17 abril 2026

QUERIDOS FAMILIARES, NO GENÉTICOS

 


La identificación básica, natural, genética y social de la persona es LA FAMILIA. Nacemos, vivimos y fallecemos en el seno familiar, con todos los matices que puedan añadirse. La vinculación arbórea de un grupo familiar puede ser todo lo ramificada que deseemos investigar, hasta donde queramos llegar, en esta geométrica conexión. Padre, madre, hijos, nietos, biznietos, tataranietos, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos, hermanos, tíos, sobrinos, primos, cuñados, yernos, suegros, etc. La relación entre todos estos miembros de la dinastía familiar puede recibir todo tipo de “calificaciones”: excelente, buena, regular, mala, entrañable, afectiva, sincera, nula, indiferente, falsa, egoísta, envidiosa, hipócrita, violenta, fraternal, respetuosa, teatralizada. Toda una escala entre el amor y el odio, derivado de la propia naturaleza humana, con sus virtudes y sus defectos.

Pero cada una de las personas, con la forma de ser que le caracteriza, va generando, en su caminar por la existencia, unas sorprendentes relaciones de intensa amistad, confianza, afecto y cariño, fuera del grupo familiar al que está vinculado. En ocasiones, incluso más fuertes y verdaderas, que los que deparara a muchos miembros de su propia genealogía. Veamos algunos curiosos ejemplos.

EL AMIGO ÍNTIMO de “toda la vida”. Esta grata y continua amistad se ha generado, la mayoría de las veces, en el ámbito de la sociedad escolar. Compañero de curso y grupo, compartiendo la misma banca de estudio, ya sea en educación primaria, secundaria o en los campus universitarios. Esa amistad intensa, en la confianza y en la ayuda recíproca, se mantiene durante décadas, aunque la continuidad puede verse interrumpida por múltiples circunstancias, pero siempre surge el feliz reencuentro afectivo con el amigo de siempre. Entre ellos sobran los secretos y florece la solidaridad y generosidad, valores que incluso privamos a otros miembros de nuestra propia sangre.

EL COMPAÑERO DE TRABAJO. La intimidad y la confianza no genética se ve potenciada o facilitada, en este caso, por la proximidad física diaria, entre lunes y viernes, según qué tipo de actividad laboral se desempeña. Esas horas numerosas de trabajar juntos, hacen posible que nos abramos en muchos de los momentos para confesarle la problemática que nos aqueja y entristece o aquellos otros eventos que nos ilusionan o fascinan. Ese consejo que recibimos, o ese tiempo que nos presta para la confianza lo consideramos muy valioso, verdadero y desinteresado, desprovisto de otras connotaciones que tememos encontrar en el propio núcleo familiar.


EL BUEN VECINO. No siempre las personas que comparten vivienda en el bloque de vecinos han de llevarse mal, sino que por el contrario podemos generar amistades, generosidad y confianza, sea con la familia de arriba o aquella que tenemos bajo nuestra planta. Es necesario empatizar con la situación de esos vecinos que tienen, obviamente, su propio carácter y forma de ser. Esa máxima relacional a la que tantas veces recurrimos de tratar a los demás como nos agradaría que lo hicieran con nosotros, ayuda y mucho a esos vecinos que nos acompañan en las vicisitudes de la vida diaria, unidos en ese bloque de pisos, que compartimos solidariamente. Inevitablemente distinguiremos al mejor o al peor miembro de la vecindad. Aprovechemos las virtudes y alejémonos de los defectos, siempre con la premisa de que podemos generar amistad en donde no la encontramos. Esta actitud positiva es más valiosa y educativa que el desencuentro, en aras de la mejor coexistencia.

El trato frecuente con LOS PROFESIONALES DEL BARRIO, durante meses y años, nos posibilita establecer buenos y fraternales vínculos, con el tendero, el pescadero, el panadero, el frutero, el carnicero, el confitero, el practicante, el peluquero, el maestro. Son amigos que incluso priorizamos en la confianza a la hora de pedir un favor o consejo, considerándolos como si formaran parte de nuestra propia familia.


Hay profesiones que, por su propia naturaleza, generan y exigen plena confianza por nuestra parte, en orden a conseguir un bien superior, compartiendo parcelas, más o menos amplias, de nuestra intimidad. EL MEDICO DE FAMILIA, EL PSICOLÓGO, EL PSIQUIATRA e incluso EL CONFESOR. No tendría sentido ocultar datos importantes de nuestra privacidad con estos profesionales, ya que con ello limitaríamos la eficacia de la compleja ayuda o tratamiento que intentan prestarnos, atendiendo a nuestra petición de necesidad. La confianza, por nuestra parte, debe ser plena si deseamos que nos ayuden eficazmente en las “dolencias” físicas, psíquicas o espirituales que padecemos.

Y aquí llegamos al punto nuclear de nuestra reflexión. En la compleja, insensata y difícil sociedad que nos ha correspondido vivir, con profundas crisis relacionales en el interior de los familiares genéticos (hay miembros de muchas familias que pasan meses y años sin hablarse o ignorándose) hay que felicitarse, por paradójico que resulte, que intentemos buscar y encontremos calor afectivo, confianza recíproca y ayuda desinteresada, en muchas personas ajenas a nuestro árbol genealógico. Son como esos hermanos, padres o hijos “prestados” que cumplen mejor su función a como los harían los de nuestra propia sangre. La familia genética está hoy en crisis, qué duda cabe, por lo que tenemos que recurrir, con más o menos acierto, a la gran familia universal, que son los “hermanos fraternales de la naturaleza”. –



José L. Casado Toro

Abril, 2026.



 


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