14 noviembre 2020

EL ALEPH (BORGES II)

 

    La inventiva de Borges para los nombres propios y sonoros es asombrosa: Otto Dietrich von Linde, Abenjacán el Bojarí, Ireneo Funes (el memorioso del cuento homónimo), Daniel Simón Azevedo, Álvaro Melián Lafinur y tantos otros, merodean por sus escritos. En El Aleph llaman la atención los del abogado Zunni y  los empresarios Zunino y Zungri por la reiteración del exótico Zun inicial. Los primeros,  citados varias veces, son  propietarios de la casa de la calle Garay donde encontraremos el Aleph. No menos  notable es el nombre del primo de Beatriz: Carlos Argentino Daneri, al que el narrador describe con prolijidad: “…es rosado, considerable, canoso, de rasgos finos. Ejerce no sé qué cargo subalterno en una biblioteca ilegible de los suburbios… A dos generaciones de distancia, la ese y la copiosa gesticulación italiana sobreviven en él. Su actividad mental es continua, apasionada, versátil y del todo insignificante.” Es claro el desprecio del narrador hacia CAD. El cargo es subalterno; la biblioteca, ilegible (¡?) y suburbial; la actividad mental, insignificante.

    Sabremos que CAD está empeñado en una vasta epopeya poética consistente en versificar toda la redondez del planeta. En 1941 (Beatriz había muerto en 1929) se había atrevido con unos pocos rincones ocultos de Buenos Aires, unos baños turcos en Brighton (UK) y unas hectáreas del estado de Queensland en Australia. De este tramo es el siguiente alejandrino:

Sepan. A manderecha del poste rutinario // (viniendo, claro está, desde el Nornoroeste) // se aburre una osamenta  -¿color? Blanquiceleste)- // que da al corral de ovejas catadura de osario.

    Tantos absurdos disparates son  para el autor audacias rescatadas que se apresura a explicar con insoportable pedantería, ya que, para él, la obra completa (poco completa, en realidad) era un dilatado jardín de tropos, de figuras, de galanuras, abundante en perfección formal y en rigor científico.

     Hay dos fragmentos más de alejandrinos de cuya lectura les excuso, y una inacabable serie de ridículas disquisiciones que nos llevan a saber que en 1943 CAD ganó el 2º premio Nacional de Literatura, en el que el narrador no obtuvo ningún voto, y en el que los premios segundo y tercero recayeron en los doctores Aita y Bonfanti (de nuevo los extravagantes apellidos borgesianos). Antes, por supuesto, hemos descubierto, a instancias de Daneri y por palabras de Borges, el Aleph, escondido en los escalones del sótano de la casa. La vieja casa inveterada de la calle Garay, donde vivió Beatriz y ahora lo hace CAD; casa que pretenden demoler “esos ya ilimitados Zunino y Zungri” para ampliar su desaforada confitería.

     Llamo la atención sobre los términos inveterada, ilimitados y desaforada como ejemplos de la brillante adjetivación preciosista del autor; que veces resulta  irritante precisamente  por exceso de preciosismo, Y quédese la descripción del propio Aleph para la  entrega final.

                                                                    José Ramón Torres Gil


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