Artículo
publicado en National Geographic.
Gracias a las rutas atlánticas y al
famoso galeón de Manila, cultivos americanos llegaron a Europa y Asia, mientras
que otros, como el mango, cambiaron el paisaje de América.
Hay alimentos que parecen de toda la vida de un país…
hasta que echas un vistazo al pasado y descubres que no es así. El mango es uno
de esos casos. Hoy lo asociamos con México, el Caribe,
Centroamérica o Venezuela pero, históricamente, el mango no es americano. Llegó
desde Asia en el contexto de la expansión marítima europea y, de forma
muy especial, por las rutas y redes del Imperio
español.
La primera pieza del puzle es clara, ya que el mango (Mangifera
indica) se originó en la región nororiental del subcontinente indio, en un
área que hoy se corresponde con Bangladés, el noreste de India y Myanmar, y se
cultiva en el sur y sudeste asiático desde la Antigüedad. En otras palabras, ni
por origen puede asociarse al continente americano.
El
viaje de una fruta emblemática
¿Y cómo llega el mango a América? Viajando, sobre
todo, cuando el mundo empieza a conectarse por rutas oceánicas y redes de
intercambio. Inicialmente, los mangos se cultivaban en la región indo-birmana
(desde hace más de 5.000 años) y, siglos después, viajaron con
comerciantes y exploradores. Fueron precisamente exploradores españoles en el
siglo XVII quienes los llevan a Sudamérica y México. En el hemisferio
occidental, llega a Brasil alrededor del 1700 y a las Antillas en torno a 1740.
Esto significa que durante la era colonial, el mango se
difunde globalmente, introducido en Brasil desde África occidental por los
portugueses en los siglos XVI-XVII, así como su expansión al Caribe y México en
el XVIII, contando con la famosa vía del galeón
de Manila, ruta española para intercambios transpacíficos. Estos galeones
transportaban mercancías muy diversas, desde seda, pasando por especias y
otros productos y las llevaban desde Filipinas o Manila hasta Acapulco, México.
¿Por
qué el Imperio español fue clave?
Queda claro que el Imperio español no fue el único
agente propagador de esta fruta, pero sí que es cierto que la Corona
española creó (y mantuvo) rutas, puertos, redes y mercados en los que
plantas, semillas y cultivos se movían a gran escala. Es, probablemente, la
fase más temprana de la globalización, conectando grupos antes aislados y
creando un mundo atlántico de contacto, comercio y colonización.
Las plantas viajaban en estos navíos por razones
muy simples: para alimentar poblaciones en crecimiento en colonias y ciudades
portuarias, para rentabilizar tierras con cultivos comerciables y para sostener
un sistema imperial basado en flujos constantes de plata, azúcar, especias,
mano de obra... y también frutas, claro está.
¿Por
qué pensamos que el mango es de origen latinoamericano?
El mango asiático (Mangifera indica) no existía en
América como cultivo conocido y extendido antes del contacto atlántico, lo
que no significa que en América no hubiera frutas tropicales; solo que esta
especie llegó después. Y cuando llega es todo un éxito, ya que alcanza un
continente con tradiciones riquísimas de frutas, fermentos, chiles, maíz y
técnicas de conservación. Por eso se integró tan bien en su cultura y dieta,
hasta tal punto que se convierte en ingrediente local y muchos creen que
procede de allí.
Un fruto que llega como 'exótico' en su origen, como en
este caso, puede transformarse en producto local cuando se cultiva de
forma masiva, se seleccionan variedades mejores para el suelo y el gusto
local, se introduce en recetas populares, se vuelve barato o abundante, y pasa
una generación o dos.
En la práctica, el mango terminó siendo tan de la casa
que olvidamos su pasaporte histórico. La conclusión es que el mango es
latino de adopción pero no de origen, así que tiene una historia doble; por un
lado, la de su origen botánico en el noreste del subcontinente indio y por
otro, la de su viaje humano en el siglo XVII por la exploración y colonización
española. Nació en Asia; cruzó mares en la era de los imperios; se aclimató a
los climas americanos; y hoy se ha vuelto símbolo del verano y de las cocinas
latinoamericanas.
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