06 noviembre 2026

YACIMIENTO "CERRO DEL VILLAR" EN LA DESEMBOCADURA DEL RÍO GUADALHORCE, MÁLAGA.

 

Artículo publicado en la revista Quo.


Solo conocemos el 10% de lo que hay en esta ciudad Fenicia de 3.000 años en Málaga. Un incendio que arrasó un almacén hace casi 3.000 años dejó intacta, bajo la ceniza, la vida cotidiana de una colonia fenicia en Málaga.

 

Seis ánforas fenicias seguían en su sitio cuando los arqueólogos entraron en la habitación. Alrededor, madera quemada y semillas carbonizadas que el fuego, paradójicamente, había conservado en vez de destruir. Ocurrió en el Cerro del Villar, junto a la desembocadura del río Guadalhorce, en Málaga, y ocurrió hace casi 3.000 años.

La quinta campaña de excavación en este yacimiento, dirigida por el profesor de Prehistoria de la Universidad de Málaga José Suárez, se cerró la semana pasada con ese hallazgo como pieza central: un almacén que ardió con la mercancía dentro y que ha llegado hasta nosotros casi como quien apaga una vela y la deja donde estaba.

Índice

·         Una colina hecha de ciudades, una encima de otra

·         El incendio que hizo de fotografía

·         Máscaras, hornos y una ciudad que nunca dejó de trabajar

·         Lo que falta es casi todo

·         REFERENCIAS

Una colina hecha de ciudades, una encima de otra

Lo primero que ha revelado esta campaña, desarrollada entre el 24 de agosto y el 18 de septiembre, son tres fases arquitectónicas superpuestas, construidas entre finales del siglo VIII y el siglo VII antes de Cristo. Cada generación de fenicios levantó sus muros sobre los restos de la anterior, hasta formar lo que los arqueólogos llaman un tell: una colina artificial hecha de capas de ocupación humana, la misma técnica constructiva que dio forma a ciudades del Próximo Oriente como Jericó o Alepo. En el Cerro del Villar, algunos de esos muros se conservan en pie con más de un metro y medio de altura, algo inusual para un yacimiento al aire libre de esta antigüedad.

La región no es nueva en sorpresas de este tipo. A menos de dos horas de coche, otro reino sigue resistiéndose a entregar su capital: Tartessos, la leyenda del nombre sin ciudad, floreció y desapareció en fechas parecidas a las de esta colonia fenicia, y su rastro comercial se cruzó probablemente con el de gentes como las que habitaron el Cerro del Villar.

El incendio que hizo de fotografía

El almacén quemado es la pieza que mejor explica por qué este yacimiento importa. Dentro había ánforas griegas de Corinto que todavía contenían restos de vino y de aceite de calidad, pesas de balanza fabricadas en plomo y bronce (el sistema de medida estandarizado que usaban los fenicios para comerciar sin discutir en cada puerto) y plomo llegado desde Gádor, en Almería, a más de 100 kilómetros de distancia. Había también marfil trabajado, convertido en objetos de lujo. Todo ese material cuenta la misma historia: una ciudad conectada por mar con Grecia, con Etruria y con el resto de colonias fenicias y púnicas del Mediterráneo occidental.

Algo parecido, aunque por causas distintas, ocurrió frente a las costas de Túnez, donde un tsunami sepultó de golpe otra ciudad de esta misma órbita cultural: las ruinas de la mítica ciudad cartaginesa de Neapolis. En ambos casos, el desastre funcionó como una fotografía instantánea. Un yacimiento excavado capa a capa muestra cómo cambió la vida a lo largo de los siglos; un yacimiento congelado por el fuego o el agua muestra cómo era un solo día concreto, hace miles de años.

Máscaras, hornos y una ciudad que nunca dejó de trabajar.

Además del almacén, la campaña ha sacado a la luz un fragmento de máscara de terracota fabricada localmente, restos de trabajo en plomo, bronce y hierro, y hornos que funcionaron entre los siglos VI y V antes de Cristo.

Todo apunta a una ocupación ininterrumpida durante cerca de 400 años, algo poco habitual en asentamientos coloniales fenicios, que solían tener vidas más cortas y azarosas. ¿Por qué aguantó tanto este en concreto? La respuesta probable está en su posición: una isla fluvial en la desembocadura del Guadalhorce, con acceso directo al mar y protección natural frente a ataques.

