27 enero 2026

REFLEXIONES DE INVIERNO

 

Este verano pasado tuve el tiempo y las ganas de recapacitar en el blog sobre los acontecimientos que se iban sucediendo y que me movían  a expresarme sobre ellos y sus consecuencias. Hubo compañeros que me comentaron también sus impresiones y se estableció una especie de diálogo a distancia  creo que enriquecedor.

Llegó el otoño.  El regreso a las clases de la universidad, a preparar las  diversas actividades de Amaduma, y también las personales, apagó ese deseo de comunicar por escrito lo que pasaba por mi cabeza. O quizá también, porque esa estación es más serena, y puede que no hayan ocurrido grandes conmociones en estos últimos meses. Y si las ha habido estaban relacionadas con la política: corrupciones diversas, jueces, juzgados, condenas… Un laberinto en el que es muy fácil perderse y se corre el peligro de no encontrarse.

Pero ¡ay amigos!  El invierno  ha llegado y lo ha hecho sin concesiones. Un invierno que ha recuperado su razón de ser: el frío, la lluvia, la nieve y toda esa serie de borrascas  a las que  bautizan (supongo que de forma laica)  y que  llevan nombre  de forma políticamente correcta: uno masculino, otro femenino… La igualdad por decreto. Sobre todo en cuestiones baladíes. En las importantes es más difícil mantenerla.

Pues bien, este invierno ha estallado un volcán eruptivo y demoledor, una ciclogénesis explosiva y nos ha conmocionado a todos. Me estoy refiriendo al trágico accidente de Adamuz, al descarrilamiento y choque de dos trenes en vías contrarias que ha supuesto la pérdida de cuarenta y cinco vidas de un modo aparentemente incomprensible.

Tratan de explicárnoslo: Las vías se habían renovado completamente (ahora completamente no tiene el mismo significado); teníamos el sistema de alta velocidad mejor del mundo (incluso proyectaban aumentarlo en breve), todo era muy guay, maravilloso, vivíamos en el mejor de los mundos posibles. La realidad no entiende de ensoñaciones y hace su aparición de forma cruda. No concede treguas.

Y tenemos cuarenta y cinco familias rotas: niños sin padres, padres sin hijos, jóvenes sin futuro… Terrible. No podemos ni acercarnos con el pensamiento al dolor que arrastran esos familiares y al agujero negro en el que los han sumergido.

No quiero olvidarme del maquinista, también fallecido, en Cataluña. ¿Cómo puede derrumbarse un muro que sostiene un puente? ¿No hay previsión para una lluvia más intensa de lo normal? De ser así en Galicia no existirían muros ni puentes. Todos se habrían derrumbado.

Termino por hoy. Pero me temo que esto solo acaba de comenzar.

MAYTE TUDEA


26 enero 2026

EL PALACIO DE LA ALHAMBRA

 

Un cuento de Washington Irving

 

En mayo de 1829, acompañado por un amigo, miembro de la Embajada rusa en Madrid, capital de España, inicio el viaje que había de lle­varme a conocer las hermosas regiones de Andalucía. Las amenas incidencias que matizaron el camino se pierden ante el espectáculo que ofrece la región más montañosa de España, y que comprende el antiguo reino de Granada, último baluarte de los creyentes de Mahoma.

En un elevado cerro, cerca de la ciudad, se ha construido la antigua fortaleza rodeada de gruesas murallas y con capacidad para albergar una guarnición de cuarenta mil guerreros.

Dentro de ese recinto se levantaba la residencia de los reyes: el magnífico palacio de la Alhambra. Su nombre deriva del término Aljamra, la roja, porque, la primitiva fortaleza llamábase Cala-al-hamra, es decir, castillo o fortaleza roja.

Sobre sus orígenes no están de acuerdo los investigadores. Para unos la fortaleza fue construida por los romanos; para otros, por los pueblos ibéricos de la comarca y luego ocupada por los árabes al conquistar el territorio de la península.

