Artículo
de Carmen Márquez Montes, Profesora
Titular de Literatura española, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.
Publicado en la revista digital The Conversation.
Cuando hoy hablamos de violencia de género, maltrato psicológico,
coerción emocional o dependencia afectiva, pensamos de inmediato en conceptos
construidos desde la sociología, la psicología clínica o el derecho
contemporáneo. Los asociamos a un vocabulario nacido en las últimas décadas,
fruto de la investigación científica, la evolución
legislativa y una creciente conciencia social.
Pero la literatura –y, de manera muy
especial, el teatro– suele adelantarse a la historia. Antes de que la sociedad
encuentre palabras para nombrar determinadas heridas, algunos creadores ya han
sabido reconocerlas, observarlas y convertirlas en materia dramática.
Así sucede con una de las obras menos
frecuentadas y, paradójicamente, más modernas de Benito Pérez Galdós: Bárbara (1905).
Es cierto que no podemos afirmar que fuese
el primer autor en mostrar sobre un escenario aquello que hoy identificamos
como violencia contra la mujer. La escena europea de finales del siglo XIX
había comenzado ya a cuestionar la institución matrimonial, la autoridad
patriarcal y la posición social de la mujer, especialmente las obras de Henrik
Ibsen y August Strindberg. Sin embargo, sí puede sostenerse con fundamento que Galdós figura entre
los primeros dramaturgos europeos –y, con seguridad, entre los pioneros de la
escena española– en representar con singular profundidad los mecanismos
psicológicos, emocionales y sociales del maltrato ejercido contra una mujer.
Un
estreno que su tiempo no pudo leer del todo
El 28 de marzo de 1905, el Teatro Español
de Madrid acogió el estreno de Bárbara, con María
Guerrero al frente del reparto. No era una obra más dentro de la producción
dramática galdosiana. Llegaba en un momento de plena madurez teatral, cuando el
escritor canario llevaba más de una década entregado intensamente a la escena
tras el estreno de Realidad en
1892, también protagonizada por Guerrero.
A primera vista podría parecer un drama de
pasiones, redención moral o conflictos matrimoniales. Pero una lectura atenta
revela algo mucho más incómodo y profundamente moderno: Galdós está
representando el progresivo proceso de destrucción interior de una mujer
sometida durante años a una relación marcada por la violencia, el control y la
humillación.
En 1905 no existía la expresión “violencia de género”. Tampoco
había protocolos de protección, estudios clínicos sobre relaciones abusivas ni
un lenguaje jurídico capaz de nombrar la violencia psicológica. Y, sin embargo,
Galdós parece reconocerla con extraordinaria lucidez.
Bárbara no aparece únicamente como una
esposa desgraciada o una mujer atrapada en un matrimonio infeliz. Es una mujer
emocionalmente erosionada, insegura, culpabilizada, aislada y, en muchos
momentos, incapaz de reconocerse fuera de la estructura que la oprime.
Lo verdaderamente sorprendente es que Galdós no necesita construir
grandes escenas de violencia explícita para transmitir esa opresión. Le bastan
la palabra, el tono, la pausa, la repetición, el silenciamiento: la mirada del
otro convertida en juicio permanente. Sobre todo, le interesan los demás, ya
que, en el primer acto, en un acto de defensa, Bárbara, sin desearlo, mata a
Lotario. Los restantes tres actos muestran cómo reaccionan Bárbara y la sociedad
ante una tragedia de este tipo.
No estamos, por tanto, ante una lectura
anacrónica proyectada desde el presente; diversas investigaciones filológicas
han puesto de relieve esta dimensión de la obra. Precisamente, Carolina Melini
y yo hemos estudiado la extraordinaria
modernidad de Bárbara como
representación dramática del maltrato y de los micromachismos.
Una
preocupación constante en la obra de Galdós
Esta pieza no surge por casualidad. Casi
desde los inicios de su creación Galdós había convertido a las mujeres en uno
de los centros de gravedad de su universo. Fortunata, Jacinta, Tristana o Marianela demuestran
el interés del autor por explorar la condición femenina dentro de una sociedad
profundamente patriarcal, con mujeres condicionadas por matrimonios de
conveniencia, dependencias económicas, limitaciones educativas, estructuras
morales que restringían su libertad, etc.
Cuando Galdós llega al teatro, esa preocupación se intensifica: de las
veintidós obras de teatro estrenadas, diecisiete de ellas tienen a una mujer
como protagonista absoluta. La escena no solo permite contar el conflicto, sino
compartirlo, hacerlo visible y convertirlo en experiencia colectiva. Por ello, Bárbara fue una obra especialmente incómoda para
la España de comienzos del siglo XX.
¿Por
qué sigue interpelándonos más de un siglo después?
Los mecanismos esenciales del abuso han
cambiado menos de lo que quisiéramos pensar. Se han modificado el lenguaje, la
legislación o los sistemas de protección, pero la culpa, el miedo, la
dependencia, la manipulación emocional y la destrucción de la autoestima siguen
formando parte de demasiadas historias.
Y ahí reside la extraordinaria modernidad
de Galdós, quien nunca escribió sobre una moda intelectual de su tiempo. No
construyó una simple denuncia coyuntural, sino que identificó una de las formas
más persistentes de violencia dentro de la intimidad humana y tuvo la valentía
de colocarla en el centro del escenario.
Por ello reivindicamos que esta obra entre
en el canon. Igual que su autor, debería ser un clásico. Los clásicos no
sobreviven porque hablen del pasado. Lo hacen porque siguen poniendo nombre a
aquello que una sociedad, en ocasiones, todavía no se atreve a mirar de frente.
Más de ciento veinte años después del
estreno de Bárbara,
la pregunta no es si Galdós fue uno de los primeros dramaturgos en mostrar la
violencia contra la mujer desde un escenario. La pregunta sería: si él fue
capaz de verla con tanta claridad en 1905, ¿qué excusa puede permitirse nuestra
sociedad para no reconocerla hoy?
Quizá haya llegado el momento de devolver Bárbara al
debate público.
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