Querido hijo:
Me llamaste ayer tarde para darme la buena noticia:
ibas a ser padre.
Tú, aquel niño que reía en la cuna, que aprendió a
caminar por la hierba de los prados del Norte, a montar en bicicleta entre
montañas, a ir en moto en distintas ciudades... y también a levantarte después
de caer y desollarte las rodillas o romperte una pierna; aquel niño que empezó
a escribir, dibujar, componer...
Pero ya hace tiempo que te hiciste un hombre, que te
fuiste de casa, que el amor se cruzó en tu camino... Y ahora, como si fuera de
repente, también tú vas a tener un hijo.
Me llamaste ayer tarde para darme la buena noticia
tanto tiempo esperada. Te expresé mi alegría de mil modos distintos, y mis ojos
se inundaron de lágrimas que empañaron los cristales de las gafas de leer y
escribir. Lágrimas dulces...
De pronto, el aire soleado de junio se llenó de
pájaros, la brisa del Mediterráneo entró susurrando delicadezas por la ventana,
y los visillos blancos aletearon por la habitación convertidos en palomas mensajeras
portadoras de promesas de felicidad. El azul del mar se hizo más intenso, y el
del cielo más claro por encima de la línea del horizonte.
Me llamaste ayer tarde para darme la buena noticia y,
en ese momento, el niño que a pesar de todo aún seguías siendo en mi mente de
madre, se convirtió en hombre definitivamente.
Este hijo, largo tiempo esperado por todos, en eso, en
lo de hacerse esperar, ya se parece a ti. Imagino que a ambos os trataban muy
bien en el espacio infinito, en ese tiempo sin tiempo ni memoria flotando entre
nubes de azúcar, estrellas rutilantes y arcos iris luminosos. Seguro que os
sentíais tan felices vagando entre música celestial que os daba pereza dejar el
paraíso y venir a pasar una vida en la tierra. Y mientras tanto, la expectante
abuela y los ilusionados futuros padres, latiendo con la espera, la esperanza y
la desesperanza de cada nueva luna.
Me llamaste ayer tarde para darme la buena noticia y en
mi universo descolorido y silencioso empezaron a crearse figuras fantásticas.
Veía a nuestro ángel, alegre y juguetón, vagando
dulcemente en un cosmos cuajado de estrellas erráticas y brillantes, demorando
el momento de venir con nosotros. Le imaginaba sentado en una nube con las
piernas colgando, y a la yaya dándole un empujón en la espalda, cálido y
pequeñito, diciéndole: “Vete ya, que te esperan”. ¿Y a ti, quién te dio el
empujón para que cayeras en mis brazos? También tú tardaste en llegar. Será por
eso que nunca tienes prisa.
Me llamaste ayer tarde para darme la buena noticia y,
mucho tiempo después de que el eco de tu voz se apagara, la alegría y la
sonrisa permanentes iluminaron todos los rincones de mi casa. Esa nueva vida es
también la respuesta a tantas esperanzas. ¿Recordáis cuántas navidades se lo
pedí a los Reyes Magos?
Para demostrar de alguna manera mi inmensa felicidad
encendí una vela, símbolo de gratitud a los cielos, a la vida y a los
antepasados; una vela azul que puse en el centro de la mesa redonda, cuidando
de cerrar bien las ventanas para que ninguna corriente apagara la llama. Cada
vez que entraba al salón me recibía la lucecita que parecía recordarme: ¡Eh,
que estoy aquí, que vas a ser abuela!
Corona
Zamarro
Publicado en la revista de Amaduma nº 50.
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