20 junio 2026

UN POEMA PARA EL SÁBADO: PABLO GARCÍA BAENA

 

Viniste sobre mí

Viniste sobre mí…
Hoy es tu aniversario.
No quisiste oírme
y mi voz se rompió
al llegar a tus ojos.
Hoy que no estás aquí
¿llegan a ti mis gritos?
¿Atraviesan mis voces
ese aplastante cielo
de las quietas estrellas?
Hoy es tu aniversario.
Las flores del recuerdo
perfuman mi dolor
con aromas de noche,
y sobre el epitafio
de mi corazón roto,
no temblará la estrella
de la alegre esperanza…
Tus ojos,
en el cielo de aquel día pasado.

 

De: «Rumor oculto» – 1946


Pablo García Baena (Córdoba,29 de junio de 1923- Córdoba, 14 de enero de 2018)

Poeta español perteneciente al Grupo Cántico, comienza su carrera literaria con la publicación de poemas en la prensa local cordobesa, firmando bajo el seudónimo de Luis de Cárdenas o simplemente con una E mayúscula, en periódicos como “Caracola”, “El Español” o “La Estafeta Literaria”.

Su primer poemario, "Rumor oculto", lo publica en 1946 en la revista Fantasía. Al año siguiente, tras haberse presentado sin éxito junto a su amigo Ricardo Molina al Premio Adonais de poesía, deciden fundar la revista Cántico, contando con la colaboración de los también poetas Juan BernierJulio Aumente y Mario López y de los pintores Miguel del Moral y Ginés Liébana. Desde entonces son conocidos como "Grupo Cántico". Ensalzaban la poesía barroca, exaltada y vitalista, influyendo  en las generaciones más jóvenes y  sirviendo de puente entre los Novísimos y la Generación del 27. La revista que funcionó  hasta 1957, se convirtió en una de las más importantes de la Postguerra.

Tras un parón en su producción literaria, retoma la escritura a partir de 1971, compaginando con su trabajo como anticuario en Benalmádena (Málaga), donde residió entre 1965 y 2004, año en el que vuelve a fijar su residencia en Córdoba, su ciudad natal.

Socio fundador del Ateneo de Córdoba, recibió numerosos premios y reconocimientos, siendo sin duda el más importante el premio Príncipe de Asturias de las Letras del año 1984. Hijo Predilecto de Andalucía en 1988, y Premio Andalucía de las Letras en 1992. En 2004 recibió la Medalla de Oro de la Provincia de Málaga, ya que allí pasó una gran parte de su vida. En mayo de 2008 ganó el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. En octubre de 2012 recibió el Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca. Fue director del Centro Andaluz de las Letras.

Su poesía, llena de sensualidad, tiene un marcado acento gongorino. La temática religiosa de los ritos y las procesiones también está presente en su obra. Su obra poética se halla reunida en "Poesía completa" (1940-2008) (Madrid, Visor, 2008).

 

19 junio 2026

DE UN LIBRO PARA EL SÁBADO: DELPHINE DE VIGAN



                                      MARIE

 

        ¿Os habéis preguntado alguna vez cuántas veces al día dais las gracias? Gracias por la sal, por la puerta, por la información.

       Gracias por el cambio, por el pan, por el paquete de tabaco.

        Unas gracias de cortesía, de conveniencia, automáticas, mecánicas. Casi huecas.

        A veces tácitas. A veces demasiado enfáticas: Gracias a ti. Gracias por todo. Infinitas gracias.

       Gracias de verdad.

        Unas gracias profesionales: Gracias por su respuesta, por su atención, por su colaboración.

        ¿Os habéis preguntado alguna vez cuántas veces en la vida habéis dado realmente las gracias? Unas gracias sinceras. La expresión de vuestra gratitud, de vuestro agradecimiento, de vuestra deuda.

       ¿A quién?

        ¿Al profesor que os abrió la puerta al mundo de los libros? ¿Al joven que intervino cuando os agredieron en la calle? ¿Al médico que os salvó la vida? ¿A la vida misma?

 

       Hoy ha muerto una anciana a la que yo quería.

        A menudo pensaba: «Le debo tanto.» O: «Sin ella, probablemente ya no estaría aquí.» Pensaba: «Es tan importante para mí.»    

      Importar, deber. ¿Es así como se mide la gratitud? En realidad, ¿fui suficientemente agradecida? ¿Le mostré mi agradecimiento como se merecía? ¿Estuve a su lado cuando me necesitó, le hice compañía, fui constante?

