Recordar el nombre de las personas con las que dialogamos es una muy
necesaria facultad, habilidad que no todos poseemos. Cuando olvidamos cómo se llama nuestro interlocutor o no
sabemos cuál es su nombre, soportamos una incómoda situación y ofrecemos una penosa
imagen, carente de elegancia. Y más si es una persona con la que mantenemos un
trato frecuente. Una situación paralela, también “embarazosa” o cómica, se
produce al confundir el nombre de la persona que está hablando con nosotros.
Esta situación puede obedecer a varios
motivos. Hay personas con débil memoria para los nombres. También ocurre
cuando se asiste a una reunión y nos presentan “en cadena” a varias personas. Al
ir saludando saludando a la cuarta o quinta, ya no nos acordamos cómo se
llamaba el primer hombre o mujer al que hemos estrechado la mano. Otra causa de
estos olvidos deriva de la escasa importancia que concedemos a quienes tenemos
por delante, minusvalorando falazmente a nuestro interlocutor. La falta de
continuidad relacional con esa persona que alguna vez te han presentado provoca
que olvides pronto su nombre. También es verdad que hay nombres más fáciles de
recordar, sobre otros muy comunes que son los que con más frecuencia olvidamos.
¿Con quién se suelen producir estos equívocos? Esos lapsus de memoria podemos tenerlos con los vecinos del bloque en el que residimos o también con esos otros residentes en bloques cercanos del barrio. Con los compañeros de trabajo en fábricas, talleres oficinas, o centros comerciales. Con los integrantes de agrupaciones sociales de naturaleza cultural, deportiva o recreativa a las que pertenecemos. A veces incluso con miembros o parientes alejados de nuestra propia familia. Muchos profesores, que imparten docencia en diversos grupos de alumnos, también tienen dificultad para recordar los nombres y apellidos de aquellos escolares que reciben sus explicaciones.
Una vez
planteada esta siempre necesaria “habilidad social”, habría que buscar soluciones fáciles o útiles, para
aplicarlas con voluntad y eficacia, en las personas desmemoriadas. Nos
acordamos de que los dependientes o comerciales, los trabajadores bancarios o
los miembros del staff de una instalación hotelera, por citar algunos ejemplos,
suelen llevar una plaquita inserta en el uniforme o chaqueta, con su nombre e
incluso su función específica. Este sistema se podría aplicar con los miembros
de una agrupación social, de cualquier naturaleza o función. Lo mismo ocurre en
los congresos científicos, en lo que encima de tu mesa hay una tarjeta con el
nombre bien visible del participante o conferenciante.
Otro fácil recurso es utilizar esa coloquial frase de “hola, mi nombre
es X. ¿Cuál es tu nombre? Resulta que hemos hablados en varias ocasiones y no
recuerdo como te llamas. Ya sabes, la memoria nos falla más de lo que
quisiéramos”. O también el “tú te llamas …”
Hay un mecanismo nemotécnico para
ayudar a una débil memoria. Al conocer el nombre de tu interlocutor o la
persona que te están presentando, se puede relacionar ese nombre con una
palabra “vinculada” a alguna característica física, profesional o parecido de
esa persona, para mejor recordarla. Estos vínculos relacionales ayudar a fijar
en nuestra mente un mejor camino para recordar nombres, evitando situaciones
incómodas o incluso divertidas.
Se puede preguntar a un compañero o amigo cómo se llama esa persona,
de relación común, cuyo nombre has olvidado o no conoces. “¿Me dices el nombre de la chica morena con
el pelo recogido en una cola, por favor?”.
Los profesionales de la educación repiten a sus alumnos una ley muy
importante para fortalecer el ejercicio de la memoria y que a todos nos pueden
ayudar. No se olvida y se recuerda mejor aquello
que nos interesa. Ese interés facilita, con gran intensidad, la eficacia
de ese componente tan importante de nuestro cerebro. Las cosas que no interesan
son las que primero se olvidan.
Desde luego los desmemoriados deben también aplicar una regla escolar
básica para fijar los recuerdos: la repetición.
Repetir el nombre de la persona pensando en su rostro u otras características
que lo singularicen.
Siempre es mejor, educado y agradable, conocer el nombre de los demás,
dentro nuestro círculo relacional. Debemos utilizar ese nombre con una sonrisa
de amistad y hablarle mirándole a los ojos. Este comportamiento facilitará la
recíproca confianza, el intercambio de vivencias y ese calor humano que el
anonimato difícilmente puede generar. Y, por favor, utilicemos con prudencia
los apellidos, que pertenecen a otro estadio generacional. Los apellidos “alejan”
mientras que el nombre favorece la “proximidad”. –
José L. Casado Toro
Mayo 2025
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