11 julio 2026

UN POEMA PARA EL SÁBADO: VICENTE ALEIXANDRE

 

La noche

Fresco sonido extinto o sombra, el día me encuentra.

Sí, como muerte, quizá como suspiro,
quizá como un solo corazón que tiene bordes,
acaso como límite de un pecho que respira;
como un agua que rodea suavemente una forma
y convierte a ese cuerpo en estrella en el agua.

Quizá como el viaje de un ser que se siente arrastrado
a la final desembocadura en que a nadie se conoce,
en que la fría sonrisa se hace sólo con los dientes,
más dolorosa cuanto que todavía las manos están tibias.

Sí. Como ser que, vivo, porque vivir es eso,
llega en el aire, en el generoso transporte
que consiste en tenderse en la tierra y esperar,
esperar que la vida sea una fresca rosa.

Sí, como la muerte que renace en el viento.

Vida, vida batiente que con forma de brisa,
con forma de huracán que sale de un aliento,
mece las hojas, mece la dicha o el color de los pétalos,
la fresca flor sensible en que alguien se ha trocado.

Como joven silencio, como verde o laurel;
como la sombra de un tigre hermoso que surte de la selva;
como alegre retención de los rayos del sol en el plano del agua;
como la viva burbuja que un pez dorado inscribe en el azul del cielo.
Como la imposible rama en que una golondrina no detiene su vuelo…

El día me encuentra.

Recogido en: Vicente Aleixandre – Poesías completas

 

Vicente Aleixandre nació en Sevilla el 26 de abril de 1898 pero transcurrió toda su infancia y parte de su juventud en la ciudad de Málaga. Posteriormente se mudó a Madrid, ciudad en la que falleció el 13 de diciembre de 1984.

Desde pequeño se sintió atraído por el mundo de las letras, sin embargo estudió derecho y trabajó durante varios años en los juzgados. Su verdadera opción por la literatura tuvo lugar a partir de una enfermedad grave que padeció en 1925, desde entonces ya no pudo separarse de la creación literario.

Durante toda su vida contó con el apoyo y la amistad de ciertas figuras imprescindibles de la lírica malagueña como Emilio Prados y Manuel Altolaguirre.

Cabe mencionar que Aleixandre fue galardonado con numerosos y prestigiosos premios, entre los que se encontraron el Nacional y el Nobel de Literatura; además fue miembro de la Real Academia Española durante varios años y se lo considera una figura indiscutible de la poesía de la Generación del 27.
Entre sus obras podemos destacar "Ámbito", "Espadas como labios" y "Sombra del paraíso". 

 

10 julio 2026

MAESTROS EN EL RECUERDO

 


Los seres humanos tenemos una mayor o más deficiente memoria, facultad que nos permite recordar hechos y vivencias pretéritas, ya sean de carácter significativo o banales. Obviamente, la memoria, como todo órgano corporal, debe ser cuidada y cultivada en el día a día. También es una incómoda realidad que al paso de los años las “tinieblas se van interponiendo en la realidad de los hechos que hemos protagonizado, llegando incluso a olvidarlos. ¡Cada vez tengo menos memoria! es una expresión frecuente en nuestras conversaciones cotidianas. Llega el caso en que nos hablan de alguna persona con la que hemos convivido y tenemos que manifestar con humildad que no lo localizamos en nuestros recuerdos.

Sin embargo, hay una serie de personas que mantienen latentes en su mente numerosos recuerdos, con detalles que llegan a asombrarnos por su concreción clarificadora. Entre esos recuerdos, aparecen nombres y rostros que hemos conocido y tratado hace varias décadas y cuyas imágenes y caracteres parecen imborrables en nuestra memoria: nos estamos refiriendo a los MAESTROS que tanto nos han ayudado en nuestra infancia. En la mayoría de los casos, mantenemos una buena valoración de su importante labor en nuestra formación. Sus imágenes, muy lejanas, nos generan admiración, cariño, emoción y nostalgia, afecto agradecido por todo lo que, con generosidad y paciencia, nos enseñaron y educaron.