Casi 100 personas, entre investigadoras, estudiantes y personal técnico de universidades de Málaga, Sevilla, Córdoba, Chicago y Marburgo, además del CSIC, han trabajado este verano en un yacimiento cuya importancia ya habían adelantado campañas anteriores.

Algunos investigadores lo vinculan con Mainake, una colonia citada por autores clásicos griegos y romanos cuya ubicación exacta se ha discutido durante décadas. España, en general, tiene la costumbre de guardar este tipo de sorpresas bajo tierra: este mapa de yacimientos arqueológicos españoles reúne varios ejemplos de hallazgos que aparecieron donde nadie los esperaba.

Lo que falta es casi todo.

El dato que pone en perspectiva todo lo demás es este: pese a cinco campañas de excavación, los arqueólogos calculan que solo han removido el 10 % de la superficie total del yacimiento. Suárez lo resumía así al cierre de esta campaña: la investigación de futuro resulta aún muy prometedora. La Junta de Andalucía y el Ayuntamiento de Málaga ya barajan convertir el Cerro del Villar en un parque arqueológico periurbano, visitable, dentro del distrito de Churriana.

Queda pendiente saber si bajo ese 90 % sin tocar hay más habitaciones incendiadas, más talleres, quizá los muros que confirmen de una vez si esta fue o no la mítica Mainake. ¿Cuántas fotografías instantáneas de la vida fenicia siguen esperando, sin que nadie las haya visto todavía, bajo un campo de cultivo a las afueras de Málaga?

REFERENCIAS

·         Universidad de Málaga, Sala de Prensa: "La V campaña en el Cerro del Villar finaliza esta semana con hallazgos inéditos y tan solo un 10 % de la superficie desenterrada" (José Suárez, Área de Prehistoria, UMA), 14 de septiembre de 2026.

04 noviembre 2026

LAS SEÑORITAS DE AVIGNON, DE PABLO PICASSO


 

Pablo Ruiz Picasso (Málaga, 25 de octubre de 1881 – Mougins, Francia, 8 de abril de 1973) fue un genio de la pintura y la escultura, reconocido mundialmente como el creador del cubismo junto a Georges Braque. Su insaciable inventiva revolucionó las normas del arte tradicional, convirtiéndolo en la figura fundamental y más influyente del arte del siglo XX. A lo largo de su carrera produjo un asombroso legado estimado en decenas de miles de obras, explorando múltiples disciplinas que van desde el dibujo y el grabado hasta la cerámica y la escenografía.

La producción de Picasso se suele catalogar mediante periodos artísticos marcados por sus vivencias personales, ubicaciones geográficas e influencias intelectuales:

Periodo Azul (1901–1904); Periodo Rosa (1904–1906); Primitivismo y Época Negra (1906–1909); Cubismo (1909–1919); Neoclasicismo (1917–1925) y Periodo Surrealista y Madurez (1925–1948).

 

Las señoritas de Avignon (originalmente en francés, Les Demoiselles d'Avignon) es un óleo sobre lienzo pintado entre junio de 1906 y julio de 1907. La obra, que mide 243.9 × 233.7 cm, se conserva y expone actualmente en el Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York.

Es unánimemente considerada una de las obras maestras más importantes de la historia del arte contemporáneo, ya que supuso una ruptura radical con el realismo y las leyes de la perspectiva tradicionales, dando inicio a la etapa proto-cubista y sentando las bases del cubismo.

El cuadro retrata a cinco prostitutas desnudas en un prostíbulo. El título original sugerido informalmente por el círculo de Picasso era El burdel filosófico, y el definitivo hace referencia a un burdel de la calle de Avinyó (Aviñón) en Barcelona, España.

En su composición Picasso elimina toda tridimensionalidad y profundidad espacial. El fondo y los cuerpos se fragmentan en planos angulares y geométricos bidimensionales. En la parte inferior, se incluye un pequeño bodegón con frutas (sandía, uvas, manzana y pera).

Las tres figuras situadas a la izquierda muestran rasgos inspirados en la escultura ibérica antigua mientras que las de la derecha,  presentan rostros deformados que emulan máscaras africanas, fruto de la fascinación de Picasso por el arte primitivo que observó en el Museo del Trocadero de París.