Expulsados los moros de España, los reyes cristianos residían en ella por breves temporadas. Después de la visita de Felipe V, el palacio cayó en el más completo abandono.

La fortaleza quedó a cargo de un gobernador con numerosa fuerza militar y atribuciones especiales e independiente de la autoridad del capitán general de Granada.

Para llegar a la Alhambra es necesario atravesar la ciudad y subir por un accidentado camino llamado la “Cuesta de Gomeres”, famosa por ser citada en cuantos romances y coplas corren por España.

Al llegar a la entrada de la fortaleza, llama la atención una grandiosa puerta de estilo griego, mandada construir por el emperador Carlos V.

Ante ella, en banco de piedra, dormitaban dos viejos y mal uniformados soldados, mientras que el centinela (por su edad debía ser una verdadera reliquia militar) conversaba con un zarrapastroso individuo que al punto se me ofreció como guía y buen conocedor de la Alhambra.

Con cierto recelo acepté sus servicios, los que más tarde resultaron de mucha utilidad. Seguimos por un camino cubierto por frondosos árboles, pudiendo ver a nuestra izquierda las cúpulas del palacio, y a la derecha, las célebres Torres Bermejas, cuyo color rojo herían los rayos del sol.

Subiendo la sombreada cuesta, llegamos a una fortificación construida para defender la entrada de los fuertes y que recibe el nombre de barbacana. Ella guarnecía la “Puerta de la Justicia” porque en aquel lugar solían reunirse los jueces para atender pequeños asuntos. Atravesando esta torre se observa la “Plaza de los Aljibes”, donde los moros han perforado profundos pozos que surten a la fortaleza de agua fresca y cristalina.

Frente a la plaza se encuentra, a medio construir, el palacio que, según Carlos V, debía eclipsar en belleza todas las artes árabes.

Pasando por él, entramos con cierta emoción al palacio de la Alhambra. Nos creímos elevados a lejanos tiempos y rodeados de personajes de leyenda.

Con suma curiosidad examinamos el gran patio cubierto por lajas de mármol, denominado el “Patio de la Alberca”, en cuyo centro luce un estanque de cuarenta metros de largo por diez de ancho, lleno de pececillos de colores y rodeado de hermosas flores.

En uno de los extremos del patio se encuentra la Torre de Comares, mientras que por su frente, después de atravesar un artístico arco, se entra en el célebre “Patio de los Leones”. En su centro, la famosa fuente, apoyada en doce leones, arroja tenues hilos de agua, que magnifican las hermosas filigranas sostenidas por delicadas columnas de mármol blanco.

Sobre el patio da la maravillosa “Sala de las Dos Hermanas”, cuyas paredes cubre un zócalo de vistosos azulejos, en los que están pintados los escudos de los reyes y que contribuye a destacar los artísticos relieves y vívidos colores que adornan las paredes.

Frente a esta cámara se encuentra la “Sala de los Abencerrajes”, donde, según la leyenda, encontraron la muerte los miembros de esa familia, rival de los Zegríes.

La Torre de Comares y un original deporte volvimos sobre nuestros pasos para visitar la célebre torre que lleva el nombre de su constructor, donde se encuentra la renombrada “Sala de los Embajadores”, artísticamente decorada, y el “Tocador de la Reina”‘, especie de minarete donde las bellas princesas se distraían en la contemplación del paisaje que rodea la fortaleza.

Un fresco amanecer resolvimos ascender a la elevada torre para admirar desde ella la hermosa vista de Granada y sus fértiles caronpiñas.

