En este mundo del absurdo, más
teatro que mundo, podría plantearse la obra de Pirandello a la inversa. Muchas
cosas han cambiado desde 1925 en que se publicó su obra «Seis personajes en busca de autor».
Un abanico de seis autores,
más o menos conocidos, van a la caza del Personaje perfecto para publicar tropecientas
ediciones de su libro, aunque algunos se acercaron bastante con sus trilogías el
día que se perdió la lucidez.
Se repiten demasiado con una
inspectora de policía cuya vida amorosa es más caótica y negra que la propia
novela. Un detective, siempre mal vestido, entre alcohólico y simplón. Asesinos
sin vocación cuyas víctimas resucitan después de haberse desangrado. La
acomplejada esposa de un escritor, bastante desquiciada y sin autoestima. Un
librero masón busca tesoros. Terroristas, francotiradores o un puñado de héroes
sacados de las trincheras de nuestra guerra incivil.
Los autores hacen correr la
voz en las redes de la inspiración asegurando que no admitirán copias, aunque
por otro lado tienen la premura de publicar porque así lo exige la competencia
del panorama editorial. Solo les falta colgar el cartel de: «Seis autores en busca de un personaje».
Personaje, consciente del
presente y orgulloso de su valía, se ha vuelto escurridizo. Se agazapa entre la
realidad y la ficción, serpenteando en los pliegues de los recuerdos y deseos futuros.
Sueña y se ilusiona con la mejor historia surgida de una mente creativa y sus manos
hábiles para escribirla. No quiere arriesgarse a ser utilizado por cualquiera
o, lo que es peor, por dos o tres a la vez como parece estar de moda. Prefiere
seguir en el limbo de la imaginación y deambular libre hasta que llegue su
momento. Lo bueno se hace esperar.
No tiene dueño ni prisa por
nacer, su tiempo no obedece al tic tac de nuestros relojes.
Esperanza Liñán Gálvez

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