 

Durante los meses de preparación, Picasso realizó cientos de bocetos previos. Inicialmente, la escena iba a contar con dos figuras masculinas (un marinero y un estudiante de medicina que portaba una calavera), pero el artista decidió eliminarlos para centrar el impacto visual directamente en la mirada de las mujeres hacia el espectador.


Nuni Yáñez y José Ramón Vega


31 octubre 2026

UN POEMA PARA EL SÁBADO: JUAN GELMAN

 

La muchacha del balcón

La tarde bajaba por esa calle junto al puerto
Con paso lento, balanceándose, llena de olor,
Las viejas casas palidecen en tardes como ésta,
Nunca es mayor su harapienta melancolía
Ni andan más tristes de paredes,
En las profundas escaleras brillan fosforescencias como de mar,
ojos muertos tal vez que miran a la tarde como si recordaran,
eran las seis, una dulzura detenía a los desconocidos,
una dulzura como de labios de la tarde, carnal,
carnal,
los rostros se ponen suaves en tardes como ésta,
arden con una especie de niñez
contra la oscuridad, el vaho de los dancings.

Esa dulzura era como si cada uno recordara a una mujer
Sus muslos abrazados, la cabeza en su vientre,
El silencio de los desconocidos
Era un oleaje en medio de la calle
Con rodillas y rostros de ternura chocando
Contra el «New Inn», las puertas, los umbrales de color abandono.

Hasta que la muchacha se asomó al balcón
de pie sobre la tarde íntima como su cuarto con la cama deshecha
donde todos creyeron haberla amado alguna vez
antes de que viniera el olvido.

 

 

Juan Gelman Burichson (Buenos Aires, 3 de mayo de 1930 - México DF, 14 de enero de 2014). Poeta, traductor y periodista argentino, está considerado como el poeta más importante de su generación.  

Por su actividad periodística y política vivió en el exilio entre 1975 y 1988, llegando a estar condenado a muerte por la dictadura argentina.  Sufrió muy de cerca el drama de los "desaparecidos"  ya que su hijo y su nuera formaron  parte de esta dolorosa lista. 

Poeta adscrito al realismo crítico, con un estilo muy particular, son constantes en su poesía la presencia de la cotidianeidad, el tono político, la denuncia y la indignación ante la injusticia. 

De su producción poética conviene destacar “Violín y otras cuestiones”, “El juego en que andamos”, “Velorio del solo”, “Gotán”, “Sefiní” o “Cólera Buey”, así como “Los poemas de Sidney West”.  

En colaboración con el periodista argentino Osvaldo Bayer, escribió “Exilio”.

Otras de sus obras son “Citas y comentarios”, “Hacia el sur”, “Composiciones”, “Carta a mi madre” y “País que fue será”. 

Recibió numerosos galardones, entre los que destacan el Premio Nacional de Poesía en 1997; el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 2005. En  2007 obtiene el Premio Cervantes, considerado el galardón más importante de las letras hispánicas, y dos años después la Asociación de Poetas Chinos le otorga el Premio Antílope Tibetano.

Además tiene el título de ciudadano ilustre de la ciudad de Buenos Aires.

 

30 octubre 2026

SALAS DE ESPERA PARA LA PACIENCIA

 


Si tuviéramos que elegir aquellos lugares en donde más se cultiva el admirable valor de la paciencia, el autocontrol personal y la fraternidad sociológica, sin duda ocuparían uno de los primeros puestos las salas de espera para consultas médicas o de urgencias en los hospitales o ambulatorios de la sanidad pública y también en los centros asistenciales de la medicina privada.

Si en cualquier cita médica el horario establecido difícilmente llega a cumplirse, a las urgencias hospitalarias se acude con la convicción de que habrá que esperar numerosos minutos e incluso horas para que se nos atienda, debido a la saturación de pacientes que acuden con problemas más o menor urgentes de salud.