Debimos subir por una larga, oscura y peligrosa escalera en caracol que nos impuso varios descansos hasta conseguir llegar a lo alto. Desde allí íbamos contemplando los lugares más renombrados de la Alhambra. A nuestros pies se abría paso entre las montañas el “Valle del río Darro”, cuyas arenas arrastran partículas de oro. Al frente se elevaba, en lo alto de una colina, “El Geeneralife”, soberbio palacio donde los reyes moros, pasaban los meses de verano. Luego fijamos nuestra vista en el concurrido paso que lleva el nombre de “Alameda de la Carrera de Darro” y en “La Fuente del Avellano”. Luego, en un desfiladero conocido peor el “Paso de Lope” y el “Puente de los Pinos”, famoso, no tanto por los sangrientos combates que libraron cristianos y moros, sino porque allí Cristóbal Colón, descubridor de América, fue alcanzado por un enviado de la reina Isabel, cuando, convencido de que nada podía hacer España, se dirigía a Francia para someter a consideración del rey de ese país su magnífico proyecto.

Después de admirar el paisaje, cuando el sol hacía imposible nuestra permanencia en aquel lugar, nos disponíamos a descender; observamos, con gran sorpresa, que en una de las torres de la Alhambra dos o tres muchachos agitaban largas cañas, como si quisieran pescar en el aire.

Nuestro asombro creció al ver que en otros lugares ocurría lo mismo. No había muralla o torre a la que no se hubiesen encaramado los singulares pescadores.

Preocupados y haciendo toda clase de suposiciones, llegamos al “Patio de los Leones”, desde donde buscamos a nuestro sapiente guía. No tardamos en dar con él, y con ello desapareció el misterio que tanto nos daba que pensar.

Las abandonadas ruinas de la Alhambra se habían convertido en un prodigioso criadero de golondrinas y alondras, que revoloteaban en cantidad sobre las torres.

¿Qué mejor pasatiempo que el de cazarlas por medio de anzuelos encebados con apetitosas carnadas?

¡Pescar en el cielo!

He aquí el grato y productivo deporte inventado por los habitantes de la Alhambra.

FIN

24 enero 2026

CITAS PARA REFLEXIONAR

 

“Por muy difícil que parezca la vida, siempre hay algo que puedas hacer y en la que puedas tener éxito.”

 


Stephen Hawkings: Oxford 1942 – Cambridge 2018 ; físico teórico, astrofísico, profesor universitario, heredero de la Cátedra de Newton y considerado como el mayor genio del Siglo XX después de Albert Einstein; colaboró con Roger Penrose en el estudio de “singularidades y modelos matemáticos para el espacio-tiempo” centrándose posteriormente sus estudios en “Los Agujeros Negros y el Big-Bang”; entre otros nombramientos fue, Miembro de la Royal Society, Orden Imperial Británica, Premio Príncipe de Asturias 1989, 12 titulaciones Doctor Honoris Causa de distintas universidades, etc; afectado por la ELA en su juventud, quedó completamente paralizado en una silla de ruedas y con un aparato especial que reproducía su voz, sin embargo conservó sus facultades mentales lo que le permitió seguir con sus investigaciones ; está enterrado en la Abadía de Westminster junto a Isaac Newton y Charles Darwin; se recomienda la lectura de “Historia del tiempo : “Del big bang a los agujeros negros” y ver la película “La teoría del todo”.


UN POEMA PARA EL SÁBADO: ANTONIO GAMONEDA

 

Invierno

La nieve cruje como pan caliente
y la luz es limpia como la mirada de algunos seres humanos,
y yo pienso en el pan y en las miradas
mientras camino sobre la nieve.

Hoy es domingo y me parece
que la mañana no está únicamente sobre la tierra
sino que ha entrado suavemente en mi vida.

Yo veo el río como acero oscuro
bajar entre la nieve.
Veo el espino: llamear el rojo,
agrio fruto de enero.
Y el robledal, sobre tierra quemada,
resistir en silencio.

Hoy, domingo, la tierra es semejante
a la belleza y la necesidad
de lo que yo más amo.