¿Qué buenas semillas y valores sembraron en nuestra infancia y adolescencia? Nos enseñaron a leer, a escribir, las cuatro reglas aritméticas, a dibujar, a bien expresarnos, a ser ordenados, a estudiar y jugar, las normas básicas de educación y comportamiento, a pensar, imaginar y soñar, a respetar a los demás. También, el mundo natural, con sus ríos, montañas, cordilleras, valles y los climas de la Tierra, la naturaleza vegetal y animal. Por qué era bueno hacer el bien, sintiéndonos más felices, pues haciendo el mal nos sentíamos tristes y aislados. Cada maestro, en su especialidad temática nos iba descubriendo el proceso de la Historia, la magia de la física y los elementos químicos, la fuerza mental de las matemáticas y la geometría, el placer de los libros y el poder escribir bien nuestros pensamientos, emociones y creatividad, según las normas adecuadas de la expresión y la comunicación. La necesidad incontestable de respetar la forma de hablar, escribir, pensar y actuar, de personas diferentes a nosotros. Fórmulas para tratar de entender el mundo que nos había correspondido protagonizar. Y así, toda una filosofía de la vida.



Lo más emocionante es comprobar hoy como el nombre de todos nuestros maestros y profesores permanecen indelebles en los archivos misteriosos de la memoria, representando los mejores recuerdos de nuestra querida infancia y adolescencia. La “seño” de primero, el maestro de segundo, don Miguel de tercero, don Francisco de Matemáticas, El padre Maldonado o don Florián en religión, don Rafael en gimnasia, don Manuel en música, doña Carmen en francés, don Salvador en Física y Química, la Srta. Encarnación, la madre Ángeles… Junto a los nombres y sus rostros, miles de vivencias y anécdotas que compartíamos con nuestros compañeros de clase, cuyos nombres también recordamos, diariamente escuchados al pasar la lista de clase en las distintas asignaturas. Y a ese compañero de banca o asiento, que por la inicial de su apellido siempre nos acompañaba curso tras curso y era nuestro amigo.

 

Tal vez, en aquellas lejanas fechas del calendario, no valorábamos en su justa importancia las actividades y obligaciones que realizábamos como alumnos de primaria o bachillerato. Madrugar, salvo los fines de la semana, ir al colegio, atender en las clases y estudiar muchas horas, el buen comportamiento para evitar los castigos, hacer los exámenes y pruebas, las recuperaciones para las materias suspensas, la obligación colectiva de ir a misa a la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús los domingos a las doce, cuidándonos de que el compañero con la lista de clase nos “apuntara”, el cine en blanco y negro que nos proyectaba el Padre Maldonado el domingo por la tarde en la residencia de los jesuitas, a dos pesetas la entrada, cuyos densos rollos de celuloide había que ir poniendo en la única cámara que se poseía, el tener que ir a las clases de Educación Física caminando ida y vuelta desde las instalaciones del colegio hasta el Frente de Juventudes del Pasillo de Natera. Hoy, con la franqueza de la verdad, recordamos todos aquellos hechos formativos como los mejores de nuestra existencia.

Éramos muy jóvenes y la estructura del mundo se nos iba abriendo con fascinante y sugestiva amplitud, al descubrirnos sus misterios, logros y dificultades. Las alegría e ilusiones de aquellos años difícilmente las hemos vuelto a sentir con la inocencia, la pureza y la credibilidad de cuando éramos niños. La coeducación de géneros no se aplicaba en los tiempos del franquismo: salvo en las escuelas unitarias, sólo había colegios masculinos y femeninos. La cultura del Nacionalcatolicismo era absoluta. Con el tiempo, fuimos descubriendo otras formas de concebir los proyectos de vida.



Lo más emocionante es comprobar hoy como el nombre de todos nuestros maestros y profesores permanecen indelebles en los archivos misteriosos de la memoria, representando los mejores recuerdos de nuestra querida infancia y adolescencia. La “seño” de primero, el maestro de segundo, don Miguel de tercero, don Francisco de Matemáticas, El padre Maldonado o don Florián en religión, don Rafael en gimnasia, don Manuel en música, doña Carmen en francés, don Salvador en Física y Química, la Srta. Encarnación, la madre Ángeles… Junto a los nombres y sus rostros, miles de vivencias y anécdotas que compartíamos con nuestros compañeros de clase, cuyos nombres también recordamos, diariamente escuchados al pasar la lista de clase en las distintas asignaturas. Y a ese compañero de banca o asiento, que por la inicial de su apellido siempre nos acompañaba curso tras curso y era nuestro amigo.