Tradicionalmente, sobre todo en las consultas privadas, pero también en la sanidad pública, los pacientes esperaban su turno con la ayuda de un televisor instalado en la sala, que la enfermera de turno conectaba a una cadena “que fuera distraída”. Tener que soportar esos programas de tarde, en los que muchos participantes gritaban, discutían y potenciaban el último chisme del famoso o famosa del corazón, resultaba penoso, cómico e insufrible. En la actualidad continúan las pantallas, en las que van apareciendo siglas de cuatro letras y números que de tanto fluir y desaparecer provocan el mareo subsiguiente, para identificar si es nuestro número o no. A veces, en lugar de números y letras, aparece en color rojo “bajen el volumen de voz” pues la contaminación acústica de la gran sala, con tanto “cotorreo” apenas deja escuchar la voz “enlatada” de los monitores y el aturdimiento y nerviosismo para muchos pacientes es manifiesto. La gente va a lo suyo, comentando y explicando con todo detalle sus personales dolencias. Otras fijan su mirada en esa biblia poderosa y enciclopédica que “casi todo lo puede”: el móvil multimedia, con la fuerza infinita del Google, la A.I. y el WhatsApp.



La historia comienza tras la inauguración de un nuevo y muy importante hospital de titularidad privada en la capital provincial. Asombrosos capitales, negros, blancos o violetas habían sustentado la generación de un “gigante” de la salud para la ciudadanía. Desde un principio, la marca GRAN HOSPITAL había aceptado la atención a los pacientes de las aseguradoras más destacadas o minoritarias. Uno de sus mensajes publicitarios más reiterativos, con toda la tecnología digital para el esperanzador márketing, anunciaba que los pacientes iban a ser tratados con exquisitez, para evitar el clímax nervioso durante las largas esperas, tanto en las consultas externas como en las salas de urgencias, a veces con más de un centenar de pacientes.  

El “boca a boca” realizó una eficaz propaganda difusora. Se comentaba las excelencias de la experiencia por muchos pacientes que habían tenido que soportar un largo tiempo antes de ser atendido. ¿Y qué es lo que ocurría en esas salas tan concurridas, con personas de todas las edades y condición? Según los días de la semana, las técnicas de distracción variaban, a fin de evitar la rutina repetitiva.


La música ambiental, muchas veces sinfónica, solía ser bastante utilizada. Beethoven, Brahms, Tchaikovsky, Strauss, Bach, eran muy escuchados. También solía aparecer dos elegantes enfermeras, conduciendo sendos carritos en los que llevaban agua embotellada, termos de café, té e infusiones relajantes, bolsitas de frutos secos, chocolatinas y demás chucherías, ofreciendo estos productos como en los trenes AVE o IRYO, portando las máquinas lectoras de tarjetas para abonar las compras de los pacientes interesados. De inmediato, la música sinfónica detenía su emisión y aparecía un guitarrista profesional, que se subía a una mesa ex profeso, y tocaba piezas de Falla y Granados. Los acordes guitarreros pronto se intercalaban con la llegada de dos enfermeras, vestidas con el uniforme de quirófano, que sorteaban una litografía enmarcada de la Virgen del Perpetuo Socorro. Ofrecían tiras de 10 números, al precio de 5 euros la tira. Cuando finalizaba la venta, venía un enfermero con un pequeño bombo de bolas de colores (los recursos cromáticos son especialmente efectivos contra el desánimo) para elegir el número agraciado en suerte. Había días en que el espectáculo consistía en que un monitor fisioterapeuta comenzaba a dirigir cortas sesiones de Taichi o Reiki, para sosegar a los pacientes más intranquilos necesitados de relajación exotérica. Se habilitaba al efecto una superficie esquinera en la sala, en donde se extendía una amplia loneta para los ejercicios de suelo. Era también muy apreciada la presencia en urgencias, algunos lunes, de la Panda de Verdiales Venta el Cabrero, de Almogía que entonaba sus cantos y bailes, con su violín, la guitarra flamenca, la bandurria, los platillos, los panderos y los palillos o castañuelas, sin que faltase la acústica botella de aguardiente, que a todos emocionaba.



El entusiasmo de los pacientes era patente. Muchos de los enfermos olvidaban, siquiera durante unos minutos y por la magia del espectáculo, de sus dolencias de rodillas, sus arritmias cardiacas, sus gripes otoñales, sus cervicales o lumbares, sus artrosis o sus duros tratamientos de mayor severidad. Incluso algunos enfermos, se les olvidaba mirar a las pantallas por si sus número y letras aparecían, pues no querían perderse la alegría de los espectáculos ofertados.

