Artículo
de Olga Popova, Investigadora
predoctoral, Universidad de Cádiz. Publicado en la revista digital The
Conversation.
La
traducción suele entenderse como un simple cambio de palabras entre lenguas. No
obstante, los principales desafíos surgen cuando una lengua expresa conceptos o
realidades culturales sin equivalente directo en otra. ¿Cómo traducir la
diferencia entre te quiero y te amo? ¿Qué ocurre
con palabras como sobremesa, agobio o botellón?
Las lenguas no son sólo comunicación, sino
también cultura, y la traducción humana sigue siendo esencial para su
comprensión.
No es un simple intercambio de palabras
“Tú,
que sabes inglés, tradúceme esta frase” o “¿cómo se dice mariscar en
alemán?”. ¿Cuántas veces hemos escuchado preguntas como estas? Todas ellas
surgen porque la traducción suele concebirse como algo automático, un simple
intercambio entre dos códigos.
Sin embargo, esta va mucho más allá de
sustituir unas palabras por otras. Su objetivo es transmitir el significado, la
intención comunicativa y el contexto cultural, procurando que el resultado
suene natural para quienes lo leen o escuchan. Precisamente por eso, cuando
disfrutamos de una novela traducida o vemos una película doblada, rara vez
pensamos en el trabajo que hay detrás. Si la traducción funciona, suele pasar
desapercibida.
Traducir conlleva interpretar, conocer
bien las lenguas y las culturas implicadas y, muy a menudo, saber leer entre
líneas. Es una operación lingüística, pero también un acto de comunicación y
una forma de mediación entre mundos diferentes.
Las lenguas: una visión del mundo
En
español se dice nieve, pero en maorí hablan de huka-rere, “uno de los hijos de la lluvia
y el viento”. Cada pueblo y su forma de ver el mundo son únicos, y estas
particularidades encuentran un reflejo en las lenguas que hablan.
La relación entre lengua, cultura y
pensamiento ha sido ampliamente estudiada desde disciplinas como la lingüística cognitiva o la antropología lingüística. Aunque existe debate
sobre hasta qué punto el lenguaje condiciona nuestra forma de pensar, sí hay un
amplio consenso en que las lenguas reflejan la experiencia y el contexto cultural
de sus hablantes. Esta influencia no solo se aprecia al comparar
idiomas diferentes, sino también dentro de una misma lengua.
Un ejemplo muy ilustrativo se encuentra en
estos versos de Federico García Lorca:
En la mitad del camino cortó limones redondos,
y los fue tirando al agua hasta que la
puso de oro.
Para un lector español, la imagen resulta
natural. Sin embargo, para lectores de otros países de habla hispana, la escena
puede resultar confusa. Mientras en España los limones suelen asociarse al
color amarillo, en gran parte de América Latina son verdes. El propio Gabriel García Márquez recordó esta
diferencia al descubrir, durante un viaje a Europa, que “el diccionario tenía
razón” y que allí esa fruta tenía, efectivamente, ese color.
Si una misma palabra puede evocar imágenes
distintas dentro de una misma lengua, las diferencias son aún más evidentes
cuando intervienen lenguas y culturas distintas. Es precisamente ahí donde el
traductor debe demostrar su competencia y tomar decisiones.
Si no existe la palabra: los vacíos
léxicos
Uno de los principales desafíos de la
traducción son los vacíos léxicos, es decir, cuando una lengua dispone de un
término concreto para expresar una idea, mientras que otra necesita recurrir a
varias palabras para transmitir el mismo significado.
Es
el caso de los verbos madrugar y trasnochar. En
muchas lenguas no existe un equivalente directo, por lo que es necesario
traducirlos mediante expresiones como “levantarse temprano” o “acostarse tarde”
(o “estar despierto hasta muy tarde”, según el contexto).
Algo
parecido ocurre con sobremesa. En español basta una sola palabra
para referirse al tiempo de conversación que sigue a una comida, mientras que
en otras lenguas es necesario describir la situación.
Sin
embargo, la ausencia de un equivalente léxico no significa que esas realidades
no existan. En muchos idiomas no hay un término exacto equivalente a veranear, estrenar o puente,
aunque sus hablantes también tengan vacaciones de verano, vistan una camiseta
por primera vez o disfruten de un fin de semana largo gracias a un día festivo.
Este
fenómeno no es exclusivo del español. Todas las lenguas poseen palabras que
condensan significados difíciles de expresar de forma tan concisa en otros
idiomas. Es el caso de flâner, en francés, que alude al paseo sin
rumbo y contemplativo asociado tradicionalmente a la vida urbana parisina, o
de saudade, en portugués, utilizada para expresar una mezcla de
nostalgia, añoranza y afecto por algo o alguien ausente.
Ante estos vacíos léxicos, el traductor
debe recurrir a distintas estrategias: explicar el concepto mediante una
perífrasis, encontrar un equivalente aproximado o adaptar la expresión al
contexto para transmitir el mismo significado. El objetivo no es traducir cada
palabra de forma aislada, sino conseguir que el receptor de la traducción
comprenda la misma idea que el receptor del texto original.
Los ‘realia’: cuando el problema es
cultural
Si
los vacíos léxicos plantean un desafío lingüístico, los realia suponen
un reto cultural. Se trata de palabras que designan objetos, instituciones,
costumbres o fenómenos propios de una comunidad y que no tienen un equivalente
directo porque la realidad a la que hacen referencia no existe en otras
culturas (o no existe de la misma manera).
Uno
de los ejemplos más conocidos es siesta, una palabra que ha acabado
incorporándose a muchas lenguas como préstamo, conservando prácticamente su
forma original. Algo parecido ocurre con botellón, que no solo
denomina una reunión para beber alcohol al aire libre, sino un fenómeno social
muy característico. Traducir esta palabra exige algo más que encontrar un
equivalnte: requiere explicar el contexto cultural que la hace comprensible.
La
lista de realia es muy amplia: palabras como tapas, flamenco, patio, oposiciones o jerez remiten
a realidades profundamente vinculadas a la cultura hispánica. En estos casos,
los traductores suelen optar por mantener el término original (es decir,
utilizar un préstamo) y acompañarlo de una explicación que permita al lector
comprender su significado.
Los realia ponen
de manifiesto que traducir no consiste únicamente en trasladar palabras de una
lengua a otra. En muchas ocasiones, el verdadero reto es hacer comprensible una
realidad cultural para quienes nunca han formado parte de ella.
Por todas estas razones, la intervención
humana sigue siendo fundamental, incluso en una época en la que los traductores
automáticos han alcanzado un notable nivel de precisión. El sentido del texto
depende a menudo del contexto, de las intenciones del autor, de los
conocimientos compartidos con el destinatario o de referencias culturales
implícitas que una traducción literal difícilmente puede captar. El humano es
capaz de interpretar todos estos elementos y tomar decisiones para que el texto
no solo sea correcto desde el punto de vista lingüístico, sino también adecuado
desde el punto de vista cultural.
En definitiva, traducir consiste en hacer
posible la comprensión entre distintas maneras de ver el mundo.





