecha remota y aquel día. Cuarenta y un años, dijo en voz alta. Hacía rato que hablaba en voz alta, aunque estaba solo en la habitación. Cuarenta y un años, repitió después, un tanto confundido. Como un niño  que se enreda por lo difícil de los deberes, se puso colorado, echó la cabeza atrás y cerró los ojos humedecidos. Por encima de la chaquetilla amarilla como el maíz tenía el cuello hinchado y rojo. Dos de julio de mil ochocientos noventa y nueve, la fecha de aquella cacería, musitó. Luego guardó silencio. Apoyó los codos en el pupitre, con preocupación, como si fuera un colegial aplicado, volvió a mirar el texto de la carta, aquellas pocas líneas. Cuarenta y uno, dijo al final, con voz ronca. Y cuarenta y tres días. Eso era. (…)

 

En esta magistral novela, Sándor Márai plantea la búsqueda de la verdad como fuerza liberadora, como soporte ético imprescindible para sobrellevar el peso de una vida.

    

Sándor Márai nació el 11 de abril de 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Abandonó sus estudios de derecho para dedicarse al periodismo y la literatura. En los años veinte residió en ciudades como Leipzig, Fráncfort, Berlín y París. Fue en esta época cuando se decantó por escribir en húngaro, su lengua materna. Tras regresar a Hungría en 1928, publicó obras clave como "Los rebeldes" (1930) y "Confesiones de un burgués" (1934), alcanzando gran popularidad.

Fue un firme opositor tanto al nazismo como al posterior régimen comunista. Márai abandonó su país definitivamente en 1948. Tras vivir en Italia y Suiza, se radicó en Estados Unidos (San Diego, California). La subsiguiente prohibición de su obra en Hungría hizo caer en el olvido a quién en ese momento estaba considerado uno de los escritores más importantes de la literatura centroeuropea. Después de varias décadas, hasta el ocaso del comunismo, este extraordinario escritor fue redescubierto en su país y en el mundo entero. Sándor Márai se quitó la vida en 1989 en San Diego, California, después de varias tragedias familiares y pocos meses antes de la caída del muro de Berlín.

 

Otros títulos publicados: La Herencia de Eszter, Divorcio en Buda, La Amante de Bolzano, La Mujer Justa, La Hermana, La Extraña, La Gaviota, Liberación, Tierra, tierra, Diarios 1984-1989.

 

 Amaduma

 

 

 

 


28 julio 2026

¿SIRVE DE ALGO REFLEXIONAR?

 

¡Qué pereza, Dios mío, ¡qué pereza! Una quiere cavilar sobre las cosas que pasan y que nos inquietan (corrupción, polarización, casos judiciales que nos mantienen asombrados y desolados), y ahora, hoy, hay que añadir a nuestras preocupaciones estos incendios devastadores de última generación que arrasan con la naturaleza, los bienes de las personas y hasta las vidas humanas, como ocurrió en nuestra Comunidad en fechas recientes. Y con sinceridad, ya no sabes si enfrentarte al ordenador para comentarlos o meter la cabeza en un cubo de agua muy fría y que las ideas se paralicen y el cabreo monumental que a una le domina baje de grados. (El  baño en agua fría es un sistema que apliqué en contadas ocasiones cuando mis hijos tenían fiebre muy alta y el dalsy no lograba controlarla). Y resultaba efectivo.

Los incendios se apagan en invierno. Frase lapidaria pronunciada por alguno de los responsables que en su día estaban obligados a cumplirla. Y, además, dicha sin ningún  rubor. Siempre los otros son los culpables.

       Y uno se pregunta ¿cómo es posible? Hemos tenido un invierno y primavera de lluvias muy abundantes y los bosques, el campo y los caminos se han llenado de maleza.  ¿Nadie ha previsto que esos matorrales se secan con el calor y se convierten en yesca hambrienta de recibir la más mínima chispa para convertirse en llama? Y la terrible experiencia del pasado verano ¿tampoco nos sirve?

       El alegato perfecto para encontrar un culpable a esta situación es el cambio climático. Y lo manosean y lo repiten los responsables políticos hasta la saciedad. Y es cierto. Hemos abusado del planeta y está enfadado con nosotros y lo demuestra a la menor ocasión. Las frecuentes danas que hemos sufrido últimamente son la confirmación de ello.

       Pero ¿es el único responsable? ¿Y los ecologistas de salón que dificultan cualquier labor para regular ríos y barrancos, limpieza de montes y otras acciones que ayudarían a evitar ciertas catástrofes que ahora nos asolan?

       La naturaleza es sagrada. De acuerdo. Pues ayudemos a mantenerla y respetarla con inteligencia y sentido común.

 

MAYTE TUDEA

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