A muchas personas les agrada volver,
si las circunstancias favorecen esos reencuentros, a
los espacios que han sustentado los capítulos inolvidables de la infancia y juventud. Son lugares que suelen generarnos
emocionantes e incluso fascinantes recuerdos. Cuando volvemos a recorrer
aquellas calles, plazas y edificios y rincones, las imágenes, en las que somos
protagonistas anónimos, se van amontonando en nuestros sentimientos, mientras
los latidos cardiacos percuten con la fuerza de la ilusionada nostalgia.
Lógicamente, han pasado varias décadas por esa rancia urbanística a la
que volvemos. Nos encontramos con numerosos y “sorprendentes” cambios, en
ocasiones muy radicales para el asombro. Se ha ido conformando una nueva urbanística, con diferentes usos de los
espacios, pero se mantienen restos inamovibles de esa otra época pretérita.
¿Mejores o peores, esos cambios con respecto al pasado? Lo más justo sería decir “diferentes” de
acuerdo con múltiples factores y necesidades.
A pesar de las transformaciones, en nuestro paseo recordatorio conseguiremos
ver algunos establecimientos y negocios que han logrado subsistir, superando el
ímpetu cambiante del avance cronológico (cinco o más décadas). Destacan los
cambios de uso en los bajos de los vetustos edificios, que nos proporcionan
contrastes curiosos, en función de los latidos socioeconómicos, técnicos y
habituales de cada ciclo histórico. Citemos algunos ejemplos.
El protagonista, JAVIER,
observa pensativo que aquella aromática panadería, muy popular durante varias
generaciones, se ha transformado en unos importantes baños árabes, con piscinas
de aguas termales e idílicas salas de masajes. Una conocida carbonería, muy visitada
por los clientes en los años cincuenta y sesenta, hoy se ha adaptado en un
atractivo restaurante, vinculado en la decoración a la Semana Santa malagueña. Aquella
funeraria, cuya imagen hacía recelar a los críos que jugaban en la calle, hoy luce
como un bohemio bar de copas, repleto de una juventud amante de la vida,
especialmente en horas nocturnas. Toda
la zona se halla poblada de restaurantes, bares, cafeterías, que ocupan los
espacios que antes utilizaban tiendas de ultramarinos, relojerías, portales para
vender la prensa e incluso farmacias o boticas. Dos importantes colegios, por
el número de alumnos que allí cursaban, son hoy sede una cofradía con sus
tronos montados y una “oKupación” de grupos contraculturales, respectivamente. Javier
también se detiene ante pequeños bloques de viviendas, que se han ido
construyendo en donde antes estaban unos míseros “lugares de mancebía” muy
visitados por espíritus solitarios, en donde se vendía y practicaba “el amor”. Un
rancio y lúgubre anticuario, repleto de los objetos más variados, con una atmósfera
de añejo pergamino, lucía ahora como una de las escasas teterías que pueblan la
ciudad, en donde actuaban cantautores de canciones con especial contenido y
mensajes en sus estrofas.
Muchas de aquellas antiguas vías céntricas, por donde circulaban los
carros y los vehículos y donde los niños realizaban sus juegos callejeros, hoy
las ve peatonalizadas y sin aquella chiquillería ruidosa que tanto alegraba,
para la severa austeridad en los años de la posguerra española. Las vetustas
edificaciones que aún permanecen en pie se han ido adaptando para uso de viviendas
turísticas, a pie de calle o en plantas más elevadas. Los descendientes de las
familias tradicionales que las habitaban han ido buscando acomodo en barrios de
la periferia, con mayor salubridad y comodidad en las viviendas (cuartos de
baños, ascensores, garajes, motores para el agua) y una mayor funcionalidad
arquitectónica.
Pero el ciudadano Javier, ya muy veterano en la vida, tenía hoy especial interés por visitar un lugar emblemático en su modesta biografía. Ese lugar significó el paso, desde una infancia sencilla y feliz a una etapa juvenil, en el que las vivencias ya no eran tan fáciles y por el contrario la dura realidad de la vida se iba descubriendo y protagonizandola. Su primer puesto laboral.