La aportación lúdica/terapéutica del GRAN HOSPITAL supuso que los pacientes y familiares que acudían a consulta o a la sala de urgencias soportaran, con mejor talante, esos minutos y horas de espera que se hacen insufribles, antes de ser atendidos por los profesionales sanitarios, también “desbordados” ante la gran demanda de pacientes que necesitan ayuda médica. La presencia de algunos psicólogos en las salas de espera hospitalarias sería una excelente decisión para prestar ayuda y autocontrol a las personas de temperamentos inestables. –

José L. Toro Casado Toro

Octubre 2026


29 octubre 2026

NÚMEROS QUE CURAN Y PREDICEN: ¿POR QUÉ LES DAMOS TANTO PODER?

Artículo de Anna Peirats, Catedrática de Humanidades, Universidad Católica de Valencia y Francisco Javier Arteaga Moreno, Profesor de Estadística, Universidad Católica de Valencia. Publicado en la revista digital The Conversation

Cada vez que llega un martes 13, más de uno aplaza la firma de un contrato o cambia un vuelo. “En martes, ni te cases ni te embarques”, recuerda el refranero. Ese recelo tiene raíces antiguas: los romanos dedicaron el martes a Marte, dios de la guerra, asociado a los conflictos y a las muertes violentas.

En Grecia, donde el martes 13 también se considera aciago, la tradición popular lo vincula con la caída de Constantinopla, un martes 29 de mayo de 1453. Hay quien añade que las cifras de ese año suman 13: 1 + 4 + 5 + 3.

Mientras, en el mundo anglosajón, se teme el viernes 13. Una explicación popular combina la Última Cena, que reunió a Jesús con sus doce apóstoles, Judas entre ellos, y la crucifixión del viernes siguiente. De ahí suele derivarse la creencia de que, cuando trece personas comparten mesa, una morirá antes de que acabe el año.

Otra explicación apunta a los templarios, los monjes guerreros que protegían a los peregrinos en Tierra Santa. Un 13 de octubre como hoy, pero de 1307 y en viernes, Felipe IV de Francia ordenó detenerlos y los acusó de herejía. Sin embargo, las primeras menciones del viernes 13 como jornada de mal agüero aparecen en Francia en el siglo XIX, cinco siglos después.

Matemáticas para ordenar el mundo

Detrás de todas estas historias, hay una idea más ambiciosa que el miedo al 13: el mundo puede leerse y los números ofrecen una clave para anticiparlo. Durante siglos, sirvieron para elegir momentos propicios, interpretar el cuerpo y buscar respuestas sobre aquello que todavía no había sucedido.

También había cifras que permitían anticipar fenómenos celestes. Los astrónomos babilonios advirtieron durante siglos que, cada 18 años, 11 días y 8 horas, se repetían configuraciones casi idénticas: el ciclo de saros, que permitía predecir eclipses.

Los pitagóricos, en cambio, hicieron del número el principio de todas las cosas. Consideraban perfecto el 10, porque reunía los cuatro primeros números en la tetraktys, figura geométrica sagrada formada por diez puntos ordenados en un triángulo equilátero de cuatro filas (1, 2, 3 y 4), cuya suma total es diez : 1 + 2 + 3 + 4. En el cielo, sin embargo, contaban nueve cuerpos en movimiento. Así, para completar la decena postularon la Antitierra, un astro que nadie había observado.

Leer el destino en el cielo

Los números podían describir regularidades reales, como el ciclo de saros, pero también se les atribuía la capacidad de revelar lo que se quería adivinar de antemano.

Por ejemplo, para conocer el futuro de un recién nacido se consultaba un lunario, una tabla con un pronóstico para cada día del ciclo lunar, contado desde la luna nueva. El devocionario de Ælfwine, copiado en Inglaterra en el siglo XI, anunciaba mala salud al nacido el tercer día de la luna y buena al nacido el séptimo.

Pronósticos de salud

La fecha de un tratamiento parecía igual de decisiva. El monje benedictino Beda (672-735) cuenta en su Historia eclesiástica que una monja llamada Quoenburg se sometió a una sangría, tras la que su brazo quedó tan hinchado que se temió por su vida. El obispo Juan de Beverley reprochó a la comunidad que la hubieran sangrado en el cuarto día lunar: recordaba haber oído al arzobispo Teodoro de Canterbury que sangrar era muy peligroso “cuando crecen la luz de la luna y la marea del océano”. El razonamiento tenía su lógica. Si la luna levantaba las mareas del océano, también movería los líquidos del cuerpo.