      Me pongo a pensar en los últimos meses, en las últimas horas. En las conversaciones que tuvimos, en las sonrisas, en los silencios.

      Me vienen a la memoria los momentos compartidos. Otros los he olvidado. E invento los que me perdí.

      Intento determinar el día en que me di cuenta de que algo había cambiado irremediablemente y empezaba la cuenta atrás.

 

 

      Sucedió de golpe. De un día para otro. No digo que no hubiera indicios. En ocasiones Michka se detenía en mitad del salón, desorientada, como si ya no supiera por dónde tirar, como si hubiera olvidado de pronto aquel ritual tan repetido. Otras veces se detenía en mitad de una frase, tropezando literalmente con algo invisible. Buscaba una palabra y encontraba otra. O no encontraba nada, tan solo el vacío, una trampa que debía sortear. Pero seguía viviendo sola, en su propia casa. De manera automática. Y continuaba leyendo, viendo la tele, recibiendo visitas de vez en cuando.

      Pero entonces llegó aquel día de otoño, sin previo aviso.

      Antes, todo iba bien. Después, ya no iba nada. (…)

 

(…) «Envejecer es aprender a perder. Asumir, todas o casi todas las semanas, un nuevo déficit, una nueva degradación, un nuevo deterioro. Así es como yo lo veo. Y ya no hay nada en la columna de las ganancias. Un día ya no puedes correr, ni caminar, ni inclinarte, ni agacharte, ni levantarte, ni estirarte, ni encorvarte, ni darte la vuelta de un lado, ni del otro, ni hacia delante, ni hacia atrás, ni por la mañana, ni por la noche, ni nada de nada. Solo puedes conformarte, una y otra vez. Perder la memoria, perder los referentes» (…)

 

 

Delphine de Vigan, nacida en 1966 en Boulogne-Billancourt, una comuna relativamente pequeña dentro de la región de Isla de Francia cerca de París, muestra desde una corta edad una gran pasión e interés por la literatura. Esa inquietud es la que la impulsaría a inscribirse en la Escuela de Estudios Avanzados en Ciencias de la Información y la Comunicación, de la facultad de letras de la Sorbona. Después de concluir sus estudios en el CELSA, la joven francesa decide dejar de lado sus pretensiones literarias para desempeñarse en el rol de directora de estudios en un instituto de opinión pública en Alfortville.

Delphine de Vigan escribía, por lo menos, dos horas diarias, después de regresar del trabajo. En 2001 publicó su primera novela Días sin hambre (Jours sans faim) bajo el seudónimo de Lou Delvig, una obra semiautobiográfica en la que la autora relató su experiencia con la anorexia durante su juventud. En 2005 publicó el libro de cuentos Les jolis garçons (sin traducir al español) y la novela Una tarde de diciembre (Un soir de décembre), esta vez bajo su verdadero nombre.

Su primer éxito fue No y yo (2007), obra que ganó el Premio Rotary International en 2009, así como el prestigioso premio francés Prix des libraires. La novela fue traducida a veinte idiomas y en 2010 se realizó una adaptación cinematográfica dirigida por Zabou Breitman. Tras el éxito del libro, se dedicó por completo a la literatura, convirtiéndose en una escritora profesional.

En 2011, su novela Nada se opone a la noche, en la que narra la historia de su propia familia haciendo frente al desorden bipolar que afronta su madre, ganó una serie de premios literarios franceses, incluyendo el Prix du Roman Fnac, el Prix Roman France Télévisions y el Prix Renaudot des Lycéens.


Amaduma


 

16 junio 2026

A NUESTROS ANTEPASADOS NEOLÍTICOS LES ENCANTABA EL QUESO

Artículo de Cláudia F. Lopes Gomes, Assistant Professor at Faculty of Medicine, Universidad Complutense de Madrid. César López-Matayoshi, Investigador del Departamento de Medicina Legal, Psiquiatría y Patología, Universidad Complutense de Madrid. Juan F. Gibaja, Researcher in Prehistory, Institución Milá y Fontanals de Investigación en Humanidades (IMF-CSIC) y Sara Palomo Díez, Profesor Ayudante Doctor Genética Forense, Universidad Complutense de Madrid. Publicado en la revista digital The Conversation.

