18 abril 2026

UN POEMA PARA EL SÁBADO: GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

 

Soneto matinal a una colegiala ingrávida

 

Al pasar me saluda y tras el viento
que da al aliento de su voz temprana
en la cuadrada luz de una ventana
se empaña, no el cristal, sino el aliento

Es tempranera como una campana.
Cabe en lo inverosímil, como un cuento
y cuando corta el hilo del momento
vierte su sangre blanca la mañana.

Si se viste de azul y va a la escuela,
no se distingue si camina o vuela
porque es como la brisa, tan liviana

que en la mañana azul no se precisa
cuál de las tres que pasan es la brisa,
cuál es la niña y cuál es la mañana.

 

Gabriel García Márquez, 1945

 

Gabriel García Márquez. (6 de marzo de 1927, Aracataca, Colombia - 17 de abril de 2014, México D.F.). Escritor y periodista colombiano.

Su primera obra, La hojarasca, se publica en 1955. Después de unos años viajando por Europa escribe El coronel no tiene quien le escriba y La mala hora (publicadas en 1961 y 1962, respectivamente).

Unos años después, en 1967, publica la que pronto se convierte en su obra más conocida, y a cuya escritura dedica más de un año de intenso trabajo: Cien años de soledad. El éxito es inmediato, agotándose la primera edición en apenas unos días.
De vuelta a Europa (Barcelona) donde vive de 1968 a 1974, allí escribirá El otoño del patriarca (publicado en 1975) y cuentos como Isabel viendo llover en Macondo (1968) o Relato de un náufrago (1970).

En 1982 recibe el Premio Nobel de Literatura y más adelante escribe El amor en los tiempos del cólera (1985), El general en su laberinto (1989) y Doce cuentos peregrinos (1992).

Tras obras como Del amor y otros demonios (1994) y Noticia de un secuestro (1996) publica en 2002 Vivir para contarla, donde narra aspectos biográficos de su infancia y juventud. Sus últimas obras publicadas son Memoria de mis putas tristes (2004) y Yo no vengo a decir un discurso (2010).

En sus inicios literarios, mucho antes de dedicarle tiempo completo al cuento y la novela, Gabriel García Márquez escribía poemas. Al principio eran sátiras en verso dedicadas a sus compañeros de clase en el colegio, pero luego sus poemas se volvieron canciones a la nostalgia y el amor.

Años después, cuando los sonetos fueron reemplazados por la narrativa, la poesía siguió estando presente en toda la obra de García Márquez como una herramienta fundamental en la creación  de la ficción.

En el discurso leído durante el banquete de celebración del Premio Nobel, diciembre de 1982, hizo un brindis por la poesía:

“En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte”.

También en una de sus reflexiones dejó dicho:

“Tengo la tendencia a ir convirtiendo el relato y la novela en poesía. Una aspiración a mi trabajo es el de encontrar más soluciones poéticas que soluciones narrativas”.

Morirá en México D.F. el 17 de abril de 2014.

 


17 abril 2026

QUERIDOS FAMILIARES, NO GENÉTICOS

 


La identificación básica, natural, genética y social de la persona es LA FAMILIA. Nacemos, vivimos y fallecemos en el seno familiar, con todos los matices que puedan añadirse. La vinculación arbórea de un grupo familiar puede ser todo lo ramificada que deseemos investigar, hasta donde queramos llegar, en esta geométrica conexión. Padre, madre, hijos, nietos, biznietos, tataranietos, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos, hermanos, tíos, sobrinos, primos, cuñados, yernos, suegros, etc. La relación entre todos estos miembros de la dinastía familiar puede recibir todo tipo de “calificaciones”: excelente, buena, regular, mala, entrañable, afectiva, sincera, nula, indiferente, falsa, egoísta, envidiosa, hipócrita, violenta, fraternal, respetuosa, teatralizada. Toda una escala entre el amor y el odio, derivado de la propia naturaleza humana, con sus virtudes y sus defectos.

