15 mayo 2026

UN ACERTADO REGALO DE CUMPLEAÑOS

 


Hoy jueves, 23 de abril, se celebra el DIA MUNDIAL DEL LIBRO, anualidad impulsada por la UNESCO desde 1995. Con esta fiesta cultural, trata de fomentarse la afición por la lectura, el desarrollo de la industria editorial y la necesaria protección de la propiedad intelectual. Es una fecha emblemática, pues coincide con el fallecimiento de tres universales literatos, en 1616: Miguel de CERVANTES, William SHAKESPEARE y el inca GARCILASO de la Vega. Destaca la bella costumbre, en algunos lugares, que las mujeres reciban una rosa roja como regalo y los hombres un libro.

Pensamos que “la fiesta del libro” debería estar presente, de forma perenne, en “todos” los días de nuestras vidas. Ya sea mayoritariamente impreso en papel o en archivos digitales, un libro es una ventana mágica abierta a la vida, a la cultura y a la imaginación, siendo además una lúcida terapia para enfrentarnos a la desagradable y angustiosa soledad. Comentemos una breve historia, dedicada a este día gozoso para la significación del libro en nuestro caminar por la existencia.

MAVI, ESTHER, SANDRA y ALMUDENA continúan manteniendo su fraternal amistad, desde que se conocieron de niñas ¡en la escuela infantil! Son coetáneas, pues las cuatro vinieron al mundo el año 2008, curiosamente en el mismo mes, en esa anualidad inestable para la economía mundial. Han querido y sabido permanecer juntas en la amistad, recorriendo los distintos niveles educativos en el mismo centro escolar de titularidad privada, Las Esclavas del Sagrado Corazón, en la capital malagueña. En la actualidad cursan 2º de bachillerato, etapa final de la enseñanza secundaria para, tras realizar las pruebas de acceso, poder acceder a una facultad universitaria en la UMA, Universidad de Málaga.


Sus respectivas familias pertenecen sociológicamente a clases medias, con estudios universitarios o de formación profesional. Maria Victoria es hija de padres maestros, en la educación pública de Andalucía. El padre de Esther ejerce de médico de familia, en la sanidad pública, mientras que su madre es analista clínico en la sanidad privada. En el caso de la familia de Sandra, su padre trabaja como arquitecto técnico, mientras que su madre lo hace como comercial en unos grandes almacenes, en la sección de ropa de mujer. Almudena vive con su madre, que trabaja en una peluquería de señoras, mientras que su padre, mecánico de automóviles formó una nueva familia hace ya una década.

La estupenda amistad entre las cuatro compañeras genera que se relacionen especialmente durante algunos fines de semana, para disfrutar visionando alguna película en cartel, asistiendo a fiestas y guateques o practicando las salidas senderistas a la naturaleza. Muchas noches de estudio las pasan juntas o en parejas, en unos u otros domicilios. Los maravillosos 17 años que las cuatro detentan hace que su carácter, con variaciones personales, se defina con los comportamientos propios de un perfil abierto a la ilusionada juventud. Todas ellas asumen que pese a las lógicas diferencias (expresivas, generosas, presumidas, trabajadores, divertidas, ambiciosas, soñadoras, etc.) debe prevalecer entre ellas esa amistad que han sabido mantener desde que tenían pocos años de vida. Aunque también van teniendo algunos amigos más cercanos, con los que comparten esos sentimientos propios de su evolución cronológica, reservan todos los viernes por las tardes para juntarse (sin parejas) con el objetivo de estar juntas y “hablar de sus cosas” con las meriendas y diversiones subsiguientes.

En un primaveral viernes de abril, las cuatro amigas se encontraban en una popular cafetería /bar de la muy transitada en turistas calle Alcazabilla. Tenían entradas para ver la película, El Extranjero, en el cine Albéniz, cinta que tiene buena puntuación por parte de la crítica especializada. En este mes primaveral, precisamente, se produce la feliz coincidencia de que todas ellas van a cumplir la mayoría de edad, acontecimiento emblemático en la vida de cualquier persona. Se habían reunido, con bastaste antelación al inicio de la proyección, para intercambiar comentarios propios del futuro académico el curso próximo en el campus universitario de Teatinos. Sin embargo, un tema iba a centrar la curiosidad e interés de cada jovencita: ¡El regalo que habían pedido a sus padres, para celebrar el fascinante momento de cumplir los 18!