Entrar hoy en un mercado de la cuenca mediterránea es observar una gran diversidad de quesos: desde el manchego curado, al limiano, el feta o el pecorino. Esta riqueza gastronómica es el resultado de una paradoja evolutiva fascinante. Si viajáramos al inicio del Neolítico, descubriríamos que aquellos primeros pastores que comenzaron a ordeñar cabras y ovejas podían haber sufrido fuertes dolores de estómago si bebían leche. Eran, genéticamente, intolerantes a la lactosa, un tipo de azúcar presente en la leche y otros productos lácteos.

Para desentrañar esta aparente contradicción, nuestro estudio multidisciplinar, una colaboración entre la Universidad Complutense de Madrid y la Universidad Peruana Cayetano Heredia, ha cruzado los datos de la arqueología tradicional con los últimos avances en genética de poblaciones antiguas.

Nos propusimos medir con precisión el mapa de la tolerancia a la lactosa en la prehistoria europea y entender qué impulsó a la humanidad a abrazar el pastoreo antes de que nuestros cuerpos estuvieran preparados para ello.

El archivo genético: ¿qué sabíamos hasta hoy?

La capacidad de digerir la leche depende de la enzima lactasa, cuya actividad prorrogada en la edad adulta –llamada “persistencia de la lactasa”– es regulada por una mutación en el gen LCT. En las últimas décadas, la ciencia ha analizado muestras de ADN antiguo de cientos de individuos repartidos por todo el continente y los datos acumulados hasta la fecha muestran un panorama muy claro.

Durante el Neolítico temprano y medio, la información genética que permite seguir procesando la lactosa tras el destete era prácticamente inexistente. En las grandes bases de datos arqueogenéticas, que abarcan desde el norte de Europa hasta el sur peninsular, la inmensa mayoría de los individuos analizados presentan el genotipo ancestral de intolerancia a la lactosa o hipolactasia.

La mutación genética que permitía que la lactasa degradara la lactosa era una rareza extrema. Se estimaba que la presión selectiva a favor de este gen no comenzó a generalizarse hasta la Edad del Bronce, miles de años después de que las vacas y las ovejas formaran parte de la vida cotidiana.

Entonces, ¿por qué insistir en una fuente de alimento que provocaba malestar? La respuesta no está en nuestros genes de entonces, sino en las vasijas de barro.

La tecnología prehistórica que salvó vidas

Las conclusiones de nuestro estudio refuerzan una hipótesis clave: la cultura y la tecnología avanzaron mucho más rápido que la evolución biológica. Mediante el análisis de residuos en fragmentos de cerámica prehistórica, se ha demostrado que estas comunidades procesaban la leche de forma sistemática.

Al transformar la leche cruda en queso o yogur a través de la fermentación, conseguían eliminar la mayor parte del suero, que es donde se concentra la lactosa.

El producto resultante no solo era perfectamente digerible para un individuo con hipolactasia, sino que además se convertía en un alimento imperecedero, rico en grasas y proteínas, que podía almacenarse para los meses de invierno. El pastoreo no se abandonó porque el queso funcionó como una barrera tecnológica que neutralizaba el problema digestivo.

Sin embargo, nuestra investigación en la región de los Pirineos aporta una pieza inesperada al puzle. Al estudiar los restos óseos de una necrópolis de montaña, detectamos la presencia de la información genética responsable por la persistencia de la lactasa en un individuo en una época mucho más temprana de lo habitual para estas latitudes.

Esto nos indica que la mutación ya circulaba de forma minoritaria por las rutas migratorias europeas, mucho antes de que se produjera el gran boom demográfico de la tolerancia.


Del Neolítico a la cultura del queso mediterránea

Todo este proceso evolutivo tiene un reflejo directo en la geografía médica y cultural de la Europa actual. La persistencia de la lactasa no se distribuye de forma homogénea: mientras que, en los países escandinavos, más del 90 % de la población adulta puede beber leche sin problemas, en la cuenca mediterránea los niveles de intolerancia son notablemente más altos, situándose en muchas zonas entre el 30 % y el 50 %.

Esta diferencia no es casual. En el norte de Europa, donde las condiciones climáticas dificultaban la agricultura estacional, la presión de la selección natural fue feroz: la leche cruda era un salvavidas líquido en periodos de hambruna, lo que puede haber acelerado la propagación del gen de la tolerancia.

En cambio, en el Mediterráneo, la abundancia de otros recursos alimentarios y, sobre todo, el desarrollo temprano de una maestría insuperable en la elaboración de quesos y derivados lácteos fermentados hicieron que tener el gen de la tolerancia no fuera una cuestión de “vida o muerte”.

