01 septiembre 2026

PASEO A ORILLAS DEL MAR, DE JOAQUÍN SOROLLA

 


Joaquín Sorolla y Bastida (Valencia, 1863 – Cercedilla, 1923) es uno de los pintores españoles más universales y queridos. Aclamado mundialmente como el "Maestro de la Luz", dejó un impresionante legado de más de 2200 obras catalogadas. Su estilo, definido como luminismo valenciano, combinó la frescura del impresionismo francés con el realismo de la tradición pictórica española.

Huérfano a los dos años por una epidemia de cólera, fue criado por sus tíos. Comenzó a trabajar en el taller de cerrajería de su tío, compaginándolo  con clases nocturnas de dibujo. Su talento le abrió las puertas de la prestigiosa Escuela de Bellas Artes de San Carlos. También trabajó como ayudante del fotógrafo Antonio García Peris, quien se convirtió en su mentor y, más tarde, en su suegro al casarse con su hija Clotilde García, su gran musa. El encuadre fotográfico influyó decisivamente en la composición de sus cuadros.

 

 En sus inicios logró reconocimiento internacional con obras de denuncia social que retrataban la crudeza de las clases trabajadoras, como “¡Aún dicen que el pescado es caro!”

Su consagración llegó al pintar al aire libre (en plein air) en las playas valencianas. Abandonó los contornos rígidos y el color negro, enfocándose en capturar los destellos cambiantes del sol sobre el agua y la arena, el viento en las ropas y los juegos de los niños.

Tuvo un gran éxito Internacional, conquistando  París, Londres y Nueva York. Su mayor hito internacional fue el encargo de la Hispanic Society of América para pintar la serie “Visión de España”: 14 murales monumentales que retratan las regiones y costumbres del país.

 

El Museo Sorolla, ubicado en la que fuera su residencia y taller en Madrid custodia la mayor colección de sus obras. Actualmente, el recinto se encuentra en la fase final de un ambicioso proyecto de rehabilitación y ampliación que duplicará su espacio, con una reapertura al público prevista para octubre de 2026.

 

Paseo a orillas del mar es una de las obras maestras de Joaquín Sorolla, realizada en el verano de 1909 en la playa de la Malvarrosa, Valencia.

El cuadro, pintado al óleo sobre lienzo, el medio preferido por Sorolla para lograr superposiciones fluidas de color, densidades variables en la pintura y efectos lumínicos directos,  mide 205 cm de alto por 200 cm de ancho.

Al tener estas dimensiones, la obra cubre una superficie de más de cuatro metros cuadrados. Esto permite que las figuras se muestren a una escala prácticamente natural, envolviendo al espectador en la escena playera.

Para ejecutar obras de este tamaño al aire libre expuesto al viento de la playa, Sorolla utilizaba pinceles de mango larguísimo (de hasta un metro de longitud). Esto le permitía aplicar pinceladas largas, fluidas y espontáneas mientras se mantenía a una distancia prudencial para evaluar la composición global bajo la luz del sol.

Este lienzo destaca por plasmar las características esenciales del luminismo valenciano y la madurez artística de su autor.

Las figuras que caminan por la playa son su esposa  Clotilde García que  sostiene una sombrilla, y su hija mayor, María Clotilde. Representan  la costumbre del paseo elegante o promenade, una práctica de ocio estival propia de la alta burguesía y la aristocracia de la época.

Sorolla utiliza una paleta con tonos azules, malvas y turquesas para el agua, aplicando pinceladas largas y sueltas, demostrando el uso magistral de la luz mediterránea.

La composición es moderna, con un claro encuadre fotográfico que recorta la pamela de Clotilde y deja un espacio vacío de arena, aportando instantaneidad a la escena. El viento, visible en el movimiento de las gasas y vestidos blancos, evoca las formas de la escultura clásica grecorromana.


29 agosto 2026

UN POEMA PARA EL SÁBADO: HARRY MARTINSON

 

PARTIDO EN DOS.  

 

 Tu avidez de calma y tu ansia de movimiento, de inquietud

cantan un dúo hostil a lo largo de una vida de olas y valles.

¿Cuál es la razón de vivir? Ninguna y sin embargo todas.

¿Cuál es la razón de morir? Lo mismo.

