En estos breves comentarios sobre
determinados sonidos que comparten el discurrir de nuestras vidas, faltaba uno
que nos parece fundamental. Tanto por la sutileza de su acústica, como por la
utilidad que su continuo fluir presta a nuestra existencia, como don
providencial de la naturaleza: el AGUA.
Cuando paseamos cerca del mar, pisando
descalzos la arena cálida o fría de la playa, o cuando ese mismo paseo lo
hacemos por las inmediaciones de las zonas portuarias, otros de los mágicos
sonidos que enriquecen nuestra templanza y sosiego, son los ciclos, rítmicas y
encadenadas, producidos por el romper de las olas.
Nos referimos a esas ondas hídricas que el viento y el efecto lunar producen
sobre las aguas de los mares y las acumulaciones lacustres, formas que van
“explosionando” en las orillas de las playas o en los malecones del puerto,
produciendo una fina y agradable espuma blanquecina, que conforma bellos
dibujos y difunden el aroma salino del mar. Ese simple, gratuito y grandioso
espectáculo va acompañado de una dulce acústica hídrica, orquestal, percutiendo
sobre la arena bellos compases, dinamizando nuestros sentimientos y adornando
nuestra imaginación.
El agua siempre es una buena generadora
de sonidos. Sentimos el continuo gotear de un grifo
mal calibrado, que al principio nos molesta, pero que con el tiempo nos
habituamos a su melodía repetitiva que se nos hace familiar. Más románticas son
las gotas de lluvia sobre los cristales o el techo de
una vivienda. Hay personas a quienes gusta escuchar llover desde la intimidad
de su habitación o desde su habitual puesto de trabajo. El temporal de los
intensos aguaceros de un día de tormenta,
incluso con aparato eléctrico, en principio nos asusta o inquieta, pero después
reflexionamos y comprendemos las razones de la naturaleza para tan “brusco”
proceder. Nos encanta contemplar y sentir la acústica que produce el fluir de
esas torrenteras o manantiales en el seno de
la naturaleza, percutiendo sobre los cantos rodados del lecho fluvial. La
acción benefactora del agua genera en su movimiento muy delicados o graves
sonidos, que motivan nuestro ensueño, la nostalgia de numerosos recuerdos y,
sobre todo, esa paz espiritual proporcionada por el agua en el entorno idílico
de la naturaleza, maestra solidaria de nuestros afanes, esperanzas y sosiegos.
A poco que reflexionemos, son
indiscutibles los efectos beneficiosos del agua.
Innegociable alimento para el regadío de los
cultivos y las plantas. El mejor líquido para saciar
la sed e hidratar nuestros cuerpos. El más adecuado recurso para la limpieza de cualquier elemento material, ya sea éste
corporal o de otra naturaleza. Ha sido el tradicional y económico medio de transporte, a través de los mares y las
arterias fluviales, con la fraternal ayuda del viento. También, un eficacísimo,
limpio e inagotable medio para la generación de energía
hidroeléctrica. Y desde siempre, un trascendental elemento de motivación
para la potenciación del atractivo turístico.
No nos olvidemos de otra
evidencia: el agua representa entre el 50 y el 70% del organismo corporal. Somos en gran medida ... agua, juntos a otros numerosos
y vitales componentes químicos.
Volviendo
a la fuerza acústica de sus sonidos, nos deleita escuchar ese “chorreo” o caída
del agua en los estanques, en las fuentes, en los surtidores, en las cascadas,
produciendo magníficas
notas orquestales en el pentagrama natural, para “aliviar” o contrastar otros sonidos
que no proporcionan precisamente alivio para nuestro oído o ese ánimo abrumado
por la densificación o contaminación acústica. Ver, “sufrir” un jardín sin elementos
hídricos o un parque sin fuente por la que mana el agua vitalizadora, sería
como “entristecer” una mañana sin sol o unos rostros carentes de la necesaria alegría.
Uno de
los grandes placeres que podemos gozar, cuando visitamos algunos grandes
jardines o recorremos atractivos y frondosos entornos naturales, es deleitarnos
con esos sonidos producidos por el agua en su discurrir. Pero en ocasiones ese
movimiento hídrico no lo vemos, parece que juega al “escondite” con nuestros
ojos. Es el agua oculta que escuchamos en su movimiento, pero que “celosa o tímida”
no se muestra ante nuestros ojos. Por fin la encontramos, para nuestra
satisfacción visual, placer y alegría, avenando un estanque, fluyendo de una
fuente o formando esa bella cascada, cuya percusión retumba con solemnidad sobre
la recia piel del suelo natural.
Hoy
día, en una mayoría de ciudades, grandes o más modestas, las fuentes públicas,
ofrecen el incentivo de combinar los sonidos inolvidables del agua al caer, con
inteligentes juegos
de luces. Esa
plástica y cromática combinación o alianza conforma un espectacular cuadro
pictórico, en el que se mezclan la luminosidad del color, las notas y acordes
del pentagrama lírico, con la frescura sublime, de esa agua que tanto y bien
nos alimenta. –
José
L. Casado Toro
Agosto
2024
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