Mi primer
recuerdo de la Farola de Málaga, todavía siendo una niña y mucho antes de
conocerla, era aquella frase que me repetía mi madre cuando me ponía muy
pesada. ¿Por qué no te vas un rato a tomar viento a la farola? Y yo le
preguntaba, ¿eso dónde está? Ella miraba hacia arriba, suspiraba y por
respuesta me daba un abrazo mientras me decía que algún día la conocería.
Nostalgias
de emigrantes, ligadas a sus vidas, en frases escuchadas a sus padres y
abuelos. Eran como el cordón umbilical que les unía a su ciudad natal en la
distancia: Recuerdos de su Farola, del olor a salitre y la mar chocando contra las
rocas, donde entonces su único paisaje se extendía en una vasta llanura al otro
lado del océano.
Muchos
años después, ya en Málaga, madre e hija fuimos a verla y entendí su
significado. Un faro mirando desafiante a la mar, mientras soplaban fuertes
vientos. Algunas gotas saladas nos salpicaban la piel y me decía: así huele mi
tierra que ahora también es la tuya, mientras llenaba los pulmones con su
aroma. La farola, en femenino, como esa mar que contempla. La única bautizada
así desde tiempos inmemoriales, quizá por quienes mejor la conocen.
La han pintado infinidad de
artistas en distintos momentos de su existencia. Siempre como símbolo de
identidad atemporal de Málaga. Algunos de ellos la inmortalizaron cuando se
veía, como telón de fondo, desde todos los puntos de la ciudad. Sin ir más
lejos, don Emilio Millán Ferriz, un hábil acuarelista, como lo califican sus escasas referencias biográficas,
la plasmó en su lienzo «El Copo» en 1907, cuya imagen adjunto a este escrito. Esa
fue una de sus obras pictóricas dedicada a nuestras playas, los marengos y al costumbrismo
de la época.
Mucha es la historia de nuestra Farola, y gracias
a ella muchos fueron salvados pudiendo labrar así su propia historia.
El
25 de julio de 2023 fue declarada Bien de Interés Cultural (BIC), en la
categoría de Monumento. Ojalá eso sirva para su mejor conservación y no sigan
ahogándola con cemento en sus alrededores hasta que un día la perdamos de vista,
porque ella nunca lo haría.
Esperanza Liñán Gálvez


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