07 enero 2026

DEMASIADO TARDE


 

Esta mañana he decidido entrar en esta pequeña cafetería de barrio. Hay una mujer madura, de pelo negro y ojos tristes, sirviendo desayunos detrás de la barra. De vez en cuando levanta la vista para mirar su paisaje matutino. El cuerpo desgastado de un anciano reposa sobre la silla de un rincón mientras apura un cigarrillo clandestino echando el humo por la ventana entreabierta. Se retrepa y un gesto de dolor asoma a su cara.     

      Yo estoy sentado en la mesa más lejana de la barra para observar solo a algunos protagonistas de este micro mundo. El abuelo fumador, que guarda parecido físico con la mujer morena: Don Paco, lo llama el camarero al acercarse a su mesa con un café y un refresco de cola. Los ojos se le iluminan al ver llegar a una adolescente con una minifalda propia de su edad. Ella le tira un beso a la mujer de la barra, quien se lo devuelve con el gesto de una madre y se sienta junto al abuelo. Envidio su cercanía cuando la besa en las mejillas con cariño y empiezan a hablar y reír como si se contaran sus cuitas. No escucho la conversación por el barullo de alrededor. Ahora se le ve feliz, la muchacha parece haber ahuyentado los dolores que hace un momento le aquejaban.

      Acaban de entrar dos tipos trajeados riendo a carcajadas. Unos cuarentones de esos que se consideran empresarios de éxito, aunque por la pinta no lo parecen: trajes de saldo, corbatas de poliéster, camisas a la moda de hace dos o tres años y mocasines marrones. Van hacia la mesa contigua a la de don Paco y la joven, lanzándole miradas lascivas. El abuelo arruga con fuerza varias servilletas. Yo también siento rabia y mi  primera intención es levantarme, pero no lo hago. ¿Quién soy yo para intervenir si he tenido amantes o clientas a las que les doblaba la edad y otras que me la doblaban a mí? Me reconozco con facilidad en cualquiera de esos hombres en mi pasado, cuando el ego se me subió a la cabeza y arrastré la razón y los sentimientos a los pies. Cuando dejé a mi novia, con la promesa de volver, para hacer fortuna en Miami. La  que conseguí y dilapidé en un extenso catálogo de vicios. Ahora vivo de alquiler en Vallecas.

      Los tipos vociferan mientras señalan la pantalla de la televisión encendida y comenta el más brabucón: ¿Cómo quieres que el marido la deje salir vestida como una fulana? Se merecía esa buena paliza. ¿Usted qué piensa abuelo? Se gira y da un golpe sobre la mesa.

     Don Paco se endereza en la silla con la respiración entrecortada y un temblor acentuado en sus manos. La nieta se levanta a su indicación con paso rápido dirigiéndose junto a su madre y ésta apaga inmediatamente la televisión. Después camina mal encarada hacia la mesa de los indeseables. En tono bastante audible les dice que allí está reservado el derecho de admisión mostrándoles la puerta. Varios clientes se levantan poniéndose a su lado con los brazos en jarra. Los sujetos se marchan cabreados oyendo el abucheo general como música de fondo.  

     Esa mujer de pelo negro, hija y madre, sigue pendiente del funcionamiento de su bar sonriendo agradecida. Con el porte cansado, guapa todavía y una expresión insondable, mira orgullosa a la chica, su vivo retrato a la misma edad.

      Llevo tiempo rondando a escondidas este bar. No sé si ha sido una buena idea mi deseo de verlas después de tantos años. Una llamada tardía de mi conciencia aunque ahora me arrepiento.

       Un calvo barbudo y arrugado, con gafas de miope y muchos kilos de más: Ésa es ahora mi imagen y la mejor aliada para pasar inadvertido en este rincón. No merezco a esa mujer ni a mi preciosa hija, tampoco a don Paco, que ha suplido mi abandono. Nadie me perdonaría, ni siquiera yo.

                                              

        Esperanza Liñán Gálvez

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