Reflexionar
sobre el panorama actual, tan cruel y engañoso, vamos a dejarnos de eufemismos,
es como un salto sin red. No hay fórmula magistral para comprender el amasijo de
información sobre todos los acontecimientos que nos rodean.
Cuando
se escribe un artículo debe estar basado en hechos fidedignos y documentados. En
los cuentos o relatos, muchas y muchos escogemos la ficción, partiendo de casos
verídicos pasados por el tamiz de la imaginación. Éstos últimos los manejamos a
nuestro albedrío dando vida a unos personajes, más o menos verosímiles, dependiendo
de quién los crea. Pueden ser buenos, malos, regulares o bipolares, pero
permanecen en el territorio de lo imaginario. Nacen y crecen en el contexto de
una historia; a veces mueren, con finales abiertos o cerrados. En muchas
ocasiones, al menos en mi caso, con un buen desenlace como una forma de dulcificar
el esperpento diario.
Al
hilo de este pensamiento recordé una entrevista, que le hicieron a Margaret
Atwood, autora, entre otras obras literarias, del magnífico y distópico libro, El cuento de la criada,
en la que le preguntaron cómo definiría ella los conceptos de utopía y distopía.
Y contestó de una manera muy concisa. Utopía:
las cosas podrían ir mejor, distopía: las
cosas podrían ir peor.
Y
yo me pregunto, ¿dónde estamos ahora y cómo se llamaría este momento
irrealmente real en el que nos encontramos? En un mundo al margen de los parámetros
de la justicia, la lógica y la verdad. Al mando de un descerebrado que lo
modela golpe a golpe de sus propios intereses; rodeado de otros personajes, no
menos peligrosos masacrando a cualquiera impunemente según se le antoja. Es un ser
caprichoso y con poder, tan inflado de vanidad como el muñeco de Michelin,
en una variedad color naranja. Su falaz vocabulario habla de malvados, fuerza
épica para una guerra corta, volverán a la edad de piedra, de amenazas
arancelarias, ahora quiero este país, mañana el otro, asegura buscar soluciones
pacíficas mientras sus bombas destruyen sin remordimientos, y demás perlas dialécticas
que avergonzarían a cualquier corto de mente. Sin embargo, él se siente
orgulloso de sí mismo con el mundo en sus manos, porque las reacciones del
resto son tibias o inexistentes.
Antes
de volver al universo ficcional, mucho más satisfactorio, aunque el natural no
deja de inquietarnos y generar incertidumbre, creo haber dado con la palabra
que lo definiría. No estará en la RAE, ni falta que hace. Podríamos decir que
nos ha tocado vivir, en un género no literario, más allá de la peor de las
distopías y tan incalificable como quien lo ha creado, una Trumptopía.
Esperanza Liñán Gálvez

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