 

Tal vez, en aquellas lejanas fechas del calendario, no valorábamos en su justa importancia las actividades y obligaciones que realizábamos como alumnos de primaria o bachillerato. Madrugar, salvo los fines de la semana, ir al colegio, atender en las clases y estudiar muchas horas, el buen comportamiento para evitar los castigos, hacer los exámenes y pruebas, las recuperaciones para las materias suspensas, la obligación colectiva de ir a misa a la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús los domingos a las doce, cuidándonos de que el compañero con la lista de clase nos “apuntara”, el cine en blanco y negro que nos proyectaba el Padre Maldonado el domingo por la tarde en la residencia de los jesuitas, a dos pesetas la entrada, cuyos densos rollos de celuloide había que ir poniendo en la única cámara que se poseía, el tener que ir a las clases de Educación Física caminando ida y vuelta desde las instalaciones del colegio hasta el Frente de Juventudes del Pasillo de Natera. Hoy, con la franqueza de la verdad, recordamos todos aquellos hechos formativos como los mejores de nuestra existencia.

Éramos muy jóvenes y la estructura del mundo se nos iba abriendo con fascinante y sugestiva amplitud, al descubrirnos sus misterios, logros y dificultades. Las alegría e ilusiones de aquellos años difícilmente las hemos vuelto a sentir con la inocencia, la pureza y la credibilidad de cuando éramos niños. La coeducación de géneros no se aplicaba en los tiempos del franquismo: salvo en las escuelas unitarias, sólo había colegios masculinos y femeninos. La cultura del Nacionalcatolicismo era absoluta. Con el tiempo, fuimos descubriendo otras formas de concebir los proyectos de vida.




Aquellos maestros de infantil y primaria, aquellos profesores de secundaria, ya no están físicamente con nosotros. Incluso muchos profesores de la facultad universitaria se marcharon en el tiempo, camino de la inmensidad espacial u onírica. Cuando miramos las fotos “amarillentas” de los compañeros de infancia, cuando observamos la orla fotográfica del final de la licenciatura universitaria, nos emocionan en el recuerdo sus imágenes. Todos, alumnos y maestros, todos éramos más jóvenes, crédulos e ilusionados. Son los fundamentos fraternales y paternales de nuestra modesta biografía para el recuerdo.

El reconocimiento y agradecimiento a la generosa, altruista y esforzada labor que ejercieron aquellos maestros de los cincuenta, sesenta y setenta en el desarrollo de nuestras vidas es inmenso. Su ejemplo nos ayudó en el comportamiento diario, mientras íbamos creciendo. Así somos hoy, en gran parte gracias a su destreza vocacional y buen sentido que aplicaron a nuestra educación. Nos enseñaron un noble modelo para vivir y protagonizar el futuro, no exento de dificultades, en un mundo que se nos presenta cada vez más difícil, complicado y penosamente incomprensible. Guerras, genocidios, corruptelas, enfrentamientos, cinismos y mentiras, impunidades, odios y ambiciones desmedidas, en el que los valores de paz, verdad, bondad, legalidad, concordia y diálogo aparecen como objetivos insoslayables y tantas veces inalcanzables. Gracias, maestros de la educación, la enseñanza y la vida. Os merecéis un lugar de privilegio, en los anaqueles mágicos de la memoria. No os olvidaré.

 

Pulsar Play para oir canción: Lo logramos, maestros










José L. Casado Toro

Julio 2026.


08 julio 2026

CLAVE

 

Un cuento de Emilia Pardo Bazán

 

El famoso compositor y profesor de canto y música Alejandro Redlitz se entretenía en leer sin instrumento una de las últimas páginas de su amigo Ricardo Wagner, a tiempo que el criado le anunció que estaban allí una señora y una señorita muy linda, las dos pobremente vestidas, que pedían audiencia, insistiendo en conseguirla sin tardanza.