Mavi, la siempre tenaz dinamizadora y viajera del grupo, es la primera que descubre su petición. “Creo que no me van a defraudar. Les he pedido que los miembros de la familia pasemos una semana o más de vacaciones, recorriendo la Hélade. Quiero revivir la belleza mediterránea de las polis griegas, sentir la sabiduría de los grandes filósofos, disfrutar con la monumentalidad de ese arte imperecedero para la cultura universal. Por supuesto no debe faltar ese mágico recorrido de un crucero visitando algunas de las islas del mar Jónico y el Egeo. Será una experiencia inolvidable. Ya conocéis que intentaré matricularme, si apruebo la selectividad, en Filosofía y Letras para especializarme en Historia Antigua”.  

Tras la brillante y simpática intervención de la joven futura historiadora, con todas disfrutando de los batidos helados que habían pedido, le tocaba el turno a Esther, siempre “luchadora” en contra de la enfermedad, a través de la ciencia y la investigación, a pesar de su fascinante juventud. “Parece que de viajes va a venir la tarde. Les he pedido a mis mayores que el próximo verano me paguen una estancia en los EE. UU., haciendo un cursillo de iniciación a la medicina nuclear. Su coste es elevado, pues está diseñado para estudiantes de secundaria y de los primeros cursos de medicina. El complejo médico, de muy elevado prestigio mundial, es el Cedars-Sinai Medical Center, ubicado en los Ángeles-California. Un mes de estudio y prácticas, además de actividades complementarias recreativas.

¡Vaya suerte que vais a tener las dos! Tendréis un verano de ensueño, comentaban sonrientes las demás amigas. “Bueno ya me toca (intervino Sandra, entre risas). No oculto que soy un poco presumida, pero sin maldad. Así que me he animado a sugerirles que quiero sacarme el carné de conducir, también este verano. Ya le tengo echado el ojo a un coche de segunda mano, pero sólo con un año y medio de antigüedad, que un vecino amigo quiere cambiar por otro más potente. Una vez que pueda conducir, comenzaré a negociar a ver cómo podemos tener un vehículo más en la familia. El coche de mis padres es un veterano Citröen, ya muy vapuleado pues va para los catorce años. ¡Quiero ir motorizada a Teatinos, pues así ligaré mejor!”. La muy “engreída” del grupo, ponía sus ilusiones en poder coquetear mejor entre los chicos.

Las tres miraron, entre cómplices sonrisas, a la siempre sencilla y cariñosa Almudena. “¡Ay! Siempre he sido sincera con vosotras, mis queridas amigas, pero en este caso mucho más. No es un secreto. Ya conocéis que en casa pasamos una mala racha económica. MI padre tiene dificultad para alimentar a su actual familia y ayudarnos a mi madre y a mí, pues en los talleres donde trabajaba, como mecánico de automoción de una concesionaria, lo han dejado en paro, con 49 años, una edad complicada para encontrar trabajo. Está intentando que en la EMT le hagan un hueco, pero no tiene allí “amistades” que le faciliten la entrada. Mi madre echa horas extras en la peluquería. Este verano pienso trabajar “en lo que sea” para ayudar. Así, que, con el mayor realismo y toda la ilusión que me produce, les voy a pedir un regalo que sea asequible a sus bolsillos y me haga enriquecer en los sentimientos y en mi imaginación. Les he rogado que ME REGALEN UN LIBRO de narrativas, que sea interesante, humano, distraído y que me haga soñar, empatizar y luchar por un mundo mejor. Poder dialogar, en los silencios de la mente, con el autor de la obra, os aseguro que, para mí, es el mejor regalo. Me gustaría dedicarme, algún día, a comunicar, a escribir historias, que ayuden a los lectores a descubrir y compartir vivencias que nos acerquen a la realidad de la vida”.  


Sus queridas y asombradas compañeras guardaron silencio y después sonrieron. Se acercaba la hora de inicio para la proyección de la película. Pagaron su consumición y se dirigieron a la cercana puerta del cine Albéniz, mientras esa zona enriquecida de recuerdos y valores históricos estaba “poblada” de centenares de turistas, que deambulaban distraídos con sus cámaras fotográficas. Muchos de ellos formaban corrillo alrededor de los guías turísticos, quienes divulgaban con imaginación la Historia que los rodeaba. –

 

José L. Casado Toro

Mayo 2026


 


EL ARTE MEDIEVAL NO ES OSCURO NI BÁRBARO

 

Artículo de José Alberto Moráis Morán, Profesor Titular de Universidad, Universidad de León y María Dolores Teijeira Pablos, Catedrática de Historia del Arte, Universidad de León. Publicado en la revista digital The Conversation.

