El origen de conmemorar este día se remonta a marzo
de 1909, en Estados Unidos: era una huelga pacífica de mujeres por la
reclamación de salarios más dignos, reducción de jornada a diez horas diarias y el fín del trabajo infantil. Por esta
reivindicación, 129 mujeres obreras murieron abrasadas por el fuego en la
fábrica Cotton Textile Factory, en un
incendio provocado por sus propios dueños.
De ahí a 1975, la Organización de las Naciones
Unidas instauró el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer Trabajadora.
Está claro que se tomaron su tiempo en decidirlo.
Con los años ha pasado a ser el Día Internacional
de la Mujer, lo de trabajadora se ha apeado del título porque ya se nos supone…
Desde entonces hasta ahora ha habido diferentes
cambios, pocos para unas y muchos para otros, pero algo innegable es que ese
camino las mujeres lo han labrado desde muy atrás y no por añadir algunos
ismos, como recién inventados, palabras novedosas como cosificación, empoderamiento
o sororidad, pancartas y lazos morados, se es más mujer o más feminista.
Ser mujer es la condición humana que llevamos con
orgullo desde nuestro nacimiento. Podría decir que todas, en todos los momentos
de la historia, cada una a su manera, ha sabido defender. Aunque la Justicia no
es capaz de parar tantas muertes de mujeres inocentes con sus vidas y las de
sus hijos truncadas. Es una asignatura pendiente que las leyes no resuelven.
Aun así, me atrevería a asegurar que la genética
nos provee de habilidades especiales para haber llegado hasta nuestros días sorteando
muchísimas dificultades. Generación tras generación los logros nos hacen más hábiles
para conseguir, a base de trabajo y esfuerzo, lo que cada mujer considera digno
para ella como persona, con independencia de colores o escarapelas.
Como ejemplo, y por aquello de la fuerza de las
palabras, transcribo un párrafo sobre las mujeres ventaneras: las que
contemplaban el mundo a través de los cierres acristalados de sus casas o
ventanas. La gran escritora Carmen Martín Gaite en su libro Desde la ventana, ensayo publicado en
1987, no pudo contarlo mejor.
Esperanza
Liñán Gálvez
DESDE LA VENTANA de Carmen Martín Gaite
Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se
acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines
ignotos. En todos los claustros, cocinas, estrados y gabinetes de la literatura
universal donde viven las mujeres existe una ventana fundamental para la
narración, de la misma manera que la suele haber también en los cuartos
inhóspitos de hotel que pintó Edward Hopper y en las estancias embaldosadas de
blanco y negro de los cuadros flamencos. Basta con eso para que se produzca a
veces el prodigio: la mujer que leía una carta o que estaba guisando o hablando
con una amiga mira de soslayo hacia los cristales, levanta una persiana o un
visillo, y de sus ojos entumecidos empiezan a salir enloquecidos, rumbo al
horizonte, pájaros en bandada que ningún ornitólogo podrá clasificar, cazar
ningún arquero ni acariciar ningún enamorado y que levantan vuelo hacia el
reino inconcreto del que solo se sabe que está lejos, que no lo ha visto nadie
y que acoge a todos los pájaros ateridos y audaces, brindándoles terreno para
que hagan su nido en él unos instantes.


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