Por otra parte, los hombres zodiacales, figuras que repartían los signos por el cuerpo desde Aries en la cabeza hasta Piscis en los pies, indicaban dónde no convenía realizar incisiones según la posición de nuestro satélite.

El beato mallorquín Ramón Llull (1232-1316), filósofo, místico y teólogo, llevó al cielo su propio método. Según su Vida coetánea, tras una iluminación en el monte de Randa había concebido su Ars, un sistema que organizaba conceptos con letras, figuras y ruedas combinatorias para demostrar las verdades de la fe. En su Tractatus novus de astronomia (1297) asignó letras a las cualidades de los planetas y los signos. Calculó cuál dominaba en cada combinación y qué efectos podía tener sobre la salud. De esta manera, pretendía distinguir los juicios astrológicos que consideraba válidos de las predicciones engañosas.

 

Nueve vueltas para un buen parto

La misma asociación entre cifra y curación ha sobrevivido durante siglos en múltiples tradiciones populares. Hasta hace pocas décadas, por ejemplo, en distintas poblaciones se trazaban tres cruces con aceite de candil sobre el vientre para calmar el dolor, mientras se recitaba una oración que solo se enseñaba en un Viernes Santo. Para detener hemorragias, circulaban fórmulas acompañadas también de tres cruces.

Otro número al que se le atribuye poder curativo es el 9. En Muxía, junto al santuario de Nosa Señora da Barca, los romeros pasan nueve veces bajo la Pedra dos Cadrís para aliviar dolores de espalda, riñón y males reumáticos. La tradición la identifica con un resto de la barca de piedra en la que llegó la Virgen para alentar al apóstol Santiago.

El 9 es también el número del inicio de la vida. En algunas zonas de Galicia, existe el rito en la noche de San Juan de recibir el impacto de nueve olas para favorecer la maternidad. En Valencia, las embarazadas dan nueve vueltas al interior de la catedral, una por cada mes de gestación, y se encomiendan a la Virgen del Buen Parto para pedir un parto favorable.

El número siete, no obstante, ofrece un contraste llamativo. En la tradición cristiana, se asocia a la plenitud: siete son los días de la creación, los sacramentos y los dones del Espíritu Santo. Sin embargo, la misma cifra mide una de las supersticiones más conocidas: romper un espejo trae siete años de mala suerte. La relación entre el espejo roto y el mal augurio está documentada desde finales del siglo XVIII; la duración de siete años aparece ya en testimonios de comienzos del XIX.

Una cifra entre la vida y la muerte

En hebreo y en griego, las letras tenían un valor numérico. En esa equivalencia se apoya el enigma del Apocalipsis: según la lectura más aceptada, “Nerón César” transcrito al hebreo suma 666, el número de la bestia del capítulo 13.

El mismo método permitía responder a una pregunta más urgente, si un enfermo podía curarse. Un manuscrito copiado hacia 1110 en la abadía de Thorney, en Inglaterra, conserva dos diagramas circulares para averiguarlo, las “esferas de vida y muerte” atribuidas a Pitágoras.

Se sumaba el valor del nombre del paciente, el día lunar de la enfermedad y una cifra del día de la semana. El total se dividía entre treinta y el resto se buscaba en el dibujo: arriba significaba vida; abajo, muerte.

En este manuscrito, eso sí, el XXI aparece arriba en una esfera y abajo en la otra. Aunque la aritmética era impecable y cualquier monje entrenado podía hacerla, el pronóstico dependía de qué dibujo se mirara.

Lo que una cifra puede decirnos

Durante los siglos siguientes, los números siguieron adquiriendo nuevos significados. En la India del siglo VII, Brahmagupta formuló reglas para operar con el cero: al sumar cero a una cantidad esta permanecía igual y cualquier número multiplicado por cero daba cero. El nombre de aquel “vacío” viajó también entre lenguas: el sánscrito śūnya se tradujo al árabe como ṣifr, origen de nuestra “cifra” y del inglés cipher, que acabaría designando también un mensaje escrito en clave.

Siglos después, también en India, Srinivasa Ramanujan (1887-1920), matemático autodidacta, llegó a Cambridge en 1914 gracias a Godfrey Hardy, matemático británico a quien había enviado sus teoremas el año anterior.

