La sinceridad y candidez que mostraba me hicieron dudar, miré el reloj y vi que aún podría hacer algo por aquel buen hombre y su madre.
- Pues vamos allá, pero
será solo un momento, que se me va el autobús. Por cierto ¿cómo se llama usted?
- Cayo me llamo, para
servirle a Dios y a usted. Y ¿cuál es su gracia?
Me encantaron aquellas fórmulas tan arcaicas, que no había
oído en mucho tiempo.
- Fernando me llamo -le copié la expresión.
- ¡Fernando! -repitió con admiración-. Ya
sabía yo que usted venía de buena familia. Aquí un rey hubo hace mucho que se
llamaba así.
La casa de Cayo y su madre era humilde, aunque muy amplia.
Tras un zaguán se pasaba a un cuerpo con salón y varias habitaciones y de ahí se
atisbaba un patio plagado de jaramagos y una gran higuera en el centro.
Al entrar cerró la puerta con llave y ante mi sorpresa,
aclaró.
- Es para que no pasen los
gatos del Prudencio, que se mean en los sofás y a mi madre se la llevan los
demonios. Espere usted aquí un momento que la avise porque es muy coqueta y
querrá echarse algunos polvos de esos que tiene.
La decoración era austera, como todo en la casa. Algún antiguo
utensilio de labranza colgado de la pared, unos cuadros de paisajes románticos
o florales, que yo recordaba haber visto en el pueblo de mis abuelos, donde les
decían «caprichos» y unas palmatorias, para
las tormentas, supongo. El mobiliario se reducía a un sofá hundido, con unos
horrendos tapetes de ganchillo en los brazos; cuatro sillas de anea; una gran
mesa redonda y una televisión que debía llevar sin funcionar desde los tiempos
del «Un, dos, tres». Ni rastro de fotos que
permitieran conocer más a fondo a aquella familia. Una bombilla triste en una
lámpara más triste aún era toda la iluminación. Estaba encendida, a pesar de la
hora, porque el salón apenas recibía luz natural.
Como tardaba mi anfitrión, me asomé al patio. El musgo había
colonizado el suelo y las paredes de un pozo que había en una esquina. Las
plantas eran escasas y se notaba que nadie las cuidaba hacía tiempo. En una
pared al lado de la puerta algo llamó mi atención. Eran tres hornacinas
cuadradas, incrustadas en la pared, de unos diez centímetros de lado y
cubiertas con un cristal ya muy opaco. En su interior se entreveían los
esqueletos de un pájaro, un ratón y otro animal pequeño que no reconocí. Me
sobresalté porque eso mismo había en el corral de mis abuelos y me ocasionó más
de una pesadilla. En ambos casos los bichos estaban en distintos grados de
descomposición, con algunas plumas o pelos, según el caso. El conjunto resultaba
tétrico, entre ataúd y vitrina de museo de historia natural. Parece que mi
abuelo, con ínfulas de taxidermista, se había entretenido en hacer esa obra
para entretenimiento de sus hijos y nietos.
- ¿Le gustan a usted los «espejos del diablo»? Mi padre, que en paz
descanse, se los hizo a mi madre hace años. Este de aquí -dijo señalando el del centro- era el Pichu, un canario
que nos cantó muchos años. A ella le encantaban. Aquí abundan en los patios y
corrales.
La irrupción de Cayo, justamente con esos espejos a la vista, me
sobresaltó, y aumentó una cierta aprensión que empezaba a sentir.
- Me voy a tener que ir -dije con escasa convicción de que fuera a ser tan fácil la
huida.
- Ni hablar -respondió, demasiado tajante para mi gusto-. Mi madre estará lista
enseguida. Ya no se levanta, pero ha sido muy gallarita y le queda ese
deje de aparecer siempre impecable ante los extraños, ya me entiende. Además,
tiene que probar las rosquillas de palo y si le gustan les lleva algunas a sus
compañeros, que ella hace muchas. Ya debe de estar lista, vamos y verá que no
le engaño.
Esta innecesaria mención, la puerta cerrada con llave y la
madre que hacía muchas rosquillas postrada en la cama, empezaban a convertir la
aprensión en inquietud.
- Pase, pase delante, que
está en esa habitación del fondo del patio -me dijo al tiempo que me
daba un suave empujón en los hombros.
Cuando entré en la estancia, que parecía un almacén, un hedor
dulzón casi me tira de espaldas. No veía nada por el paso de la luz a la
semioscuridad, pero oí otra vez el sonido de la cerradura a mis espaldas.
- Cierro porque la
corriente no le sienta bien -intentó tranquilizarme
Cayo, aunque solo consiguió que pasara de la inquietud a un temor creciente -. Voy a dar la luz.
