30 mayo 2025

EL NOMBRE DE LAS PERSONAS

 


Recordar el nombre de las personas con las que dialogamos es una muy necesaria facultad, habilidad que no todos poseemos. Cuando olvidamos cómo se llama nuestro interlocutor o no sabemos cuál es su nombre, soportamos una incómoda situación y ofrecemos una penosa imagen, carente de elegancia. Y más si es una persona con la que mantenemos un trato frecuente. Una situación paralela, también “embarazosa” o cómica, se produce al confundir el nombre de la persona que está hablando con nosotros.

Esta situación puede obedecer a varios motivos. Hay personas con débil memoria para los nombres. También ocurre cuando se asiste a una reunión y nos presentan “en cadena” a varias personas. Al ir saludando saludando a la cuarta o quinta, ya no nos acordamos cómo se llamaba el primer hombre o mujer al que hemos estrechado la mano. Otra causa de estos olvidos deriva de la escasa importancia que concedemos a quienes tenemos por delante, minusvalorando falazmente a nuestro interlocutor. La falta de continuidad relacional con esa persona que alguna vez te han presentado provoca que olvides pronto su nombre. También es verdad que hay nombres más fáciles de recordar, sobre otros muy comunes que son los que con más frecuencia olvidamos.

¿Con quién se suelen producir estos equívocos? Esos lapsus de memoria podemos tenerlos con los vecinos del bloque en el que residimos o también con esos otros residentes en bloques cercanos del barrio. Con los compañeros de trabajo en fábricas, talleres oficinas, o centros comerciales. Con los integrantes de agrupaciones sociales de naturaleza cultural, deportiva o recreativa a las que pertenecemos. A veces incluso con miembros o parientes alejados de nuestra propia familia. Muchos profesores, que imparten docencia en diversos grupos de alumnos, también tienen dificultad para recordar los nombres y apellidos de aquellos escolares que reciben sus explicaciones.


 

Una vez planteada esta siempre necesaria “habilidad social”, habría que buscar soluciones fáciles o útiles, para aplicarlas con voluntad y eficacia, en las personas desmemoriadas. Nos acordamos de que los dependientes o comerciales, los trabajadores bancarios o los miembros del staff de una instalación hotelera, por citar algunos ejemplos, suelen llevar una plaquita inserta en el uniforme o chaqueta, con su nombre e incluso su función específica. Este sistema se podría aplicar con los miembros de una agrupación social, de cualquier naturaleza o función. Lo mismo ocurre en los congresos científicos, en lo que encima de tu mesa hay una tarjeta con el nombre bien visible del participante o conferenciante.  

Otro fácil recurso es utilizar esa coloquial frase de “hola, mi nombre es X. ¿Cuál es tu nombre? Resulta que hemos hablados en varias ocasiones y no recuerdo como te llamas. Ya sabes, la memoria nos falla más de lo que quisiéramos”. O también el “tú te llamas …”

Hay un mecanismo nemotécnico para ayudar a una débil memoria. Al conocer el nombre de tu interlocutor o la persona que te están presentando, se puede relacionar ese nombre con una palabra “vinculada” a alguna característica física, profesional o parecido de esa persona, para mejor recordarla. Estos vínculos relacionales ayudar a fijar en nuestra mente un mejor camino para recordar nombres, evitando situaciones incómodas o incluso divertidas.

Se puede preguntar a un compañero o amigo cómo se llama esa persona, de relación común, cuyo nombre has olvidado o no conoces.  “¿Me dices el nombre de la chica morena con el pelo recogido en una cola, por favor?”.       

Los profesionales de la educación repiten a sus alumnos una ley muy importante para fortalecer el ejercicio de la memoria y que a todos nos pueden ayudar. No se olvida y se recuerda mejor aquello que nos interesa. Ese interés facilita, con gran intensidad, la eficacia de ese componente tan importante de nuestro cerebro. Las cosas que no interesan son las que primero se olvidan.

Desde luego los desmemoriados deben también aplicar una regla escolar básica para fijar los recuerdos: la repetición. Repetir el nombre de la persona pensando en su rostro u otras características que lo singularicen.

Siempre es mejor, educado y agradable, conocer el nombre de los demás, dentro nuestro círculo relacional. Debemos utilizar ese nombre con una sonrisa de amistad y hablarle mirándole a los ojos. Este comportamiento facilitará la recíproca confianza, el intercambio de vivencias y ese calor humano que el anonimato difícilmente puede generar. Y, por favor, utilicemos con prudencia los apellidos, que pertenecen a otro estadio generacional. Los apellidos “alejan” mientras que el nombre favorece la “proximidad”. 



José L. Casado Toro

Mayo 2025


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