Artículo
de Enrique Ferrari, Vicedecano de
investigación de la Facultad de Artes y Ciencias Sociales, UNIR - Universidad Internacional
de La Rioja. Publicado en la revista digital The Conversation
Estos años la escritora argentina Mariana
Enriquez (sin tilde) parece estar en todas partes: en las librerías, en los
medios de comunicación, en la academia. No es lo habitual que, a un mismo
tiempo, se lea y estudie tanto a una escritora que solo tiene 50 años.
Pero su éxito sorprende aún más porque
escribe literatura de género, terror fantástico casi siempre, una temática que
genera suspicacias en muchos y que ella defiende con uñas y dientes. Y la defiende por su interés personal
(como lectora es un género que siempre le ha gustado), pero también como punta
de lanza de una reflexión de más calado en torno a su misión en la literatura,
que parece tener muy clara.
Por qué gusta a los lectores
Quienes
leemos cuentos conocimos a Mariana Enriquez con Los peligros de fumar en la cama (2009) y Las cosas que perdimos en el fuego (2016). Quienes no leen narraciones
breves llegaron a ella con Nuestra parte de noche, Premio Herralde de Novela en 2019. En
2024 publicó los relatos Un lugar soleado para gente sombría y también ha escrito crónicas y
ensayos, además de lanzar reediciones de sus novelas anteriores.
Nacida en Buenos Aires en 1973, es una de
las autoras más leídas y valoradas de la narrativa contemporánea en español
pero también tiene éxito en otros países, como Reino Unido o Estados Unidos.
Entonces, ¿a qué viene este interés?
En primer lugar, a los lectores les gusta Mariana Enriquez por su
destreza técnica para resolver las tramas, esquivando los lugares comunes, y
también por su habilidad para construir personajes complejos.
Les atrae mucho su actualización del terror fantástico, en la que
usa escrupulosamente los elementos del género para crear historias nuevas, no
previsibles. Enriquez renueva cada tópico al hacerlo suyo.
Además, su uso de esas tramas ofrece un enfoque demoledor de los
problemas sociales en la actualidad. Cada argumento es parte de un diagnóstico
muy bien pensado, que remite siempre al miedo como una de las emociones más
insistentes de nuestro tiempo. Se ha estudiado ya, por ejemplo, cómo
trata la violencia machista, el
maltrato a los niños, la aporofobia, la incomprensión social hacia las víctimas, la enfermedad o el trauma de la dictadura militar en Argentina.
Por qué gusta a los
académicos
Con todo, Enriquez no solo tiene éxito entre los lectores. Google Scholar devuelve
más de 3 200 resultados con su búsqueda. Scopus y Web of Science recogen
ya más de 70 artículos sobre ella (los dos últimos Premios Cervantes, juntos,
no llegan a cinco).
¿Qué es lo que ve el mundo académico en su literatura?
Valora su
poética, su teoría literaria, que es desacomplejada, renovadora, retadora,
audaz. También su reconstrucción de su propia genealogía literaria; su
propuesta de renovación del canon literario, sin deudas sobrevenidas. Nuestra parte de noche,
por ejemplo, es un verso de Emily Dickinson, traducido por la escritora
argentina Silvina Ocampo, mientras que “Las cosas que perdimos en el fuego” es el título de una canción de Bastille, la banda indie británica.
Destaca también su papel prescriptor. Enriquez ejerce de
introductora y guía de otros autores que le son cercanos o que le gustan,
fundamentalmente iberoamericanos y mucho más desconocidos que ella, en un
ejercicio que es de proselitismo (por qué no) pero también de crítica literaria
y de literatura comparada, aunque sea en primera persona. Es una lectora
abrumadora, certera y entusiasta.
Fantasmas de la sociedad
No hemos pasado por alto ni los lectores ni los académicos la
ambición de su escritura. Esta pretende dar una explicación compleja de la
realidad, sobre todo a partir de su comprensión de algo tan difícil de analizar
como el miedo como emoción primaria del sujeto al enfrentarse al mundo.
Por ejemplo, casi todos sus cuentos fantásticos son historias de
fantasmas. De estos, aproximadamente la mitad narran cómo los personajes son
poseídos por espectros que controlan su voluntad, obligándolos a agredirse a sí
mismos. En el plano técnico, esto le permite construir la historia con dos
niveles –el real y el fantástico– y sostener una ambigüedad bien consistente
que habilita ambas lecturas: pensar que el personaje padece un trastorno mental
o que realmente está poseído.
Pero, al mismo tiempo, abre la posibilidad de plantear un
tratamiento más complejo de la víctima, centrado en cómo la perciben y atienden
los otros personajes. Al confundirse víctima y agresor en un mismo cuerpo, se vuelve
más difícil solidarizarse con el poseído: para los testigos solo hay un
individuo haciéndose daño. Así, el personaje inicialmente agredido por el
fantasma recibe una segunda agresión por la falta de comprensión y el abandono
de su entorno, que lo identifica con el atacante. La víctima no es reconocida como tal; incluso se presenta ante los demás como una amenaza.
El terror como marcador
social
Lo que hay detrás de estas posesiones es la incomprensión hacia
quien sufre, un tema central en su narrativa. En su último libro de cuentos le
da otra vuelta de tuerca a esta tesis al proponer también que los fantasmas son
sujetos necesitados de cuidado, demandantes de cariño: ellos mismos son
víctimas de una estructura social incapaz de ocuparse de los más vulnerables.
Sin embargo, que muchos de sus protagonistas sean espectros no
encajona la narrativa de Mariana Enriquez en la literatura fantástica.
Ella ha dicho que lo
que le interesa es narrar el miedo, en cualquiera de sus formas. Y lo hace con
una narrativa decididamente liminar: en la frontera de los géneros, esas zonas
tan prometedoras, colmadas de posibilidades pero también de desasosiego;
en esa franja de tierra de nadie que queda entre los puestos
de control (con la fórmula que toma
del escritor inglés de ciencia ficción J. G. Ballard). Eso es lo que nos gusta
de su literatura: su capacidad para desquiciar la realidad y mostrárnosla más
desprevenida.
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