Tras estas largas semanas
—escandalosamente lluviosas— ha salido
de nuevo el sol y hemos disfrutado durante unos pocos días de un adelanto primaveral que
lo cambia (casi) todo. La luz de esta tierra ilumina de una forma especial el
panorama y aleja los pensamientos negativos. Pero ¡ay! la realidad, la cruda
realidad, siempre termina por imponerse. Todo cuanto percibimos a través de las
distintas pantallas: las de los teléfonos, la televisión, o lo nos llega por
los oídos: la radio, los comentarios de compañeros y amigos, etc. no animan a ilusionarse
con la situación que nos rodea.
Ucrania
sigue ahí: sin calefacción y con varios grados bajo cero, y los drones rusos
sobrevolando y causando víctimas. Y también Gaza, que ha perdido la terrible
actualidad que nos encogía el ánimo y que sigue sufriendo el abandono, el
hambre y unas miserables condiciones de vida, y otros muchos lugares de este
planeta a los que ni se nombra y que sufren males parecidos.
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Los párrafos anteriores los escribí
hace una semana (el viernes pasado) y en estos siete días transcurridos se ha
confirmado lo que muchos temíamos. Y casi me he quedado bloqueada, incapaz de
continuar con el artículo que me había propuesto escribir y sin conseguir
hilvanar los argumentos necesarios para terminarlo. El laberinto que supone
reflexionar sobre la actualidad mundial resulta inextricable. Y empleo este adjetivo
porque me parece que la confusión se eleva a límites superlativos.
Trump y Netanyahu, encantados de
haberse conocido y sumergidos en esta ola destructiva que se amplía cada vez
más, no parecen mantener un discurso lógico sobre el fin que persiguen con esta
guerra. (Imagino que, como siempre, habrá importantes intereses detrás).
Israel, o su cruel gobernante, trata de limpiar de enemigos sus fronteras y
Trump enriquecer, aún más, la industria armamentística americana y aprovecharse
de las riquezas (leáse petróleo) de la antigua Persia.
Y tenemos a Europa, con el paso
cambiado, titubeante y en la difícil tarea de armonizar veintiocho voluntades,
las de los países que la integran. Y mientras unos gritan ¡no a la guerra!
envían fragatas en son de paz y otros se muestran discretos pero también
colaboran en el “batiburrillo” de esta actualidad perturbada. El mundo es un
enorme manicomio y a muchos de sus dirigentes convendría ponerles una camisa de
fuerza.
Y me queda por analizar al tercer
dictador tal y como prometí en un artículo anterior: Xi Jinping. Pero dada su actitud cautelosa en el momento
presente y haberse alejado del foco que nos deslumbra le voy a dar
“cuartelillo”, al menos durante un par de semanas más.
Quiero recordarles que “siempre que
llueve escampa”, que “tras la tempestad llega la calma”. Confiemos, por tanto,
en que las “aguas vuelvan a su cauce”. Y en otro caso, como último recurso, nos
queda Marte. En la tierra que extrajeron de este planeta ha germinado la planta
de los garbanzos. Al menos allí no pasaremos hambre.




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