En 1919, enfermo en un sanatorio de Putney, Ramanujan recibió la visita de Hardy. Este comentó que había llegado en el taxi 1729, un número sin gracia, quizá de mal augurio. Ramanujan lo corrigió: 1729 es el menor número que puede escribirse de dos maneras como suma de dos cubos positivos, 1³ + 12³ y 9³ + 10³. Hardy vio un posible presagio, mientras que Ramanujan identificó una propiedad matemática.

Hagamos lo mismo con el 13. Elevamos sus cifras al cuadrado y sumamos: 1 + 9 = 10. Repetimos con el 10 y llegamos a 1. En matemática recreativa, los números que alcanzan el uno por ese camino se llaman “felices”.

Felices o infelices, nosotros decidimos

Así, aplazar una firma un martes 13 prolonga la creencia de que nada ocurre por azar y el calendario puede predecirlo. Pero el 13 puede ser aciago en un calendario y “feliz” en matemáticas. La cifra permanece intacta, el sentido se lo atribuimos nosotros.

Quizá por eso los números conservan tanto poder sobre nuestra imaginación. Parecen exactos, objetivos e indiferentes a nuestros deseos. Precisamente por eso, resultan tan atractivos cuando buscamos respuestas para aquello que más incertidumbre nos provoca: la salud, el amor o el futuro

24 octubre 2026

UN POEMA PARA EL SÁBADO: AMADO NERVO

 

El primer beso

Yo ya me despedía… y palpitante
cerca mi labio de tus labios rojos,
«Hasta mañana», susurraste;
yo te miré a los ojos un instante
y tú cerraste sin pensar los ojos
y te di el primer beso: alcé la frente
iluminado por mi dicha cierta.

Salí a la calle alborozadamente
mientras tu te asomabas a la puerta
mirándome encendida y sonriente.
Volví la cara en dulce arrobamiento,
y sin dejarte de mirar siquiera,
salté a un tranvía en raudo movimiento;
y me quedé mirándote un momento
y sonriendo con el alma entera,
y aún más te sonreí… Y en el tranvía
a un ansioso, sarcástico y curioso,
que nos miró a los dos con ironía,
le dije poniéndome dichoso:
«Perdóneme, Señor esta alegría.»

 

Juan Crisóstomo Ruiz de Nervo, conocido como Amado Nervo, nace en Tepic, Nayarit (México), el 27 de agosto de 1870 y fallece en Montevideo el 24 de noviembre de 1919. Fue uno de los poetas más destacados del movimiento modernista americano, y uno de los grandes representantes de la lírica mexicana en el siglo XX. Su vida estuvo signada por la tragedia. Su padre muere en 1879, posteriormente se suicida su hermano Luis, y también desaparece Ana Cecilia, su gran amor, en 1912.

En 1896, aparece su primera obra, "El bachiller", con rasgos naturalistas y en 1898 se conocen "Perlas negras" y "Místicas", poemas modernistas. Este último estilo se refuerza con el contacto en París, con Rubén Darío y Leopoldo Lugones, con quienes inicia una estrecha vinculación. Allí conocerá su amada y musa Ana Cecilia Luisa Daillez. Publica en esa época un libro de poesías: "El éxodo y las flores del camino" (1902).

Trata en sus obras de Dios, al que busca con desesperación obsesiva, estableciendo con la naturaleza una relación mística. Sus obras de neto tinte religioso son: "Los jardines interiores" (1905), "En voz baja" (1909), "Serenidad" (1914), "Elevación" (1917) y "Plenitud" (1918). Publica también ensayos, como "Juana de Asbaje" (1910), en homenaje a la poetisa mexicana Sor Juana Inés de la Cruz, y "Mil filosofías" (1912).

Entre sus prosas figuran "Almas que pasan" (1906) y "Ellos".

23 octubre 2026

CELIAQUÍA EN EDAD ADULTA: CUANDO RECIBIR EL DIAGNÓSTICO OBLIGA A REDEFINIR TODA LA VIDA

Artículo de María Vanessa Chávez Peña, Profesora y Coordinadora de prácticas del Máster Universitario en Psicología General Sanitaria, Universidad Europea. Publicada en la revista digital The Conversation.

