El complicado
mundo de los sueños es un mágico y fascinante misterio,
que nos transmite mensajes, en la mayoría de los casos, indescifrables. Soñamos
con escenas en las que parece que protagonizamos la acción, pero generalmente
no nos vemos. Desarrollamos una serie de acciones, en unos espacios que
sentimos como conocidos, pero que cuando despertamos no tenemos constancia de
dónde están, son lugares a los que no sabríamos ir. Esta situación onírica se
repite con bastante y cansina frecuencia.
En general,
la mayoría de los sueños nos generan una cierta
angustia, incluso ansiedad, pues nos vemos inmersos en problemas que no
son fáciles de resolver. Algunos ejemplos. Llegamos tarde a un horario que no
hemos podidos cumplir por circunstancias absurdas encadenadas. Buscamos algo
“inconcreto” que nos hemos olvidado o perdido y por más intentos que realizamos
no lo logramos localizar, la angustia nos embarga. Nos encontramos a una
persona que supuestamente conocemos, pero no podemos concretar quién, cuándo,
dónde y por qué. Caemos por un vacío, sin tener asidero al que agarrarnos, y
cuando esa patética situación nos acongoja, entonces despertamos aliviados, con
un profundo cansancio. La lista de escenas en este contexto sería interminable
y cada lector tiene su privativa experiencia. “Por fortuna” nos despertamos y
nos sentimos liberados de haber superado o abandonado esa pesadilla, más o
menos angustiosa, que muchas de las noches nos afecta.
Aunque lo
pasemos mal, los expertos en la materia nos dicen que el
soñar es bueno o terapéutico, pues en ese tránsito mental “descargamos”
problemas, tensiones, frustraciones, errores, que hemos ido acumulando durante
el recorrido diario. Parece que la carga neural se reestructura, se reacomoda,
de un desorden vinculado con las vivencias en que a diario nos vemos inmersos.
Pero cabe preguntarse, si en general todos los días tenemos que afrontar
problemas y dificultades, con éxitos y con fracasos, ¿por qué unos días soñamos
y otros días no?
Unas veces
echamos la culpa a unas pastillas o medicamentos que hemos tomado. En otras
ocasiones, esos sueños, casi siempre inquietos y desagradables, pueden ser
debidos a una cena copiosa, en la que abundan alimentos o bebidas inapropiadas
para la edad o la hora de la ingesta. También es posible que cuando nuestra
mente se vaya cargando de “electricidad negativa” el
depósito neural se ve rebasado en sus límites de normalidad y probablemente
“estalla” “rebosa” o utiliza este recurso para, en sueños o en pesadillas,
eliminar ese volumen de tensión sobrante para nuestro equilibrio anímico y
mental.
Nos asombra
(es poco frecuente) cuando alguien nos comparte, con manifiesta alegría, esa
frase de “he tenido un sueño muy agradable,
en el que me sentía feliz. Lo peor fue cuando me desperté. Hubiera querido que
el sueño continuara, pero me trasladé del mundo onírico al real”. Normalmente
los sueños y las incómodas desagradables pesadillas no se muestran tan
benévolas con nuestro diario descanso.
Cuando
despertamos, a los pocos minutos o segundos vamos olvidándonos
del mal sueño, a menos que tengamos la paciencia o curiosidad de anotarlo de
inmediato, antes de que se borre de la mente en sus detalles.
Seguro que en
nuestro cerebro tenemos millones de imágenes que a lo largo de nuestra vida hemos
ido captando (directa o subliminalmente) y almacenando. Imágenes y vivencias de
toda naturaleza, género y color. Probablemente, en los sueños, algunas de estas
imágenes se van reorganizando o asociando, equilibrando en lo posible nuestro
actual estado vital. Las neuronas actúan, al margen de nuestra voluntad, en
orden a estabilizar la racionalidad que siempre apetecemos y necesitamos. Y
quién nos dice que esos escenarios que aparecen en nuestra mente cuando estamos
dormidos y que nos resultan familiares puedan existir y que realmente hayamos
estado en esos lugares. Es un terreno muy escabroso, porque estaríamos
acercándonos al plano de la reencarnación. ¿Podrían
corresponder a “otras vidas” en las que hayamos participado?
Bueno será
finalizar esta breve reflexión, comentando una hermosa frase que suele siempre
generarnos una amplia sonrisa: SOÑAR DESPIERTO. Vinculamos
la expresión con esas recreaciones o ensoñaciones ilusionadas que componemos
con nuestros deseos “imposibles”, pensando en el milagro de que gozaríamos si
pudieran convertirse en placentera realidad. Tal vez, cuando soplamos y
apagamos las velas de un gran pastel y escuchamos a coro “ahora pide un deseo”,
estamos llevando a cabo ese dulce y mágico ejercicio de soñar sin estar dormido.
Y si alguna vez ese difícil objetivo que anhelamos llega a consumarse, habremos
logrado resolver una complicada fórmula aritmética, física o providencial: el paraíso de lo onírico se habrá convertido
en el reino de la realidad. -
José L. Casado Toro
Febrero 2026