Antonio Gamoneda

De: Blues castellano, 1982

 

Antonio Gamoneda (Oviedo, 30 de mayo de 1931) es una de las figuras fundamentales de la poesía contemporánea. Ha vivido toda su vida en León, donde se trasladó con su madre a los tres años, y esta ciudad ha marcado notablemente su trayectoria poética. Trabajó en el Banco Mercantil durante más de veinte años y formó parte de la resistencia intelectual al franquismo.

Poeta personalísimo, el proceso de recepción de su obra fue lento y difícil. Perteneciente por edad al grupo poético del 50, se dio a conocer con su primer poemario, Sublevación inmóvil, finalista del premio Adonais, pero su fama sólo se consolidó al recibir, en 1985, el Premio Castilla y León de las Letras. Dos años después fue galardonado con el Premio Nacional, y ya en el año 2006 se le otorgó el Premio Cervantes.


23 enero 2026

DIÁLOGOS SOBRE LA VIDA

 


El diálogo entre las personas es una de las posibilidades más importantes que tenemos los seres humanos, para nuestro enriquecimiento cultural y la apertura relacional. Resulta evidente que los libros, las instituciones regladas formativas (escuelas, institutos, universidades) la “infinita revolución de Internet, los medios de comunicación (prensa, radio, televisión), las redes sociales, los centros culturales, etc. todo ello nos aporta amplia y variada información de manera continua y en la mayoría de las ocasiones de forma gratuita.

Pero esa lúcida facultad de poder hablar con un interlocutor es un recurso natural y fascinante en su valor. Ese amable compañero de charla nos facilita una información que ha sido generada por algo tan sutil, enriquecedor y misterioso como es el ejercicio de la vida. Vamos a comentar algunos significativos ejemplos que avalan y sustentan esta afirmación.

Vamos caminando por el entorno natural y nos encontramos con UN HOMBRE DEL CAMPO. En su modesta apariencia acumula bastantes años en su memoria. Ha podido ser labrador, pastor, cabrero, leñador, ganadero. Nos acercamos a él y tras los buenos días observamos un rostro curtido por el sol y agradecido por nuestra atención. A Demetrio, sin duda, le agrada hablar, expresarse, ser escuchado, acerca de lo que le preguntamos (especialmente, si tiene relación con el campo. En su experiencia tiene mucho que decir y aportar. Lo hace con generosidad, tratando de que se le entienda. El ritmo expresivo es pausado, lento, casi teatral, porque para este campesino las prisas, los relojes y las aceleraciones, carecen de sentido. La información que nos facilita es de primera mano, pues la ha obtenido a través de la experiencia, con su duro trabajo, sometido a la rudeza de los cambios del tiempo, en cada hora y día, a través de muchos años. Larga vida laboral trabajando la tierra, cuidando a los animales y aprendiendo sobre su entorno. Primero fue la radio y después la televisión. Nos dice, con sencilla franqueza, que no necesita de “aparatos” para saber la hora del día ni para conocer la temperatura del aire. “Yo le puedo asegurar cuando va a llover, si va a venir una helada y si el viento soplará de aquí o de allá”.

Nos contará también que muchas de las medicinas, que le recetan los médicos para aliviar las dolencias, él puede conseguirlas eligiendo determinadas hierbas del campo. De inmediato comenta una serie de problemas corporales, aclarando que, para cada dolencia, hay una hierba apropiada que alivia e incluso cura. Demetrio se enorgullece de ser un buen “chef de restaurante” pues sabe mezclar los alimentos, básicamente naturales, para conseguir platos suculentos y exquisitos. Si se nos ocurre preguntarle por el estado del mundo, sabe hacer un resumen asombrosamente lúcido, aunque reconoce que apenas sabe leer y aplicar las “cuatro reglas” de la aritmética. Explica que vivimos en un mundo enloquecido por el dinero, en donde los ricos tienen cada vez más poder y los pobres más necesidad. Él tiene la suerte de vivir en plena naturaleza, alejado de tantas ambiciones y falsedades que viajan por todo el planeta. Un mundo que no sabe bien para dónde ir.  