Atusose Redlitz las lacias greñas amarillas con resabios de fatuidad trasañeja, y dijo encogiéndose de hombros:

-Que pasen al salón.

A los pocos instantes hallábanse frente a frente el maestro y las damas, que damas parecían, a pesar de lo humilde de su pergeño. La madre ocultaba los blancos cabellos y el rostro lleno de dignidad bajo un sombrero de desteñida pluma; la hija, con su trajecito gris de paño barato y su toca de paja abollada, sin más adorno que una flor mustia, no conseguía disimular una belleza sorprendente, un tipo moreno de esos que deslumbran como el sol. Redlitz se sintió interesado, conmovido, casi enamorado de pronto, y en vez de la tiesura y la frialdad con que suele acogerse a los que solicitan (no cabía dudar que madre e hija algo solicitaban), se deshizo en cortesías y amabilidades y se apresuró a ponerse a disposición de las dos señoras en cuanto pudiese y valiese.

Tomó la palabra la hija, y expresándose en correcto francés, con suma modestia y gracia, dijo así:

-Somos españolas y muy pobres; lo poco que nos quedaba de nuestro patrimonio lo hemos realizado para hacer el viaje a París, y consultar al célebre Redlitz sobre una cuestión vital. Deseamos saber si yo poseo o no poseo una voz de esas que son la fortuna y la gloria. Muchos elogios ha obtenido mi voz, pero temo que no eran sinceros y que la amistad extravió el juicio de los que me alabaron. Yo sueño con la celebridad: la medianía me causa horror. Si mi voz es una de tantas como se oyen en los salones y se aplauden por galantería... desengáñeme usted, señor de Redlitz, y volveré a mi patria y me dedicaré a coser o entraré a servir.

El maestro se quedó perplejo cinco segundos; al fin, tomando de la mano a la artista en embrión, la guió al gabinete, donde tenía su magnífico Pleyel. Sentose al piano y preludió el acompañamiento de una sencilla romanza italiana. A los primeros gorgoritos de la joven, Redlitz sintió un impulso de honradez que le aconsejaba la sinceridad, y estuvo para decir a la cantante que buscase otro camino. La voz era como hay muchas, fresquecilla, simpática y vulgar. Pero cuando Redlitz levantaba la cabeza e iba a abrir la boca, su mirada tropezó con el rostro de la señorita, animado y transfigurado por el canto, y de tal suerte agradó al maestro aquel rostro de expresión seductora, que temiendo que la muchacha se volviese a su país, prorrumpió en bravos, y con las más halagüeñas frases le aseguró que tenía un verdadero tesoro en su garganta, que rivalizaría con la Patti y la Nilson, y que sólo necesitaba para llegar a tan brillante resultado las lecciones que él, Redlitz, le daría diaria y gratuitamente. Confundiéronse las españolas en expresiones de gratitud, y el maestro, obligándolas a que tomasen asiento, las obsequió con vino del Rin, bizcochos y confituras de varias clases. Quedaron de acuerdo en la hora a que volverían al día siguiente para empezar las lecciones: el maestro las acompañó hasta la puerta, que abrió y cerró él mismo, y cuando desaparecieron en el caracol de la escalera los pliegues de las faldas, Redlitz volvió a sentarse al piano y recorrió las teclas, interpretando una soñadora melodía de Beethoven. Toda su incorregible sentimentalidad de austriaco renacía, turbándole el corazón, y los ojos color de café de la señorita española se le aparecían como dos faros en medio del árido Sahara de los cincuenta y pico de años que ya contaba el ilustre maestro...

Entre tanto, las dos mujeres, al salir a la calle, se miraban, se cogían las manos y se echaban a reír gozosamente.

-¿Lo ves? -exclamó la madre-. ¡Bien sabía yo que tu voz es un portento!

-Pues mira -respondió la hija-, hasta hoy no lo creí; pero después que me lo dice este hombre tan competente y tan famoso...

-¡Lo que es si dudases ahora... chiquilla!

