Artículo
de Vanessa Tabernero, Profesora
contratada doctora / Decana Adjunta Grado Química, Universidad de Alcalá.
Publicado en la revista digital The Conversation
Todos sabemos el papel tan importante que
los plásticos desempeñan en nuestra vida. De la misma forma que otras épocas
fueron denominadas por el material predominante en las mismas, como la Edad del
Bronce o la Edad del Hierro, no hay duda de que ahora vivimos en la “edad del
plástico”. Pero lejos de demonizar su papel, tenemos que pensar que, gracias a
ellos, contribuimos a mejorar nuestra calidad de vida e, incluso, el medio
ambiente.
He aquí algunos ejemplos. En automoción,
los coches pesan actualmente un 50 % menos que si los componentes análogos
estuvieran fabricados con otros materiales, lo cual supone un ahorro de
combustible de entre el 25 y el 35 %, con el consecuente descenso en las
emisiones de gases de efecto invernadero.
En cuanto a las viviendas, los plásticos
que se utilizan para su aislamiento ahorran más de 200 veces la energía invertida en su fabricación. Y en
medicina, estos materiales permiten fabricar dispositivos que monitorizan el
estado de salud del paciente y gestionan su medicación, permitiéndoles llevar
una vida más autónoma, además de los increíbles avances que se están dando en
el campo de la impresión 3D para regenerar piel, hueso y
cartílago.
Y esto puede complicarse con la llegada de
materiales más amigables con el medioambiente, como los bioplásticos. ¿En qué
contenedor hay que tirarlos? ¿Saben los consumidores realmente de qué están
hechos los envases de los productos que compran?
¿Qué son los bioplásticos?
En la actualidad, se están haciendo muchas investigaciones para obtener bioplásticos. Estos se
definen como aquellos plásticos cuyos monómeros de origen, las unidades básicas
que los componen por repetición, son biobasados, es decir, tienen un origen
natural. También se definen como bioplásticos aquellos que son biodegradables,
lo que significa que pueden descomponerse en dióxido de carbono, agua y biomasa
por la acción de microorganismos.
Con cumplir una de las dos características, un plástico ya se
considera “bio”. Por ejemplo, un polímero que proceda de un monómero biobasado
será etiquetado como biopolímero, y uno cuyo monómero proceda del petróleo, si
es biodegradable, también se etiquetará como biobasado.
La polilactida (PLA) es un bioplástico que cumple con las dos características. Su monómero de origen es biobasado, de origen natural: suele
proceder del maíz o de la caña de azúcar. Ciertas peculiaridades de su
composición y estructura facilitan su degradación, pero hay que tener cuidado
porque esta ocurre en condiciones de compostabilidad, es decir, no se degrada
en cualquier ambiente.
En este punto es importante señalar que no es lo mismo biodegradable que compostable. Un material compostable da lugar a los mismos subproductos que
los materiales biodegradables, pero lo hace en un plazo de tiempo y en
condiciones específicas y controladas: 40-60 % humedad, determinada
temperatura y presencia de microorganismos. Todos los materiales compostables
son biodegradables, pero no todos los materiales biodegradables son
compostables.
Estas definiciones son importantes para saber en qué contenedor
hay que desechar cada tipo de plástico: al marrón, de residuos orgánicos, o al
amarillo de los plásticos convencionales.
A la hora de reciclar
Por lo tanto, hay que tener en cuenta que un material compostable
no se degrada en cualquier ambiente, sino en condiciones muy concretas,
similares a las de una compostadora como las que podamos tener en el jardín.
Así, cuando nos deshacemos de las bolsas de pesar la fruta en el
supermercado, las cucharas, vasos o platos que se venden “como más ecológicos”
–o, incluso, están etiquetados como biodegradables– tenemos que hacerlo
sabiendo que no pueden desecharse en el campo o en cualquier lugar porque ahí
va a tardar en degradarse mucho tiempo.
Es interesante mirar la etiqueta de estos productos porque a
menudo indicará que son de PLA, y entonces irán al contenedor marrón, es decir,
al de residuos orgánicos, y no al amarillo de los plásticos convencionales. Ese
contenedor marrón de materia orgánica está destinado a hacer compost y se
tratará en condiciones específicas de compostaje.
También hay que tener especial cuidado cuando los envases
contienen plásticos de dos tipos distintos. Me refiero a los briks de leche que
llevan un tapón de “caña de azúcar”. Si ese tapón es de PLA y, por tanto, se
trata de un material biobasado compostable, debe ir al contenedor marrón.
Sin embargo, si el tapón derivado de “caña de azúcar”, es de
polietileno (PE) de origen vegetal se trata de un material con las mismas
características que el PE de origen fósil a la hora de ser reciclado, y debe ir
al contenedor amarillo, junto con el resto del envase tetrabrik. En caso de
duda, mira el recipiente que te indicará dónde reciclar.
Es importante hacer esta separación porque, si no, el material
compostable estropeará el procedimiento de recuperación de los otros plásticos.
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