El
20 20 de la anualidad continúa marcando hitos, de difícil calificación para los
archivos de nuestra memoria. Con admirable y paciente esfuerzo, los ciudadanos
asumimos una Primavera “fantasma”. Y ahora tratamos de ir dando forma a un
Verano, inevitablemente marcado por la diferencia. Casi todo parece diferente,
aunque tratemos de darle o vestirle con el entrañable ropaje de la normalidad.
Pero la realidad es bien tozuda. Aunque los gestores que nos administran vayan dosificando
o “abrumándonos” con normas, leyes y decretos permisivos, los antiguos hábitos
y costumbres difícilmente se pueden implementar desde un despacho, ante esa ineludible
y peligrosa convivencia con un virus indeseado, hostil y visceral contra lo humano
y sin la posesión de una pócima eficaz que lo aniquile o aletargue.
Se
nos arenga con esa lógica consigna que a todos suena bien: hay que salvar la
maltrecha economía, como “segunda” prioridad (es obvio que todos sabemos cual
es la “primera”). Entonces abrimos los aeropuertos. Permitimos el 100 % en la
ocupación de los restaurantes, las cafeterías y los medios de transporte. Los
comercios de todo tipo ya están en plenas rebajas. Se “suavizan” aquellos rígidos
metros fronterizos entre las familias que descansan sobre la arena de las
playas. Desaparecen horarios y confinamientos y las ofertas de viajes, por
supuesto nacionales, no cesan de aparecer en las páginas de Internet… Gratísima
tolerancia para la “normalidad” pero con una innegociable condición: desde los
seis años, todos con mascarilla, a modo de escudo protector, aunque los
termómetros marquen cifras que se acercan o superan las tres decenas de grados
centígrados. Y amplia difusión gratuita de geles, con diferente aroma, textura
y dosificación. La desinfección y suavidad de nuestras manos es manifiesta.
Pero,
como decíamos supra, la realidad es un tanto rebelde al poderío del decreto. Llegas
al aeropuerto y además de no poder entrar en el edificio (como no lleves un
billete de vuelo en tu mano) te encuentras su “macrio” aparcamiento, ese que
generaba tan suculentos dividendos, cerrado a cal y canto. Blindado. Si llevas
a un familiar en el coche, te dan 15 minutos de gracia en el parking VIP o
Exprés para despedirte de él, pero sin
poder acompañarlo a franquear la puerta de entrada en el monumental recinto. El
porcentaje de los vuelos desde el extranjero ha decrecido hasta cifras
desconocidas por la costumbre. Y estamos en Julio. Muchos tiemblan, ante lo que
pueda ocurrir con los viajes aéreos a partir de septiembre.
Te
desplazas a un gran centro comercial y ves que las multinacionales de las
franquicias ya han instalado los grandes carteles ofertando las rebajas
veraniegas. Pero dentro de las tiendas sólo hay algunos clientes, para tan
grandes espacios. Miras el reloj y compruebas que son las siete o las ocho de
la tarde. Los más avisados y despiertos empresarios negocian a “toda pastilla” las
ventas on-line. Encargas desde tu ordenador el artículo y vas a recogerlo en el
corto plazo de una hora. O te lo llevan a casa de forma gratuita, si la compra
supera los 30 euros de coste. La telemática se aplica, ya sin mesura, para
todo: en lo comercial, en la sanidad, en lo educativo, en lo afectivo, en lo político,
y en el ámbito cultural. Algunos periodistas escriben que las salas de los
cines, sólo aquellas pocas que tímidamente han abierto sus puertas, con
“estrenos” como Apocalipsis Now o Cinema Paradiso, están prácticamente vacías
de asistentes. Los grandes hoteles permanecen cerrados, a pesar de los decretos
permisivos. Por cierto ¿has visto alguna agencia de viaje, con las persianas
levantadas y a su personal presto a recibir clientela?
Porque
frente a esa ansiada búsqueda de la “nueva” normalidad, que imite a la “antigua”
normalidad, el “indeseado” sigue campando sin freno por toda la geografía
mundial. Y se ha buscado un término floral o vegetativo para darle más belleza
a lo patético: el rebrote. En los medios de comunicación escrita, visual o
radiofónica, ya tenemos los mapas de esa nueva y peligrosa “agricultura de la
pandemia” que germina con insolencia en los lugares, momentos y circunstancias
más insospechadas, contra toda clase de personas.
Y
pegas el oído a esas frases que inevitablemente escuchas en calles, ascensores
o terrazas de los bares (que ya han “tomado” con el permiso municipal las
aceras y espacios peatonales del espacio urbano). Antes se preguntaba, por
estas fechas ¿a dónde vais a ir este verano? Interrogante que ahora ha cambiado
de matiz: ¿Qué vas a hacer este verano? Aquellas arrogantes respuestas de ostentosos
lugares exóticos, lejanos o de gran monumentalidad lúdico-cultural, ahora se
han mutado en entrañables y próximos destinos nacionales, a ser posible
vinculados a esos gratos entornos de la naturaleza, la del árbol, la montaña y
la casa rural. También las playas, pues España tiene un entorno costero
verdaderamente precioso (aunque dudosamente saneado, a pesar de las banderas
azules) que nunca es tarde para descubrir y disfrutar.
Y
este verano, muy diferente de aquellos otros estíos de la “fanfarria” consumista,
festiva y viajera, por supuesto que se nos presenta con ilusión, prudencia y
sencillez. ¿Tendrá incentivos
suficientes para el disfrute y para la recuperación, en lo posible, del cuerpo
y del ánimo?
Es
verdad que esta muy dura experiencia, que aún nos asola, sin embargo y como
contraste, viene acompañada de interesantes beneficios que con inteligencia,
imaginación y humildad pueden ser verdaderamente terapéuticos para nuestras
alocadas y desordenadas existencias. La pandemia nos está ayudando ¡quién lo
diría! a implementar en nuestros modelos de vida un mayor sosiego y
tranquilidad para nuestras respuestas; una racional relativización de los
problemas, que hasta hace poco banalmente tanto nos afectaban y alteraban nuestra
cotidianidad; una valoración más inteligentes de esas opciones que antes
despreciábamos y que ahora consideramos verdaderamente sustanciales, próximas y
trascendentes, para sentirnos mucho mejor; una mayor fraternidad y sinceridad
en nuestras relaciones sociales, priorizando la amistad como principio
universal; una vuelta a la verde y mágica naturaleza, como espacio que tonifica
nuestros cuerpos y enriquece nuestros espíritus, alterados por todos esos
montajes “trileros” de lo insustancial; un nuevo descubrimiento de los entornos
hispanos, que tienen mucho que decir, narrar y sugerir y, por supuesto, para
gozar.
En
definitiva, de las más complejas adversidades y desgracias, es positivo, prudente,
racional, imaginativo, útil y atractivo, sacar consecuencias operativas y educativas,
que nos hagan ser algo, un mucho mejores. El “indeseado” ha venido cargado de no
poco dolor en sus alforjas pero, en su microscópica voracidad, no ha reparado
en la generación de un efecto respuesta y paralelo: está colaborando en hacer
posible ese mundo más humanizado, a la vez humilde y valiente, que tanto
necesitamos y ansiamos para enriquecer nuestras vidas.-
José
L. Casado Toro
Julio,
2020.
Ante la inminente debacle de la economía, hemos querido inventar una nueva normalidad engañandonos a nosotros mismos que no somos capaces de obedecer las mínimas medidas de prevención y pronto veremos el despertar del monstruo que sólo estaba dormido.
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