El ser
humano, en la limitación de su naturaleza, necesita y busca “mirarse”,
ilusionarse y sustentarse en mitos o héroes humanos, creados artificialmente
por sus especiales habilidades en los más variados segmentos de nuestra
existencia. Deporte, cine, teatro, literatura, biología, medicina, periodismo,
radiodifusión, periodismo, música, arte, filosofía, ciencia, cibernética,
economía, etc.
En nuestra
imperfección, nos esforzamos en crear personajes que destacan sobremanera en
sus actividades específicas, los encumbramos, le prestamos culto, tratamos de
imitar algunos de los aspectos que les caracterizan (forma de vestir, peinado,
modales, gestos) nos ponemos una camiseta que lleve impresa su fotografía o su
nombre, nos colgamos del cuello algún logotipo o figura con su rostro y también
nos hacemos tatuajes con su imagen en alguna parte (incluso noble) de nuestro
cuerpo.
Buscamos, con
admirable afán investigador, cualquier dato acerca de la vida y las “hazañas”
de esos seres privilegiados y favorecidos por el destino, envidiados con “latría”
por el anónimo y fanático “pueblo de a pie”, releemos su vida plena de glamur y
desenfreno, contrastando su divinidad mundana con la vida de “miseria”
aburrimiento y rutina de las clases populares, masa analfabeta, sumisa,
maleable y engañada. Mientras más sabemos acerca de esos seres privilegiados,
rodeados de idolatría y entusiasta borreguismo, más felices y “cultos” parecemos
(“lo he leído en el Lecturas, viene también en el Pronto, no te lo puedes
creer, aparece esta semana ¡en el Hola! fuentes certeras y documentales del último
chisme o bulo promovido por el hábil departamento de marketing).
Pero, aunque
no lo creamos, dada nuestra fe inquebrantable en la figura mítica, esos seres anhelados
y adorados son personas de “carne y hueso”. No son dioses del Olimpo. ni de
cualquier otro paraíso o ámbito celestial. Tienen también sus defectos, sus
debilidades, sus maldades y sus insólitas ruindades. Sin embargo, la masa cegada
o hipnotizada, acólitos servidores del mito, sigue prestándoles veneración y
ciega comprensión, además de sorprendente justificación hacia sus crematísticas
mezquindades. Son ídolos de “mármol de Carrara” con los pies de barro enlodado.
Sin embargo, la
masa fervorosa tiene gustos cambiantes. Con el tiempo se va cansando de esos
seres mitificados a los que ha prestado “culto” durante años. La rutina es una
epidemia invisible que deteriora ilusiones, creencias, fidelidades y burdas
necesidades y entonces el hartazgo comienza a invadir y deteriorar la
benevolencia borreguil del público. Paulatinamente, el nombre dinamizador e incluso
taumatúrgico de esos ídolos fabricados por los talleres del marketing comienza
a perder popularidad. Pero no hay motivo de preocupación, pues la sustitución
se va produciendo por nuevas hornacinas que irrumpen con ferocidad en los
mercados, creándose esa corte anónima y acrítica que sufraga sus riquezas. ¿Cómo?
Comprando sus libros, escritos por
autores “fantasmas o negros”. Visionando sus películas. Asistiendo a sus caros
y densificados conciertos. Vistiendo ropa y complementos con su nombre grabado.
Aplaudiendo enfervorizados sus logros deportivos. “Peregrinando” a cualquier
parte donde celebren sus luminosos montajes.
No son pocas
las ocasiones en que esa pérdida de popularidad en esos grandes e importantes
personajes es causada o potenciada por delitos, más o menos graves, pero bien
encubiertos por el dinero, perpetrados en su vida privada. Su insoslayable
presencia ante los tribunales de justicia va minando fidelidades y creencias.
Comienza o se acrecienta la patética caída y derrumbe del “héroe mitificado y
adorado por la masa acrítica y fanatizada, sedienta de dioses terrenales. El
“semidios” era humano, como tú y como yo. Pierden popularidad. Aparecen cada
vez menos en las redes mediáticas. Se han hecho mayores. Su época de
fascinación va quedando obsoleta.
Al no
sentirse aclamados, vitoreados, envidiados, imitados, fotografiados, la crítica
epidemia del olvido se va cerniendo sobre sus fabricadas o artificiales imágenes
y ello provoca que vayan cayendo en depresiones, adicciones y lamentos, porque
se sienten injustamente relegados. Van “naciendo” de la nada otros líderes,
mitos emergentes, para saciar la necesidad de la masa “analfabeta” de valores
para subsistir en la crueldad mundana de esta absurda sociedad. Los dioses
caídos, los ángeles relegados, los ídolos hundidos, en el frágil lodazal de su
sustento.
Mas no hay que inquietarse. De la poderosa fábrica de las truculencias, a no tardar, emergerán otros mitos, diseñados ahora en los crípticos y sorprendentes hangares de la A.I. en los que difícilmente llegaremos a conocer el porcentaje de humanidad que en ellos subyace.
José L.
Casado Toro.
Octubre 2026







