18 octubre 2024

LA REVITALIZACIÓN VIAJERA

 

LA REVITALIZACIÓN VIAJERA

 

Con relativa frecuencia, que se hace más insistente a medida que vamos sumando hojas del almanaque en nuestras modestas biografías, repetimos esa frase que se hace bien común en nuestras conversaciones con familiares y amigos. “No sé qué es lo que me pasa. Llevo unos días con los “biorritmos” un tanto bajos. Me siento desganado y con una cierta apatía”. Aunque le echemos la “culpa” al tiempo, a las noticias que escuchamos o leemos a través de los difusores mediáticos, a esa comida que nos ha sentado mal o a pequeñas minucias que solemos agrandar y exagerar desde su verdadera trascendencia, en realidad somos conscientes de “lo que nos ocurre”. No sólo a nosotros, sino también a miles de personas en nuestro entorno próximo o lejano. La acre rutina nos aturde, nos desalienta, nos aburre e incluso llega a desvitalizarnos. Nos sentimos desprovistos de ese encanto ilusionado, que hace brillar más a los colores, que permite también “iluminar” los días nublados y que nos genera razones para sentirnos bien con lo que hacemos, imaginamos o proyectamos.  

Y así nos preguntamos ¿cómo podemos darle más sabor, más encanto a la vida que estamos protagonizando? Desde luego no es saludable, en lo mental y en lo físico, mantener esa sensación de que casi todo es prácticamente igual, como ayer y muy probablemente como mañana. Aburrido, reiterativo, y con esos pequeños problemas o dificultades que agradamos en su verdadera significación. Llegas a sentirte como si fueras un pequeño “tornillo”, que forma parte de una máquina gigantesca, incluso “infinita”, que probablemente, casi seguro, seguiría funcionando igual, aunque le faltase o desapareciese esa pieza minúscula, imperceptible, que tú representas. En el colmo del bloqueo, piensas incluso si realmente ese tornillo existe o es un elemento virtual.


En este punto del bloqueo, es cuando cobra toda su importancia esa actividad dinamizadora, que tantos intereses mercantilizan y que a “todos” nos vitalizaría en ese amargo sopor de “casi todos los días iguales”. Nos estamos refiriendo, muchos ya habrán caído en la cuenta, de la valiente decisión de alejarnos, siquiera unos pocos días, de nuestra pequeña y abrumada “burbuja” cotidiana: emprender un viaje a otro punto geográfico, que estará, lógicamente, más o menos distanciado de nuestra habitual residencia, esa realidad espacial y ambiental que tanto nos aburre y desalienta.


La primera virtud que el viajar proporciona es poder cambiar de perspectiva acerca de los problemas, dificultades, objetivos y sinsabores, que atenazan la rutina diaria. Alejarse física y mentalmente de los mismos es una estupenda oportunidad, a fin de tener otro punto de vista para mejor afrontarlos y resolverlos en el momento adecuado.  

Otro de los valores que encontramos en los viajes es el cambio de visión con respecto a nuestro paisaje cotidiano: otras calles, otras plazas, otros jardines, otra riqueza monumental e incluso contactar con otra forma de organizar la existencia. Tomar conciencia de esas formas alternativas, en los hábitos y costumbres para la vida, de las que podemos aprender de manera positiva.

Enriquece en valores el contactar o socializar con muchas personas, aquéllas que te acompañan en ese viaje y aquellas otras con las que entablas nuevas relaciones en el lugar al que te diriges. Esas amistades o relaciones nos complementan, pues aprendemos acerca de sus problemas, sus ilusiones y sus realidades vitales.

Obviamente vas a residir durante unos días en nuevos espacios, con respecto al que conforma tu diario amanecer y atardecer. Durante esos días de vacaciones no dormirás en tu cama, no pasarás por tu portal, no te alimentarás en tu comedor. Y tampoco verás por esa ventana o terraza el mismo “espectáculo” sociológico y arquitectónico, que reposa en tu memoria con todos los detalles.  

Modificarás temporalmente lo habitual en tu diario quehacer porque, aunque repitas los gestos, las palabras y actitudes, ya no serán los mismos gestos y respuestas, ante esos nuevos retos, grandes o modestos, con los te encuentres en ese “periplo” viajero.

De manera paulatina o más repentina, vamos a ir recuperando esa fuerza física o, principalmente, anímica que creíamos perdida o al menos desvitalizada en nuestra estructura orgánica. Esa fuerza recuperada nos aportará nuevos bríos, motivaciones, incentivos que frenarán o compensarán las desaconsejables tentaciones a la pasividad.  

El mar te parecerá diferente, la naturaleza te ofrecerá nuevos misterios y encantos para la ilusión y la riqueza monumental de esos otros lugares te aportará ese conocimiento artístico y lúdico cultural que completará tu formación y conocimientos.

La relativización de los problemas que todas las personas acumulan en su conciencia será también uno de los principales objetivos a conseguir, durante esos gratos días de viaje. No es que los puedas resolver en su diferente complejidad, pero al menos (y es muy importante) los vas a reubicar en su exacta dimensión.


 Sin duda, es una lúcida determinación la opción de VIAJAR, utilizando cualquier medio para la movilidad: tren, coche, bus, avión o el simple ejercicio de peregrinar. Nos van a llevar a eso otro mundo diferente, que contrasta con el que determina las horas y los días en nuestra “pequeña burbuja” habitual. Disfrutaremos, aprenderemos e incluso reflexionaremos, en esos otros espacios que conforman la rica variedad geográfica de nuestro planeta. De todas formas, la racionalidad nunca debe estar ausente de nuestros planteamientos. Llegaremos a la conclusión, al final del viaje, de que no era tan “malo” el mundo que dejamos (siquiera por unos días) ni tan “esplendorosa” esa otra realidad espacial que nos ha acogido en esa pequeña etapa vacacional, para liberarte del incómodo hábito de la rutina.

Aun así, seguiremos viajando, aprendiendo y disfrutando, para vitalizar el acervo cultural, testimonial y anímico de nuestra persona. Resulta obvia la percepción de que el mundo es más grande que ese microcosmos que nos hemos creado y que tantas veces atenaza y eclipsa los encantos que faltan en nuestros amaneceres, marcados por el caminar innegociable del calendario. 

 

José L. Casado Toro

Octubre 2024


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