La Edad Media es el periodo histórico-artístico comprendido desde el surgimiento del cristianismo en Europa occidental a partir del siglo IV hasta la época del arte gótico, durante los siglos XIII al XV. Es un tiempo que, tradicionalmente, aparece imaginado en el cine, las series de televisión, la literatura y la pintura romántica como una etapa oscura, siniestra, azotada por las enfermedades pandémicas que asolaban Europa, con ciudades y edificios sucios e insalubres y rodeada de una evidente falta de higiene.

En la novela y el filme El nombre de la rosa los edificios son tétricos y lóbregos, en la serie Juego de Tronos (que, aunque situada en un mundo imaginario, bebe de las referencias medievales) la guerra, la violencia y la muerte dominan la sociedad.

Incluso en Los pilares de la Tierra se dice que las construcciones románicas se idearon como ejemplos de una arquitectura tosca y sombría. El Medievo, que comienza con las oleadas atacantes de los mal llamados pueblos bárbaros, se nos ha presentado siempre lleno de calles embarradas, palacios fríos, muros de áspera piedra y un ambiente plomizo.

Sin embargo, la investigación realizada por los medievalistas en las últimas décadas, conjugada con las nuevas técnicas de reconstrucción digital, ha permitido romper esos mitos y presentarnos un mundo más acorde con la realidad. A partir del estudio de las fuentes escritas, las arqueológicas y, sobre todo, los objetos materiales y los edificios, aparece ante nosotros un panorama brillante.

Destellos en la Alta Edad Media

La mayoría de los expertos consideran que el arte y la arquitectura medievales surgen en el siglo IV, con edificios que en muchos casos llegaron hasta nuestros días muy modificados e incluso destruidos.

Desde España, expertos como Pablo Aparicio Resco han reconstruido, por ejemplo, la basílica que el emperador Constantino levantó en San Pedro del Vaticano (Roma), demolida y sepultada por la construcción moderna que hoy vemos. Siguiendo una indagación histórica, los datos obtenidos fueron trasladados a las nuevas tecnologías y así se pudo idear una imagen virtual del edificio.

En su interior todo era color, brillo, suntuosidad, esbeltas proporciones y ventanales que daban luz. El edificio, con sus mármoles, mosaicos, textiles y otros elementos, desmiente rotundamente el mito de la arquitectura medieval como espacio oscuro y siniestro.

Todos los edificios de la Alta Edad Media estaban pintados con colores saturados y resplandecientes, a pesar de que el paso de tiempo ha borrado los frágiles murales.

Un proyecto llevado a cabo por el diario asturiano La Nueva España aunó los esfuerzos de informáticos y diseñadores digitales con expertos internacionales en arte del antiguo reino de Asturias durante el siglo IX. Esta colaboración, puesta en práctica en el interior de la iglesia prerrománica de San Julián de los Prados, dio nueva vida a un conjunto pictórico que, en su estado actual, dista mucho de la exuberancia cromática que tuvo en su día recién pintado. En la iglesia, además, los muros acogieron imágenes de edificios imaginarios, es decir, arquitecturas fingidas y cortinajes hoy muy difíciles de percibir.

No se trata, en ninguno de los casos que mencionamos, de reconstrucciones fantásticas para un público de masas, sino del fruto de trabajos de documentación realizados por los estudiosos durante años.

Las iglesias de los monasterios de estas etapas, las basílicas y las catedrales no fueron lóbregas ni sus muros fríos. Incluso cuando ha desaparecido íntegramente la construcción, como en el caso de la catedral románica de Gerona, los trabajos de Gerardo Boto, Marc Sureda y Pablo Aparicio han generado una imagen esplendorosa de su interior. Allí, todo refulgía: los muros pintados, los baldaquinos de oro y plata, las telas ricas y la luz que, mediante velas y candelas, iluminaba cada recoveco.

El gótico, las catedrales y la luz

Las grandes catedrales góticas aparecen muchas veces presentadas como espacios siniestros. Así se describe la catedral parisina en la novela Nuestra Señora de París de Víctor Hugo (1831) y se visualiza en la adaptación de Disney El jorobado de Notre-Dame (1996).