Eran años, los 50/60, en los que la normativa legal establecía el comienzo
de la edad laboral a partir de los catorce años
cumplidos. Ello no iba a impedir que en determinadas actividades hubiera
trabajadores aprendices con menos edad que la legal autorizada. Con el
bachillerato elemental superado y dadas las circunstancias que su familia afrontaba,
como otros muchos adolescentes de su entorno, lo importante era buscar una “colocación”. Unas madres a otras se
decían, con desigual alborozo, “mi hijo ya está
“colocado” de aprendiz, en el comercio o taller del Sr. Venancio, que es un
trabajo seguro. A ver si conseguimos que se haga un hombre de provecho”. “Pues
mi Merceditas hace ya un mes que ha entrado de aprendiza en el taller de
costura de la Srta. Eloisa. Está muy contenta, pues ahí tiene un porvenir”.
En el caso de Javi, esa primera “colocación” fue en una gestoría
administrativa y de seguros sociales, oferta laboral que su madre había visto anunciada
(el padre estaba severamente enfermo) en las páginas del diario local SUR. La
oficina se encontraba ubicada en pleno centro de la ciudad, muy próxima a la
Alameda Principal del Generalísimo Franco, paralela a la transitada calle
Córdoba. Madre e hijo subieron al primer piso de un bloque de viviendas recién
construido, en la calle Blasco de Garay y allí solicitaron hablar con el dueño
de la pequeña empresa, dirigida por un antiguo seminarista que cambió su
vocación antes de “cantar misa”. Era don José, casado y con hijos, que tenía la
titulación de graduado social y gestor administrativo. Después de conversar
durante unos 30 minutos, en los que el jefe gestor hizo una serie de preguntas
al adolescente, el chico de 14 año quedó contratado como aprendiz ayudante,
comenzando a trabajar al día siguiente. Con una espontaneidad, propia de la
edad, Javi manifestó que su ilusión futura era poder estudiar magisterio, en la
Escuela Normal. Don José, persona muy respetable, le prometió, con la veteranía
propia de sus años, “aquí te vas a convertir en
un buen profesional administrativo”.
Javi estuvo trabajando en esa oficina durante algunos meses,
cumpliendo bastante bien los encargos y órdenes que iba recibiendo de las personas
que en la oficina desarrollaban su tarea laboral. Sus compañeros, a los que
veía muy “mayores” eran el padre y los dos cuñados del jefe, don José, Ángeles
y Joaquín, respectivamente, además de un representante de la empresa de seguros
Lepanto que tenía su sede en la misma oficina, el Sr. Fernández, originario de
Murcia.
Para Javi fue un importante y contrastado aprendizaje pasar de los distraídos
juegos del balón en la calle, a las rígidas obligaciones horarias (44 horas
semanales) y de trato educacional hacia las personas ya mayores con respecto a
su adolescencia. En esos meses conoció y aprendió cómo había que preparar un cliché
de texto y el funcionamiento de una multicopista, el adecuado sistema para
archivar y clasificar centenares de documentos, manejar el teclado de las
distintas máquinas de escribir que había en la oficina, la ubicación y
procedimientos normativos de los principales organismos administrativos,
oficiales y privados, existentes en la ciudad, cumpliendo fielmente (con los
errores propios de la edad) las funciones que se le encomendaban. Fue una “dura”
transición del niño adolescente al joven responsable, que ha de luchar con las
dificultades que proporciona la vida.
Cuando hoy camina por los aledaños viarios de esa oficina, en donde
aprendió el valor y el esfuerzo necesario para conocer y desarrollar el trabajo
por cuenta ajena, a sus 14 años de vida, un nostálgico y afectivo sentimiento
le embarga. La fachada del edificio prácticamente sigue igual. Tras esas
ventanas del primer piso (en las que actualmente no hay gestoría) aprendió a ir
sustentando esa personalidad que con los años hoy le caracteriza. Pero la vida tiene
muchos vaivenes y el destino abre y cierra muchos caminos. Cuando Javi rememora,
en la lejanía de los recuerdos pretéritos, aquel
principio, toma conciencia de lo mucho que atesora en su veterana
persona, valores que ya germinaban en el joven adolescente que fue, allá en la
Málaga añorada de los años sesenta. –
José L. Casado Toro
Marzo 2026