Pero cada una de las personas, con la forma de ser que le caracteriza, va generando, en su caminar por la existencia, unas sorprendentes relaciones de intensa amistad, confianza, afecto y cariño, fuera del grupo familiar al que está vinculado. En ocasiones, incluso más fuertes y verdaderas, que los que deparara a muchos miembros de su propia genealogía. Veamos algunos curiosos ejemplos.

EL AMIGO ÍNTIMO de “toda la vida”. Esta grata y continua amistad se ha generado, la mayoría de las veces, en el ámbito de la sociedad escolar. Compañero de curso y grupo, compartiendo la misma banca de estudio, ya sea en educación primaria, secundaria o en los campus universitarios. Esa amistad intensa, en la confianza y en la ayuda recíproca, se mantiene durante décadas, aunque la continuidad puede verse interrumpida por múltiples circunstancias, pero siempre surge el feliz reencuentro afectivo con el amigo de siempre. Entre ellos sobran los secretos y florece la solidaridad y generosidad, valores que incluso privamos a otros miembros de nuestra propia sangre.

EL COMPAÑERO DE TRABAJO. La intimidad y la confianza no genética se ve potenciada o facilitada, en este caso, por la proximidad física diaria, entre lunes y viernes, según qué tipo de actividad laboral se desempeña. Esas horas numerosas de trabajar juntos, hacen posible que nos abramos en muchos de los momentos para confesarle la problemática que nos aqueja y entristece o aquellos otros eventos que nos ilusionan o fascinan. Ese consejo que recibimos, o ese tiempo que nos presta para la confianza lo consideramos muy valioso, verdadero y desinteresado, desprovisto de otras connotaciones que tememos encontrar en el propio núcleo familiar.


EL BUEN VECINO. No siempre las personas que comparten vivienda en el bloque de vecinos han de llevarse mal, sino que por el contrario podemos generar amistades, generosidad y confianza, sea con la familia de arriba o aquella que tenemos bajo nuestra planta. Es necesario empatizar con la situación de esos vecinos que tienen, obviamente, su propio carácter y forma de ser. Esa máxima relacional a la que tantas veces recurrimos de tratar a los demás como nos agradaría que lo hicieran con nosotros, ayuda y mucho a esos vecinos que nos acompañan en las vicisitudes de la vida diaria, unidos en ese bloque de pisos, que compartimos solidariamente. Inevitablemente distinguiremos al mejor o al peor miembro de la vecindad. Aprovechemos las virtudes y alejémonos de los defectos, siempre con la premisa de que podemos generar amistad en donde no la encontramos. Esta actitud positiva es más valiosa y educativa que el desencuentro, en aras de la mejor coexistencia.

El trato frecuente con LOS PROFESIONALES DEL BARRIO, durante meses y años, nos posibilita establecer buenos y fraternales vínculos, con el tendero, el pescadero, el panadero, el frutero, el carnicero, el confitero, el practicante, el peluquero, el maestro. Son amigos que incluso priorizamos en la confianza a la hora de pedir un favor o consejo, considerándolos como si formaran parte de nuestra propia familia.


Hay profesiones que, por su propia naturaleza, generan y exigen plena confianza por nuestra parte, en orden a conseguir un bien superior, compartiendo parcelas, más o menos amplias, de nuestra intimidad. EL MEDICO DE FAMILIA, EL PSICOLÓGO, EL PSIQUIATRA e incluso EL CONFESOR. No tendría sentido ocultar datos importantes de nuestra privacidad con estos profesionales, ya que con ello limitaríamos la eficacia de la compleja ayuda o tratamiento que intentan prestarnos, atendiendo a nuestra petición de necesidad. La confianza, por nuestra parte, debe ser plena si deseamos que nos ayuden eficazmente en las “dolencias” físicas, psíquicas o espirituales que padecemos.

