Doña María solía cantar alegres canciones
en la pequeña cocina. Vivía en un inquilinato, donde su reino se reducía a una
pieza y otra aún más pequeña que servía como cocina, comedor y lugar para
guardar los trastos, que ella tenía a montones.
Era morena, de cabellos ensortijados
poblados de numerosas canas. Tenía un carácter jovial, le gustaba conversar,
reunirse con los demás inquilinos, pero la gente en general le huía porque
exhalaba un tufo insoportable.
Los que la conocían de antaño contaron que
vivía allí desde hacía cuarenta años atrás, llegó de España con su primer
marido y se instalaron en esa pieza. Diez años después enviudó y volvió a
casarse enseguida. Por aquella época ella era una mujer hermosa, de aspecto
cuidado, pero años después volvió a enviudar, entonces se descuidó por
completo.
Vivía sola, con un gato negro con quien se
pasaba horas conversando. Le hablaba al animal como si éste fuera a entenderle,
le reprochaba constantemente que orinara sobre el piso de madera y no en la
caja de cartón con aserrín que le preparaba. La pieza de doña María era un
misterio, siempre tenía la puerta y la enorme persiana cerradas, y sólo se
percibía un poco de luz por las rendijas. Solamente otra señora española que
tenía casi el mismo tiempo que ella en el inquilinato solía contar que tenía
hermosos muebles, finas joyas. Pero algunos comentaban que seguramente sus
sábanas estaban duras como una lona de tanta mugre.
Los jueves, un olor insoportable salía de
la pieza de doña María, y todos los demás inquilinos se tapaban la nariz cuando
pasaban cerca, pero no le decían nada porque conocían el origen de tal olor
desagradable. En dos enormes tachos, sobre sus calentadores, hervía todo tipo
de menudencias de vaca, para alimentar a veinticuatro perros, protegidos suyos.
Tales animales vivían con una anciana amiga y una vez a la semana doña María
salía cargada con dos enormes bolsones en los cuales llevaba bofe, corazón o
riñón hervido, además de galletas duras que compraba en los almacenes.
Nadie sabía de dónde sacaba el dinero para mantenerse y comprar la comida para
sus perros, entonces se conjeturaba que tal vez fuera vendiendo sus joyas de a
poco, o que su anterior marido le haya dejado dinero en el banco. Lo cierto es
que, aunque doña María no cuidaba su aspecto exterior, sí cuidaba su
alimentación, y jamás dejaba de comer galletitas de hojaldre con su mate de la
mañana, y solía preparar aromáticos bifes que compartía con su gato.
Una vez estuvo sin salir tres días de su
pieza, entonces tres vecinos forzaron su puerta y entraron a verla, la
encontraron con fiebre y delirando, sobre su colchón húmedo de orín. Trajeron
un médico para atenderla y cuando estuvo mejor, una de las vecinas la llevó al
baño y munida de jabón y esponja, la bañó como a un bebé, le cambió la ropa y
las sábanas y le barrió la habitación.
Los muebles de su pieza, la cama, la
araña, correspondían a la habitación de una princesa. Una larga cortina de
terciopelo rojo, ennegrecido por el tiempo, cubría casi toda una pared, y todo
estaba extrañamente ordenado, nada fuera de lugar. Los aparadores y el ropero
estaban llenos de hermosos vestidos que no usaba desde mucho tiempo atrás.
Sanó. Continuó hirviendo bofe los jueves y
peleando con su gato, amenazándole de que le iba a cortar la cabeza y ponérselo
en un florero por orinar en el piso. Continuó comiendo galletitas con el mate y
canturreando mientras ofrecía un sandwich de queso a la vecina que nunca le
aceptaba comida alguna.
Muchísimos jueves después, un viernes de
mañana, se escuchó llorar al gato dentro de la pieza, la vecina española golpeó
la persiana, pero doña María no abría, entonces pidió ayuda para forzar la
cerradura.
Vestida con un vestido de lana verde, doña
María dormía. En su rostro blanco, se veían perfectamente los surcos negros y
las manchas.
A un costado de la cama estaban los dos
bolsones con comida, y uno de ellos ya había sido asaltado por el gato, que
sentía mucha hambre.
Milia Gayoso Manzur
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