Entonces encendió tres hachones de parafina en una pared, con
lo que el hedor pasó directamente de dulzón a nauseabundo. A su escasa luz pude
vislumbrar una cortina gruesa, que parecía ocultar algo y que mi anfitrión descorrió
con gran pompa, como si fuera el telón de un teatro. Accionó un viejo
interruptor, de aquellos de palomilla, y ante mis ojos apareció la madre al
fin. En contra de lo dicho, estaba sentada en una mecedora de madera, inmóvil.
Parecía mirarme con curiosidad, si no fuera porque en lugar de ojos tenía dos
cuencas vacías, casi ocultas por varios mechones de pelo estropajoso que le
colgaban sobre la cara, que aparecía ennegrecida y como momificada. Estaba
atada a la mecedora y algunos jirones de piel amojamada asomaban por las
costuras de un viejo traje negro que la cubría por completo. Cuando pude superar
el espanto inicial, comprobé que aquella terrorífica visión era real y que la
estaba viendo a través de un cristal que, a diferencia del resto de la estancia,
estaba muy limpio. Era un «espejo del diablo» de tamaño humano, de los
que tanto gustaban a la madre de Cayo, según me había dicho.
- ¡Guapa es, eh¡ -la voz queda de Cayo sonó
a mis espaldas, pero con un tono distinto al de antes, cercano al Golum del
Señor de los anillos-. Mire madre, le presento a don Fernando. Estaba muy interesado en
conocerla a usted. Es muy buena persona y se va llevar muy bien con él, ya
verá.
Cuando me giré, mi anfitrión me miraba con la sonrisa
extraviada de un demente en pleno delirio.
- No le había dicho que se
llama Saturnina. Ya ve, hoy no está muy habladora, pero sé que le ha gustado
usted. ¿Verdad que sí, madre?
Y entonces se acercó al cristal, cogió una cuerda que asomaba
desde dentro y tiró hasta que la mecedora se balanceó. Esto provocó el aparente
asentimiento con la cabeza de Saturnina, o lo que aquedaba de ella.
- ¿Ha visto como se lo
decía? -exclamó triunfante con una risotada que me heló la sangre-. Le ha gustado usted.
Acto seguido me explicó que, cuando su padre supo que ella iba
a morir de un cáncer incurable, no pudo soportar la idea de su agonía y decidió
acortarla y darle el gusto que siempre había tenido de vivir en un «espejo del diablo». Solo tuvo que replicar en
grande, en aquel cobertizo que siempre tenía cerrado, los que había visto yo
antes en el patio. Cuando vio que se acercaba el final, unas hierbas que su
padre conocía bien la ayudaron a dar el último paso. Entre los dos la metieron
en ese cubículo, que ya estaba terminado, y colocaron el cristal. El marido
pasaba con ella mucho tiempo, leyéndole poesías y aplicándole ungüentos para
retrasar la descomposición. Cuando vio que esta era inevitable, cayó en un pozo
de culpa y congoja que lo llevó a ahorcarse en la higuera del patio. Antes, le
había hecho prometer a su hijo que, si le pasaba algo, debía cuidar de su madre
hasta el final.
Tras esta larga perorata, el señor Cayo concluyó:
- Ya ve. Cuando ya me quedé solo con ella, la veía triste y le hice este «espejo del diablo» para darle compañía -dijo, abriendo otra cortina que ocultaba un espejo gemelo,
pegado al de su madre-. Engatusaba a forasteros como usted y los convencía de que se
quedaran con nosotros, ocupando el espejo vacío. Si no querían, con esto los
ayudaba a decidirse. Al final, a ella ninguno le gustaba y tenía que empezar
otra vez la pesquisa.
«Esto» era una especie de azadón con un pico en la punta, que en algún
momento había cogido, y ahora blandía en la mano derecha. Hacía tiempo que yo había
pasado del temor al terror, lo que me hacía verme en el suelo, sobre un charco
de sangre y con el pico clavado en el cráneo.
- Pero con usted no va a
ser necesario porque es buena persona y la va a cuidar mucho, ¿a que sí?
- No crea, que yo también
tengo lo mío -respondí, aparentando un aplomo
y seguridad que no tenía.
- Pamplinas, cuando se
decida le daré unas rosquillas de palo como premio y ya… a probar su nueva
morada, verá qué bien vamos a estar los tres.
Un sudor frío ya me corría espalda abajo cuando lo vi
acercarse a mí con el pico en la mano. No sé por qué reparé en que la mecedora
seguía balanceándose con la señora Saturnina dándole la razón a su hijo en lo
que iba a hacer.
«Señoras
y señores, buenos días otra vez. Vamos a hacer una parada técnica en el
siguiente pueblo para el que lo necesite. En la cafetería disponen de servicios
y podrán adquirir las famosas y riquísimas rosquillas de palo, famosas en esta
comarca».
- Nooooooo!!!!!
Fernando Navarro
Septiembre 2024
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