Pero nada más lejos de la realidad. La arquitectura levantada entre los siglos XII y XV, prodigiosa técnicamente, permitió la apertura de grandes ventanales cubiertos con vidrieras policromadas. Estas proyectaron haces centelleantes en su interior, acariciando los muros, pilares y el mobiliario litúrgico de esos edificios. La luz dentro de los templos góticos generaba una atmósfera que potenciaba la vivencia espiritual del fiel en su acercamiento a Dios.

Los bienes muebles, por su fragilidad, desaparecieron en muchas ocasiones. Pero los concienzudos estudios de investigadores como Fernando Gutiérrez Baños han permitido visualizar cómo eran, por ejemplo, los retablos y tabernáculos de esos espacios. Lo han conseguido aplicando técnicas de reconstrucción digital y recomponiendo elementos dispersos o destruidos.

Las telas, los tapices y textiles, cubrían muros, suelos y altares, generando una imagen suntuosa. Muchos de esos elementos se perdieron fruto de incendios, humedades y robos. Las catedrales de Zamora y Palencia, entre otras muchas, conservan importantes obras artísticas de cronología gótica (siglos XIV y XV), donde los artistas usaron colores –rojos, amarillos y verdes– de gran impacto visual. El uso de las nuevas tecnologías ha permitido ubicarlos en sus lugares originales.

Ese es el caso del trascoro de la catedral palentina, donde se ha revivido el espacio que el obispo Juan Rodríguez de Fonseca ideó en los primeros años del siglo XVI, conjugado con la presencia de tablas pintadas.

El color estaba en todas partes

La pintura medieval, por su delicadeza y fragilidad, ha sido objeto de estudios científicos que buscan reconstruir virtualmente ciclos dañados. Así se hizo con las tablas
del convento de Santa Clara de Toro (Zamora) a partir de técnicas muy útiles para el patrimonio, como el registro fotogramétrico y la renderización, procesos informáticos que permiten generar animaciones a partir de modelos tridimensionales o 3D.

Por otra parte, las grandes catedrales góticas de Francia, entre ellas Notre-Dame de París y Amiens, han sido sometidas a documentadísimas investigaciones por parte de Stephen Murray y Andrew Tallon, sobre las que aplicaron técnicas láser y de análisis estructural. Sus estudios han sido claves a la hora de determinar cómo han de restaurarse esos templos, especialmente para el caso de la catedral parisina, muy dañada tras el incendio en abril de 2019.

Hoy sabemos que el arte medieval destacaba por su color y viveza. No hay más que ver la restitución cromática que se ha hecho de la Fachada de la catedral de Amiens, donde destacaban los potentes colores rojos y azules aplicados sobre las esculturas. La aplicación de técnicas 3D y de renderizado sobre la arquitectura y el arte de la Edad Media es una herramienta muy útil que permite conocer mejor el pasado. Sin embargo, si se pretende crear imágenes cercanas al estado inicial de las obras, esto siempre debe ir acompañado de estudios minuciosos de las fuentes documentales, la arqueología y las obras artísticas en sí mismas.

Cuando ese objetivo se logra, el arte medieval, lleno de claridad, color y luminosidad, se revela ante nosotros. Sin duda, en el futuro la investigación seguirá dando luz a tanta falsa oscuridad.

11 mayo 2026

CABEZA RAPADA

 

Un cuento Jesús Fernández Santos


Era un viento templado. Las hojas volaban llenando la calzada, remontándose hasta caer de nuevo desde las copas de los árboles. Su cabeza rapada al cero, aparecía oscura del sudor y el sol, como las piernas con sus largos pantalones de pana. No había cumplido los diez años; era un chico pequeño. Íbamos andando a través de aquel amplio paseo, mecidos por el rumor de los frondosos eucaliptos, envueltos en remolinos de polvo y hojas secas que lo invadían todo: los rincones de los bancos, las vías… Menudas y rojizas, pardas, como de castaño enano o abedul, llenaban todos los huecos por pequeños que fuesen, pegándose a nosotros como el alma al cuerpo.

Cruzaban sombras negras, luminosas, de los coches; los faros rojos atrás, acentuando su tono hasta el morado. Aunque no hacía frío nos arrimamos a una hoguera en que el guarda de las obras quemaba ramas de eucaliptos esparciendo al aire un agradable olor a monte abierto. Allí estuvimos un buen rato, llenando de él nuestros pulmones, hasta que el chico se puso a toser de nuevo.

-¿Te duele? -le pregunté.