Por eso, la fuerte tradición quesera del sur de Europa no es una simple preferencia culinaria moderna. Es la herencia directa de una estrategia de adaptación prehistórica, el testimonio vivo de cómo nuestros antepasados modificaron su entorno y sus recetas para sobrevivir cuando sus cuerpos aún no estaban listos para digerir la leche.

Eulàlia Subirà y Gerard Remolins han colaborado en la investigación y en la elaboración del presente artículo.

 

  

14 junio 2026

UN POEMA PARA EL SÁBADO: OCTAVIO PAZ

 

Escrito con tinta verde

La tinta verde crea jardines, selvas, prados,
follajes donde cantan las letras,
palabras que son árboles,
frases que son verdes constelaciones.

Deja que mis palabras, oh blanca, desciendan y te cubran
como una lluvia de hojas a un campo de nieve,
como la yedra a la estatua,
como la tinta a esta página.

Brazos, cintura, cuello, senos,
la frente pura como el mar,
la nuca de bosque en otoño,
los dientes que muerden una brizna de yerba.

Tu cuerpo se constela de signos verdes
como el cuerpo del árbol de renuevos.
No te importe tanta pequeña cicatriz luminosa:
mira al cielo y su verde tatuaje de estrellas.

 

 

De: Semillas para un himno, 1954.

 

 

Octavio Paz Lozano fue  un destacado escritor y diplomático nacido en Ciudad de México el 31 de marzo de 1914, y fallecido en la misma ciudad el 19 de abril de 1998. Dadas las actividades políticas del padre, que lo mantenían fuera de casa por largos períodos, su crianza estuvo a cargo de su madre, una tía y su abuelo paterno, novelista, que influyó mucho en sus primeros contactos con la Literatura. Su variada vida profesional abarcó desde la participación en la Embajada de México en la India hasta la docencia en numerosas universidades estadounidenses.

Su obra, influenciada desde temprano por poetas europeos de la talla de Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado, comprende tanto denuncias de carácter social como análisis de naturaleza existencial. Entre sus poemarios destacan " Libertad bajo palabra" y " Salamandra".

A su extensa y rica producción literaria deben sumarse las traducciones, como su versión en español de "Antología de Fernando Pessoa", sobre poemas del escritor portugués. Su estilo se ha transformado a lo largo de los años, producto de la apertura mental e ideológica del escritor, que nunca dudó en experimentar y adaptarse a las nuevas tendencias.

Obtuvo el premio Nobel de literatura en 1990 y el premio Cervantes en 1981. Se le considera uno de los más influyentes autores del siglo XX y uno de los grandes poetas de todos los tiempos.


12 junio 2026

DOS AFORTUNADOS ESPECTADORES DE CINE

 


Nos encontrábamos en una localidad importante de la costa turística almeriense. Era un sábado soleado y agradable, por lo que decidimos desplazarnos al  gran complejo comercial Gran Plaza, en el centro de la localidad, que a esa hora de la tarde estaba abarrotado de personas, que visitaban los numerosos locales de tiendas, cafeterías, heladerías y restaurantes que ofertaban productos típicos de la zona. En realidad, nos apetecía ver una película en la gran pantalla de unos multicines Yelmo de 10 salas, instalado en el propio complejo lúdico comercial.

Elegimos una película española de estreno, avalada con excelentes críticas en la prensa especializada y con el atractivo galardón de la Biznaga de oro del 29 Festival de Cine Español, en Málaga. Faltaban veinte minutos para el inicio de la sesión, por lo que adquirimos con presteza las dos entradas directamente en la taquilla instalada en el Ambigú del cine, al precio de 7,20 € cada una. Entramos en una espaciosa sala con las butacas en graderías, que prometía una perfecta visión de la gran pantalla de proyección. Nos extrañó que no hubiera nadie más en la sala 9, pues la sesión estaba fijada para las 18:25 y faltaban apenas quince minutos. Pensamos que los demás espectadores irían llegando en “tropel” durante esos minutos que faltaban para el inicio de la película.  

Tras unos largos minutos de publicidad, comenzó la proyección que duraba 91 minutos. Tuvimos el curioso honor de que la premiada obra de Marta Matute, directora y guionista de la historia, fue proyectada sólo para dos espectadores: nosotros dos. El aforo de la sala, 130 butacas, sólo tuvo ocupadas dos. Cuando finalizó esa fascinante historia dramática, en la que se narra la alteración de la vida familiar, cuando la madre cae enferma de Alzheimer (situación real que vivió la directora cuando tenía 19 años con su propia madre enferma) eran las 20:25. Nadie estaba esperando en la puerta de la sala para asistir a la siguiente sesión.



