Artículo
de Sofía López Hernández, Profesor
de Comunicación Audiovisual. Crítico de cine, Universidad Villanueva. Publicado
en la revista digital The Conversation.
El Jurado de
la Sección Oficial del pasado Festival de Cine de San Sebastián otorgó su gran
premio, la Concha de Oro, a Los domingos, de
Alauda Ruiz de Azúa. La directora y guionista comentó, al recibir también el Premio Feroz Zinemaldia –que
concede la AICE (Asociación de Informadores Cinematográficos de España)– del
certamen, que “tenía mucho vértigo de que la propuesta no se entendiera” porque
se trataba de algo arriesgado. Pero se entendió. Consiguió su objetivo: no solo
que gustara, sino que se hablara de ella.
Los domingos narra la historia de Ainara, una chica de 17 años que debe
decidir su futuro. Su familia le pregunta qué carrera elegirá. Pero la noticia
de que su verdadera inquietud es ser monja de clausura les pilla por sorpresa,
y esto provoca una crisis familiar.
Un enfoque diferente
El éxito radica en el modo de hacer cine
de Ruiz de Azua, en los temas que selecciona y, sobre todo, la forma en la que
los trata, el estilo. La realizadora vasca elige asuntos cotidianos que, por su
complejidad, plantean miradas poliédricas, bien sean las sombras y luces de una
madre primeriza, las incomprensiones que recibe una víctima de violencia de
género por parte de su familia o las diferentes posiciones vitales de la gente
ante una adolescente que quiere ser monja.
En
el caso que nos ocupa, arriesga un paso más. Los domingos es
un espécimen verdaderamente excepcional en el panorama cinematográfico. Y no es
que no haya en el cine español actual películas sobre temas religiosos, que las
hay. Pero lo inusual es la seriedad, el rigor y la delicadeza del enfoque que
da una realizadora que no tiene fe.
Ruiz de Azúa, en una entrevista hecha
durante del Festival de Cine de San Sebastián 2025, me comentó que:
“Es una historia que escuché en la juventud, una chica que tenía vocación
religiosa. Me llamó mucho la atención. Tenía curiosidad, fascinación. Me era
algo muy ajeno. Después de rodar ‘Cinco Lobitos’, vi que lo podría contar desde
el prisma de la familia. Y ahí sí encontré esa pregunta más compleja: ¿cómo la
acompaña la familia? ¿O no la acompaña? ¿Cómo se posiciona aquí?”
No se trata solo de dar con la tecla, con el tema adecuado, sino
también con el enfoque. A Ruiz de Azúa le atrae comenzar los procesos creativos
para explorar escenarios que plantean dilemas difíciles de resolver, a ver qué
se encuentra. Y lo hace con mucho respeto. Observa, investiga, pregunta,
sopesa. Es meticulosa y cuidadosa con los pequeños detalles:
“Cuando me meto en universos desconocidos,
intento ser muy rigurosa y muy analítica… casi como un poco antropóloga; me
gusta esa perspectiva. Y luego trabajo con las sensaciones y el imaginario que
eso me genera. Pero sí, el rigor me parece importante. En el amor al detalle, a
lo meticuloso… sacas muchas cosas que hablan de nosotros”.
Así consigue mostrar la complejidad de las
posibles miradas sin caer en el maniqueísmo. En Los domingos se
plasman las diferentes posturas ante una vocación religiosa: la de la fe de
Ainara contrapuesta a la ausencia de fe de su querida tía Maite. El público se
puede identificar con la una o con la otra sin sentirse maltratado o ridiculizado.
“Lo que me ha enganchado del cine desde pequeña
era intentar entender a otras personas. Ese era el mecanismo que activaba en
mí”.
Las
trascendencias del día a día
Ruiz de Azúa es gran admiradora del
director de cine japonés Yasujirō
Ozu, de quien bebe y con quien se identifica por una mirada austera
y sutil:
“Intento que lo cotidiano de alguna manera
trascienda (…). Supongo que para mí viene de un cine que me ha gustado siempre,
de Ozu, las películas a las que se las denomina trascendentes, no tanto en el
sentido religioso sino porque, como caen en lo cotidiano, lo elevan a un sitio
un poco más profundo. Y me interesa; me parece muy difícil, pero me interesa.
Creo que es una sensación que el cine puede evocar muy bien; combina elementos
y de repente construye eso”.
Como Ozu, su tema fetiche es la familia. Y
plasma lo de cada día; en el caso de su última película: los rituales, las
comidas de los domingos, la asistencia al coro del conservatorio o las
reuniones de las monjas para rezar varias veces al día. Lo hace mediante una
planificación sobria y centrada en los personajes que juega con paralelismos
narrativos y con el sentido del humor y la ironía. Las miradas entre los
personajes y las conversaciones que mantienen ayudan a experimentar
sentimientos que dan qué pensar al espectador.
Ruiz de Azúa busca la profundidad y el misterio también a través
de la música. Los chicos escuchan temas de Quevedo y Bizarrap, pero cuando
están bailando en la discoteca, de modo extradiegético, la audiencia solo oye
música sacra. Especialmente relevante se torna el tema “Into my arms”, de Nick Cave, que explora la intersección entre la fe, el
amor y la vulnerabilidad humana y que interpreta el coro del colegio. Ainara la
canta a ratos, a solas.
En definitiva, el cine de Alauda Ruiz de
Azúa respira trascendencia a través de lo cotidiano. Y, al ser tan respetuosa y
abierta ante lo que plantea, “no muestra su visión personal. Se abstiene de una
interpretación convencional de la realidad”, como diría el crítico y director de cine Paul Schrader.
Este es el secreto de que consiga la
conexión con el espectador. Sus historias se quedan en el imaginario y se
rumian interiormente; pero también se habla de ellas, se debate sobre lo que
cuenta, sin generar combate. Es lo que pretende.
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