La
inventiva de Borges para los nombres propios y sonoros es asombrosa: Otto
Dietrich von Linde, Abenjacán el Bojarí, Ireneo Funes (el memorioso del cuento
homónimo), Daniel Simón Azevedo, Álvaro Melián Lafinur y tantos otros, merodean
por sus escritos. En El Aleph llaman
la atención los del abogado Zunni y los
empresarios Zunino y Zungri por la reiteración del exótico Zun inicial. Los
primeros, citados varias veces, son propietarios de la casa de la calle Garay
donde encontraremos el Aleph. No menos notable es el nombre del primo de Beatriz:
Carlos Argentino Daneri, al que el narrador describe con prolijidad: “…es rosado, considerable, canoso, de
rasgos finos. Ejerce no sé qué cargo subalterno en una biblioteca ilegible de
los suburbios… A dos generaciones de distancia, la ese y la copiosa
gesticulación italiana sobreviven en él. Su actividad mental es continua,
apasionada, versátil y del todo insignificante.” Es claro el desprecio del
narrador hacia CAD. El cargo es subalterno; la biblioteca, ilegible (¡?) y
suburbial; la actividad mental, insignificante.
Sabremos que
CAD está empeñado en una vasta epopeya poética consistente en versificar toda
la redondez del planeta. En 1941 (Beatriz había muerto en 1929) se había
atrevido con unos pocos rincones ocultos de Buenos Aires, unos baños turcos en
Brighton (UK) y unas hectáreas del estado de Queensland en Australia. De este
tramo es el siguiente alejandrino:
Sepan.
A manderecha del poste rutinario // (viniendo, claro está, desde el
Nornoroeste) // se aburre una osamenta
-¿color? Blanquiceleste)- // que da al corral de ovejas catadura de
osario.
Tantos
absurdos disparates son para el autor
audacias rescatadas que se apresura a explicar con insoportable pedantería, ya
que, para él, la obra completa (poco completa, en realidad) era un dilatado
jardín de tropos, de figuras, de galanuras, abundante en perfección formal y en
rigor científico.
Hay dos
fragmentos más de alejandrinos de cuya lectura les excuso, y una inacabable
serie de ridículas disquisiciones que nos llevan a saber que en 1943 CAD ganó
el 2º premio Nacional de Literatura, en el que el narrador no obtuvo ningún voto,
y en el que los premios segundo y tercero recayeron en los doctores Aita y
Bonfanti (de nuevo los extravagantes apellidos borgesianos). Antes, por
supuesto, hemos descubierto, a instancias de Daneri y por palabras de Borges,
el Aleph, escondido en los escalones del sótano de la casa. La vieja casa
inveterada de la calle Garay, donde vivió Beatriz y ahora lo hace CAD; casa que
pretenden demoler “esos ya ilimitados
Zunino y Zungri” para ampliar su desaforada confitería.
Llamo la
atención sobre los términos inveterada,
ilimitados y desaforada como ejemplos de la brillante adjetivación preciosista
del autor; que veces resulta irritante
precisamente por exceso de preciosismo,
Y quédese la descripción del propio Aleph para la entrega final.
José Ramón Torres Gil
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