Tuve la oportunidad de dialogar unos minutos con el encargado del paso a las diez salas. Me explicó que todas las películas comienzan a proyectarse, pero cuando tras unos diez minutos no ha entrado ningún espectador, se detiene la video proyección, para ahorrar gastos de consumo eléctrico.

Desde mi infancia he visitado muchas salas de cine. La etapa de pandemia de 2020 frenó mi asistencia a las salas. En las páginas de Internet pueden visionarse películas de estreno, pero nunca con la emoción de estar en una gran sala de cine, con las luces apagadas mientras en pantalla se sucede la narración interpretada de muchas otras vidas. Pero nunca había vivido una experiencia de ese calibre, como la de ese sábado vacacional. En la actualidad, para fomentar la asistencia a los cines, hay variados incentivos. Normalmente una entrada tiene un coste de 7,20 €. Pero durante la semana hay un día dedicado al espectador, bajando el precio de la butaca a casi la mitad. Los martes, la población jubilada puede ir al cine por sólo dos euros la localidad. El gobierno subvenciona este precio reducido a la población jubilada. Periódicamente se celebra la fiesta del cine: durante tres días, las entradas cuestan 3,50 euros. Algunas empresas cinematográficas ofertan un carné de espectador, por unos seis euros al año. Con dicha acreditación, puedes ir a ver cualquier película, por el precio de cinco euros, durante 12 meses.



 

Obviamente, la competencia lúdica en determinadas ciudades es muy intensa. Conciertos, entrevistas a personajes famosos, presentaciones de libros, teatros, cine fórums, restauración y cafeterías, exposiciones, tiendas de toda naturaleza, naturaleza vegetal y de playa, etc. Pero el mágico placer de asistir a una gran sala de cine, sintiendo la vibración emocional de ver apagarse las luces, comenzado una perfecta video proyección durante dos horas, pudiendo empatizar con los actores que escenifican otras muchas vivencias, todo ello supone un placer cultural y terapéutico sencillamente fascinante. Una gran pantalla “inmaculada” que cobra vida para permitir al espectador compartir una historia narrada con imágenes y sonidos reales, supone un aporte emocional en valores de no escasa importancia e incluso con trascendencia para nuestra privacidad.

No podemos olvidarnos también de esos “acompañantes” que permiten nuestra ingesta golosa y compulsiva de “palomitas” de maíz, las tradicionales “rosetas”, caramelos, chocolatinas, almendras, refrescos de cola o botellines de agua mineral.

Quedará para la memoria esa vacacional tarde de sábado, durante el mes de las flores, en que una hermosa y dramática historia real, llevada a la pantalla, fue visionada por sólo dos espectadores, de los 130 posibles. Fue todo un privilegio y una curiosa y simpática experiencia anclada en la memoria, de dos cinéfilos permanentes. –



José L. Casado Toro

Junio 2026.




09 junio 2026

EL CULTURAL (34)

 

GRANADOS.

    El pasado 31 de mayo, sobre el escenario del Teatro Cervantes, el violinista Jesús Reina (Málaga, 1986) y su grupo de excelentes músicos pusieron el broche a la XIV edición de Málaga Clásica con la interpretación del “Quinteto para cuerda y piano” de Enrique Granados. Y precisamente en el número de esa semana de El Cultural se publicaba la recensión del libro de Marta San Miguel, Última escala, de la que extraigo unas líneas:

   En el ensanche de Barcelona está la calle dedicada a Enric Granados y en una placa de mármol se lee: Compositor i pianista, Lleida,1867-En mar, 1916. La fecha final recuerda que el músico y su mujer murieron ahogados cuando volvían de Nueva York en el buque británico Sussex que se hundió alcanzado por el torpedo que lanzó un submarino alemán.

   Granados lo tiene todo como personaje. Genio precoz y autodidacta, dejó obras inmortales como Goyescas, una suite convertida en ópera, insufló un aire nuevo a la música española y murió, prematura y trágicamente, en la cima de su popularidad.