Y aquí llegamos al punto nuclear de nuestra reflexión. En la compleja, insensata y difícil sociedad que nos ha correspondido vivir, con profundas crisis relacionales en el interior de los familiares genéticos (hay miembros de muchas familias que pasan meses y años sin hablarse o ignorándose) hay que felicitarse, por paradójico que resulte, que intentemos buscar y encontremos calor afectivo, confianza recíproca y ayuda desinteresada, en muchas personas ajenas a nuestro árbol genealógico. Son como esos hermanos, padres o hijos “prestados” que cumplen mejor su función a como los harían los de nuestra propia sangre. La familia genética está hoy en crisis, qué duda cabe, por lo que tenemos que recurrir, con más o menos acierto, a la gran familia universal, que son los “hermanos fraternales de la naturaleza”. –



José L. Casado Toro

Abril, 2026.



 


15 abril 2026

DE VIAJE: EL PUEBLO DE ARAGÓN CON LA CUEVA DEL GIGANTE QUE SE ENFRENTÓ A HÉRCULES

 

Artículo publicado en National Geographic.

El gigante Caco era todo un personaje. Según cuentan en este rincón del Somontano del Moncayo, robaba el ganado a las gentes del pueblo, escupía fuego y olía a azufre. Vivía en una cueva que aprovechaba un tajo vertical de piedra de conglomerado rojizo de esta parte de Aragón. Una leyenda que tiene raíces en el mito clásico; pero que aquí se adapta para explicar una geografía propia. Según el relato local, del enfrentamiento entre el gigante y Hércules, se configuró la forma de los valles y ríos de la zona. Tras matarlo, Hércules enterró el cuerpo del gigante bajo el Moncayo, al que antiguamente se referían como "Monte de Caco". Y las aguas del río Queiles corrieron rojas durante una semana por la sangre derramada. En el pueblo lo saben porque el río pasa a sus pies.

135 VECINOS Y UN MITO GLOBAL

Lo local, en realidad, es parte de un eco cosmológico universal. Michel Bréal, el filólogo que fundó la semántica moderna, consideraba que el mito de Hércules y Caco es uno de los más antiguos de los pueblos indoeuropeos. Según señala, la historia del héroe que recupera el ganado robado por un monstruo aparece, en los Vedas del hinduismo, en la tradición griega, en la romana, en la persa, en la germánica. ¿No es asombroso que podamos encontrar también a Caco en un pueblecito de pocos vecinos junto al embalse del Val?

Lo cierto es que el patrimonio de Los Fayos está unido estrechamente a este mito que podemos rastrear en la base de tantas culturas. Pero este viaje empieza un poco antes de llegar a este pequeño pueblo de 135 vecinos. Más que paradoja, se trata de una diferencia de unos siete kilómetros, justificados por la fachada del Ayuntamiento de Tarazona, donde podemos ver tres relieves monumentales conocidos como «los gigantones». Llevan siglos decorando el segundo cuerpo del edificio, a la altura de la balconada y ahora nos valen como preludio viajero: uno lucha contra un león, otro carga un bóvido a sus espaldas, el tercero descansa sobre el tronco de un árbol con gesto pensativo. Los historiadores dicen que son los trabajos de Hércules; pero popularmente se les conoce como Sansón, Pierres y Caco. Ya se sabe, el Moncayo siempre es tierra de gigantes.

UNA ESCALERA ENTRE FARALLONES

Desde Tarazona, Los Fayos quedan a poco menos de siete kilómetros siguiendo el curso del Queiles hacia el oeste. Finalmente, el pueblo aparece al pie de una pared vertical que parece salir de la nada. En el pueblo tienes la sensación de que el tiempo se ha detenido, pero hay detalles que revelan que sí avanza; pequeños, pero significativos. En la esquina junto a un tablón de anuncios municipal, hasta no hace mucho no había la señal que indica cómo subir a las ruinas del castillo y a las cuevas, y al centro de interpretación. 

Lo que sigue inamovible son los impresionantes mallos que asoman sobre los tejados del casco urbano. El nombre del pueblo ya contiene su propia historia geológica: Los Fayos parece derivar de una forma arcaica «Los Fallos», en referencia directa a las visibles fallas tectónicas que fracturan el terreno y crean esa muralla ciclópea de conglomerado que abraza las casas por la parte de atrás. Los lugareños vieron pronto las ventajas que brindaba esa pared y las oquedades naturales se transformaron en hábitats prehistóricos, en cenobios y ermitas medievales y hasta en dependencias militares, en el siglo XII. Lo troglodita contrasta con la Iglesia de Santa María Magdalena —y, sobre todo, con su torre de estilo mudéjar—, que preside la Plaza Mayor. Junto a ella, el Palacio de los Duques de Villahermosa, en ladrillo según canon civil aragonés del XVII, ahora ruinoso; pero donde según la tradición parece ser que pernoctó Felipe IV. 