-No, ya no dudo. En Madrid sí dudaba. ¡Influye tanto la posición en los juicios de los amigos entusiastas! Pero Redlitz, que me tiene por una pobre, por una muchachuela desconocida, que no me ha visto jamás, ¿por qué había de engañarme? Estoy convencida. ¡Qué alegría! No sé lo que me pasa.

-Ya ves que la idea de disfrazarnos de pobres ha sido excelente.

-¡Divina! Este sombrero mío lo he de guardar en cristalera.

Y la joven soltó una carcajada de júbilo.

-¿Qué opinas? ¿Te convendrán las lecciones de Redlitz? -preguntó la madre.

-¡Qué disparate! De humorada ya bastó. Esta noche misma nos volvemos a Madrid; también hay allí buenos profesores de canto.

Y llamando el primer coche alquilón que pasaba, las dos señoras se metieron en él, dando las señas de un hotel caro y céntrico. Al día siguiente, Redlitz, que había adornado su gabinete con flores raras y olorosas, esperó en balde a su nueva alumna. Lo mismo sucedió toda la semana. El maestro se acordó con desesperación de que no se había enterado de dónde paraban las españolas; pensó en una enfermedad, en una desgracia; apeló a la Policía, escribió a España, puso en juego influencias... Nadie pudo darle razón de las dos extranjeras de humilde pergeño a quienes nunca volvió a ver.

Y siempre fue un enigma para los admiradores del talento de Redlitz el porqué estuvo más de dos meses triste y preocupado, así como fue otro misterio para los admiradores de la hermosura de la marquesita de Polvareda verla empeñada en que tenía una voz admirable, cuando lo que tenía eran unos ojos de «date preso» y una cara y un talle de patente.

04 julio 2026

UN POEMA PARA EL SÁBADO: WISLAWA SZYMBORSKA

 

En sueños

Soñé que estaba buscando algo
guardado o perdido tal vez en algún lugar
bajo la cama, bajo las escaleras,
en mi antigua dirección.

Revolvía en armarios, cajas y cajones
llenos en vano de objetos sin objeto.

Sacaba de las maletas años y viajes pasados.

Sacudía de los bolsillos
cartas secas y hojas no para mí.

Recorría sofocada
mis estancias y distancias
de quietudes e inquietudes.

Quedaba atascada en túneles de nieve
y desrecuerdo.

Me enredaba en espinosos arbustos
y conjeturas.

Apartaba el aire
y la hierba de la infancia.

Intentaba llegar
antes de que cayera el ocaso del siglo,
el telón y el silencio.

Y al final dejé de saber
qué era lo que tanto buscaba.

Me desperté.
Miré el reloj.
El sueño había durado apenas dos minutos y medio.

Estos son los trucos a los que está obligado el tiempo
desde que comenzó a toparse
con cabezas dormidas.

 

 

De: «Hasta aquí» (Su último libro publicado de forma póstuma) – 2009

 

María Wislawa Anna Szymborska, es una poeta polaca que nació en Kórnik, en el año 1923 y falleció en Cracovia en 2012.  Su vida se vio inevitablemente marcada por acontecimientos políticos tales como la ocupación nazi de Polonia o la Segunda Guerra Mundial.

Su primer poema publicado fue Sukam Slowaw (Buscando la palabra), apareció en el periódico polaco Dziennik Polski, en el año 1945, aunque su primer poemario propiamente dicho no apareció hasta el año 1952, Dlatego żyjemy (Por eso vivimos), que son básicamente poemas sobre su ideología política, así como el segundo poemario, aparecido en 1954, Pytania zadawane sobie (Preguntas hechas a una misma), donde se siente una marcada ideología Comunista.

A lo largo de su carrera, publicó más de una veintena de poemarios, cuentos e incluso una recopilación de las reseñas de libros que escribió. Su trabajo literario se vio reconocido con la obtención de diversos premios entre los que destacan el Premio Nobel (1996), el Premio Goethe (1991), el premio Herder (1995) y el Premio del Club Le PEN de Polonia (1996).