Al final nos despedimos con un “a la paz de dios”, no sin antes haberte dejado con sus palabras y gestos un rico bagaje de sabios y prácticos consejos para sobrellevar la existencia, Su generosidad es admirable y su sencillez positivamente envidiable.



Hay también otros “tertulianos” que en el curso de su trabajo apenas pueden estar callados. Y a poco que les des un enlace temático ya no dejarán de parlotear. La necesidad de hablar y dialogar difícilmente pueden reprimirla. Nos estamos refiriendo al PELUQUERO y al TAXISTA. El paralelismo entre uno y otro profesional se define en la necesidad de comunicar, mientras están realizando su trabajo. El peluquero tiene algo de más tiempo para ese diálogo o monólogo, aunque el taxista puede tener una “carrera” larga y entonces el tiempo para dialogar con el cliente se amplía. En uno y otro caso, normalmente los clientes no suelen preguntarles. Son ellos quienes, con más o menos tacto o discreción, realizan preguntas que puedan abrir temáticas para el diálogo. Son personas “de ciudad” y las cuestiones en las que sienten más a gusto son de naturaleza sociopolítica, económica o costumbrista. Se cuenta alguna anécdota acerca de un famoso profesional de la tauromaquia, quien, estando sentado en el sillón de una peluquería, a la pregunta del barbero sobre qué servicio deseaba, aquél le respondió (no era la primera vez que estaba en manos de ese locuaz barbero) con brevedad y firmeza: “que se calle”.


No podemos olvidarnos de otras personas a quienes también les agrada y necesitan “hablar de lo que sea”. Son los JUBILADOS, cuya acción de comunicar y escuchar se agudiza cuando no tienen en casa a nadie más con el que poder contactar. Hacen todo lo posible por iniciar el intercambio de las palabras, debido a que su capacidad expresiva la tienen “bloqueada” por no tener a quien los escuche. Se esfuerzan en hacer nuevos amigos “en donde sea y cuando se pueda”. Estos jubilados urbanos, también, por supuesto, los que residen en el ámbito rural, han ido acumulando en su itinerario vital numerosas y variadas experiencias. Les gusta que la gente les pregunte. También se sienten felices, respondiendo a esas personas más jóvenes, que los tratan con discreción y respeto. Cuando no tienen interlocutor para intercambiar sus opiniones, su tiempo lo van dibujando con lentos paseos, tantas veces sin norte o destino. Cuando se sienten cansados toman asiento, contemplando ese horizonte marítimo, vegetal o urbano, “hablando” en silencio con esos atardeceres que nos despiden del día cuando llega la noche. No pocas veces se van recreando en la nostalgia de sus recuerdos, anhelos y frustraciones.

Concluyendo, el diálogo es bueno, necesario y didáctico, para enriquecer la experiencia y lúcidamente terapéutico contra el acre nublado de la soledad. No importa que nuestro interlocutor carezca de títulos y prebendas universitarias. Su cultura, procedente del recorrido por la vida, tiene el valor testimonial de lo verdadero y la sencillez transparente de la proximidad. Cuando hablemos con alguno de estos hombres del campo, hay que tratarlos con respeto, tanto por la edad, como por la sabiduría que han sabido ir acumulando en sus mágicas alforjas. Son “ilustres licenciados” por la Universidad de la Vida.


Es obvio que practicar el diálogo tiene unas REGLAS BÁSICAS. Los tiempos de intervención deben ser equilibrados, para cada interlocutor. Hay que respetar las opiniones que no compartimos, exponiendo “sin enfados” nuestros particulares puntos de vista. En ningún momento se debe menospreciar o infravalorar a la persona con la estamos hablando. Cuando estemos en tiempos de “crispación” social, deben evitarse determinados temas que pueden ser conflictivos en su deriva. De manera especial, los de naturaleza política. Todo diálogo puede reportarnos enseñanzas y valores. La cortesía y las buenas formas deben ser inexcusables. -
 


José L. Casado Toro

Enero 2026

 





21 enero 2026

¿QUIÉN COMPUSO EL REQUIEM DE MOZART?

