Lo
primero que se nos viene a la memoria cuando hablamos de héroes, o superhéroes,
son los de los comics, ahora llamadas novelas gráficas, o sea, los tebeos de
nuestra infancia.
Niños
y niñas que crecimos pensando en los superpoderes de aquellos héroes y heroínas
convertidos en ídolos. Ellos luchaban contra toda la crueldad de los malvados
villanos del universo con las armas de la ley y la justicia. Aunque sin olvidar
la inestimable ayuda de algún rayo bienhechor.
Y
crecimos esperanzados en dejar atrás las profundas heridas de un país dividido
como si la ficción pudiera traspasar la realidad. Con deseos de enterrar, tras
largos años, el temor a las implacables botas militares y las casacas llenas de
medallas inmerecidas, cuando las chaquetas y los pantalones de pana dejaron de
vestir solo a los campesinos para instalarse en una página distinta de nuestra
historia. Entonces, y durante algún tiempo, fueron ídolos, si no de tebeos, de
unos adultos que necesitaban creer en un mundo mejor para su futuro y el de sus
hijos.
Pasados
unos años de alternancia gubernamental de unos y otros, además de aquellos
efímeros protagonistas acampados y sus variantes. Así como apariciones nuevas
pero anacrónicas, con siglas de tres letras, observamos la cruda realidad: el
poder actúa como la Kriptonita de los políticos, la mayoría con la conciencia
de un molusco, desintegrando las promesas hechas antes y durante sus mandatos, como
los borrados de disco duro, tan habituales entre ellos.
Ya
no hay héroes, solo villanos. Da igual en la dirección que miremos o el color
que los representa: corrupciones, engaños al por mayor, coimas, chantajes,
grabaciones intestinas y externas aparecidas oportunamente, y tú más…
Hay
un dicho que nos previene sobre los ídolos con pies de barro, pero éstos ni
siquiera han alcanzado esa categoría, son podredumbre de la cabeza a los pies.
Las
personas mayores también necesitamos algún héroe o heroína que responda a
nuestras expectativas y en quién creer. No solo debemos mantener a raya las
dolencias propias de nuestra edad, sino que nos hemos ganado ese derecho a base
de esfuerzos para fortalecer las ganas de
vivir cada día y dejarle algo mejor a los nuestros.
En
vista del panorama actual, además del próximo libro de mi club de lectura y
otro, a pocas páginas del final, voy a releer a Mafalda, ella nunca me defrauda.
Esperanza
Liñán Gálvez

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