La poesía de Wislawa se caracteriza, principalmente, por el uso de un lenguaje coloquial, que se traduce en una poesía cercana y accesible que pretendía hacer reflexionar, a menudo con un punto muy suyo de ironía y humor, pero un humor que podríamos calificar de serio, puesto que está muy bien trabajado y, a su vez, consigue lograr cierta complicidad o cercanía con el lector.

 


03 julio 2026

CONVERSAR NO SOLO ES HABLAR POR TURNOS: CÓMO NUESTRAS MENTES CONSTRUYEN UN TERRENO COMÚN

 

Artículo de Javier Marín Serrano, Profesor Titular de Universidad. Psicología del Lenguaje. Psicología del Pensamiento, Universidad de Murcia y de Olena Vasylets, Profesora asociada, Facultad de Filología y Comunicación, Universitat de Barcelona. Publicado en la revista digital The Conversation.

Don Quijote y Sancho Panza avanzan por los caminos de La Mancha mientras mantienen una larga conversación. En su diálogo se corrigen, se malinterpretan, se acompañan y se influyen, y en ese proceso cada uno transita por la mente del otro.

– O yo me engaño, o esta ha de ser la más famosa aventura que se haya visto, porque aquellos bultos negros que allí parecen deben de ser y son sin duda algunos encantadores que llevan hurtada alguna princesa en aquel coche, y es menester deshacer este tuerto a todo mi poderío.

– Peor será esto que los molinos de viento –dijo Sancho–. Mire, señor, que aquellos son frailes de San Benito, y el coche debe de ser de alguna gente pasajera. Mire que digo que mire bien lo que hace, no sea el diablo que le engañe.

–Ya te he dicho, Sancho —respondió don Quijote—, que sabes poco de achaque de aventuras: lo que yo digo es verdad, y ahora lo verás.

Cervantes convirtió esa larga conversación que se desarrolla entre Don Quijote y Sancho en uno de los grandes escenarios de la literatura, pero también en una magnífica intuición validada por la psicología actual: conversar es construir un espacio común entre dos mentes distintas.

En el pasaje citado, la referencia a “los molinos de viento” funciona como un indicador a un episodio pasado ubicado en el “common ground” o “terreno común”, que es como definen los expertos aquello que los interlocutores comparten: conocimientos, recuerdos, supuestos, experiencias, normas, expectativas y formas de interpretar una situación.

Sancho presupone que ambos comparten la memoria evocada, aunque no compartan su interpretación. El common ground puede incluir también el conocimiento mutuo de un desacuerdo: Sancho presupone que Don Quijote interpretará caballerescamente la escena, mientras que Don Quijote asume que Sancho le corregirá desde su realidad ordinaria y práctica.

 

Más que intercambiar información

La psicolingüística contemporánea ha mostrado que una conversación es mucho más que hablar por turnos. Mientras escuchamos a nuestro interlocutor, anticipamos lo que va a decir, valoramos sus intenciones, recordamos lo ya dicho, calibramos el tono emocional de sus expresiones y vamos preparando nuestra respuesta. Todo eso sucede a una velocidad extraordinaria.

La conversación fluida exige que la comprensión y la producción se superpongan parcialmente: no esperamos a que el otro termine, vamos proyectando posibilidades mientras escuchamos para ir elaborando nuestra respuesta.

En el núcleo de este proceso está el citado concepto del common ground o terreno común. Curiosamente, los expertos advierten que para que funcione ese territorio compartido no basta con que exista (es decir, que se compartan conocimientos, creencias o experiencias y expectativas), sino que se debe reconocer mutuamente, se debe ser consciente de que existe.

Por eso, gracias a ese saber y entender común, muchas conversaciones pueden ser económicas, alusivas y sorprendentemente eficaces entre amigos o familiares: una frase mínima puede activar una historia completa. En cambio, entre desconocidos hay que explicar más, precisar más, construir desde un terreno raso.

Malentendidos y ajustes

El common ground explica también la alta frecuencia de los malentendidos. Ese contexto que suponemos compartido en ocasiones no lo es. Asumimos como evidente una ironía, una alusión o una intención, para luego chocar con la realidad de la incomprensión o estupor ajeno.