La torre mudéjar se ve fantástica desde las escaleras metálicas que nos aúpan entre los farallones hasta la entrada de las cuevas. Un centenar de peldaños nos separan de la Cueva de Caco, la más grande de las tres oquedades visitables, junto a la Cueva del Monasterio, donde está la ermita de San Benito, y la Cueva Castillo. Recorriendo las cuevas, uno puede pensar que Los Fayos es una de esas poblaciones de la España vaciada que languidecen; pero los mitos perviven y esa es una forma de resistencia que conviene no ignorar: a veces basta con tener una cueva suficientemente grande a mano y una historia que abrace a toda la humanidad.


14 abril 2026

LA TRISTEZA

 


Un cuento de Rosario Barros Peña

 

 

El profe me ha dado una nota para mi madre. La he leído. Dice que necesita hablar con ella porque yo estoy mal. Se la he puesto en la mesilla, debajo del tazón lleno de leche que le dejé por la mañana. He metido en el microondas la tortilla congelada que compré en el supermercado y me he comido la mitad. La otra mitad la puse en un plato en la mesilla, al lado del tazón de leche. Mi madre sigue igual, con los ojos rojos que miran sin ver y el pelo, que ya no brilla, desparramado sobre la almohada. Huele a sudor la habitación, pero cuando abrí la persiana ella me gritó. Dice que si no se ve el sol es como si no corriesen los días, pero eso no es cierto. Yo sé que los días corren porque la lavadora está llena de ropa sucia y en el lavavajillas no cabe nada más, pero sobre todo lo sé por la tristeza que está encima de los muebles. La tristeza es un polvo blanco que lo llena todo. Al principio es divertida. Se puede escribir sobre ella, “tonto el que lo lea”, pero, al día siguiente, las palabras no se ven porque hay más tristeza sobre ellas. El profesor dice que estoy mal porque en clase me distraigo y es que no puedo dejar de pensar que un día ese polvo blanco cubrirá del todo a mi madre y lo hará conmigo. Y cuando mi padre vuelva, la tristeza habrá borrado el “te quiero” que le escribo cada noche sobre la mesa del comedor.

FIN


11 abril 2026

UN POEMA PARA EL SÁBADO: FEDERICO GARCÍA LORCA

 

Gacela de la raíz amarga

Hay una raíz amarga
y un mundo de mil terrazas.

Ni la mano más pequeña
quiebra la puerta del agua.

¿Dónde vas, adónde, dónde?
Hay un cielo de mil ventanas
─batalla de abejas lívidas─
y hay una raíz amarga.

Amarga.

Duele en la planta del pie
el interior de la cara,
y duele en el tronco fresco
de noche recién cortada.

¡Amor, enemigo mío,
muerde tu raíz amarga!

 

De: «Diván del Tamarit» – Gacelas, 1936

 

Federico García Lorca (Fuentevaqueros, 5 de junio de 1898 – camino Víznar a Alfacar, 18 de agosto de 1936). Poeta y dramaturgo español, adscrito a la generación del 27. La semana pasada se cumplió aniversario de su muerte, valga este poema como homenaje.

En 1919 se traslada a Madrid y se instala en la Residencia de Estudiantes, coincidiendo con numerosos literatos e intelectuales. Allí, empieza a florecer su actividad literaria con la publicación de obras como Libro de poemas (1921) o El maleficio de la mariposa (1920). En 1929 viaja a Nueva York, plasmando este viaje en Poeta en Nueva York, que se publicaría en 1940 ya fallecido el autor. Dos años después en 1931, funda el grupo teatral universitario La Barraca, para acercar el teatro al pueblo mediante obras del Siglo de Oro. Escribe tanto poesía como teatro, si bien en los últimos años se vuelca más en este último. En 1933 estrena Bodas de Sangre, a las que seguirán Yerma o La casa de Bernarda Alba (1936). En 1936, en su regreso a Granada es detenido y fusilado por sus ideas liberales.

