Nota 1.-
Cuando en la reseña 32 me referí a la guerra de las Malvinas, prólogo del final
de la dictadura que gobernó Argentina durante 7 años, no valoré que estaba por
llegar la fecha que nos recordaría los 50 años pasados desde el 24/03/76, justo
el día del golpe de Estado “más feroz” que recuerdan aquellas tierras.
Ese 24 de marzo Argentina
se debatía en una grave crisis económica, política y de seguridad, acentuada
por la inexperiencia de la Presidenta María Estela Martínez que asumió el cargo tras la muerte
de su esposo, el general Perón. Un durísimo plan de ajuste con una devaluación
de la moneda al cien por cien y la congelación salarial tuvo un efecto
devastador en las clases más humildes. Además, se habían multiplicado los
atentados de la guerrilla (Montoneros y Ejército del Pueblo) y los
paramilitares de la Triple A. De hecho hubo algunos avisos: en 1975 varios
aviones ametrallaron la Casa Rosada, sede de Gobierno; pocos días después se
produjo un ultimátum del general Videla y a final de año, se produjeron
peticiones formales de dimisión. El 24 de marzo el golpe fue imparable.
La Junta Militar que derrocó la democracia
la integraron los jefes de los tres ejércitos, Videla, Masera y Agustí con el
propósito de refundar el país. Fue un golpe mesiánico y regeneracionista que
tuvo un amplio respaldo político y social, y contó con la complicidad de parte
del empresariado, de la Iglesia Católica y de los partidos políticos, incluso
parte del peronismo y el Partido Comunista. Sin embargo, a diferencia de lo
ocurrido en Chile con el golpe de Pinochet, el triunvirato no tuvo el apoyo de
USA; de hecho, el presidente Carter mantuvo siempre una clara distancia con la
cúpula militar.
Pocos intuyeron el horror que los
acechaba porque desde el primer momento, la Junta decidió eliminar a quienes
consideraba opositores políticos, y creó centros clandestinos de detención por
todo el país, con especial mención para la siniestra Escuela de Mecánica de la
Armada. Y no se trataba solo de secuestrar, torturar o matar sino de borrar
cualquier señal de que los opositores hubieran existido haciendo desaparecer su
rastro y sus cadáveres, incluso arrojándolos vivos al océano desde aviones. En
el informe “Nunca más”, encargado por el presidente Raúl Alfonsín, se
documentan 340 centros de detención clandestinos y más de 30.000 desaparecidos,
espantosa cifra comparada con los 1000 que se adjudican al gobierno de Pinochet en Chile.
A pesar del miedo, a partir de 1977 un grupo
de mujeres comenzaron a manifestarse en la plaza de Mayo reclamando la libertad
de los presos o al menos conocer sus paraderos y los de sus restos. Con los
pañuelos blancos en la cabeza, las Madres de la Plaza de Mayo comenzaron a
dinamitar el régimen y se convirtieron en símbolo de resistencia contra los
milicos.
La invasión de las islas Malvinas fue el
principio del fin. Pasada la euforia inicial y los gritos patrióticos, el
convencimiento de que un pequeño ejército venido de las Islas Británicas ponía
al descubierto la incompetencia de las propias Fuerzas Armadas, llevó a la
dimisión del general Galtieri y a la celebración en1983 de unas elecciones
libres que eligieron a Alfonsín como Presidente.
Sería interesante hacer un catálogo de los
artistas que se exiliaron y se integraron en nuestro cine teatro y literatura.
Unos pocos nombres elegidos al azar: Héctor Alterio y sus hijos Ernesto y
Malena; Cristina Rota, profesora de actores, y sus hijos Juan Diego y María
Botto (el padre de la familia fue uno de los desaparecidos), Cecilia Roth y su
hermano Ariel…
Nota 2.- A Martina Inchauspe la conocí cuando se
incoporó a mi Instituto de Ceuta como profesora de Filosofía. En el tiempo que
fuimos compañeros conocí parte de su historia y me impactó la peripecia que la
llevó desde la Universidad de Buenos Aires a ganarse la vida en Madrid fregando
escaleras. Su exilio fue una huida propiciada por los rumores de que “algunos”
se interesaban por sus ideas políticas. Conseguida la nacionalidad española y
ganada la correspondiente oposición, pudo retomar una vida digna como la que perdió.
Su historia me llevó componer un cuento que
titulé -con escasa originalidad- “No
llores por mí, Argentina”, publicado en el número 22 de nuestra revista, en
octubre del 2010, y cuyas líneas finales copio para cerrar este escrito: El agua es limpia ahora, cuando se
dispone a comenzar la faena de la tarde, el primer tramo de escalera. Enseguida
será oscura, como la del Paraná, como el rostro de los desaparecidos, como la
nostalgia que se colgará de su brazo para siempre.
José Ramón Torres Gil.
