Esta mañana he decidido entrar en esta pequeña
cafetería de barrio. Hay una mujer madura, de pelo negro y ojos tristes, sirviendo
desayunos detrás de la barra. De vez en cuando levanta la vista para mirar su
paisaje matutino. El cuerpo desgastado de un anciano reposa sobre la silla de
un rincón mientras apura un cigarrillo clandestino echando el humo por la
ventana entreabierta. Se retrepa y un gesto de dolor asoma a su cara.
Yo estoy sentado en la mesa más lejana de
la barra para observar solo a algunos protagonistas de este micro mundo. El abuelo
fumador, que guarda parecido físico con la mujer morena: Don Paco, lo llama el
camarero al acercarse a su mesa con un café y un refresco de cola. Los ojos se
le iluminan al ver llegar a una adolescente con una minifalda propia de su
edad. Ella le tira un beso a la mujer de la barra, quien se lo devuelve con el
gesto de una madre y se sienta junto al abuelo. Envidio su cercanía cuando la besa
en las mejillas con cariño y empiezan a hablar y reír como si se contaran sus
cuitas. No escucho la conversación por el barullo de alrededor. Ahora se le ve
feliz, la muchacha parece haber ahuyentado los dolores que hace un momento le
aquejaban.
Acaban de entrar dos tipos trajeados
riendo a carcajadas. Unos cuarentones de esos que se consideran empresarios de
éxito, aunque por la pinta no lo parecen: trajes de saldo, corbatas de poliéster,
camisas a la moda de hace dos o tres años y mocasines marrones. Van hacia la
mesa contigua a la de don Paco y la joven, lanzándole miradas lascivas. El
abuelo arruga con fuerza varias servilletas. Yo también siento rabia y mi primera intención es levantarme, pero no lo
hago. ¿Quién soy yo para intervenir si he tenido amantes o clientas a las que
les doblaba la edad y otras que me la doblaban a mí? Me reconozco con facilidad
en cualquiera de esos hombres en mi pasado, cuando el ego se me subió a la
cabeza y arrastré la razón y los sentimientos a los pies. Cuando dejé a mi novia,
con la promesa de volver, para hacer fortuna en Miami. La que conseguí y dilapidé en un extenso catálogo
de vicios. Ahora vivo de alquiler en Vallecas.
Los tipos vociferan mientras señalan la
pantalla de la televisión encendida y comenta el más brabucón: ¿Cómo quieres
que el marido la deje salir vestida como una fulana? Se merecía esa buena paliza.
¿Usted qué piensa abuelo? Se gira y da un golpe sobre la mesa.
Don Paco se endereza en la silla con la
respiración entrecortada y un temblor acentuado en sus manos. La nieta se
levanta a su indicación con paso rápido dirigiéndose junto a su madre y ésta apaga
inmediatamente la televisión. Después camina mal encarada hacia la mesa de los
indeseables. En tono bastante audible les dice que allí está reservado el
derecho de admisión mostrándoles la puerta. Varios clientes se levantan
poniéndose a su lado con los brazos en jarra. Los sujetos se marchan cabreados oyendo
el abucheo general como música de fondo.
Esa mujer de pelo negro, hija y madre, sigue
pendiente del funcionamiento de su bar sonriendo agradecida. Con el porte
cansado, guapa todavía y una expresión insondable, mira orgullosa a la chica,
su vivo retrato a la misma edad.
Llevo
tiempo rondando a escondidas este bar. No sé si ha sido una buena idea mi deseo
de verlas después de tantos años. Una llamada tardía de mi conciencia aunque
ahora me arrepiento.
Un calvo barbudo y arrugado, con gafas
de miope y muchos kilos de más: Ésa es ahora mi imagen y la mejor aliada para
pasar inadvertido en este rincón. No merezco a esa mujer ni a mi preciosa hija,
tampoco a don Paco, que ha suplido mi abandono. Nadie me perdonaría, ni
siquiera yo.
Esperanza Liñán Gálvez

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