Esos ojos desgraciados vieron más de lo que podían arreglar,

esos ojos felices vieron con una confianza heredada

las cosas rectas y redondas, los árboles con raíces y copas.

El fluir y volar y arrastrarse, una ruina felizmente combinada.


De “Antología Poética” 1971 


Harry Edmund Martinson (Jämshög, 1904 - Sollentuna, 1978) Poeta y novelista sueco, uno de los poetas más originales de su país en el siglo XX, que perteneció a la corriente de los llamados "escritores proletarios" suecos. Su primera obra, Barcos fantasmas (Spökskepp, 1929) fue muy bien acogida.

Sus poemas de la antología Cinco jóvenes reflejan una actitud de celebración de la vida, por oposición a una cultura enjuta, de la que cada vez intentará alejarse más, en pos de una simplicidad original y de tener contacto con el mundo. Martinson consigue, gracias a una renovación del lenguaje y a la creación de neologismos, una concisión de las imágenes que recuerdan a la poesía oriental.

Tras unos años sin escribir, publica sin solución de continuidad diez grandes obras -entre ellas el volumen de poesía Los vientos alisios (Passad, 1945) y la novela Camino de Klockrike, de 1948- que son una síntesis de sus tomas de partido anteriores en contra de la tecnología y a favor del hombre, con elementos del misticismo oriental.

En Cigarra (Cikada, 1953) y sobre todo en el gran poema épico interestelar Aniara, de 1956, lleva a cabo una crítica a la civilización de la velocidad, que ha conquistado el cielo y la Luna pero que ha perdido la humanidad. Otras obras dignas de mención son El camino de la libertad y su Antología poética. En 1974 fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura.

 


28 agosto 2026

FÁBULAS DE ESOPO

 

El buey y el mosquito

En el cuerno de un buey se posó un mosquito.

Luego de permanecer allí largo rato, al irse a su vuelo preguntó al buey si se alegraba de que por fin se marchase.

El buey le respondió:

-Ni supe que habías venido, ni notaré cuando te vayas.

A veces no somos tan importantes como creemos.

 

El avaro y el oro

Un avaro vendió todo lo que tenía de más y compró una pieza de oro, la cual enterró en la tierra a la orilla de una vieja pared y todos los días iba a mirar el sitio. 

Uno de sus vecinos observó sus frecuentes visitas al lugar y decidió averiguar que pasaba. Pronto descubrió lo del tesoro escondido, y cavando, tomó la pieza de oro, robándosela. 

El avaro, a su siguiente visita encontró el hueco vacío y jalándose sus cabellos se lamentaba amargamente. 

Entonces otro vecino, enterándose del motivo de su queja, lo consoló diciéndole: 

-Da gracias de que el asunto no es tan grave. Ve y trae una piedra y colócala en el hueco. Imagínate entonces que el oro aún está allí. Para ti será lo mismo que aquello sea o no sea oro, ya que de por sí no harías nunca ningún uso de él.

“Valora las cosas por lo que sirven, no por lo que aparentan”.

 

El cuervo enfermo

Un cuervo que se encontraba muy enfermo le dijo a su madre:

-Madre, ruega a los dioses por mí y ya no llores más.

La madre contestó:

-¿Y cuál de todos, hijo mío, tendrá piedad de ti? ¿Quedará alguno a quien aún no le hayas robado la carne ?

No te llenes de enemigos innecesariamente,
pues no encontrarás un solo amigo cuando lo necesites.

 

El lobo orgulloso de su sombra y el león

Vagaba cierto día un lobo por lugares solitarios, a la hora en que el sol se ponía en el horizonte. Y viendo su sombra bellamente alargada, exclamó:

-¿Cómo me va a asustar el león con semejante talla que tengo? ¡Con treinta metros de largo, bien fácil me será convertirme en rey de los animales!

Y mientras soñaba con su orgullo, un poderoso león le cayó encima y empezó a devorarlo. Entonces el lobo, cambiando de opinión, se dijo:

-La presunción es causa de mi desgracia.

No valores tus virtudes por la apariencia con que las ven tus ojos.

