La
identificación básica, natural, genética y social de la persona es LA FAMILIA. Nacemos, vivimos y fallecemos en el
seno familiar, con todos los matices que puedan añadirse. La vinculación
arbórea de un grupo familiar puede ser todo lo ramificada que deseemos
investigar, hasta donde queramos llegar, en esta geométrica conexión. Padre, madre, hijos, nietos, biznietos, tataranietos, abuelos,
bisabuelos, tatarabuelos, hermanos, tíos, sobrinos, primos, cuñados, yernos,
suegros, etc. La relación entre todos estos miembros de la dinastía
familiar puede recibir todo tipo de “calificaciones”: excelente,
buena, regular, mala, entrañable, afectiva, sincera, nula, indiferente, falsa, egoísta,
envidiosa, hipócrita, violenta, fraternal, respetuosa, teatralizada. Toda
una escala entre el amor y el odio, derivado de la propia naturaleza humana,
con sus virtudes y sus defectos.
Pero cada una
de las personas, con la forma de ser que le caracteriza, va generando, en su
caminar por la existencia, unas sorprendentes
relaciones de intensa amistad, confianza, afecto y cariño, fuera del grupo familiar al que está vinculado. En
ocasiones, incluso más fuertes y verdaderas, que los que deparara a muchos
miembros de su propia genealogía. Veamos algunos curiosos ejemplos.
EL
AMIGO ÍNTIMO de “toda la vida”. Esta grata y continua amistad se
ha generado, la mayoría de las veces, en el ámbito de la sociedad escolar. Compañero
de curso y grupo, compartiendo la misma banca de estudio, ya sea en educación
primaria, secundaria o en los campus universitarios. Esa amistad intensa, en la
confianza y en la ayuda recíproca, se mantiene durante décadas, aunque la
continuidad puede verse interrumpida por múltiples circunstancias, pero siempre
surge el feliz reencuentro afectivo con el amigo de siempre. Entre ellos sobran
los secretos y florece la solidaridad y generosidad, valores que incluso privamos
a otros miembros de nuestra propia sangre.
EL COMPAÑERO DE TRABAJO. La intimidad y la confianza no genética se ve potenciada o facilitada, en este caso, por la proximidad física diaria, entre lunes y viernes, según qué tipo de actividad laboral se desempeña. Esas horas numerosas de trabajar juntos, hacen posible que nos abramos en muchos de los momentos para confesarle la problemática que nos aqueja y entristece o aquellos otros eventos que nos ilusionan o fascinan. Ese consejo que recibimos, o ese tiempo que nos presta para la confianza lo consideramos muy valioso, verdadero y desinteresado, desprovisto de otras connotaciones que tememos encontrar en el propio núcleo familiar.
EL
BUEN VECINO. No siempre las personas que comparten vivienda en
el bloque de vecinos han de llevarse mal, sino que por el contrario podemos
generar amistades, generosidad y confianza, sea con la familia de arriba o
aquella que tenemos bajo nuestra planta. Es necesario empatizar con la
situación de esos vecinos que tienen, obviamente, su propio carácter y forma de
ser. Esa máxima relacional a la que tantas veces recurrimos de tratar a los
demás como nos agradaría que lo hicieran con nosotros, ayuda y mucho a esos
vecinos que nos acompañan en las vicisitudes de la vida diaria, unidos en ese
bloque de pisos, que compartimos solidariamente. Inevitablemente distinguiremos
al mejor o al peor miembro de la vecindad. Aprovechemos las virtudes y
alejémonos de los defectos, siempre con la premisa de que podemos generar
amistad en donde no la encontramos. Esta actitud positiva es más valiosa y
educativa que el desencuentro, en aras de la mejor coexistencia.
El trato frecuente
con LOS PROFESIONALES DEL BARRIO, durante
meses y años, nos posibilita establecer buenos y fraternales vínculos, con el
tendero, el pescadero, el panadero, el frutero, el carnicero, el confitero, el
practicante, el peluquero, el maestro. Son amigos que incluso priorizamos en la
confianza a la hora de pedir un favor o consejo, considerándolos como si formaran
parte de nuestra propia familia.
Hay
profesiones que, por su propia naturaleza, generan y exigen plena confianza por
nuestra parte, en orden a conseguir un bien superior, compartiendo parcelas, más
o menos amplias, de nuestra intimidad. EL MEDICO DE
FAMILIA, EL PSICOLÓGO, EL PSIQUIATRA e incluso EL
CONFESOR. No tendría sentido ocultar datos importantes de nuestra
privacidad con estos profesionales, ya que con ello limitaríamos la eficacia de
la compleja ayuda o tratamiento que intentan prestarnos, atendiendo a nuestra
petición de necesidad. La confianza, por nuestra parte, debe ser plena si
deseamos que nos ayuden eficazmente en las “dolencias” físicas, psíquicas o
espirituales que padecemos.
Y aquí
llegamos al punto nuclear de nuestra reflexión. En la compleja, insensata y
difícil sociedad que nos ha correspondido vivir, con profundas crisis
relacionales en el interior de los familiares genéticos (hay miembros de muchas
familias que pasan meses y años sin hablarse o ignorándose) hay que
felicitarse, por paradójico que resulte, que intentemos buscar y encontremos
calor afectivo, confianza recíproca y ayuda desinteresada, en muchas personas ajenas a nuestro árbol genealógico. Son
como esos hermanos, padres o hijos “prestados” que cumplen mejor su función a
como los harían los de nuestra propia sangre. La familia genética está hoy en
crisis, qué duda cabe, por lo que tenemos que recurrir, con más o menos acierto,
a la gran familia universal, que son los “hermanos
fraternales de la naturaleza”. –
José L.
Casado Toro
Abril, 2026.
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