La salud conversacional depende en gran medida de la reparación de esas descoordinaciones: preguntar, aclarar, reformular, volver atrás, decir: “no, no quería decir eso”. La conversación no es un mecanismo perfecto, es una práctica frágil que se sostiene mediante ajustes continuos.

Imaginar la mente del otro

Por eso adaptamos nuestras palabras al interlocutor: elegimos ejemplos, nivel de detalle, tono y grado de confianza según quién nos escucha. Esta adaptación, conocida como audience design (“diseño para la audiencia”), exige representarnos la mente del otro. Conversar implica preguntarse qué sabe, qué ignora, qué puede inferir. Decidir qué le puede resultar claro, ofensivo, ambiguo o innecesario.

Cuando dos personas conversan, tienden a establecer, mantener y actualizar permanentemente el terreno común. A esto contribuye también el alineamiento lingüísticopactos implícitos con nuestro interlocutor para utilizar etiquetas que reduzcan el esfuerzo referencial.

Por ejemplo, en una conversación cotidiana podemos preguntar por una camisa que andamos buscando y nos cuesta describir: “una que es de color beige claro, con un bolsillo y los puños…”, hasta que damos con una clave de reconocimiento: “la que llevé a la boda de Julia”. A partir de ese momento, la referencia conversacional a la camisa buscada se resume en “la camisa de la boda de Julia” o quizás simplemente “la camisa de la boda”.

Ese alineamiento reduce el esfuerzo comunicativo, pero también tiene una dimensión afectiva: repetir una palabra del otro, adoptar su ritmo o aceptar su forma de nombrar algo puede ser también una manera sutil de mostrar atención, cercanía o complicidad.

Es interesante mencionar que también existe algo parecido, pero en la propia mente, en el proceso de escritura: cuando escribimos lo que pensamos, estamos de alguna manera alineándonos con nosotros mismos.

¿Y en un segundo idioma?

Cuando la conversación se produce en una segunda lengua, el alineamiento tiende a ser menos automático y más dependiente de factores como el nivel de competencia lingüística o el esfuerzo cognitivo.

Por ejemplo, en una interacción entre un hablante nativo y un estudiante de segunda lengua, el estudiante suele repetir partes de lo oído. Cuando escucha “a blank sheet of paper” (un folio de papel en blanco), el estudiante puede responder “a blank piece of paper” (un trozo de papel en blanco), alineándose en parte, pero evitando la expresión menos segura para él: mientras que la palabra sheet para referirse a un folio de papel puede ser menos conocida, el recurso a la palabra “piece”, trozo, es más accesible.

 

En ocasiones, el hablante de segundo idioma evita alinearse cuando está inseguro de una forma lingüística. Por ejemplo, si su interlocutor usa “they gave you one as a gift” (te dieron uno de regalo), el estudiante puede comprender la estructura pero responder “they gave one to me as a gift” (me dieron a mí uno de regalo), manteniendo su propia construcción más controlada con la partícula “to” para especificar el complemento indirecto, aunque en inglés no sea imprescindible.

En estos casos, el alineamiento no desaparece, pero se vuelve selectivo: el hablante ajusta unas partes del enunciado mientras conserva otras que le resultan más accesibles o seguras.

Miradas opuestas, territorio compartido

Las conversaciones de Don Quijote y Sancho no eliminan la distancia entre ambos. Don Quijote no cesa en su mirada caballeresca del mundo, ni Sancho abandona su prudente saber popular. Pero el diálogo abre entre ellos una zona intermedia y compartida donde esos mundos pueden conocerse sin confundirse. Su encuentro se produce en el terreno común: un espacio verbal donde las diferencias no desaparecen, pero se tornan habitables.

El common ground no es solo un mecanismo cognitivo útil para interpretar frases. Es una de las bases de nuestras relaciones personales y sociales. Las amistades, las familias, las parejas, los grupos profesionales y las comunidades políticas dependen de historias compartidas, palabras comunes, referencias reconocibles y modos relativamente estables de entender lo que se dice.

