22 septiembre 2025

NO HAY ROSAS SIN ESPINAS

 

María Rosa de Gálvez

Esta intelectual malagueña cuyo nombre nos suena a todos por su ilustre apellido, aunque no lo recibiera de primera mano, es quizá una de las más famosas desconocidas del patrimonio literario de nuestra ciudad.

Rosa de Gálvez, una flor cuyos pétalos externos, los más cercanos al público, trascendieron a su excelente obra, ayudada por opiniones como las de Diaz de Escovar en Galería de Ilustres Malagueñas, que dice textualmente: Pocas malagueñas han adquirido, en los primeros años de este siglo (1901), el nombre que logró nuestra biografiada, aunque es de lamentar que su celebridad no se deba solo a lo peregrino de su talento, sino a otras razones especiales. Lo lamentable es que este comentario, de clara intención, saliera de la pluma de un personaje tan relevante de la época, que tilda su talento como peregrino. Las otras razones especiales, las entenderán enseguida ya que él mismo se ocupó de ampliarlas con estas lindezas: Su vida fue bastante azarosa y libertina, tanto, que según un historiador de Málaga (Guillén) fue a Madrid a vivir a costa de Godoy, a quién tenía por costumbre presentar un soneto liviano a la hora de tomar el chocolate. Escribió bastante y entre ello hay algo bueno y mucho regular.

Debemos agradecer que los datos biográficos actuales hayan sido rescatados con veracidad y sin añadiduras por Victor M. Heredia y J. Luis Cabrera Ortiz.

María Rosa de Gálvez y Ramirez de Velasco: (1768-1806), nació en Málaga, era hija ilegítima y la depositaron en el hospicio de Ronda, de donde fue rápidamente rescatada por don Antonio de Gálvez, coronel del ejército y por Mariana Ramírez de Velasco, sobrina de José de Gálvez, ministro de Carlos III y 1º Marqués de la Sonora, y prima de Bernardo de Gálvez, Virrey de Nueva España y 1o Conde de Gálvez. Pasó su infancia en una de las siete casas que su padre poseía en la Plaza de la Merced, una lujosa vivienda donde sus sirvientes vestían librea. Su esmerada educación correspondía a una familia que había apostado por la cultura y la extensión de la enseñanza a todas las clases sociales.

A pesar de su sangre noble, su origen no era legítimo, lo que le impedía un matrimonio a la altura de la aristocracia de la época. Se casó por amor en Málaga con su primo el capitán José Cabrera Ramírez, un hombre más joven que ella, al parecer muy apuesto y cautivador. Después de la muerte de su padre se vio envuelta en numerosos pleitos familiares. Su marido dilapidó su fortuna con gastos excesivos, juegos de azar y negocios fallidos. Tienen una única hija que muere siendo niña. Acuciados por las deudas se marchan a vivir primero a Puerto Real (Cádiz) y luego se establecen en Madrid, donde a partir de 1801, ella se separa del marido y desarrolla su carrera literaria, quizá empujada por necesidades económicas. Consigue, como tantos otros escritores y científicos, la protección de Manuel Godoy. Al poco tiempo, su esposo es nombrado agregado de la legación de España en Estados Unidos. María Rosa siguió en Madrid, donde continuó su presunta relación amorosa con el primer ministro de Carlos IV, Manuel Godoy, que le valió los desaires e ironías sobre la protección de su mecenas (auspició la edición de los tres volúmenes de sus Obras poéticas (1804) por orden del ministro Ceballos en la Imprenta Real sin los abonos correspondientes). Esto afectó al juicio de su obra, además de su condición de mujer y separada. Su vocación como escritora fue muy prolífica, sobre todo en el teatro, el periodismo y la lírica.




Actualmente se están recuperando algunas de sus obras con nuevas ediciones. En palabras de su biógrafo, José Luis Cabrera, se hace justicia al recordar a esta autora tan castigada por los historiógrafos por el hecho de ser mujer y vivir una existencia alejada de los modelos femeninos de su época y que, sin embargo, estrenó sus dramas y comedias en los principales teatros del Madrid de Carlos IV, tomó parte en la vida cultural escribiendo en los periódicos literarios, y sus obras fueron interpretadas por los principales actores de su tiempo como Isidoro Márquez. La libertad y el orgullo de los que hizo gala durante toda su vida le supusieron ser considerada una mujer escandalosa para su tiempo.

Su carácter libre e independiente como mujer y escritora, la llevó a afirmar sobre sí misma: ninguna otra mujer, ni en nación alguna, tiene ejemplar puesto que las más celebradas francesas solo se han limitado a traducir, o cuando más han dado a luz una composición dramática; más ninguna ha presentado una colección de tragedias originales como la exponente...

Está claro que los rasgos de su carácter y comportamiento despertaban la inquietud en los varones de su época. Por esas razones, e intuyo que también por ese pecado capital, de color verde, tan habitual en el panorama literario, fue atacada por motivos ajenos a sus valores como escritora: su punto de vista, su independencia y su moral no sujeta a convencionalismos. La «autoconsciencia femenina» está presente en los argumentos de sus obras. Destacan los de la violación, la amistad femenina, la vista positiva de una sociedad matriarcal. Un tema que se repite en el teatro de Gálvez es el suicidio femenino como única salida para una sociedad injusta (Safo, Florinda y Blanca de Rossi). Sus obras abogan por varios derechos específicos de la mujer: la necesidad de ayudar a la viuda (Ali-Bek); la opción para la esposa de separarse del marido que no cumple con sus responsabilidades de familia y el peligro del cortejo, así como el derecho de escoger marido (El egoísta, Los figurones literarios, Safo, Blanca de Rossi, La delirante, Un loco hace cien); el aspecto positivo del amor libre, fuera el sacramento del matrimonio (Safo).

Su extensa producción literaria está dentro del Neoclasicismo de los siglos XVIII y XIX, aunque se ven componentes románticos en su obra: la exaltación trágica, la pugna del yo con el nuevo entorno, la búsqueda de escenarios exóticos y lejanos (Oriente, la Antigüedad), el deseo de libertad y autonomía. Compuso un total de 17 obras para el teatro: seis tragedias, tres comedias, cuatro obras breves, una zarzuela, y tres traducciones. Ocho de sus obras fueron representadas en Madrid durante los años de 1801-1805 en los teatros principales, como el Príncipe y los Caños de Peral. Una de sus tragedias, Amnón, contiene situaciones interesantes. También tradujo piezas extranjeras  y escribió obras poéticas, las que consideraron de un estilo claro y puro, de versificación fácil y fluida.



Falleció en Madrid a los 38 años, en una deplorable situación económica. Fue enterrada en la iglesia de San Sebastián.

La crítica actual, una vez despejadas las espinas de su vida personal, ha decidido valorar a nuestra Rosa de Gálvez y su obra literaria con la justicia que le corresponde para ocupar su verdadero lugar por su innegable intelecto. Si viviera en la actualidad y tuviera un supuesto amante cercano a la realeza, sumaría y no restaría méritos a su carrera. Nada que nos sorprenda, ya lo cantaban en una famosa zarzuela: los tiempos cambian que es una barbaridad.

Esperanza Liñán Gálvez.
Publicado en la Revista de Amaduma nº 50.

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