Artículo
de A. Victoria de Andrés Fernández, Profesora
Titular en el Departamento de Biología Animal, Universidad de Málaga. Publicado
en la revista digital The Conversation.
Pocas partes de nuestra anatomía recaban
más atención que nuestro trasero.
Foco
de atracción indiscutible, los artistas han sabido desde siempre que las nalgas
actúan como un poderoso imán para nuestras miradas. Por eso sus desnudos
siempre han sido especialmente concienzudos a la hora de tratar esa protruyente
sección de nuestros cuerpos. Desde la belleza perfecta del trasero de La
Venus del Espejo velazquiana a la maravilla gluteica del Perseo de
Bevenuto Cellini, tengo que reconocer que esa doble curvatura que corona
nuestra porción aboral (en el extremo opuesto a la boca) me parece un prodigio
de la naturaleza.
Pero no se confundan, mi veneración no va
solo por la vía estética. Mi total fascinación es por lo que supuso su
morfología para hacer de los Homo sapiens lo que somos.
Monos culones
El diseño del trasero humano es bastante
peculiar. Si nos fijamos en nuestros primos evolutivos más cercanos
(chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes), sus traseros no son especialmente
globosos ni protuberantes muscularmente (aunque las callosidades, coloraciones
o tumefacciones que lo puedan adornar contribuyan a destacarlos desde el punto
de vista visual). Haciendo una comparativa proporcionada al tamaño corporal,
los culos humanos resultan considerablemente más grandes, más redondeados, más
musculosos y más proyectados dorsalmente.
Y eso ¿por qué? Pues el aspecto clave del
cambio drástico de los traseros estuvo en el hecho de que nuestros antecesores
se pusieron de pie. Algo tan difícil como caminar con dos puntos de apoyo en
vez de con cuatro implicó bastantes cambios. Y para evitar darnos de bruces
contra el suelo, fue imprescindible cambiar de nalgas.
Un culo nuevo que revolucionó nuestra
historia
La bipedestación supuso una remodelación
total de nuestro esqueleto. Reorientando el sacro, acortando y girando las
crestas ilíacas y remodelando isquiones y pubis, se consiguió una pelvis mucho
más adaptada a la posición erguida y capaz de soportar todo el peso que se le
vino encima del tronco y la cabeza.
Además
de una cadera más resistente, la cabeza del fémur (esférica) y el acetábulo (el
hueco donde encaja esa bola) maximizaron su superficie de contacto,
lo que redujo la presión sobre una articulación sobrecargada con tanto peso y
mejoró nuestra estabilidad.
Pero en anatomía, los cambios nunca son
aislados. Los músculos que se insertaban en este nuevo armazón óseo también
cambiaron sustancialmente. Así, aunque nuestras nalgas estén constituidas por
los mismos músculos que las de nuestros ancestros arborícolas (glúteos,
piriforme, obturador externo, obturador interno, gémino inferior y gémino
superior), sus formas se transformaron, especialmente las de los tres pares de
glúteos. Y este cambio de forma supuso un prodigioso cambio de función.
Para
empezar, nuestro gluteus maximus o glúteo mayor sufrió un extraordinario desarrollo
que lo proyectó dorsalmente haciéndolo “respingón”. Así, el que hoy es el
músculo más grande de nuestra anatomía dejó de ser sólo un estabilizador
lateral (como ocurre en el resto de primates) para permitir dos cosas
importantísimas. Por una parte, estabilizar el cuerpo erguido (y sin que
colapse la pelvis) cuando levantamos una pierna para dar un paso. Por otra,
algo muy interesante para un mono que acaba de bajar del
árbol: poder salir corriendo teniendo solo dos “patas”.
Sí,
tener un espectacular glúteo mayor con gran parte de sus fibras insertas
directamente sobre el fémur es lo que posibilita la propulsión del cuerpo durante la carrera. La prueba la tenemos en el poderío de
glúteos mayores exhibido en una final olímpica de 100 metros lisos.
Por
su parte, el glúteo medio, que abduce la cadera (separa el muslo del eje
central del cuerpo), estabiliza la pelvis durante la marcha a dos piernas. Lo
consigue porque, cuando un solo pie está apoyado, el glúteo medio del lado de apoyo evita que la pelvis
caiga hacia el lado contrario.. Por eso César, el caudillo de la rebelión simiesca
en El Planeta de los Simios, camina balanceando bruscamente las
caderas. Este andar, como de pato, es el que manifiestan las personas con
lesiones en estos músculos, lo que se conoce como la marcha de Trendelenburg.
Estables sobre dos patas
El tercer glúteo, el menor, pasa de tener
una orientación posterior a otra más lateral, lo que contribuye también a la
estabilización al controlar el movimiento “fino” cuando caminamos o corremos.
Lo consigue porque, al contraerse, mantiene “la bola” del fémur bien metida en
la cavidad del acetábulo mientras el cuerpo se mueve. Así evita que aparezcan
dolores laterales de cadera por sobrecarga de la articulación cuando el peso
del cuerpo la presiona.
Los glúteos medio y menor consiguieron
estos efectos biomecánicos no tanto por un cambio de forma, sino por alterar la orientación de sus fibras. Al disponerlas horizontalmente,
facilitaron la abducción y la estabilización bípeda. Su alineación en los
simios, mucho más vertical, es lo que les procura esa facilidad pasmosa que
tienen para trepar.
En esta auténtica revolución
arquitectónica que sufrimos los primates que nos volvimos bípedos, los
ligamentos también se reorganizaron funcionalmente. Por poner un ejemplo, el
gran desarrollo que experimentó el iliofemoral nos permitió estar de pie sin apenas
gasto muscular. Los isquiotibiales, por su parte, se volvieron unos ayudantes
estupendos de los glúteos mayores para procurar el esprint.
La guinda del pastel
Pero
no nos engañemos. Unas nalgas bonitas requieren del efecto “culito de
melocotón”. Es decir, necesitan esfericidad.
De eso se encarga el elemento remodelador
por excelencia, esto es, una grasa bien distribuida. Pero ojo, el criterio
estético no fue el que primó a la hora de que la selección natural dispusiera
“grasa aquí y grasa allá” en nuestros traseros. Fue su polivalente
funcionalidad. Y es que el tejido adiposo de las posaderas actúa como un cojín
natural protegiendo los huesos de la pelvis (el sacro y el isquion,
fundamentalmente), disminuyendo la presión al sentarnos (al mejorar la distribución
de fuerzas) y absorbiendo gran parte de los impactos al caminar o correr.
Por
si fuera poco, recientemente se ha descubierto que la grasa de las nalgas
tiene propiedades protectoras frente a la
resistencia a la insulina, la diabetes tipo 2 y muchas enfermedades
cardiovasculares.
La grasa, pues, fue la responsable de que el trasero terminara siendo un
“invento” redondo.
Ya
sabe, a partir de ahora, cuando se le vayan los ojos tras el redondito, proporcionado
y aterciopelado trasero del Hermafodito de Villa Borghese, no
sienta mucho cargo de conciencia. En realidad, tan solo está corroborando una
gran verdad biológica: que el culo nos hizo humanos.
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