 

El abeto y el espino

Disputaban entre sí el abeto y el espino. Se jactaba el abeto diciendo:

-Soy hermoso, esbelto y alto, y sirvo para construir las naves y los techos de los templos. ¿Cómo tienes la osadía de compararte a mí?

-¡Si recordaras -replicó el espino- las hachas y las sierras que te cortan, preferirías la suerte del espino!

A veces la fama no es conveniente.

 

El cisne tomado por ganso

Un hombre muy rico alimentaba a un ganso y a un cisne juntos, aunque con diferente fin a cada uno: uno era para el canto y el otro para la mesa.

Cuando llegó la hora para la cual era alimentado el ganso, era de noche, y la oscuridad no permitía distinguir entre las dos aves. Capturado el cisne en lugar del ganso, entonó su bello canto preludio de muerte. Al oír su voz, el amo lo reconoció y su canto lo salvó de la muerte.

No actúes sobre alguien sin conocer su verdadera identidad.

 

 

La paloma y la hormiga

Obligada por la sed, una hormiga bajó a un manantial; arrastrada por la corriente, estaba a punto de ahogarse.

Viéndola en esta emergencia una paloma, desprendió de un árbol una ramita, la arrojó a la corriente, montó encima a la hormiga y la salvó.

Mientras tanto un cazador de pájaros se adelantó con su arma preparada para cazar a la paloma. Lo vio la hormiga y lo picó en el talón, haciendo soltar al cazador su arma. Aprovechó el momento la paloma para alzar el vuelo.

 Debemos ser agradecidos y devolver los favores que recibimos.

 

Los dos perros

Un hombre tenía dos perros. Uno era para la caza y otro para el cuido. Cuando salía de cacería iba con el de caza, y si cogía alguna presa, al regresar, el amo le regalaba un pedazo al perro guardián. Descontento por esto, el perro de caza lanzó a su compañero algunos reproches: que sólo era él quien salía y sufría en todo momento, mientras que el otro perro, el cuidador, sin hacer nada, disfrutaba de su trabajo de caza.

El perro guardián le contestó:

-¡No es a mí a quien debes de reclamar, sino a nuestro amo, ya que en lugar de enseñarme a trabajar como a ti, me ha enseñado a vivir tranquilamente del trabajo ajeno!

 Que tus mayores te enseñen un trabajo digno para afrontar tu futuro.


25 agosto 2026

LA CURIOSIDAD NO ENVEJECE Y LA CIENCIA NO DEBERÍA IGNORARLO

 

Artículo de Delfina Roca Marín, Profesora de Comunicación y coordinadora de Divulgación Científica de la Universidad de Murcia, Universidad de Murcia y Soledat Rubio Candel, Directora de la Unitat de Cultura Científica i de la Innovació, Universitat de València. Publicado en la revista digital The Conversation.

En Una historia verdadera (David Lynch, 1999), Alvin Straight atraviesa más de quinientos kilómetros subido a un viejo cortacésped para reconciliarse con su hermano enfermo. La imagen resulta casi absurda al principio. Un hombre anciano, con movilidad reducida y la vista deteriorada avanza lentamente por carreteras infinitas mientras el mundo entero parece moverse a otra velocidad.

Lynch convierte esa lentitud en una forma de conocimiento. A cada parada, Alvin habla poco y escucha mucho. Cuando lo hace, sus palabras tienen el peso de los años. En ellas, la guerra, la familia, la culpa y la pérdida encuentran su lugar. Sencillamente, ha vivido mucho.

Ahí se revela una de las grandes cegueras de nuestra época, en la que confundimos rapidez con inteligencia y juventud con capacidad de aprender. Mientras la sociedad celebra la velocidad, las personas mayores siguen caminando con algo mucho más difícil de adquirir: la perspectiva.

Leonard Cohen escribió en su canción Anthem que “there is a crack in everything, that’s how the light gets in” –en todo existe una fractura, así es cómo penetra la luz–. La vejez también está llena de grietas y, sin embargo, a menudo olvidamos que es en esta etapa donde más vivencias y sabiduría se acumulan.

La edad, lejos de restar valor, se convierte en uno de los lugares donde el conocimiento adquiere más sustancia. ¿Por qué seguimos entonces construyendo buena parte de nuestras actividades culturales, educativas y científicas como si la curiosidad tuviera fecha de caducidad?

