LA REVITALIZACIÓN
VIAJERA
Con relativa frecuencia, que se hace
más insistente a medida que vamos sumando hojas del almanaque en nuestras
modestas biografías, repetimos esa frase que se hace bien común en nuestras
conversaciones con familiares y amigos. “No sé
qué es lo que me pasa. Llevo unos días con los “biorritmos” un tanto bajos. Me
siento desganado y con una cierta apatía”. Aunque le echemos la
“culpa” al tiempo, a las noticias que escuchamos o leemos a través de los
difusores mediáticos, a esa comida que nos ha sentado mal o a pequeñas minucias
que solemos agrandar y exagerar desde su verdadera trascendencia, en realidad somos
conscientes de “lo que nos ocurre”. No sólo a nosotros, sino también a miles de
personas en nuestro entorno próximo o lejano. La
acre rutina nos aturde, nos desalienta, nos aburre e incluso llega a
desvitalizarnos. Nos sentimos desprovistos de ese
encanto ilusionado, que hace brillar más a los colores, que permite también
“iluminar” los días nublados y que nos genera razones para sentirnos bien con
lo que hacemos, imaginamos o proyectamos.
Y así nos preguntamos ¿cómo podemos darle más sabor, más encanto a la vida que estamos
protagonizando? Desde luego no es saludable, en lo mental y en lo
físico, mantener esa sensación de que casi todo es prácticamente igual, como
ayer y muy probablemente como mañana. Aburrido, reiterativo, y con esos
pequeños problemas o dificultades que agradamos en su verdadera significación. Llegas
a sentirte como si fueras un pequeño “tornillo”, que forma parte de una máquina
gigantesca, incluso “infinita”, que probablemente, casi seguro, seguiría
funcionando igual, aunque le faltase o desapareciese esa pieza minúscula,
imperceptible, que tú representas. En el colmo del bloqueo, piensas incluso si
realmente ese tornillo existe o es un elemento virtual.
En este punto del bloqueo, es cuando
cobra toda su importancia esa actividad dinamizadora,
que tantos intereses mercantilizan y que a “todos” nos vitalizaría en ese
amargo sopor de “casi todos los días iguales”. Nos estamos refiriendo, muchos
ya habrán caído en la cuenta, de la valiente decisión de alejarnos, siquiera
unos pocos días, de nuestra pequeña y abrumada “burbuja” cotidiana: emprender un viaje
a otro punto geográfico, que estará, lógicamente, más o menos
distanciado de nuestra habitual residencia, esa realidad espacial y ambiental
que tanto nos aburre y desalienta.
La primera virtud que el viajar
proporciona es poder cambiar de perspectiva acerca
de los problemas, dificultades, objetivos y sinsabores, que atenazan la
rutina diaria. Alejarse física y mentalmente de los mismos es una estupenda
oportunidad, a fin de tener otro punto de vista para mejor afrontarlos y
resolverlos en el momento adecuado.
Otro de los valores que encontramos en
los viajes es el cambio de visión con respecto a
nuestro paisaje cotidiano: otras calles, otras plazas, otros jardines,
otra riqueza monumental e incluso contactar con otra forma de organizar la
existencia. Tomar conciencia de esas formas alternativas, en los hábitos y
costumbres para la vida, de las que podemos aprender de manera positiva.
Enriquece en valores el
contactar o socializar con muchas personas,
aquéllas que te acompañan en ese viaje y aquellas otras con las que entablas
nuevas relaciones en el lugar al que te diriges. Esas amistades o relaciones
nos complementan, pues aprendemos acerca de sus problemas, sus ilusiones y sus
realidades vitales.
Obviamente vas
a residir durante unos días en nuevos espacios, con respecto al que
conforma tu diario amanecer y atardecer. Durante esos días de vacaciones no
dormirás en tu cama, no pasarás por tu portal, no te alimentarás en tu comedor.
Y tampoco verás por esa ventana o terraza el mismo “espectáculo” sociológico y
arquitectónico, que reposa en tu memoria con todos los detalles.
Modificarás temporalmente
lo habitual en tu diario quehacer porque,
aunque repitas los gestos, las palabras y actitudes, ya no serán los mismos
gestos y respuestas, ante esos nuevos retos, grandes o modestos, con los te
encuentres en ese “periplo” viajero.
De manera paulatina o más repentina, vamos a ir recuperando esa fuerza física o,
principalmente, anímica que creíamos perdida o al menos desvitalizada en
nuestra estructura orgánica. Esa fuerza recuperada nos aportará nuevos bríos,
motivaciones, incentivos que frenarán o compensarán las desaconsejables
tentaciones a la pasividad.
El mar te parecerá diferente, la
naturaleza te ofrecerá nuevos misterios y encantos para la ilusión y la riqueza monumental de esos otros lugares te
aportará ese conocimiento artístico y lúdico
cultural que completará tu formación y conocimientos.
La relativización de los problemas que todas las personas acumulan en su conciencia será también uno de los principales objetivos a conseguir, durante esos gratos días de viaje. No es que los puedas resolver en su diferente complejidad, pero al menos (y es muy importante) los vas a reubicar en su exacta dimensión.
Aun así, seguiremos viajando,
aprendiendo y disfrutando, para vitalizar el acervo cultural, testimonial y
anímico de nuestra persona. Resulta obvia la percepción de que el mundo es más
grande que ese microcosmos que nos hemos creado y que tantas veces atenaza y
eclipsa los encantos que faltan en nuestros amaneceres, marcados por el caminar
innegociable del calendario.
José L. Casado Toro
Octubre 2024

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