08 marzo 2026

DÍA DE LA MUJER

 


El origen de conmemorar este día se remonta a marzo de 1909, en Estados Unidos: era una huelga pacífica de mujeres por la reclamación de salarios más dignos, reducción de jornada a diez horas diarias y el fín del trabajo infantil. Por esta reivindicación, 129 mujeres obreras murieron abrasadas por el fuego en la fábrica Cotton Textile Factory, en un incendio provocado por sus propios dueños.

De ahí a 1975, la Organización de las Naciones Unidas instauró el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Está claro que se tomaron su tiempo en decidirlo.

Con los años ha pasado a ser el Día Internacional de la Mujer, lo de trabajadora se ha apeado del título porque ya se nos supone…

Desde entonces hasta ahora ha habido diferentes cambios, pocos para unas y muchos para otros, pero algo innegable es que ese camino las mujeres lo han labrado desde muy atrás y no por añadir algunos ismos, como recién inventados, palabras novedosas como cosificación, empoderamiento o sororidad, pancartas y lazos morados, se es más mujer o más feminista.

Ser mujer es la condición humana que llevamos con orgullo desde nuestro nacimiento. Podría decir que todas, en todos los momentos de la historia, cada una a su manera, ha sabido defender. Aunque la Justicia no es capaz de parar tantas muertes de mujeres inocentes con sus vidas y las de sus hijos truncadas. Es una asignatura pendiente que las leyes no resuelven.   

Aun así, me atrevería a asegurar que la genética nos provee de habilidades especiales para haber llegado hasta nuestros días sorteando muchísimas dificultades. Generación tras generación los logros nos hacen más hábiles para conseguir, a base de trabajo y esfuerzo, lo que cada mujer considera digno para ella como persona, con independencia de colores o escarapelas.

Como ejemplo, y por aquello de la fuerza de las palabras, transcribo un párrafo sobre las mujeres ventaneras: las que contemplaban el mundo a través de los cierres acristalados de sus casas o ventanas. La gran escritora Carmen Martín Gaite en su libro Desde la ventana, ensayo publicado en 1987, no pudo contarlo mejor. 

 

 Esperanza Liñán Gálvez


DESDE LA VENTANA de Carmen Martín Gaite 

                                                                                         

Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos. En todos los claustros, cocinas, estrados y gabinetes de la literatura universal donde viven las mujeres existe una ventana fundamental para la narración, de la misma manera que la suele haber también en los cuartos inhóspitos de hotel que pintó Edward Hopper y en las estancias embaldosadas de blanco y negro de los cuadros flamencos. Basta con eso para que se produzca a veces el prodigio: la mujer que leía una carta o que estaba guisando o hablando con una amiga mira de soslayo hacia los cristales, levanta una persiana o un visillo, y de sus ojos entumecidos empiezan a salir enloquecidos, rumbo al horizonte, pájaros en bandada que ningún ornitólogo podrá clasificar, cazar ningún arquero ni acariciar ningún enamorado y que levantan vuelo hacia el reino inconcreto del que solo se sabe que está lejos, que no lo ha visto nadie y que acoge a todos los pájaros ateridos y audaces, brindándoles terreno para que hagan su nido en él unos instantes.


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