Aunque la enfermedad celíaca se ha asociado tradicionalmente con la infancia, la evidencia científica demuestra que un número creciente de diagnósticos se produce en la edad adulta, sobre todo a partir de los 35 años. En muchos casos, este retraso en la detección ocurre porque no aparece con los síntomas digestivos clásicos, sino con manifestaciones inespecíficas o fuera del aparato digestivo.

Lo cierto es que una persona puede presentar desde joven una predisposición genética a desarrollar celiaquía sin manifestar síntomas durante muchos años. Entonces, diversos factores ambientales, como determinadas infecciones, cambios hormonales o alteraciones importantes de la microbiota intestinal (conjunto de microorganismos que viven de forma natural en nuestro intestino, como las bacterias), podrían actuar como factores desencadenantes o moduladores de la dolencia. En cualquier caso, esta tiene un origen multifactorial.

La anemia ferropénica como señal de alarma

Un cuadro muy representativo del diagnóstico tardío es la anemia ferropénica crónica o refractaria al tratamiento con hierro. Resulta habitual que adultos celíacos pasen años en consultas de hematología y probando suplementos sin lograr recuperar sus niveles de ferritina, proteína que almacena el hierro en las células.

Porque nos enfrentamos a un trastorno autoinmune sistémico: la inflamación destruye las vellosidades del intestino delgado, lo que reduce la superficie de absorción e impide la incorporación de micronutrientes esenciales como el citado hierro.

La barrera de los falsos negativos

El proceso diagnóstico presenta una barrera importante: la alta probabilidad de que los resultados de los análisis sean engañosos. En una proporción considerable de casos, los análisis de anticuerpos (IgA antitransglutaminasa) arrojan resultados seronegativos, lo que lleva a descartar la celiaquía antes de tiempo. El déficit de IgA, una dieta pobre en gluten antes de la analítica o ciertas características propias de la enfermedad pueden falsear el resultado.

Ante una sospecha firme, las guías médicas recomiendan no detener el estudio y realizar biopsias intestinales para confirmar la lesión mucosa.

Más allá de la diarrea o la pérdida de peso, la enfermedad suele manifestarse de forma silenciosa mediante fatiga persistente, osteoporosis, alteraciones del esmalte dental o problemas neurológicos.

Disparidades de género

Si bien la celiaquía afecta a personas de cualquier sexo y edad, las investigaciones epidemiológicas muestran una mayor prevalencia en mujeres.

Esto explica por qué una gran parte de los diagnósticos en la madurez ocurre en pacientes femeninas que han convivido durante años con síntomas leves o solapados con otras condiciones.

Carga económica y psicológica

A día de hoy no existe un tratamiento farmacológico. La única terapia eficaz es la eliminación estricta y permanente del gluten de la dieta (excluyendo trigo, cebada, centeno y sus híbridos), acompañada de seguimiento médico periódico para evaluar la recuperación del intestino.

Sin embargo, esta pauta impone un impacto económico sostenido: los alimentos específicos sin gluten tienen un coste muy superior al de los productos convencionales. En productos básicos como el pan, la harina o la pasta, esta diferencia de precio se sitúa entre el 200 % y el 300 % respecto a las versiones tradicionales.

Además, recibir el diagnóstico a partir de los 35 años plantea un verdadero desafío adaptativo. El paciente debe reestructurar hábitos alimentarios y de conducta arraigados durante décadas, con alteraciones en su día a día:

·         Hipervigilancia constante: la necesidad ineludible de evitar la contaminación cruzada en casa y al comer fuera transforma la alimentación en una tarea de planificación continua.

·         Pérdida de espontaneidad: afecta a las reuniones sociales, viajes y eventos de convivencia.

·         Carga emocional: la dificultad para mantener la pauta y el temor a la ingestión inadvertida de gluten se relacionan con tasas elevadas de ansiedad, frustración, estrés y una pérdida de la identidad alimentaria.

 

Una patología de alcance integral

La enfermedad celíaca va mucho más allá de las molestias digestivas. Su capacidad para camuflarse tras analíticas inespecíficas exige un alto índice de sospecha en la atención médica de adultos.

Comprender la magnitud de esta condición exige reconocer tanto sus mecanismos biológicos como sus consecuencias socioeconómicas y emocionales: la dieta sin gluten no es una opción de estilo de vida, sino un tratamiento médico continuado que exige una reestructuración profunda de la vida cotidiana.


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