Artículo
de Fernando Díez Ruiz, Professor,
Faculty of Education and Sport, Universidad de Deusto Elene Igoa Iraola, Profesora e Investigadora Universitaria,
Facultad de Ciencias de la Salud, Universidad de Deusto. Publicado en la
revista digital The Conversation
¿Recuerda aquellos veranos de la infancia que parecían
eternos? Días interminables jugando en la calle, disfrutando con los amigos,
noches que se alargaban entre juegos y risas. Sin embargo, al crecer y hacernos
más mayores, los periodos de vacaciones parece que no duran nada.
Como escribió Marcel Proust, “el
tiempo, que cambia a las personas, no altera la imagen que de ellas guardamos”.
Quizá lo mismo ocurre con los veranos: no es que hayan cambiado, sino que somos
nosotros quienes los percibimos de otra manera.
Percepción
subjetiva del tiempo
El tiempo es objetivo,
marcado por el reloj y por el calendario. Pero su vivencia es profundamente
subjetiva.
En Antes del amanecer (Linklater, 1995),
una sola noche en Viena parece expandirse hasta convertirse en un universo
completo de recuerdos. La película ilustra cómo la intensidad emocional y la
novedad transforman unas horas en una experiencia vital extensa.
Nuestro cerebro no percibe el paso de las horas de
forma lineal, sino en función de la novedad,
la atención y la memoria. Cuantas más experiencias nuevas vivimos, más
información almacenamos y, en consecuencia, el tiempo se percibe como más
largo.
Durante la infancia todo es descubrimiento: los amigos,
los juegos, los lugares. Cada verano está repleto de “primeras veces”. El
cerebro infantil está en un estado a aprendizaje continuo, saturado de
estímulos que se procesan y registran. Esa abundancia de experiencias genera la
impresión de que los días son extensos y variados.
Con los años, el cerebro se va habituando y tiene que
atender a múltiples preocupaciones y decisiones. Ya no registra tanto detalle
porque reconoce patrones conocidos. Al haber menos novedades, los recuerdos son
más escasos, y lo que queda en la memoria es un resumen simplificado de semanas
enteras. Así, al mirar atrás, sentimos que “el verano voló”.
Atención
vs estrés
El modo
en que gestionamos la atención también influye. Los adultos suelen vivir
los veranos con prisas: planificar viajes, trabajar antes y después de las
vacaciones para cubrir tareas, atender a la familia. Este fraccionamiento
mental reduce la capacidad de disfrutar del presente. Cuando la
atención se dispersa, el cerebro procesa menos detalles y los días se
sienten más cortos. Es normal que un adulto, cuando comienza el verano, tarde entre
2 y 3 días antes de sentirse plenamente en modo descanso.
En cambio, los niños
tienen la capacidad de sumergirse plenamente en una actividad. Una tarde
en la piscina o un partido improvisado de fútbol en la plaza les absorbe de tal
forma que cada momento queda grabado. La intensidad de esa vivencia amplia la
sensación temporal.
Vacaciones
con ojos de niño
La psicología cognitiva lleva décadas investigando este
fenómeno. William
James, considerado padre de la psicología moderna, ya señalaba en 1890
que la novedad es
clave en la percepción del tiempo. Estudios recientes en neurociencia
confirman que la dopamina (neurotransmisor
asociado al aprendizaje y la recompensa) se libera más intensamente
cuando enfrentamos experiencias nuevas. Esa descarga favorece la
codificación de recuerdos y alarga la sensación temporal.
Un experimento interesante
mostró que, cuando se pide a adultos y a niños estimar la duración de una misma
actividad divertida, los pequeños tienden a decir que duró más. Esto sugiere
que no solo la memoria posterior, sino también la vivencia inmediata, se
percibe de manera distinta con la edad.
Los estudios evidencian que las vacaciones son
necesarias tanto para los más pequeños como para los mayores. Esto se debe a
que, cuando interrumpimos nuestras rutinas, abrimos espacios para nutrirnos de
nuevos lugares, perspectivas, y damos pie a la creatividad. Así, el descanso y
la desconexión contribuyen a mejorar el rendimiento cognitivo.
Cabe destacar que los
descansos cortos lejos del hogar y el trabajo pueden ser más restauradores que
unas vacaciones más largas. Además, el contacto con la naturaleza, la
realización de actividades locales o diferentes prácticas culturales ayudan
a reforzar
los vínculos familiares y sociales. De esta manera, cuando volvemos de
vacaciones, solemos experimentar una sensación de bienestar que nos permite
retomar el curso o el trabajo con más ganas.
Cómo
vivir un eterno verano
Si los días de vacaciones se nos escapan de las manos,
quizás podamos aprender de la infancia y buscar estrategias para “estirarlos”.
O incluso, hacerlos “presentes” en los días laborables. No se trata de añadir
más días al calendario, sino de enriquecerlos con ideas como:
Romper la rutina: probar actividades nuevas, visitar
lugares desconocidos, aprender algo distinto. La novedad genera recuerdos y
amplía la sensación de tiempo.
Vivir el presente: practicar la
atención plena (mindfulness) ayuda a ralentizar la percepción del paso
del día.
Reducir las prisas: organizar los días de descanso
evitando agendas sobrecargadas. A veces, menos planes
significa más disfrute.
Registrar experiencias agradables: escribir un diario o
tomar fotografías cuando estamos de vacaciones –siempre y cuando no nos metamos
en la rutina estresante de subirlas a las redes sociales– contribuye a reforzar la memoria, y
al mirar atrás sentimos que el tiempo fue más largo.
Una
mirada final
Los veranos no han cambiado de duración. Somos nosotros
quienes los percibimos de forma distinta. La niñez los convierte en un mundo de
descubrimientos, mientras que la mirada de adulto los reduce a un paréntesis
breve en la rutina anual.
Quizás la clave esté en recuperar esa mirada infantil:
abrirnos a lo inesperado, vivir con intensidad y permitir que cada día deje
huella. Al fin y al cabo, lo que da longitud al tiempo no son los relojes, sino
la riqueza de lo vivido.
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