Artículo
de Ana Belén Ropero Lara, Profesora
Titular de Nutrición y Bromatología - Directora del proyecto BADALI, web de
Nutrición. Instituto de Bioingeniería, Universidad Miguel Hernández. Y de Marta Beltrá García-Calvo, Profesora de
Nutrición y Bromatología. Colaboradora del proyecto BADALI, web de Nutrición.
Instituto de Bioingeniería, Universidad Miguel Hernández. Publicado en la
revista digital The Conversation.
Inscrita en la Lista del Patrimonio Cultural
Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO desde 2013, la dieta mediterránea es una parte esencial de nuestra
cultura que, además, produce efectos beneficiosos en la salud. Pero su poder
protector no reside en los hábitos alimentarios actuales o en los productos
manufacturados en la región mediterránea. En realidad, proviene del patrón
dietético clásico cuyos efectos han sido validados por decenas de estudios
científicos con la participación de miles de personas.
Entonces,
¿a qué podemos llamar dieta mediterránea?
Según la definición de la UNESCO, “comprende un conjunto de conocimientos,
competencias prácticas, rituales, tradiciones y símbolos relacionados con los
cultivos y cosechas agrícolas, la pesca y la cría de animales, y también con la
forma de conservar, transformar, cocinar, compartir y consumir los alimentos”.
Por lo tanto, constituye también un patrón social.
De todos modos, el componente fundamental
de este patrimonio cultural es, como su nombre indica, la dieta propiamente
dicha. Para saber cómo de mediterránea es nuestra alimentación, debemos tener
en cuenta 14 puntos. A mayor puntuación, más se le parece.
En primer lugar, los alimentos
recomendados que suman puntos son:
·
El
aceite de oliva.
·
Las
verduras y hortalizas.
·
Las
frutas.
·
Las
legumbres.
·
El
pescado y el marisco.
·
Los
frutos secos.
·
La
carne blanca (pollo, pavo, conejo).
·
El
tradicional sofrito para acompañar platos principales.
Y los productos a evitar, los que nos
alejan de la dieta mediterránea, son:
·
Las
carnes rojas y procesadas.
·
La
mantequilla, margarina o nata.
·
Las
bebidas carbonatadas, ya sean azucaradas o no.
·
La
repostería comercial.
Beneficios
probados para la salud
El primer estudio sobre la dieta mediterránea se
publicó en 1970, pero tuvieron que pasar aún más de 20 años para que volviera a
despertar interés. Desde entonces ha sido foco de intensa
investigación en nutrición.
Uno de los principales trabajos es español
y en él participaron más de 90 investigadores. Se trata del estudio PREDIMED, diseñado para evaluar los efectos de
este patrón alimentario en personas mayores con alto riesgo de enfermedad
cardiovascular. Las conclusiones fueron inapelables: la incidencia de
eventos cardiovasculares era claramente menor en los grupos de dieta
mediterránea.
Ahora, después de décadas de investigaciones, los resultados no dejan lugar a dudas:
la dieta mediterránea es una firme aliada para nuestra salud. Seguirla reduce
el riesgo de mortalidad y de sufrir tres de las enfermedades más frecuentes de
nuestro tiempo: las dolencias cardiovasculares, el cáncer y la diabetes tipo 2.
Además, también protege contra el deterioro cognitivo, la demencia y el
alzhéimer.
Menús
poco mediterráneos
A pesar de todas estas evidencias, la
realidad es que nuestra alimentación actual se parece poco o nada a la dieta
mediterránea. Además, solemos creer erróneamente que alimentos muy consumidos,
como el cerdo, el jamón o el queso, forman parte de ella.
Si echamos un vistazo a los 14 puntos mencionados en el estudio PREDIMED,
leemos que uno de ellos es: “¿consume usted preferentemente carne de pollo,
pavo o conejo en vez de ternera, cerdo, hamburguesas o salchichas?”. Para
obtener un punto, la respuesta debe ser sí. Además, una de las recomendaciones adicionales es no tomar más de una ración de
jamón curado o de carne roja a la semana.
La principal razón para esta restricción
es que tanto el jamón curado como cualquier otro embutido son carnes procesadas, y estas aumentan las probabilidades de
sufrir cáncer colorrectal, el segundo cáncer más mortal del mundo.
Otra razón es su alto contenido de sal, que incrementa el riesgo de enfermedades cardiovasculares y renales.
Además, en términos de salud, el cerdo se clasifica como carne roja, un riesgo
adicional para contraer el citado cáncer colorrectal. Por si fuera poco, tomar
mucha carne roja y procesada también aumenta las posibilidades de morir por problemas cardiovasculares.
En lo que se refiere a los quesos, los
bajos en grasa no tienen límites estrictos en la dieta mediterránea, mientras
que los curados o grasos (la gran mayoría) están restringidos a un máximo de
una ración semanal. Esto se debe a su elevado contenido de sal y a que
predominan las grasas saturadas, dos riesgos considerables para la salud.
¿Vino
sí o vino no?
Uno de los aspectos más controvertidos de
la dieta mediterránea es el vino. Aunque puntúa positivamente en el estudio
PREDIMED, no se fomenta su consumo, sino que se limita la cantidad a quienes ya
son consumidores habituales.
El vino, particularmente el tinto, goza de
buena fama por la presencia de polifenoles procedentes de la uva. De hecho, en
el propio estudio PREDIMED se observó que tomar más polifenoles puede disminuir el riesgo de
mortalidad. Sin embargo, estos compuestos naturales también se encuentran en
alimentos muy consumidos, como el aceite de oliva virgen, los frutos secos, las
frutas y las verduras.
Además, el vino no deja de ser una bebida
alcohólica y la conclusión de la Organización Mundial de la Salud al respecto
es que beber alcohol puede causar más de 200 problemas de
salud. De hecho, esta institución considera que no hay un nivel que no suponga
un riesgo, por bajo que sea.
Lo positivo es que siempre estamos a
tiempo de mejorar nuestra salud. No importa la edad a la que lo hagamos:
cualquier momento es bueno para acercar nuestra alimentación a los 14 puntos de
la dieta mediterránea. Cada paso que demos hacia un mayor cumplimiento de este
patrón alimentario, por pequeño que sea, supone un beneficio en la prevención
de enfermedades.



