Artículo
de Daniel Nisa Cáceres, Profesor
Titular de Filología Inglesa, Departamento de Filología y Traducción,
Universidad Pablo de Olavide. Publicado en la revista digital The Conversation
Dice el refranero que “Más sabe el diablo por viejo que por
diablo” y “Cuanto más vieja, más pelleja”, en alusión a que la edad no siempre
trae virtud, sino a veces más astucia o picardía.
Ciertamente,
la experiencia femenina siempre
ha sido peligrosa e incómoda para las estructuras de poder. En esa línea, la
escritora canadiense Margaret
Atwood afirma que a partir de cierta edad se
etiqueta a las mujeres como sabias ancianitas o brujas malvadas. De ahí que quiera poner orden con su Libro de mis vidas. Como unas memorias (2025).
La tendencia de agrupar a las sociedades
en grupos estereotipados enfrentados entre sí es muy cuestionada por los
estudios feministas, culturales y decoloniales. En concreto, se critican los
llamados binarismos jerárquicos, tales como hombre/mujer, cultura/naturaleza o
mente/cuerpo.
Ahora,
jóvenes y viejos son la yesca para encender otra hoguera polarizada más. Hay
quien la define como guerra, antipatía o brecha intergeneracional entre los
mayores (silent generation y boomers) y los jóvenes (millennials o
generación Z). Pero culpar a unos, por ejemplo, de la falta de viviendas y
tachar a otros de indolencia es, cuando menos, una simplificación.
Atwood frente al edadismo
Si
alguien posee pericia imaginativa para arrojar luz sobre estos y otros
problemas actuales, esa es Margaret Atwood. En sus ensayos recientes sobre feminismo,
cultura contemporánea y el cambio climático, también aborda la discriminación
por cuestión de edad. En Cuestiones
candentes (2022)
reflexiona sobre cómo la sociedad invisibiliza a las personas mayores. En
particular a las mujeres, al usar una doble vara de medir en lo que respecta al
físico o su valía laboral. Además, critica la expectativa cultural de que la
edad limite la relevancia intelectual, la autoridad o la presencia pública.
En
paralelo, su ficción dialoga directamente con estas ideas. Baste el ejemplo de
cómo la narradora entrada en años de El
asesino ciego (2000)
hace frente a los prejuicios sociales que minimizan o tergiversan su
experiencia vivida. Y cómo en Los
testamentos (2019),
la secuela de El
cuento de la criada (1985),
se otorga a una ya anciana tía Lydia un papel central de poder, agencia y subversión del orden misógino y
totalitario de la República de Gilead.
Quemar a una generación
Mención
aparte merece el relato “A la hoguera con los carcamales” (Nueve
cuentos malvados,
2014). En él, una organización internacional llamada “Nuestro turno” se dedica
a quemar residencias de la tercera edad con sus
ocupantes dentro.
Los jóvenes les culpan, sin hacer distinciones, de las desigualdades y la
crisis climática que han heredado.
A Wilma,
la protagonista, apenas le queda visión y padece el síndrome de Charles Bonnet:
ve liliputienses bailando allá donde va. Para colmo, cientos de activistas
desaforados asedian su residencia –llamada con sorna “Ambrosia Manor”, como el
alimento que da inmortalidad y brío divino a los dioses griegos–. En un
desenlace propio de un capítulo final de temporada de The Walking Dead,
Wilma y su añoso noviete Tobias logran huir del edificio antes de que lo
consuman las llamas.
Vista
la deriva distópica del mundo actual y la capacidad
de Atwood para anticipar acontecimientos, quizás debiéramos preocuparnos. Por
supuesto se trata de una sátira grotesca pero, como ella apunta, la historia
no está exenta de coloridos precedentes. Los necropolíticos deciden,
por acción u omisión, quién vive y quién muere en sus estados. Y lo personal es político, como Atwood no se ha cansado de repetir desde que publicara su
poemario Juegos
de poder (1973).
La ética, como la envidia, puede ser sana o no. Considerar a los ancianos como
prescindibles en momentos de crisis obviamente no lo es (como por desgracia
ocurrió durante la pandemia).
Tampoco es ético sacar provecho de preocupaciones legítimas sobre
el acceso a la vivienda, el empleo, las pensiones, la educación y una atención
sanitaria digna para enfrentar a grupos sociales. La realidad acaso supera a la
ficción, pero esta nos ayuda a entender ‘la fricción’. Y no es solo un juego de
palabras. Tanto la injusticia social como los prejuicios entre generaciones
pueden ir a más.
Desde la última vuelta
del camino: Atwood y el arte de no dejarse engañar
Ahí es donde Atwood desentumece nuestros sentidos, apela a nuestra
inteligencia y desarma estos discursos de confrontación. Sobre todo porque
desoír o quitar hierro a la sabiduría de la edad es osado.
La
protagonista de El
cuento de la criada (1985) y la serie homónima subestima
las advertencias de su madre, feminista de la segunda ola, quien
alerta sobre la pérdida de libertades y derechos ganados a pulso por millones
de mujeres. Craso error. Sus temores se confirman con la instauración de una
lúgubre dictadura teocrática y la desaparición de Estados Unidos, país
que parece acercarse a pasos agigantados a esta realidad que dibuja la Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2008.
En efecto, en
sus ensayos, entrevistas y obras de ficción la vejez ocupa un espacio de
lucidez crítica y resistencia. Desde aquí, Atwood examina las tensiones que
acompañan el paso del tiempo. Observar y escuchar no implica credulidad ni
sumisión. Y fiel a su habitual elocuencia e ingenio, nos deja una perla para
que tomemos nota: “Soy toda oídos, pero a mí no me timan”.