En sus primeros libros de poesía se muestra más bien modernista, siguiendo la estela de Antonio Machado, Rubén Darío y Salvador Rueda. En una segunda etapa aúna el Modernismo con la Vanguardia, partiendo de una base tradicional.

En cuanto a su labor teatral, Lorca emplea rasgos líricos, míticos y simbólicos, y recurre tanto a la canción popular como a la desmesura calderoniana o al teatro de títeres. En su teatro, lo visual es tan importante como lo lingüístico, y predomina siempre el dramatismo.

En la actualidad Federico García Lorca es el poeta español más leído de todos los tiempos.


10 abril 2026

EL MANGO, EL FRUTO QUE SE PROPAGÓ GRACIAS AL IMPERIO ESPAÑOL (NO, NO EXISTÍA EN AMÉRICA)

 

Artículo publicado en National Geographic.

Gracias a las rutas atlánticas y al famoso galeón de Manila, cultivos americanos llegaron a Europa y Asia, mientras que otros, como el mango, cambiaron el paisaje de América.

 

Hay alimentos que parecen de toda la vida de un país… hasta que echas un vistazo al pasado y descubres que no es así. El mango es uno de esos casos. Hoy lo asociamos con México, el Caribe, Centroamérica o Venezuela pero, históricamente, el mango no es americano. Llegó desde Asia en el contexto de la expansión marítima europea y, de forma muy especial, por las rutas y redes del Imperio español.

La primera pieza del puzle es clara, ya que el mango (Mangifera indica) se originó en la región nororiental del subcontinente indio, en un área que hoy se corresponde con Bangladés, el noreste de India y Myanmar, y se cultiva en el sur y sudeste asiático desde la Antigüedad. En otras palabras, ni por origen puede asociarse al continente americano.

El viaje de una fruta emblemática

¿Y cómo llega el mango a América? Viajando, sobre todo, cuando el mundo empieza a conectarse por rutas oceánicas y redes de intercambio. Inicialmente, los mangos se cultivaban en la región indo-birmana (desde hace más de 5.000 años) y, siglos después, viajaron con comerciantes y exploradores. Fueron precisamente exploradores españoles en el siglo XVII quienes los llevan a Sudamérica y México. En el hemisferio occidental, llega a Brasil alrededor del 1700 y a las Antillas en torno a 1740.

Esto significa que durante la era colonial, el mango se difunde globalmente, introducido en Brasil desde África occidental por los portugueses en los siglos XVI-XVII, así como su expansión al Caribe y México en el XVIII, contando con la famosa vía del galeón de Manila, ruta española para intercambios transpacíficos. Estos galeones transportaban mercancías muy diversas, desde seda, pasando por especias y otros productos y las llevaban desde Filipinas o Manila hasta Acapulco, México.

¿Por qué el Imperio español fue clave?

Queda claro que el Imperio español no fue el único agente propagador de esta fruta, pero sí que es cierto que la Corona española creó (y mantuvo) rutas, puertos, redes y mercados en los que plantas, semillas y cultivos se movían a gran escala. Es, probablemente, la fase más temprana de la globalización, conectando grupos antes aislados y creando un mundo atlántico de contacto, comercio y colonización.

Las plantas viajaban en estos navíos por razones muy simples: para alimentar poblaciones en crecimiento en colonias y ciudades portuarias, para rentabilizar tierras con cultivos comerciables y para sostener un sistema imperial basado en flujos constantes de plata, azúcar, especias, mano de obra... y también frutas, claro está.

¿Por qué pensamos que el mango es de origen latinoamericano?