Y contestó:

-Un poco -hablando como con gran trabajo.

-Podemos estar un poco más, si quieres.

Dijo que sí, y nos sentamos. Eran enormes aquellos árboles flotando sobre nosotros, cantando las ráfagas en la copa con un zumbido constante que a intervalos subía; y, más allá del pilón donde el hilo de la fuente saltaba, se veía a la gente cruzar, la ropa pegada al cuerpo, íntimamente unidas las parejas.

El chico volvió a quejarse.

-¿Te duele ahora?

-Aquí, un poco…

Se llevó la mano bajo la camisa. Era la piel blanca, sin rastro de vello, cortada como las manos de los que en invierno trabajan en el agua. Otra vez tenía miedo. Yo también, pero me esforzaba en tranquilizarle.

-No te apures; ya pasará como ayer.

-¿Y si no pasa?

-¿Te duele mucho?

El guarda nos miraba con recelo, pero no dijo nada cuando nos recostamos en el cajón de las herramientas. Freía sardinas en una sartén de juguete. A la luz anaranjada de la llama, el olor de la grasa se mezclaba al aroma de la madera que ardía.

-Ese chico no está bueno…

-¡Qué va! No es más que frío…

El chico no decía palabra. Miraba el fuego pesadamente, casi dormido.

-No está bueno…

Ahora no tenía un gesto tan hosco. El chico escupió al fuego y guardó silencio.

-Va a coger una pulmonía, ahí sentado.

Me levanté y le cogí del brazo, medio dormido como estaba.

-Vamos -dije-; vámonos.

Le fui llevando, poco a poco, lejos del fuego y de la mirada del guarda.

Mientras andábamos, por animarle un poco, froté aquella cabeza monda y suave, con la mano, al tiempo que le decía:

-¡Que no es nada, hombre!

Pero él no se atrevía a creerlo, y por si era poco, vino de atrás las voz del otro:

-¡Le debía ver un médico!

-¡Ya lo vio ayer!

Esto pasó con el médico: como no conocíamos a nadie fuimos al hospital, y nos pusimos a la cola de la consulta, enana habitación alta y blanca, con un ventanillo de cristal mate en lo más alto y dos puertas en los extremos abriéndose constantemente. La gente aguardaba en bancos, a lo largo de las paredes, charlando; algunos en silencio, los ojos fijos, vagos, en la pared de enfrente. La enfermera abrí una de la puertas, diciendo: “Otro”, y el que en aquel momento salía, saludaba: “Buenos días, doctor”.

Una mujer olvidó algo y entró de nuevo en la consulta. Salió aprisa, sin ver a nadie, sin saludar. Exclamaba algo que no entendimos bien. Todos miraron las baldosas, como si cada cual no pudiera soportar la mirada de los otros, y un hombre joven, de cara macilenta, maldijo muchas veces en voz baja.

El médico auscultaba al chico y, al mismo tiempo, me miraba a mí. Nos dio un papel con unas señas para que fuéramos al día siguiente.

-¿Es hermano tuyo?

-No.

Al día siguiente no fuimos adonde el papel decía.

Se inclinó un poco más. Debía sufrir mucho con aquella punzada en el costado. Sudaba por la fiebre y toda su frente brillaba, brotada de menudas gotas. Yo pensaba: “Está muy mal. No tiene dinero. No se pude poner bien porque no tiene dinero. Está del pecho. Está listo. Si pidiera a la gente que pasa no reuniría ni diez pesetas. Se tiene que morir. No conoce a nadie. Se va a morir porque de eso se muere todo el mundo. Aunque pasara el hombre más caritativo del mundo, se moriría.”

Reunimos tres pesetas. Decidimos tomar un café y entrar en calor.

-Con el calor se te quita.

Era un café vacío y mal alumbrado, con sillas en los rincones. La barra estaba al fondo, de muro a muro, cerrando una esquina, con el camarero más viejo sentado porque padecía del corazón, y sólo para los buenos clientes se levantaba. Tres paisanos jugaban al dominó. Llegaban los sones de un tango entre el soplido del exprés y los golpes de fichas sobre el mármol.

Sólo estuvimos un momento; lo justo para tomar el café. Al salir todo continuaba igual: el viejo tras el mostrador, mirando sus pies hinchados; los otros jugando, y el que andaba en la radio con los botones en la mano. La música y la luz parecían ir a desparecer de pronto. Viéndolos por última vez, quedaban como un mal recuerdo, negro y triste.