Aprendizaje durante toda la vida

El envejecimiento poblacional es uno de los grandes fenómenos estructurales del siglo XXI. La Organización Mundial de la Salud estima que, para 2050, más de una quinta parte de la población mundial superará los 60 años.

Sin embargo, esta nueva realidad convive todavía con una interpretación de la vejez asociada a la dependencia, el deterioro y la pasividad. Bajo el término edadismo se agrupan los estereotipos, prejuicios y prácticas discriminatorias basadas en la edad. Estas representaciones no solo afectan a la percepción social de este colectivo; condicionan también las oportunidades que se les ofrecen para participar en la cultura, el aprendizaje o la generación de saberes.

En este contexto, el paradigma del lifelong learning –aprendizaje durante toda la vida– adquiere una relevancia especial al postular que la formación no pertenece a una etapa concreta de la vida, sino que debe acompañarnos siempre. Garantizar oportunidades formativas en todas las edades no solo refuerza la autonomía y favorece la inclusión social, sino que ayuda a mantener viva la actividad intelectual.

¿Dónde queda la ciencia para mayores?

Durante décadas, la comunicación pública de la ciencia ha invertido enormes esfuerzos en escolares, jóvenes y familias. Museos, festivales y talleres científicos se diseñan mayoritariamente para ellos. Mientras tanto, las personas mayores apenas aparecen como público prioritario de estas actividades, a pesar de ser uno de los colectivos con mayor tiempo y disposición al diálogo.

Precisamente por su carácter de aprendizaje no formal, la divulgación científica podría ocupar un lugar central en la vida cultural de la población mayor, con espacios para actualizar conocimientos, sostener la curiosidad y fortalecer el vínculo con la ciudadanía.

Ahora bien, cuando la ciencia se dirige a las generaciones de mayores, suele arrastrar una forma de infantilización sutil que pasa desapercibida. El término elderspeak define ese lenguaje excesivamente simplificado, sobreexplicativo o paternalista que se utiliza con las personas mayores, incluso de forma inconsciente. Se manifiesta en gestos cotidianos, como bajar la voz innecesariamente, abusar de diminutivos, explicar obviedades o asumir limitaciones cognitivas que no existen. Este tipo de habla deteriora la autoestima y empobrece la calidad de la comunicación.

Este fenómeno pone de manifiesto un error de fondo: hacer accesible el conocimiento no significa simplificarlo hasta vaciarlo de sentido. Significa construir lo que la teoría de la comunicación denomina horizontalidad comunicativa, una relación basada en la reciprocidad, el respeto y el reconocimiento mutuo.

Y es aquí donde la paradoja se hace evidente. Pocos grupos sociales han acumulado tanta memoria del cambio como las actuales generaciones mayores. Han visto cómo la ciencia alargaba la vida con antibióticos, cómo la televisión transformaba los salones, cómo el ser humano llegaba a la Luna, cómo internet comprimía el mundo y cómo la inteligencia artificial empieza ahora a reescribirlo.

En una época dominada por pantallas, algoritmos y flujos constantes de datos, el colectivo de personas mayores está en una posición privilegiada para recordarnos que conocer no consiste únicamente en coleccionar información, sino en otorgarle sentido.

La Tercera Ciencia: práctica e investigación

La Tercera Ciencia, un proyecto de las universidades de Murcia y Valencia, lanza una propuesta singular. No solo divulga ciencia con personas mayores; investiga cómo se relacionan con ella. Es, a la vez, práctica e investigación.

La iniciativa reunió a 150 personas de 65 años en dos macroeventos celebrados en Murcia y Valencia, donde convivieron cuatro monólogos científicos centrados en neurociencia, envejecimiento saludable, sueño y alimentación, junto a cuestionarios secuenciales y once grupos focales simultáneos. El diseño metodológico combinó herramientas cuantitativas y cualitativas para observar no solo cuánto comprendían, sino cómo interpretaban, relacionaban y daban sentido a lo escuchado.

Los resultados son reveladores porque cuestionan numerosos prejuicios. Lejos de confirmar los estereotipos, muestran altos niveles de interés por la ciencia, una fuerte percepción de utilidad práctica y una clara demanda de actividades específicamente pensadas para ellos.

