04 octubre 2024

LA IMPERFECCIÓN INFINITA


LA IMPERFECCIÓN INFINITA 


Es una obviedad de que todo lo terrenal es perfectible. Dicen que sólo los dioses ya lo son, aunque aquéllos que moraban en su reino mitológico del Olimpo tenían algunos comportamientos harto discutibles, muy propicios para la perfectibilidad. Tal vez los de otros ámbitos celestiales sí sean modelos de perfección. Aunque si rigen las relaciones entre los humanos con esas inescrutables claves de guerras continuas, crueles genocidios, catástrofes naturales, lacerantes estados de pobreza, hambres y necesidades, más las cruentas y dolorosas enfermedades, que sufren todas las edades, nos generan muchos interrogantes que ponen en duda su divina y perfecta Providencia.

Sus representantes terrenales, humanos que no dioses, nos explican y sosiegan con el consolador magisterio “de que sus decisiones no pueden ser comprensivas para nuestras modestas inteligencias”. Por consiguiente, sólo nos queda esperar o creer en ese celestial Paraíso, del cual carecemos de una documentación convincente y científica.

Mientras transcurre esa larga o breve “espera” hacia la perfección cósmica, tenemos que someternos a la servidumbre, más o menos continua, de la “reparación” porque (hay que repetirlo una vez más) somos imperfectos y “averiables” a causa de nuestra humana naturaleza. Como manifestaba al comienzo de estas líneas, todo lo terrenal es “reparable” y consiguientemente “mejorable”, dada la básica e innegociable imperfección de lo humano. Serían numerosos, infinitos, los ejemplos que podrían aducirse.

En lo material ¿qué realidad humana no es mejorable o perfectible? Se reparan los barcos, los trenes o cualquier otro medio de transporte. También las viviendas y todos los elementos de sus contenidos. Los jardines, las calles y carreteras. Igual sucede con los edificios monumentales. Cualquier mecanismo, motorizado, electrónico o informático también ha de pasar con frecuencia por el taller. De alguna forma, también podemos

rehacer o cambiar las realizaciones de nuestros gobernantes, a través de la suma de nuestros votos. Más difícil es “reparar” los desastres de las guerras y los genocidios, pues los organismos reparadores hacen una evidente e incomprensible dejación de funciones: ONU, OTAN, U.E. VATICANO. Mejor no seguir con las siglas.

Pero lo más significativo y trascendente de estas reparaciones, es cuando las estructuras o realidades a reparar son nuestras propias anatomías corporales y mentales. Todo el mundo sabe o es consciente, al margen de respetables creencias religiosas, que nuestros cuerpos son el resultado de una complicadísima y maravillosa fórmula química. Efectivamente, la peculiar fórmula de lo humano exigiría una pizarra de “infinitas” combinaciones. Pero esa inescrutable fórmula, no es perfecta. Genera fallos. No sólo a consecuencia de la edad, como las flores y plantas, sino a causa también de nuestro demencial comportamiento con nuestros cuerpos u organismos. Esos fallos pueden ser leves, medios, graves o imposibles, en tan esotérica fórmula. La ciencia se esfuerza, con el admirable esfuerzo investigador, para ir avanzando en la solución de esas muy difíciles reparaciones. Médicos, investigadores y prestigiosos laboratorios, colaborar en tan plausible proceder. Sin embargo, políticos y gobernantes están con “sus cosas” y no priorizan los fondos de nuestros impuestos disponibles para esas investigaciones, sino para armamentos sofisticados que provocan dolor, destrucción y muertes.

En definitiva, cuando la fórmula corporal se torna imposible, por error multifuncional, el organismo que la representa, al no encontrar o poseer la química idónea para la reparación, no puede seguir funcionando. El problema no puede resolverse, no se puede llegar a la solución. Nos faltaría pizarra y paquetes de barras de tiza, para seguir operando con una fórmula química carente ya de solución. La imperfección de lo humano alcanza entonces toda su significación.

En este punto de bloqueo, acertamos a preguntarnos: ¿Y para qué la inutilidad o patente crueldad del dolor? Tal vez sea, lo sospechábamos al inicio de esta reflexión, porque los dioses, mitológicos o de los espacios celestiales, tampoco son tan perfectos, como desde siempre se nos ha hecho creer. Obviamente, también deberían ser reparables para esas imperfecciones que generan tan elevada desesperación. Pero aquí llega la más complicada y dificilísima pregunta: ¿quién osaría o se atrevería a ejercer esta función reparadora, en la imperfección divinal o infinita?




Bueno y necesario es finalizar cualquier comentario, opinión o análisis, con una luz positiva y aporte esperanzador. En este sentido ¿dónde podemos encontrar esos referentes terrenales, en los que la perfección esté más lograda y enriquecedora, tanto para lo anímico, como para lo material, de los seres humanos? Sin duda alguna, en la cercana, fraternal y generosa NATURALEZA. En ella podemos disfrutar del goce de los árboles, las flores, los cultivos, los ríos, los mares, las aves, las colinas, los valles, las puestas del Sol, el esperanzado y bello amanecer, la brisa, el viento y la lluvia… Todo ello se acerca a la perfección absoluta. -

 

José L. Casado Toro Septiembre 2024


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