En el paseo, bajo los árboles, de nuevo empezó a quejarse, y se quiso sentar. Pisábamos el césped a oscuras. Buscó un árbol ancho, frondoso, y apoyando el él su espalda, rompió a llorar. De nuevo acaricié la redonda cabeza, y al bajar la mano me cayó una lágrima. Lloraba sobre sus rodillas, sobre sus puños cerrados en la tierra.

-No llores -le dije.

-Me voy a morir.

-No te vas a morir, no te mueres…

 

Cabeza rapada (1958), Barcelona, Seix Barral, 1982, págs. 11-15.

10 mayo 2026

UN POEMA PARA EL SÁBADO: MARÍA VICTORIA ATENCIA

 

Mar

Bajo mi cama estáis, conchas, algas, arenas:
comienza vuestro frío donde acaban mis sábanas.
Rozaría una jábega con descolgar los brazos
y su red tendería del palo de mesana
de este lecho flotante entre ataúd y tina.
Cuando cierro los ojos se me cubren de escamas.

Cuando cierro los ojos, el viento del Estrecho
pone olor de Guinea en la ropa mojada,
pone sal en un cesto de flores y racimos
de uvas verdes y negras encima de mi almohada,
pone henchido el insomnio, y en un larguero entonces
me siento con mi sueño a ver pasar el agua.

 

 

Recogido en la antología: Como las cosas claman – Antología poética, 1955-2010

 

 

María Victoria Atencia (Málaga, 1931), autora que desde muy joven estuvo ligada a los poetas del grupo Caracola. Es una de las exponentes de la generación de los años 50.

Es autora de numerosas obras, entre las que destacan: 'Tierra mojada' (1953); 'Cuatro sonetos' (1955); 'Cañada de los ingleses' (1961); 'Los sueños' (1976); 'El mundo de M.V.' (1978); 'Compás binario' (1979); 'Adviento' (1983); 'Trances de Nuestra Señora' (1986); 'De la llama que arde' (1988), 'La pared contigua' (1989), El hueco (2003) y ‘De pérdidas y adioses’ (2005). Su obra está traducida al francés, portugués, gallego, inglés, italiano, lituano, checo, búlgaro, rumano, polaco, sueco, árabe, hebreo, flamenco y latín, entre otras lenguas.

Entre otros premios, cuenta con el Premio Nacional de la Crítica 1997, el Premio Luis de Góngora de las Letras Andaluzas 2000, el Premio Real Academia Española de creación literaria 2012 por el libro ‘El umbral’. En 2014, es galardonada con el XXIII Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, siendo la cuarta mujer en conseguirlo y la primera española.

María Victoria Atencia es académica de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo, de Málaga, y correspondiente de las de Cádiz, Córdoba, Sevilla y San Fernando; consejera del Centro Andaluz de las Letras y de la Fundación María Zambrano, y Honorary Associate de The Hispanic Society of America (Nueva York).

María Victoria Atencia García ha sido galardonada con el Premio Nacional de las Letras Españolas, correspondiente al año 2025.

El jurado ha elegido a la autora por “una creación poética que posee y recrea la esencia de la vida. En sus versos, la palabra se justifica a sí misma por su capacidad de trasmitir instantes de trascendencia emocionante, por una clara fe en el valor representativo y por la relevancia de su belleza”.

 


08 mayo 2026

UNA CARTA DE CUENTO

 


 Hijos míos, si estáis leyendo esta carta es porque ya ha concluido mi paso por la vida. Una vida muy larga, pero con el paréntesis de un descanso centenario. No todo lo que sabéis por tradición oral es cierto, así que voy a desvelaros la verdadera historia de la Bella Durmiente. Debéis guardar  el secreto,  tal como yo lo he hecho, para no alterar el mundo de la fantasía ni el mensaje de los cuentos, y que llegue a las siguientes generaciones infantiles tal como lo escribieron sus autores, sin tener en cuenta el ligero cambio desde mi despertar...

Vosotros sabéis que gracias a varias hadas madrinas que acudieron a mi nacimiento, fui  dotada de los dones más preciados. La inteligencia fue el más útil durante mi reinado. También conocéis esa parte de la historia en que un hada joven revocó el hechizo de mi muerte por un largo sueño de cien años, del que me despertaría el príncipe destinado a ser mi consorte y hacerme feliz. El hada era joven y novata por añadidura, así que trastocó algo más: cuando abrí los ojos de mi letargo solo vi a una rana saltando y croando alrededor y me desperté asustada.  Salté de la cama y le di un certero manotazo, la tiré al suelo y la rematé con el cetro que habían puesto entre mis manos para gobernar. ¡Siempre me dieron asco esos pegajosos batracios!