 

Artículo de Miguel Ángel Marín, Musicología, Universidad de La Rioja. Publicado en la revista digital The Conversation

Ninguna obra canónica del arte occidental ha suscitado un problema tan crítico sobre su autoría como el famoso Réquiem, (parcialmente) compuesto por Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791).

El hecho de que su muerte fuera relativamente imprevista, con apenas treinta y cinco años, disparó una serie de fantasías que, alimentadas por la épica del Romanticismo, acabarían incrustadas en el imaginario de todos los oyentes. Tal ha sido el efecto del mito mozartiano que sus últimos coletazos todavía perduran en la actualidad en la oscarizada película Amadeus, dirigida por Miloš Forman hace cuatro décadas.

Pero el resultado más demoledor de la muerte temprana de Mozart fue la imposibilidad de concluir la misa de difuntos que le habían encargado pocos meses antes. De las catorce secciones que conforman el Réquiem, solo pudo culminar las dos primeras. Otras ocho quedaron en borrador y de las cuatro últimas no llegó a esbozar material alguno.

En este estado era imposible interpretar la obra, que parecía así irremediablemente condenada al olvido en un rincón del catálogo mozartiano, como embrión de lo que pudo haber llegado a ser.

Retomando la tarea

Sólo el tesón de su viuda Constanze cambió el destino. Movida por el aliciente de cobrar el encargo y honrar la memoria de su marido, encomendó al compositor Franz Xaver Süssmayr, uno de sus discípulos, la tarea titánica de completar la obra del maestro.

Süssmayr fue el responsable de dos operaciones sustantivas que nunca llegaron a ser del todo reconocidas en el ámbito público de la interpretación. La primera fue completar las ocho secciones esbozadas (del Dies irae al Hostias) añadiendo nuevos materiales y orquestando el torso que había ideado Mozart.

 

Y la segunda, más complicada, fue componer al completo las tres secciones finales (SanctusBenedictus y Agnus Dei), para las que no había ningún borrador de partida. Para aliviar la magnitud del encargo, y con el fin de garantizar cierta coherencia, Süssmayr optó por reutilizar la música de las dos primeras secciones para la Lux aeterna final, simplemente sustituyendo un texto por otro. Sin su intervención, la obra probablemente nunca hubiera entrado en el repertorio canónico.

Completada la operación, el Réquiem pudo entonces recibir su estreno trece meses después, en enero de 1793. Con la publicación de la partitura en Leipzig en 1800, la obra se propagó rápidamente por todos los rincones de Europa, incluidas muchas ciudades españolas: desde centros capitales como Madrid, Barcelona, Sevilla y Zaragoza a poblaciones más modestas como Olot, Mondoñedo, Orihuela y Cervera.

 

La indefinición de la autoría

Pero quizá sin ser del todo consciente, con este proceso de difusión Constanze había dado pie a uno de los debates más agitados y controvertidos que nunca se han visto en la historia de la música: el de la verdadera autoría de la composición. ¿Qué partes de la obra que todos conocían eran realmente de Mozart y cuáles habían surgido de la pluma de Süssmayr?

Las polémicas entre musicólogos sobre este espinoso asunto se han sucedido en olas desde entonces. Pero ninguna ha evitado que se acabara estableciendo la práctica de atribuir el Réquiem en exclusiva a Mozart. Los carteles anunciadores, los programas de mano y las críticas de conciertos han obviado durante estos dos siglos la imprescindible participación de Süssmayr en la finalización de la obra.

