11 agosto 2025

HÉROES Y VILLANOS



Lo primero que se nos viene a la memoria cuando hablamos de héroes, o superhéroes, son los de los comics, ahora llamadas novelas gráficas, o sea, los tebeos de nuestra infancia.

Niños y niñas que crecimos pensando en los superpoderes de aquellos héroes y heroínas convertidos en ídolos. Ellos luchaban contra toda la crueldad de los malvados villanos del universo con las armas de la ley y la justicia. Aunque sin olvidar la inestimable ayuda de algún rayo bienhechor.

Y crecimos esperanzados en dejar atrás las profundas heridas de un país dividido como si la ficción pudiera traspasar la realidad. Con deseos de enterrar, tras largos años, el temor a las implacables botas militares y las casacas llenas de medallas inmerecidas, cuando las chaquetas y los pantalones de pana dejaron de vestir solo a los campesinos para instalarse en una página distinta de nuestra historia. Entonces, y durante algún tiempo, fueron ídolos, si no de tebeos, de unos adultos que necesitaban creer en un mundo mejor para su futuro y el de sus hijos.

Pasados unos años de alternancia gubernamental de unos y otros, además de aquellos efímeros protagonistas acampados y sus variantes. Así como apariciones nuevas pero anacrónicas, con siglas de tres letras, observamos la cruda realidad: el poder actúa como la Kriptonita de los políticos, la mayoría con la conciencia de un molusco, desintegrando las promesas hechas antes y durante sus mandatos, como los borrados de disco duro, tan habituales entre ellos.  

Ya no hay héroes, solo villanos. Da igual en la dirección que miremos o el color que los representa: corrupciones, engaños al por mayor, coimas, chantajes, grabaciones intestinas y externas aparecidas oportunamente, y tú más…

Hay un dicho que nos previene sobre los ídolos con pies de barro, pero éstos ni siquiera han alcanzado esa categoría, son podredumbre de la cabeza a los pies.

Las personas mayores también necesitamos algún héroe o heroína que responda a nuestras expectativas y en quién creer. No solo debemos mantener a raya las dolencias propias de nuestra edad, sino que nos hemos ganado ese derecho a base de esfuerzos  para fortalecer las ganas de vivir cada día y dejarle algo mejor a los nuestros.

En vista del panorama actual, además del próximo libro de mi club de lectura y otro, a pocas páginas del final, voy a releer a Mafalda, ella nunca me defrauda.

 

 Esperanza Liñán Gálvez  


 

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