LA IMPERFECCIÓN INFINITA
Es
una obviedad de que todo lo terrenal es perfectible.
Dicen que sólo los dioses ya lo son,
aunque aquéllos que moraban en su reino mitológico del Olimpo tenían algunos comportamientos harto discutibles, muy
propicios para la perfectibilidad. Tal vez los de otros ámbitos celestiales sí sean modelos de perfección. Aunque
si rigen las relaciones entre los humanos con esas inescrutables claves de guerras
continuas, crueles genocidios, catástrofes naturales, lacerantes estados de pobreza, hambres
y necesidades, más las cruentas y
dolorosas enfermedades, que sufren todas las edades, nos generan muchos interrogantes que ponen en duda
su divina y perfecta Providencia.
Sus
representantes terrenales, humanos que no dioses, nos explican y sosiegan con
el consolador magisterio “de que sus
decisiones no pueden ser comprensivas para nuestras modestas inteligencias”. Por consiguiente, sólo nos queda esperar o creer en ese celestial
Paraíso, del cual carecemos de una documentación convincente y científica.
Mientras
transcurre esa larga o breve “espera” hacia la perfección cósmica, tenemos que someternos a la servidumbre, más o menos
continua, de la “reparación” porque (hay que repetirlo una vez más) somos imperfectos
y “averiables” a causa de nuestra humana naturaleza. Como manifestaba al comienzo de estas líneas,
todo lo terrenal
es “reparable” y consiguientemente “mejorable”, dada la
básica e innegociable imperfección de lo humano. Serían numerosos, infinitos,
los ejemplos que podrían aducirse.
En lo material ¿qué realidad
humana no es mejorable o perfectible? Se
reparan los barcos,
los trenes o cualquier otro medio de transporte. También las viviendas y
todos los elementos de sus contenidos.
Los jardines, las calles y carreteras. Igual sucede con los edificios monumentales. Cualquier
mecanismo, motorizado, electrónico o informático también ha de pasar con frecuencia por el taller.
De alguna forma,
también podemos
rehacer
o cambiar las realizaciones de nuestros gobernantes, a través de la suma de nuestros
votos. Más difícil
es “reparar” los desastres de las guerras
y los genocidios, pues los organismos reparadores hacen una
evidente e incomprensible dejación de funciones: ONU, OTAN, U.E. VATICANO. Mejor no seguir con las siglas.
Pero
lo más significativo y trascendente de estas reparaciones, es cuando las
estructuras o realidades a reparar
son nuestras propias anatomías corporales y
mentales. Todo el mundo sabe o
es consciente, al margen de respetables creencias religiosas, que nuestros cuerpos
son el resultado de una complicadísima y maravillosa fórmula
química. Efectivamente, la
peculiar fórmula de lo humano exigiría una pizarra de “infinitas” combinaciones. Pero esa inescrutable
fórmula, no es perfecta. Genera fallos. No sólo a consecuencia de la edad, como las flores y plantas, sino a causa
también de nuestro demencial
comportamiento con nuestros cuerpos u organismos. Esos fallos pueden ser leves, medios, graves o imposibles, en tan
esotérica fórmula. La ciencia se esfuerza, con
el admirable esfuerzo
investigador, para ir avanzando en la solución
de esas muy difíciles reparaciones. Médicos, investigadores y prestigiosos laboratorios, colaborar en tan plausible
proceder. Sin embargo, políticos y gobernantes están con “sus cosas” y no priorizan los fondos de nuestros impuestos
disponibles para esas investigaciones, sino para armamentos sofisticados que provocan
dolor, destrucción y muertes.
En definitiva, cuando la fórmula
corporal se torna
imposible, por error
multifuncional, el organismo que la representa, al no encontrar
o poseer la química idónea para la reparación,
no puede seguir funcionando. El problema no puede resolverse, no se puede llegar
a la solución. Nos faltaría
pizarra y paquetes
de barras de tiza, para seguir operando
con una fórmula química carente ya de solución. La
imperfección de lo humano alcanza entonces toda su
significación.
En
este punto de bloqueo, acertamos a preguntarnos: ¿Y
para qué la inutilidad o patente crueldad
del dolor?
Tal vez sea, lo sospechábamos al inicio de esta reflexión, porque los dioses, mitológicos o de los espacios
celestiales, tampoco son tan perfectos, como desde siempre se nos ha hecho creer. Obviamente, también deberían
ser reparables para esas imperfecciones que generan tan elevada
desesperación. Pero aquí llega la más complicada y dificilísima pregunta: ¿quién osaría o se atrevería a
ejercer esta función reparadora, en la imperfección divinal o infinita?
Bueno
y necesario es finalizar cualquier comentario, opinión o análisis, con una luz positiva
y aporte esperanzador. En este sentido
¿dónde podemos encontrar esos referentes terrenales, en los que la perfección esté
más lograda y enriquecedora, tanto para lo anímico,
como para lo material, de los seres humanos? Sin duda alguna, en la cercana, fraternal
y generosa NATURALEZA. En ella podemos disfrutar del goce de los árboles,
las flores, los cultivos, los ríos, los mares, las aves, las colinas,
los valles, las puestas del Sol, el esperanzado y bello amanecer, la brisa, el viento y la lluvia… Todo ello sí se acerca
a la perfección absoluta. -
José L. Casado Toro Septiembre 2024
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