Tal como estaba previsto por el hechizo, todo a mi alrededor también cobró vida, pero no  había ningún joven apuesto a mi lado, ni recibí el esperado beso . Mi primera doncella y el fiel consejero, dispuestos por mis padres para cuidarme al despertar, empezaron a contarme los extraños comportamientos acaecidos en Palacio y otros insólitos cambios fuera de sus muros.

Caperucita Roja estaba en la cocina, cuchillo en mano, corriendo y aullando detrás de un lobo asustado con la cola gacha. Cenicienta no quería perder los zapatos de cristal porque su príncipe, convertido en ratón, se había inflado como un globo después de comerse la calabaza con sabor a parmesano. Hansel y Gretel se habían transformado en ogros de chocolate y perseguían sin descanso a un Pulgarcito, con nariz de Pinocho. La madrastra de Blancanieves había emigrado, junto a las brujas, al país de los Espejos.

Pregunté por las hadas y me dijeron que todas ellas, varitas inservibles en mano, también desaparecieron por un virus desconocido que les contagiaron los gnomos.

Después me interesé por Blancanieves. Me  contaron que seguía tan infantil como siempre, cantando y retozando por el bosque. Se ocupaba del cuidado de sus diminutos padres adoptivos y de un invitado más: el príncipe que la rescató de la manzana envenenada, quien había sido desheredado y enviado a cortar leña. Compartía morada con ella y los siete enanitos, cada día más celosos y malhumorados que no consentían la boda entre ambos. 

 Dispuse verlos para parlamentar utilizando el más preciado de mis dones. Los pequeños, gracias a mi generoso regalo, convencieron a Blancanieves para cantar en otro bosque, así que Blanca y los siete se trasladaron a una cómoda casa labriega, situada casualmente en los confines del Reino. También les cedí una huerta muy productiva para cuidar de sol a sol.

Una vez despejado el camino, mandé llamar al noble desheredado y le hice ver  la conveniencia de mantener el equilibrio ecológico dejando de talar árboles. Cayó rendido a mis encantos y a los del trono, recordándole su linaje real. No me fue difícil conquistarlo porque prefería las comodidades de un Palacio al frío de los bosques nevados. Al abandonar el hacha los sentimientos hacia su amada desaparecieron como por arte de magia.

Después de nuestra boda casi todo volvió a su origen.  Él se convirtió en mi Príncipe Azul y vuestro padre aunque, como todos y con el tiempo, terminó desteñido.

Espero que comprendáis mi proceder. Estoy segura de que cualquier Princesa que se precie hubiera hecho lo mismo en aquel «revoltijo de cuentos». Os lego, además de mis tesoros, el deber Real de guardar el secreto para siempre jamás.

                              Vuestra querida madre, La Bella Despierta.

 

P.D. Casi se me olvida: la rana que no cumplió su misión en el momento adecuado está criando malvas al pie del nogal centenario de los jardines de Palacio. Por precaución, todas las demás fueron desterradas del Reino.

 

 

                                                          Esperanza Liñán Gálvez


06 mayo 2026

¿PUEDE LA ASPIRINA PREVENIR EL CÁNCER?

 

Artículo de Guillermo López Lluch, Catedrático del área de Biología Celular. Investigador asociado del Centro Andaluz de Biología del Desarrollo. Investigador en metabolismo, envejecimiento y sistemas inmunológicos y antioxidantes., Universidad Pablo de Olavide. Publicado en la revista digital The Conversation.

En estos tiempos, muchos creen que la salud puede depender de un suplemento o una pastilla. De hecho, desde múltiples webs y redes sociales se nos dice que tal o cual enfermedad puede ser prevenida e incluso curada con tratamientos simples y naturales. Pero no, la biología es mucho más compleja y ni hay compuestos para todas las dolencias ni todo es prevenible con una pastilla o un suplemento.

El cáncer, diana de los reclamos “milagrosos”

El cáncer, o mejor dicho los diferentes tipos de cáncer, constituyen las dianas más llamativas para reclamos de todo tipo. Considerada una enfermedad de la que antes apenas se hablaba, ahora ya parece ser algo común, una dolencia más que se ha cronificado en muchos casos.