Cuando ese terreno se empobrece, la conversación se vuelve más costosa, más defensiva y propensa al malentendido. Cuando se cultiva, permite la confianza, la cooperación, la pertenencia y el reconocimiento mutuo.

En una época marcada por la comunicación fragmentaria y la sustitución de la conversación natural por intercambios editados, breves o polarizados, conviene recordar que hablar con otros no es solo transmitir información.

Conversar es crear un espacio para que una mente pueda acercarse a otra. Tal vez ahí resida una de las funciones más profundas de la conversación: construir el suelo común sobre el que puede sostenerse el camino de nuestra vida compartida.

30 junio 2026

CONTRA DECÁLOGO PARA ESCRITORES

 


Augusto Monterroso fue un escritor muy famoso, conocido como el mejor referente en los Talleres de Escritura Creativa, para la enseñanza de los relatos hiperbreves o microrrelatos. Su obra El Dinosaurio es quizá el relato más corto escrito en castellano y con él dio el campanazo literario: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.»

¿Quién despertó? Tampoco nos dice si el dinosaurio estaba vivo, muerto o era el esqueleto de algún museo arqueológico. Según los expertos, en esas incógnitas radica su valor imaginativo. Es cuestión de gustos literarios.

Este famoso autor hondureño, también nos dejó su «Decálogo del escritor.», tan seguido y respetable como toda su obra. Aunque, desde mi opinión y con un punto de humor no exento de realidad, me permito redactar un contra decálogo, solo para quienes desean triunfar como escritores, sin parecerse al del dinosaurio:



Primero.- Si tienes algo que decir, no lo digas. Cállate y cuéntaselo solo a tu psicólogo. Ni se te ocurra escribirlo. Deja esa tarea para los autores consumados.

Segundo.- Escribe para ti mismo o tus antepasados. No lo hagas para el futuro, en el que quizá no vivas para verlo. Sería muy molesto salir de la tumba si, por casualidad, te dieran algún premio literario.

Tercero.- Cuando te entren ganas de emborronar un folio piensa que: «En literatura todo está escrito.»

Cuarto.- Si con doscientas palabras ya has escrito un cuento, añádele toda la paja que creas necesaria. No tienes más que darte una vuelta por las librerías y verás innumerables tochos convertidos en best sellers.

Quinto.- Haz oídos sordos a los que dicen que los escritores son artistas. Más bien son funambulistas o, en el mejor de los casos, personajes de un circo literario de vanidades.

Sexto.- Deja pasar las malas rachas, tanto económicas como mentales. No escribas ni una palabra en esos estados. Muchos lo hicieron y los lectores ya están saturados de miserias humanas, con las propias tienen suficientes para varias reencarnaciones.

Séptimo.- Busca el éxito, incluso acósalo si se resiste. Dicen que el éxito acabó con Cervantes. Esa es otra fake news, puesta en circulación por ciertos escritores para eliminar competencia. Cuando la consigas se volverán tan verdes como las ranas.

Octavo.- No importa que tus lectores sean mediocres. Normalmente a éstos les gusta alardear ponderando los libros que leen. En sus ambientes hay muchos como ellos que querrán imitarlos, lo que te asegurará las ventas.

Noveno.- No tengas tanta confianza en ti mismo. Las dudas te harán ser mejor escritor, si no que se lo digan al manuscrito que guardas hace dos años en un cajón.

Décimo.- Menosprecia al lector de vez en cuando. Tu inteligencia tiene que brillar en cada párrafo, de lo contrario no volverá a leerte.

Undécimo.- Los lectores olvidan sus sentimientos cuando están inmersos en tus historias, así que tienes carta libre para remodelarlos con la carencia de los tuyos. Pero no te quejes si de esa metamorfosis surgen asesinos o psicópatas. 

Duodécimo.- Cuánto peor escribas más lectores tendrás. La autoficción es la piscina a la que se arrojan con vehemencia los junta letras del actual y variopinto mercado literario: pseudoescritores de todas las profesiones. Hoy en día hay más escritores que lectores.

Dejo al libre albedrío del futuro escritor hacer caso omiso a los dos últimos consejos, ya que en un contra decálogo debería haber solo diez.

 

       Esperanza Liñán Gálvez


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