    En el libro comentado se saca partido a aspectos decisivos de su biografía, como la estancia en París, o la amistad con Pau Casals e Isaac Albéniz. Este último desempeñaría un papel central en la consagración madrileña de Granados, ya que, gracias a su mediación, el catalán interpretó en el Ateneo, centro de la élite cultural de la Villa, sus Danzas españolas, que ya habían causado sensación en Barcelona dos años antes en el Teatro Lírico donde el público pidió la repetición hasta nueve veces de la Danza nº2, Oriental.

   Granados armonizaba el pianismo más refinado con las canciones populares españolas, fruto de un trabajo de campo que exigía viajar por España, pidiendo a los campesinos que le cantasen sus coplas para notar él la letra y las músicas. Fue capaz de viajar a Murcia solo para escuchar los “auroros”, unas coplillas de la calle que se cantaban al alba para invitar a los vecinos a participar del rosario.

Con este método el autor componía después delicadas pìezas basadas en el fandango, la zambra granadina o la rondalla aragonesa, integrando el folclore español con el romanticismo y el modernismo de la época.

  El el libro se retrata la Barcelona modernista con las protestas violentas contra la guerra de Cuba mientras en casi cada local de la ciudad había un piano a disposición de los numerosos intérpretes, de Albéniz a Parera, de Nogués a Picó. Granados participa a su modo en la Renaixença  -colabora en la fundación del Orfeó Català-  pero sufre la intransigencia de los nacionalistas que le acusan, con desprecio, de “escribir danzas andaluzas”, de lo que él se defiende en una carta: “A mi me parece que el arte no tiene nada que ver con la política”.

    La autora dibuja el perfil de artista predestinado a triunfar y da importancia a los dos años de estudio en Paris, tras los cuales “sus dedos parecen más largos y ha adoptado la elegancia de Bériot sobre el teclado; se ha dejado bigote, ha aprendido francés, se ha hecho amigo de Saint-Säens, Debussy y Ravel”.

    El ataque alemán   sobre el Sussex abrió una crisis diplomática en el curso de la I Gran Guerra y nos dejó la imagen del músico y su mujer Amparo Gal, arrastrados por un mar que dejó seis huérfanos y privó a la música española de  uno de sus talentos más brillantes.

JOSÉ RAMÓN TORRES GIL.

06 junio 2026

UN POEMA PARA EL SÁBADO: SOPHIA DE MELLO

 

El hospital y la playa

Y anduve por el hospital
Donde el blanco es desolado y sucio
Donde el blanco es el color que queda donde no hay color
Y donde la luz es ceniza

Y anduve por las playas y los campos
El azul del mar y el púrpura de la distancia
Los enrollé alrededor de mi cuello
Anduve por la playa casi libre como un dios

No pregunté por ti a la piedra de mi Señor
Ni te recordé bebiendo el viento
El viento era viento y la piedra piedra
Y eso enteramente me bastaba

Y en los espacios de la mañana marina
Casi libre como un dios andaba

Y todo el día viví como una ciega

Pero en el hospital he visto el rostro
Que no es pinar ni es roquedo
Y he visto la luz como ceniza en la pared
Y he visto el dolor absurdo y desmedido

 

De: «Libro VI» – 1962

 

Sophia de Mello Breyner Andresen (Oporto 6 de noviembre de 1919 - Lisboa, 2 de julio de 2004) fue una de las poetisas portuguesas más importantes del siglo xx.

 

Sophia de Mello escribió quince libros de poesía, publicados entre 1944 y 1997. Su obra poética se caracteriza por la sobriedad expresiva, compatible con la intensidad de los sentimientos; se trata de "una poesía contenida, de raigambre clásica y a la vez oriental, elíptica, que calla más que dice y sugiere más que afirma". La propia autora recordaba su descubrimiento de que "en un poema es preciso que cada palabra sea necesaria. Las palabras no pueden ser decorativas, no pueden servir sólo para ganar tiempo hasta el final del endecasílabo, las palabras tienen que estar ahí porque son absolutamente indispensables."

Distinguida con el Prémio Camões en 1999, fue la primera mujer portuguesa en recibir el más importante galardón de la literatura en lengua lusa. En 2003 obtuvo también el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

Desde 2005, algunos de sus poemas más ligados al mar figuran colocados en las zonas de descanso del Oceanário de Lisboa, para que los visitantes puedan leerlos con el mar de fondo. Del mismo modo, junto a la Iglesia de Nuestra Señora de Gracia, desde la que se divisa una bella perspectiva de la ciudad, una lápida recoge su poema Lisboa. La plaza da Graça ha pasado a tener el nombre de plaza Sophia de Mello Breyner Andresen.

 

 

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