Hay novelas que, aunque leídas hace tiempo, dejan
ese recuerdo perenne de su argumento y cómo nos conmovieron e inspiraron. Quizá
por esa forma tan cercana y lúcida de mostrarnos con palabras un escenario
conocido de otros tiempos, que veíamos al pasar por la antigua carretera 340
como algo propio del paisaje cumpliendo su función. Después de la excelente
narrativa de su autor, donde el escenario es un personaje fundamental, adquirimos
una visión diferente y profunda del entorno.
En la sinopsis nos resumen la historia, pero la
calidad solo la descubriremos con cada palabra y en cada párrafo. Sin ánimo de hacer
spoiler, voy a transcribir textualmente
un pasaje, por aquello de abrir el apetito literario. También parte de una
entrevista, muy interesante, realizada a Garriga Vela.
Este magnífico escritor catalán, afincado desde
hace tiempo en tierras malagueñas, no acumula sus libros entre los tochos y las
montañas de best-sellers expuestas en
librerías o grandes superficies. Los buenos lectores ya sabemos, más o menos,
como funciona el mundo literario…
NOVELA GANADORA DEL PREMIO
CAFÉ GIJÓN 2013
«No me extraña nada que la literatura de José Antonio Garriga Vela haya
fascinado a escritores como Juan Marsé, Vázquez Montalbán, Eduardo Mendoza o
Joan de Sagarra.» Enrique Vila-Matas
Sinopsis:
El cuarto de las estrellas es la historia de un
hombre que sufre un accidente que le borra los recuerdos más recientes,
mientras los recuerdos más remotos brotan con extraña fluidez, y se retira al
escenario de su infancia para escribir una novela tejida con todas esas
memorias. A La Araña, un lugar asfixiante y gris ubicado en ninguna parte, un
pueblo arrinconado entre el mar y la omnipresente cementera.
La vida de la familia da un vuelco cuando un décimo comprado por el padre del
narrador resulta agraciado con el primer premio en el sorteo de la lotería de
Navidad de 1973. Un décimo que los hizo ricos y a la vez los arruinó... El
padre decide viajar a Nueva York, su paraíso soñado, y en el transcurso de ese
viaje familiar desvelará a su hijo un secreto que no puede guardar por más
tiempo. Ese secreto es la piedra angular de una novela en la que el autor ha
conseguido inyectar vida a unos fantasmas tan reales que acaban convenciéndonos
de que, quizá, los fantasmas seamos nosotros, de que hemos sido expulsados de
una patria a la que acudimos siempre, el pasado, a pesar de que allí solo hay
cenizas.
«Los que vivieron la guerra retroceden en el tiempo al
oír las detonaciones. Ellos temen que cualquier día se repita la historia y
afirman que la cementera es un antídoto contra el olvido. La montaña caliza
está plagada de fósiles. Millones de cadáveres que se han ido amontonando y
sepultando entre sí, unos sobre otros, a lo largo de los siglos. Tengo la
sensación de que estoy en un lugar que no existe. No solo porque desaparece su
nombre en los mapas y nadie acude a visitarlo, ni siquiera en verano, cuando
Parte de la mencionada entrevista:
¿Cuánto de realidad y de experiencia personal puede
encontrarse en esta novela?
Como el narrador de la historia, yo también sufrí
un desmayo, caí al suelo y me golpee la sien. El golpe produjo un hematoma
cerebral que me hizo perder la memoria reciente mientras que recordaba con
absoluta nitidez los pasajes de la infancia y la adolescencia. A medida que el
hematoma disminuyó de tamaño fui recobrando la memoria. También perdí el
sentido del olfato y consecuentemente el sentido del gusto, como el narrador de
la novela. Lo demás que cuento es literatura.
¿Por qué un escenario tan agreste y cerrado para
desarrollar esta historia?
Paso por el barrio de
El punto final podría ser una frase muy indicativa
de cómo esta novela ahonda en la memoria: ¿Acaso
existe alguna casa de empeño en que se pueda recuperar el tiempo perdido? Está
escrita con la melancolía necesaria y las mejores metáforas para definir un
micro-mundo, La Araña, con sus propias
leyes de vida y muerte. Y la Cementera, Goliat, solo un gigante en continuo
movimiento desde fuera. Desde dentro, los pulmones marcando la respiración de sus
habitantes.
Esperanza Liñán Gálvez