El mango asiático (Mangifera indica) no existía en América como cultivo conocido y extendido antes del contacto atlántico, lo que no significa que en América no hubiera frutas tropicales; solo que esta especie llegó después. Y cuando llega es todo un éxito, ya que alcanza un continente con tradiciones riquísimas de frutas, fermentos, chiles, maíz y técnicas de conservación. Por eso se integró tan bien en su cultura y dieta, hasta tal punto que se convierte en ingrediente local y muchos creen que procede de allí.

Un fruto que llega como 'exótico' en su origen, como en este caso, puede transformarse en producto local cuando se cultiva de forma masiva, se seleccionan variedades mejores para el suelo y el gusto local, se introduce en recetas populares, se vuelve barato o abundante, y pasa una generación o dos.

En la práctica, el mango terminó siendo tan de la casa que olvidamos su pasaporte histórico. La conclusión es que el mango es latino de adopción pero no de origen, así que tiene una historia doble; por un lado, la de su origen botánico en el noreste del subcontinente indio y por otro, la de su viaje humano en el siglo XVII por la exploración y colonización española. Nació en Asia; cruzó mares en la era de los imperios; se aclimató a los climas americanos; y hoy se ha vuelto símbolo del verano y de las cocinas latinoamericanas.

 

09 abril 2026

EL CULO NOS HIZO HUMANOS

Artículo de A. Victoria de Andrés Fernández, Profesora Titular en el Departamento de Biología Animal, Universidad de Málaga. Publicado en la revista digital The Conversation.


Pocas partes de nuestra anatomía recaban más atención que nuestro trasero.

Foco de atracción indiscutible, los artistas han sabido desde siempre que las nalgas actúan como un poderoso imán para nuestras miradas. Por eso sus desnudos siempre han sido especialmente concienzudos a la hora de tratar esa protruyente sección de nuestros cuerpos. Desde la belleza perfecta del trasero de La Venus del Espejo velazquiana a la maravilla gluteica del Perseo de Bevenuto Cellini, tengo que reconocer que esa doble curvatura que corona nuestra porción aboral (en el extremo opuesto a la boca) me parece un prodigio de la naturaleza.


Pero no se confundan, mi veneración no va solo por la vía estética. Mi total fascinación es por lo que supuso su morfología para hacer de los Homo sapiens lo que somos.

 

Monos culones

 

El diseño del trasero humano es bastante peculiar. Si nos fijamos en nuestros primos evolutivos más cercanos (chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes), sus traseros no son especialmente globosos ni protuberantes muscularmente (aunque las callosidades, coloraciones o tumefacciones que lo puedan adornar contribuyan a destacarlos desde el punto de vista visual). Haciendo una comparativa proporcionada al tamaño corporal, los culos humanos resultan considerablemente más grandes, más redondeados, más musculosos y más proyectados dorsalmente.

Y eso ¿por qué? Pues el aspecto clave del cambio drástico de los traseros estuvo en el hecho de que nuestros antecesores se pusieron de pie. Algo tan difícil como caminar con dos puntos de apoyo en vez de con cuatro implicó bastantes cambios. Y para evitar darnos de bruces contra el suelo, fue imprescindible cambiar de nalgas.

Un culo nuevo que revolucionó nuestra historia

La bipedestación supuso una remodelación total de nuestro esqueleto. Reorientando el sacro, acortando y girando las crestas ilíacas y remodelando isquiones y pubis, se consiguió una pelvis mucho más adaptada a la posición erguida y capaz de soportar todo el peso que se le vino encima del tronco y la cabeza.

Además de una cadera más resistente, la cabeza del fémur (esférica) y el acetábulo (el hueco donde encaja esa bola) maximizaron su superficie de contacto, lo que redujo la presión sobre una articulación sobrecargada con tanto peso y mejoró nuestra estabilidad.

Pero en anatomía, los cambios nunca son aislados. Los músculos que se insertaban en este nuevo armazón óseo también cambiaron sustancialmente. Así, aunque nuestras nalgas estén constituidas por los mismos músculos que las de nuestros ancestros arborícolas (glúteos, piriforme, obturador externo, obturador interno, gémino inferior y gémino superior), sus formas se transformaron, especialmente las de los tres pares de glúteos. Y este cambio de forma supuso un prodigioso cambio de función.

