Nos
encontrábamos en una localidad importante de la costa turística almeriense. Era
un sábado soleado y agradable, por lo que decidimos desplazarnos al gran complejo comercial Gran Plaza, en el
centro de la localidad, que a esa hora de la tarde estaba abarrotado de
personas, que visitaban los numerosos locales de tiendas, cafeterías,
heladerías y restaurantes que ofertaban productos típicos de la zona. En
realidad, nos apetecía ver una película en la gran pantalla de unos multicines
Yelmo de 10 salas, instalado en el propio complejo lúdico comercial.
Elegimos una
película española de estreno, avalada con excelentes críticas en la prensa
especializada y con el atractivo galardón de la Biznaga de oro del 29 Festival
de Cine Español, en Málaga. Faltaban veinte minutos para el inicio de la
sesión, por lo que adquirimos con presteza las dos entradas directamente en la
taquilla instalada en el Ambigú del cine, al precio de 7,20 € cada una.
Entramos en una espaciosa sala con las butacas en graderías, que prometía una
perfecta visión de la gran pantalla de proyección. Nos extrañó que no hubiera
nadie más en la sala 9, pues la sesión estaba fijada para las 18:25 y faltaban
apenas quince minutos. Pensamos que los demás espectadores irían llegando en
“tropel” durante esos minutos que faltaban para el inicio de la película.
Tras unos
largos minutos de publicidad, comenzó la proyección que duraba 91 minutos.
Tuvimos el curioso honor de que la premiada obra de Marta Matute, directora y
guionista de la historia, fue proyectada sólo para dos espectadores: nosotros
dos. El aforo de la sala, 130 butacas, sólo tuvo ocupadas dos. Cuando finalizó
esa fascinante historia dramática, en la que se narra la alteración de la vida
familiar, cuando la madre cae enferma de Alzheimer (situación real que vivió la
directora cuando tenía 19 años con su propia madre enferma) eran las 20:25.
Nadie estaba esperando en la puerta de la sala para asistir a la siguiente
sesión.
Tuve la
oportunidad de dialogar unos minutos con el encargado del paso a las diez
salas. Me explicó que todas las películas comienzan a proyectarse, pero cuando
tras unos diez minutos no ha entrado ningún espectador, se detiene la video
proyección, para ahorrar gastos de consumo eléctrico.
Desde mi infancia he visitado muchas salas de cine. La etapa de pandemia de 2020 frenó mi asistencia a las salas. En las páginas de Internet pueden visionarse películas de estreno, pero nunca con la emoción de estar en una gran sala de cine, con las luces apagadas mientras en pantalla se sucede la narración interpretada de muchas otras vidas. Pero nunca había vivido una experiencia de ese calibre, como la de ese sábado vacacional. En la actualidad, para fomentar la asistencia a los cines, hay variados incentivos. Normalmente una entrada tiene un coste de 7,20 €. Pero durante la semana hay un día dedicado al espectador, bajando el precio de la butaca a casi la mitad. Los martes, la población jubilada puede ir al cine por sólo dos euros la localidad. El gobierno subvenciona este precio reducido a la población jubilada. Periódicamente se celebra la fiesta del cine: durante tres días, las entradas cuestan 3,50 euros. Algunas empresas cinematográficas ofertan un carné de espectador, por unos seis euros al año. Con dicha acreditación, puedes ir a ver cualquier película, por el precio de cinco euros, durante 12 meses.
Obviamente, la competencia lúdica en determinadas ciudades es
muy intensa. Conciertos, entrevistas a personajes famosos, presentaciones de
libros, teatros, cine fórums, restauración y cafeterías, exposiciones, tiendas
de toda naturaleza, naturaleza vegetal y de playa, etc. Pero el mágico placer de
asistir a una gran sala de cine, sintiendo la vibración emocional de ver
apagarse las luces, comenzado una perfecta video proyección durante dos horas,
pudiendo empatizar con los actores que escenifican otras muchas vivencias, todo
ello supone un placer cultural y terapéutico sencillamente fascinante. Una gran
pantalla “inmaculada” que cobra vida para permitir al espectador compartir una
historia narrada con imágenes y sonidos reales, supone un aporte emocional en
valores de no escasa importancia e incluso con trascendencia para nuestra
privacidad.
No podemos
olvidarnos también de esos “acompañantes” que permiten nuestra ingesta golosa y
compulsiva de “palomitas” de maíz, las tradicionales “rosetas”, caramelos,
chocolatinas, almendras, refrescos de cola o botellines de agua mineral.
Quedará para
la memoria esa vacacional tarde de sábado, durante el mes de las flores, en que
una hermosa y dramática historia real, llevada a la pantalla, fue visionada por
sólo dos espectadores, de los 130 posibles. Fue todo un privilegio y una
curiosa y simpática experiencia anclada en la memoria, de dos cinéfilos
permanentes. –
José L.
Casado Toro
Junio 2026.