Las personas mayores valoran especialmente la cercanía, la posibilidad de intervenir y el lenguaje claro, pero no simplista. No quieren ser espectadores. Quieren ser interlocutores. Y eso cambia todo.

Porque, como explica la teoría de la apropiación social del conocimiento, la ciudadanía no incorpora la ciencia únicamente recibiendo información, sino integrándola en su experiencia, reinterpretándola y poniéndola en diálogo con su vida cotidiana.

Lo que sabe el tiempo

En el poema ÍtacaKonstantínos Cavafis aconsejaba desear un camino largo, lleno de aventuras, conocimientos y descubrimientos. El viaje importa más que la llegada. Es quizá la vejez el tramo del camino desde el que mejor se entiende el paisaje.

Hoy vivimos rodeados de información, pero escasos de contexto. Obtenemos más datos y comprendemos menos relaciones. Consumimos titulares como quien bebe agua salada y descubre que, cuanto más bebe, más sed siente.

Tal vez por eso la ciencia necesita algo que la población mayor puede ofrecer con especial claridad. Ese conocimiento que no aparece en los manuales, pero que permite distinguir lo importante de lo urgente, lo nuevo de lo superficial y lo complejo de lo simplemente complicado.

Alvin Straight tampoco emprendió su viaje solo para llegar, sino para recorrerlo con todo lo que la vida le había enseñado. Ahí reside también el verdadero valor de la vejez: no en seguir acumulando respuestas, sino en saber qué preguntas importan y en aportar esa mirada imprescindible a una conversación científica que necesita de su experiencia para entender mejor el mundo que intenta explicar.

22 agosto 2026

UN POEMA PARA EL SÁBADO: FABIO MORÁBITO

 

A tientas

Cada libro que escribo
me envejece,
me vuelve un descreído.
Escribo en contra
de mis pensamientos
y en contra del ruido
de mis hábitos.
Con cada libro
pago un viaje
que no hice.
En cada página que acabo
cumplo con un acuerdo,
me digo adiós
desde lo más recóndito,
pero sin alcanzar a ir muy lejos.
Escribo para no quedar
en medio de mi carne,
para que no me tiente el centro,
para rodear y resistir,
escribo para hacerme a un lado,
pero sin alcanzar a desprenderme.

 

De "De lunes todo el año" 1992

 

Fabio Morábito es un poeta, narrador y ensayista nacido en Alejandría, Egipto, en 1955. De padres italianos, vivió su infancia en Milán. A los quince años se trasladó a México, donde vive desde entonces. A pesar de ser su lengua materna el italiano, ha escrito toda su obra en español. Ha publicado fundamentalmente poesía y cuentos.

Su estilo se destaca por tener como tema recurrente lo cotidiano, lo explora de una manera original para permitir al lector nuevas formas.  

Entre sus libros de poemas podemos señalar Lotes baldíos (Premio Carlos Pellicer, 1985), De lunes todo el año (Premio Aguascalientes, 1992), Alguien de lava (2002), Delante de un prado una vaca (2011), A cada cual su cielo (2021) o Canción segunda ( 2024)

También se han publicado antologías de su obra como Un náufrago jamás se seca (2014) o Ventanas encendidas. Antología poética (2012).

 


21 agosto 2026

LA VOLUNTAD, POR FAVOR

 


Somos conscientes de que, a pesar de la crueldad que lleva aparejado el hecho existencial, la suerte o la generosidad del destino no es igual para los seres humanos. Unas personas realizan el camino con más benevolencia que otras. La suerte, qué duda cabe, influye sobremanera. También, por supuesto, es decisiva la voluntad y el esfuerzo personal. Resulta obvio que el sacrificio aportado a un proyecto de vida suele dar mejores resultados que aquéllos que renuncian al sacrificio para alcanzar determinadas metas en sus vidas.

Unos ciudadanos viven bien o extremadamente bien. Otros sufren carencias o lacerantes carencias. Ninguno está contento con lo que tiene. El que mucho posee, sufre por no tener más. El que prácticamente nada tiene, también sufre por poseer algo. Sólo sería más feliz, el que nada necesitase, fundamente en el aspecto material. Son las palabras del sabio: la persona más rica es la que menos necesita.

