Artículo
publicado en National Geographic.
El gigante Caco era todo un personaje. Según cuentan
en este rincón del Somontano del Moncayo, robaba el ganado a las gentes
del pueblo, escupía fuego y olía a azufre. Vivía en una cueva que
aprovechaba un tajo vertical de piedra de conglomerado rojizo de esta
parte de Aragón. Una leyenda que tiene raíces en el mito clásico; pero que aquí
se adapta para explicar una geografía propia. Según el relato local, del
enfrentamiento entre el gigante y Hércules, se configuró la forma de los valles
y ríos de la zona. Tras matarlo, Hércules enterró el cuerpo del gigante bajo el
Moncayo, al que antiguamente se referían como "Monte de Caco". Y
las aguas del río Queiles corrieron rojas durante una semana por la sangre
derramada. En el pueblo lo saben porque el río pasa a sus pies.
135
VECINOS Y UN MITO GLOBAL
Lo local, en realidad, es parte de un eco cosmológico
universal. Michel Bréal, el filólogo que fundó la semántica moderna,
consideraba que el mito de Hércules y Caco es uno de los más antiguos de
los pueblos indoeuropeos. Según señala, la historia del héroe que recupera el
ganado robado por un monstruo aparece, en los Vedas del hinduismo, en la
tradición griega, en la romana, en la persa, en la germánica. ¿No es asombroso
que podamos encontrar también a Caco en un pueblecito de pocos vecinos junto al
embalse del Val?
Lo cierto es que el patrimonio de Los Fayos está
unido estrechamente a este mito que podemos rastrear en la base de tantas
culturas. Pero este viaje empieza un poco antes de llegar a este pequeño pueblo
de 135 vecinos. Más que paradoja, se trata de una diferencia de unos siete
kilómetros, justificados por la fachada del Ayuntamiento de Tarazona,
donde podemos ver tres relieves monumentales conocidos como «los
gigantones». Llevan siglos decorando el segundo cuerpo del edificio, a la
altura de la balconada y ahora nos valen como preludio viajero: uno lucha
contra un león, otro carga un bóvido a sus espaldas, el tercero descansa sobre
el tronco de un árbol con gesto pensativo. Los historiadores dicen que son los
trabajos de Hércules; pero popularmente se les conoce como Sansón, Pierres y
Caco. Ya se sabe, el Moncayo siempre es tierra de gigantes.
UNA
ESCALERA ENTRE FARALLONES
Desde Tarazona, Los Fayos quedan a poco menos de siete
kilómetros siguiendo el curso del Queiles hacia el oeste. Finalmente, el pueblo
aparece al pie de una pared vertical que parece salir de la nada. En el
pueblo tienes la sensación de que el tiempo se ha detenido, pero hay detalles
que revelan que sí avanza; pequeños, pero significativos. En la esquina junto a
un tablón de anuncios municipal, hasta no hace mucho no había la señal que
indica cómo subir a las ruinas del castillo y a las cuevas, y al centro de
interpretación.
Lo que sigue inamovible son los impresionantes mallos
que asoman sobre los tejados del casco urbano. El nombre del pueblo ya
contiene su propia historia geológica: Los Fayos parece derivar de una forma
arcaica «Los Fallos», en referencia directa a las visibles fallas tectónicas
que fracturan el terreno y crean esa muralla ciclópea de conglomerado que
abraza las casas por la parte de atrás. Los lugareños vieron pronto las
ventajas que brindaba esa pared y las oquedades naturales se transformaron
en hábitats prehistóricos, en cenobios y ermitas medievales y hasta en
dependencias militares, en el siglo XII. Lo troglodita contrasta con la Iglesia
de Santa María Magdalena —y, sobre todo, con su torre de estilo mudéjar—, que
preside la Plaza Mayor. Junto a ella, el Palacio de los Duques de Villahermosa,
en ladrillo según canon civil aragonés del XVII, ahora ruinoso; pero donde
según la tradición parece ser que pernoctó Felipe IV.
La torre mudéjar se ve fantástica desde las escaleras
metálicas que nos aúpan entre los farallones hasta la entrada de las cuevas. Un
centenar de peldaños nos separan de la Cueva de Caco, la más grande de las
tres oquedades visitables, junto a la Cueva del Monasterio, donde está la
ermita de San Benito, y la Cueva Castillo. Recorriendo las cuevas, uno puede
pensar que Los Fayos es una de esas poblaciones de la España vaciada que
languidecen; pero los mitos perviven y esa es una forma de resistencia que
conviene no ignorar: a veces basta con tener una cueva suficientemente grande a
mano y una historia que abrace a toda la humanidad.
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