A partir de la década de 1970 empezaron a plantearse propuestas alternativas en el ámbito de la musicología. ¿No era posible, a partir de los autógrafos conservados, imaginar el Réquiem que Mozart hubiera podido componer de haber vivido algún tiempo más? A fin de cuentas, todos los expertos coincidían en que Süssmayr, con todo su mérito, era un compositor de oficio pero de talento modesto, que además había trabajado con la presión psicológica de someterse a la equiparación con un genio.

 

‘Recuperar’ un Réquiem inexistente

De modo que en las últimas décadas han surgido una veintena larga de versiones alternativas del inacabado Réquiem que modifican la versión “original” en grados muy diversos, en ocasiones incluso extremos. El avance en la investigación de las fuentes mozartianas y la continua actualización de los principios de la filología musical demandan nuevas ediciones que integren estos desarrollos.

Además, en la medida en que conocemos mejor los procedimientos compositivos de Mozart, las prácticas litúrgicas de su entorno y la técnica compositiva del propio Süssmayr, es posible evaluar con más precisión la edición de 1800 y proponer realizaciones mejor fundadas históricamente. La idea quimérica de reconstruir el Réquiem ha inspirado tácitamente muchos de estos intentos.

La conclusión inapelable que podemos extraer hoy de este complejo panorama es que esa empresa, la de completar el Réquiem mozartiano en su versión perfecta y definitiva, no es solo una operación difícil: es sencillamente imposible.

Existe una tensión irresoluble entre dos facciones. Por un lado, quienes abogan por una versión originada en el círculo vienés del compositor, que suene como tal y transmita la visión única e irrepetible de quienes vivieron en ese preciso lugar y momento (ideales que encarna la versión de Süssmayr). Por el otro, quienes sostienen que, precisamente gracias a la gran distancia estilística que nos separa de Mozart, ahora resulta mucho más fácil que entonces observar los detalles de su lenguaje y codificarlo de una manera más objetiva. Solo nos queda esperar a que la inteligencia artificial haga pronto su propia propuesta.

Si este dilema no tiene una solución definitiva, al menos podemos promover una aproximación más transparente a este complejo asunto: consignar siempre quién es el autor, junto a Mozart, de la versión que se esté interpretando o grabando.

El reconocimiento de esta autoría secundaria en nada eclipsa la grandeza mozartiana. Más bien, si acaso, la dignifica al recordarnos la grandeza de cómo un fragmento musical ha podido desplegar una de las composiciones más extraordinarias de la historia de la humanidad.

 

19 enero 2026

EL PÁJARO AZUL

 

Un cuento de Francisco Ayala

 

“Mira, mira qué pájaro tan hermoso, allí, en el árbol, allí arriba; qué colores”, casi gritaste corriendo hacia la ventana, llamándome a la ventana.

 

Habíamos pasado un rato en silencio, y escuchábamos a los pájaros cantar fuera, en aquella neblina, con aquel viento. “Esos pobres petirrojos se obstinan en cantar –había observado yo-. Por más que llueva y haga un viento frío, ellos cantan: reclaman la primavera prometida.” Y fue entonces cuando viste tú agitarse allá al fondo, grande, azul, en lo alto de una rama, a ese pájaro de belleza única, y me atrajiste a compartir tu admiración, tu júbilo.

 

Pero en seguida pudimos darnos cuenta de que no era tal ave. Lo que se movía en el árbol extendiendo y agitando con frenesí su oscuro azul, no era un ave; era quizá un trapo, un jirón de tela prendido a las ramas en el viento.

Por consolarte, te dije yo (y así lo sentía): “Querida: es más hermoso y me gusta más que si hubiera sido de verdad, porque ese pájaro lo has creado tú, tú lo has inventado, es obra tuya.” Pero al mismo tiempo que te lo decía me acudió este pensamiento: Si no seré yo también una invención de tus ojos magos, y algún día, en algún momento...


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