María
Rosa de Gálvez
Esta intelectual malagueña cuyo nombre nos suena a
todos por su ilustre apellido, aunque no lo recibiera de primera mano, es quizá
una de las más famosas desconocidas del patrimonio literario de nuestra ciudad.
Rosa de Gálvez, una flor cuyos pétalos externos, los
más cercanos al público, trascendieron a su excelente obra, ayudada por
opiniones como las de Diaz de Escovar en Galería de Ilustres Malagueñas, que
dice textualmente: Pocas malagueñas han adquirido, en los primeros años de este
siglo (1901), el nombre que logró nuestra biografiada, aunque es de lamentar
que su celebridad no se deba solo a lo peregrino de su talento, sino a otras
razones especiales. Lo lamentable es que este comentario, de clara intención,
saliera de la pluma de un personaje tan relevante de la época, que tilda su
talento como peregrino. Las otras razones especiales, las entenderán enseguida
ya que él mismo se ocupó de ampliarlas con estas lindezas: Su vida fue bastante
azarosa y libertina, tanto, que según un historiador de Málaga (Guillén) fue a
Madrid a vivir a costa de Godoy, a quién tenía por costumbre presentar un
soneto liviano a la hora de tomar el chocolate. Escribió bastante y entre ello
hay algo bueno y mucho regular.
Debemos agradecer que los datos biográficos actuales
hayan sido rescatados con veracidad y sin añadiduras por Victor M. Heredia y J.
Luis Cabrera Ortiz.
María Rosa de Gálvez y Ramirez de Velasco: (1768-1806),
nació en Málaga, era hija ilegítima y la depositaron en el hospicio de Ronda,
de donde fue rápidamente rescatada por don Antonio de Gálvez, coronel del
ejército y por Mariana Ramírez de Velasco, sobrina de José de Gálvez, ministro
de Carlos III y 1º Marqués de la Sonora, y prima de Bernardo de Gálvez, Virrey
de Nueva España y 1o Conde de Gálvez. Pasó su infancia en una de las siete
casas que su padre poseía en la Plaza de la Merced, una lujosa vivienda donde
sus sirvientes vestían librea. Su esmerada educación correspondía a una familia
que había apostado por la cultura y la extensión de la enseñanza a todas las
clases sociales.
A pesar de su sangre noble, su origen no era legítimo,
lo que le impedía un matrimonio a la altura de la aristocracia de la época. Se
casó por amor en Málaga con su primo el capitán José Cabrera Ramírez, un hombre
más joven que ella, al parecer muy apuesto y cautivador. Después de la muerte
de su padre se vio envuelta en numerosos pleitos familiares. Su marido dilapidó
su fortuna con gastos excesivos, juegos de azar y negocios fallidos. Tienen una
única hija que muere siendo niña. Acuciados por las deudas se marchan a vivir
primero a Puerto Real (Cádiz) y luego se establecen en Madrid, donde a partir
de 1801, ella se separa del marido y desarrolla su carrera literaria, quizá
empujada por necesidades económicas. Consigue, como tantos otros escritores y
científicos, la protección de Manuel Godoy. Al poco tiempo, su esposo es
nombrado agregado de la legación de España en Estados Unidos. María Rosa siguió
en Madrid, donde continuó su presunta relación amorosa con el primer ministro
de Carlos IV, Manuel Godoy, que le valió los desaires e ironías sobre la
protección de su mecenas (auspició la edición de los tres volúmenes de sus
Obras poéticas (1804) por orden del ministro Ceballos en la Imprenta Real sin
los abonos correspondientes). Esto afectó al juicio de su obra, además de su
condición de mujer y separada. Su vocación como escritora fue muy prolífica,
sobre todo en el teatro, el periodismo y la lírica.
Actualmente se están recuperando algunas de sus obras
con nuevas ediciones. En palabras de su biógrafo, José Luis Cabrera, se hace
justicia al recordar a esta autora tan castigada por los historiógrafos por el
hecho de ser mujer y vivir una existencia alejada de los modelos femeninos de
su época y que, sin embargo, estrenó sus dramas y comedias en los principales
teatros del Madrid de Carlos IV, tomó parte en la vida cultural escribiendo en
los periódicos literarios, y sus obras fueron interpretadas por los principales
actores de su tiempo como Isidoro Márquez. La libertad y el orgullo de los que
hizo gala durante toda su vida le supusieron ser considerada una mujer
escandalosa para su tiempo.
Su carácter libre e independiente como mujer y
escritora, la llevó a afirmar sobre sí misma: ninguna otra mujer, ni en nación
alguna, tiene ejemplar puesto que las más celebradas francesas solo se han
limitado a traducir, o cuando más han dado a luz una composición dramática; más
ninguna ha presentado una colección de tragedias originales como la
exponente...
Está claro que los rasgos de su carácter y
comportamiento despertaban la inquietud en los varones de su época. Por esas
razones, e intuyo que también por ese pecado capital, de color verde, tan
habitual en el panorama literario, fue atacada por motivos ajenos a sus valores
como escritora: su punto de vista, su independencia y su moral no sujeta a
convencionalismos. La «autoconsciencia femenina» está presente en los
argumentos de sus obras. Destacan los de la violación, la amistad femenina, la
vista positiva de una sociedad matriarcal. Un tema que se repite en el teatro
de Gálvez es el suicidio femenino como única salida para una sociedad injusta
(Safo, Florinda y Blanca de Rossi). Sus obras abogan por varios derechos
específicos de la mujer: la necesidad de ayudar a la viuda (Ali-Bek); la opción
para la esposa de separarse del marido que no cumple con sus responsabilidades de
familia y el peligro del cortejo, así como el derecho de escoger marido (El
egoísta, Los figurones literarios, Safo, Blanca de Rossi, La delirante, Un loco
hace cien); el aspecto positivo del amor libre, fuera el sacramento del
matrimonio (Safo).
Su extensa producción literaria está dentro del
Neoclasicismo de los siglos XVIII y XIX, aunque se ven componentes románticos en
su obra: la exaltación trágica, la pugna del yo con el nuevo entorno, la
búsqueda de escenarios exóticos y lejanos (Oriente, la Antigüedad), el deseo de
libertad y autonomía. Compuso un total de 17 obras para el teatro: seis
tragedias, tres comedias, cuatro obras breves, una zarzuela, y tres
traducciones. Ocho de sus obras fueron representadas en Madrid durante los años
de 1801-1805 en los teatros principales, como el Príncipe y los Caños de Peral.
Una de sus tragedias, Amnón, contiene situaciones interesantes. También tradujo
piezas extranjeras y escribió obras
poéticas, las que consideraron de un estilo claro y puro, de versificación
fácil y fluida.
Falleció en Madrid a los 38 años, en una deplorable
situación económica. Fue enterrada en la iglesia de San Sebastián.
Publicado en la Revista de Amaduma nº 50.


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