Partiendo de todas estas premisas, los seres humanos más desfavorecidos en lo material han de aplicar o arbitrar recursos, en ocasiones muy sofisticados, para “ganarse el pan” de cada día. Tenemos abundantes ejemplos a nuestro alrededor. Comentemos algunos, de especial escenificación y dramatismo.

Paseamos por núcleos urbanos de especial intensidad peatonal. Entonces observamos a personas, de muy diferentes edades, disfrazadas de la manera más curiosa o insólita. Mantienen el equilibrio en posturas de extremada dificultad. Sin moverse lo más mínimo. Durante minutos. Durante horas. Muchos viandantes se detienen al ver a estas posturas humanas inmóviles, reflejando sus rostros asombro y admiración. Unos toman fotos. Otros se fotografían junto a estas estatuas humanas contorsionadas. Los menos arrojan algunas monedas al cestillo que antecede al actor la escena. No has caminado muchos pasos, cuando pronto aparece otra de estas figuras inmovilizadas y a veces recubiertas de cremas, tinturas y apliques, bajo un sol de justicia. O con temperaturas ambiente por encima de los treinta grados centígrados.



Vemos también cómo algunos jóvenes están realizando difíciles piruetas en el aire, saltos acrobáticos o manejando objetos (aros de distintos colores, pelotas de goma, sombreros de amplio calado, etc.) con una destreza malabarista asombrosa. La mayoría de estos malabares, artistas de la destreza, aprovechan la parada de los vehículos ante un semáforo en rojo. Antes que los coches reanuden la marcha, dedican unos segundos para pasar el gorro o sombrero, junto a las ventanillas generalmente cerradas, recogiendo las monedas que los conductores, siempre con prisa, tengan a bien regalarles.


Hay en esas vías muy concurridas de público, en el centro de las ciudades, personas que con el atuendo de los payasos de circo entretienen y divierten, durante abundantes minutos, a la chiquillería que permanece sentada formando un círculo a su alrededor. Escenifican escenas jocosas y sencillas, juegos que motivan las sonrisas y las risas de los pequeños, quienes disfrutan del espectáculo junto a sus progenitores que permanecen de pie. Los aplausos por cada escenificación son continuos. La buena voz del actor es necesaria, aunque lo que más hace reír son las mímicas exageradas y los gestos cómicos de estos payasos callejeros (dicho sea, con todo respeto). Al finalizar cada uno de estos “pases” ofrecen el gran sombrero o gorra que cubre sus cabezas para recoger “la voluntad” de los mayores, monedas que tal vez les permita algún alimento para el almuerzo o la cena. 

Entre los artistas callejeros destaca siempre el juglar guitarrista. En ocasiones, junto al “tocador” instrumental va el “cantaor”. Acuden a las terrazas de los bares, cafeterías y restaurantes, entonando melodías muy conocidas o flamencas, predominando el género romántico. Generalmente el guitarrista se suele “defender” en su labor, pero el cantante las más de las veces deja mucho que desear en su actuación. A veces estos cantantes son personas muy mayores, que apenas tienen potencia de voz para que se les escuche, en medio del sonido ambiente. Cuando pasan el gorro o la propia guitarra para solicitar “la voluntad”, las personas generosas comentan en voz baja “a ver si se calla de una vez, porque me está dando la comida con su forma terrible de desafinar”.



En todos los lugares, y de manera especial en las zonas turísticas, nos encontramos numerosas personas, de todas las edades, que piden limosna o comida, a veces con un cartel escrito en un trozo de cartón, en el que explican algunas circunstancias desgraciadas de sus vidas. “Estoy en la calle sin hogar” “tengo hijos a quien alimentar” “estoy enfermo y necesito ayuda”. Algunos son acompañados por sus mascotas, perros y gatos, en situación de verdadera indigencia. Pueden leerse carteles escritor con el “I am hungry” Tengo hambre. Algunos pedigüeños, incluso bien presentados, con una maleta cercana, se sitúan en las puertas de los supermercados y cuando vas a entrar en el establecimiento te dicen “¿Puedo indicarle lo que necesito?