Para empezar, nuestro gluteus maximus o glúteo mayor sufrió un extraordinario desarrollo que lo proyectó dorsalmente haciéndolo “respingón”. Así, el que hoy es el músculo más grande de nuestra anatomía dejó de ser sólo un estabilizador lateral (como ocurre en el resto de primates) para permitir dos cosas importantísimas. Por una parte, estabilizar el cuerpo erguido (y sin que colapse la pelvis) cuando levantamos una pierna para dar un paso. Por otra, algo muy interesante para un mono que acaba de bajar del árbol: poder salir corriendo teniendo solo dos “patas”.

Sí, tener un espectacular glúteo mayor con gran parte de sus fibras insertas directamente sobre el fémur es lo que posibilita la propulsión del cuerpo durante la carrera. La prueba la tenemos en el poderío de glúteos mayores exhibido en una final olímpica de 100 metros lisos.

Por su parte, el glúteo medio, que abduce la cadera (separa el muslo del eje central del cuerpo), estabiliza la pelvis durante la marcha a dos piernas. Lo consigue porque, cuando un solo pie está apoyado, el glúteo medio del lado de apoyo evita que la pelvis caiga hacia el lado contrario.. Por eso César, el caudillo de la rebelión simiesca en El Planeta de los Simios, camina balanceando bruscamente las caderas. Este andar, como de pato, es el que manifiestan las personas con lesiones en estos músculos, lo que se conoce como la marcha de Trendelenburg.

 

Estables sobre dos patas

El tercer glúteo, el menor, pasa de tener una orientación posterior a otra más lateral, lo que contribuye también a la estabilización al controlar el movimiento “fino” cuando caminamos o corremos. Lo consigue porque, al contraerse, mantiene “la bola” del fémur bien metida en la cavidad del acetábulo mientras el cuerpo se mueve. Así evita que aparezcan dolores laterales de cadera por sobrecarga de la articulación cuando el peso del cuerpo la presiona.

Los glúteos medio y menor consiguieron estos efectos biomecánicos no tanto por un cambio de forma, sino por alterar la orientación de sus fibras. Al disponerlas horizontalmente, facilitaron la abducción y la estabilización bípeda. Su alineación en los simios, mucho más vertical, es lo que les procura esa facilidad pasmosa que tienen para trepar.

En esta auténtica revolución arquitectónica que sufrimos los primates que nos volvimos bípedos, los ligamentos también se reorganizaron funcionalmente. Por poner un ejemplo, el gran desarrollo que experimentó el iliofemoral nos permitió estar de pie sin apenas gasto muscular. Los isquiotibiales, por su parte, se volvieron unos ayudantes estupendos de los glúteos mayores para procurar el esprint.

La guinda del pastel

Pero no nos engañemos. Unas nalgas bonitas requieren del efecto “culito de melocotón”. Es decir, necesitan esfericidad.

De eso se encarga el elemento remodelador por excelencia, esto es, una grasa bien distribuida. Pero ojo, el criterio estético no fue el que primó a la hora de que la selección natural dispusiera “grasa aquí y grasa allá” en nuestros traseros. Fue su polivalente funcionalidad. Y es que el tejido adiposo de las posaderas actúa como un cojín natural protegiendo los huesos de la pelvis (el sacro y el isquion, fundamentalmente), disminuyendo la presión al sentarnos (al mejorar la distribución de fuerzas) y absorbiendo gran parte de los impactos al caminar o correr.

Por si fuera poco, recientemente se ha descubierto que la grasa de las nalgas tiene propiedades protectoras frente a la resistencia a la insulina, la diabetes tipo 2 y muchas enfermedades cardiovasculares. La grasa, pues, fue la responsable de que el trasero terminara siendo un “invento” redondo.

Ya sabe, a partir de ahora, cuando se le vayan los ojos tras el redondito, proporcionado y aterciopelado trasero del Hermafodito de Villa Borghese, no sienta mucho cargo de conciencia. En realidad, tan solo está corroborando una gran verdad biológica: que el culo nos hizo humanos.

  

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