Así, frente a los avances científicos basados en pruebas, ensayos, resultados, comprobaciones y conclusiones, podemos encontrarnos con consejos de lo más variopinto para “prevenir” o “curar” cualquier cáncer. Y no todos se basan en las evidencias. Mientras que la ciencia va mejorando la quimioterapia y añadiendo tratamientos exitosos como los controles hormonales y las inmunoterapias basadas en anticuerpos, vacunas o células inmunitarias modificadas, otros enfoques no convencionales afirman tener cierto éxito aunque sin haber seguido los controles clínicos necesarios para convertirse en terapias.

En cuanto a la prevención, la ciencia ha demostrado que ciertos comportamientos como el sedentarismo, el tabaquismo, la ingesta de alcohol o ciertas dietas o someterse a ciertos ambientes contaminados aumentan la incidencia de determinados cánceres. Es obvio que evitarlos reduce las posibilidades, aunque no las anula completamente, de sufrirlos.

Sin embargo, otros tipos de cáncer dependen de factores que no podemos controlar, como contraer infecciones por virus que insertan su genoma en nuestras células (Epstein-Barr, herpes, VIH, VPH…). O haber nacido con cierta predisposición al heredar una versión alterada de un gen esencial para reparar el ADN: mutación del gen BRCA1 en el caso del cáncer de mama, útero y ovario o síndrome de Lynch en el caso del cáncer colorrectal, endometrio, ovario, estómago e intestino delgado.

Si tenemos en cuenta todas las causas que pueden desencadenar un cáncer, nos podemos hacer una idea de que seguir la recomendación de tomar tal o cual cosa para prevenirlo carece de base científica suficiente. Es el caso de la aspirina.

¿Hay alguna relación entre la aspirina y el cáncer?

Se ha puesto de moda tomar aspirina para prevenir el cáncer de colon, y así lo indican muchas páginas con aspecto científico. Eso sí, la práctica, genuinamente efectiva, de moderar la ingesta de carne roja y procesados brilla por su ausencia.

Desde los puntos de vista biológico y clínico debemos preguntarnos en qué se basa el supuesto de que ese medicamento disminuye el riesgo de sufrir la enfermedad si no afecta a los procesos esenciales que lo inducen.

La aspirina, o ácido acetilsalicílico, es un antipirético y analgésico, sintetizado de forma estable y pura allá por 1897 en los conocidos laboratorios de una empresa farmacéutica. Su aislamiento se basó en el efecto analgésico de la corteza de sauce, ya indicado por la farmacología egipcia hace más de 2 000 años. Lo que hizo la ciencia fue aislar el compuesto activo.

Su mecanismo de acción consiste en inhibir unas enzimas (las ciclooxigenasas-1 y -2) para bloquear la producción de las prostaglandinas. Estos compuestos naturales, como el tromboxano A2, inducen fiebre, inflamación y dolor mediante la activación de células del sistema inmunitario y las plaquetas. Al inhibir esas enzimas, la aspirina impide que dicha activación se produzca y reduce los síntomas. Poco más.

Teniendo en cuenta este mecanismo de acción, es difícil entender que la ingesta crónica de dosis bajas o moderadas de aspirina vayan a afectar a la progresión de un cáncer (al margen de que reducir el componente inflamatorio sí puede influir positivamente, pero solo en algunas modalidades de la dolencia).

Y no, la aspirina no previene el cáncer

Si bien ciertos estudios han indicado que puede haber cierto efecto secundario de la aspirina en la prevención del cáncer, lo cierto es que los trabajos con grandes grupos de personas indican que ese efecto, de haber alguno, es muy bajo.

De hecho, la más reciente revisión sistemática, que analiza todos los estudios clínicos al efecto, demuestra que esa relación no existe.

Es más, el uso crónico del célebre medicamento puede afectar negativamente, aumentando el riesgo de contraer otros tipos de cáncer dependiendo de la edad del paciente o incluso de sufrir hemorragias intestinales y cerebrales.

Seguir confiando en las soluciones farmacológicas sencillas o de suplementos para el cáncer o enfermedades muy complejas sin atender a los mecanismos de acción de los fármacos y a la naturaleza de las patologías es un gran error. No hay varitas mágicas y todos los medicamentos, e incluso los suplementos nutricionales, tienen sus efectos secundarios. Consulten con sus facultativos antes de meter nada en su organismo.

 


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