Dentro de los vagones del metro también aparecen cantautores viajeros que aprovechan los largos trayectos para entonar canciones, pasando de un vagón a otro. Lo usuarios de la línea soportan pacientemente esas breves entonaciones, obligadas porque no puedes “huir” de la situación hasta que no llegues a la próxima estación. En las horas punta, la densidad de viajeros dificulta incluso que el guitarrista “cantaor” pueda sostener su instrumental y lo que menos deseas en ese momento de agobio es escuchar a alguien, no famoso, cantando con dudosa pericia.

Desde luego hay que afirmar que son formas absolutamente honradas de ganarse la vida o de subsistir en la más profunda carencia e infortunio. 

Desde luego hay que afirmar que son formas absolutamente honradas de ganarse la vida o de subsistir en la más profunda carencia e infortunio. Para ello se utiliza y aplica el ingenio, motivando la generosidad o caridad de los viandantes o pasajeros. No siempre las fuerzas de seguridad permiten la actuación de estos artistas ambulantes.



UNA SINGULAR EXPERIENCIA de esta naturaleza, vivencia especialmente insólita, la “soportó” el autor de estas líneas hace escasos días, cuando viajaba en una línea de la empresa municipal de transporte, EMT, Ayuntamiento de Málaga. El trayecto de esta línea de bus era bastante largo, con numerosas paradas, lo cual era una ventaja para el protagonista de la acción. Eran aproximadamente las 18 horas de un caluroso día laborable. Una mujer joven, de color, que hablaba la lengua española aceptablemente para la comprensión, se puso de pie, en medio del autobús y de improviso, en vez de comenzar a cantar se puso a “predicar” con una elevada voz. Los viajeros mostraban en silencio su asombro, pues no esperábamos que se nos diera una homilía, sin interrupciones, en pleno viaje. Desconozco si pertenecía a alguna asociación religiosa (no se presentó como debía) testigo de Jehová o lo que fuese. Desarrollaba bien la lección, marcando los compases, la entonación y las inflexiones de voz, eso sí, “predicando” de una forma acelerada y de una manera bastante fanática. No sé cómo podía respirar esta joven con el ritmo expresivo que utilizaba. El mensaje de su intervención era claro de entender, ya que lo repetía una y otra vez, de forma machacona. Dios te quiere. Dios te protege. Dios murió en la cruz para salvarnos. Adoremos al Señor. Agradezcamos al Señor. Pidamos perdón al Señor. El conductor del vehículo no se inmutó ni intervenido para frenar aquella arenga religiosa no solicitada. Desde el centro del autobús la predicadora empezó a recorrer los sucesivos asientos con la repetitiva jaculatoria del dios de te ama, dios te cuida, dios te salva. Cuando pasaba por los asientos, preguntaba: ¿Amas a Jesucristo? No estábamos en una iglesia, capilla, colegiata, convento o monasterio, sino en el interior de una línea de bus, en un día de terral, con el aire acondicionado puesto a toda pastilla, fluyendo unos chorros de aire gélido lesivo para las gargantas. La morena “misionera”, sin vestimenta clerical, por supuesto, continuaba con su apostolado. Aguanté dos paradas y me bajé del bus con celeridad. Me sentí liberado de un espectáculo inesperado e inadecuado.



Volviendo al principio. La vida no trata a todos por igual. Es una triste e inevitable realidad. Muchos seres humanos son terriblemente infortunados. Y ya no sólo por las carencias materiales básicas, sino por cruentas enfermedades intensamente dolorosas, por genocidios criminales, por instituciones mundiales inoperantes, por guerras injustificables que asolan vidas, sin reparar en la edad o el respeto humano, con destrucción de ciudades enteras, por catástrofes y fenómenos naturales que arrasan todo lo creado, todo ello en un escenario de hipocresías, fanatismos, egoísmos, mentiras e ignominiosa impunidad. Esos infortunados seres, que viven en un mundo “desarrollado” y de consumismo compulsivo y patológico, o en sociedades muy arcaizadas en su atraso, merecen nuestro respeto, nuestra ayuda y nuestra comprensión. Hay que ser receptivo a esa frase de sólo cuatro palabras: LA VOLUNTAD, POR FAVOR. La solidaridad nos hace mejores. –


José L. Casado Toro

Agosto 2026

 


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