06 septiembre 2024

LOS SONIDOS DEL AGUA

 



En estos breves comentarios sobre determinados sonidos que comparten el discurrir de nuestras vidas, faltaba uno que nos parece fundamental. Tanto por la sutileza de su acústica, como por la utilidad que su continuo fluir presta a nuestra existencia, como don providencial de la naturaleza: el AGUA.

Cuando paseamos cerca del mar, pisando descalzos la arena cálida o fría de la playa, o cuando ese mismo paseo lo hacemos por las inmediaciones de las zonas portuarias, otros de los mágicos sonidos que enriquecen nuestra templanza y sosiego, son los ciclos, rítmicas y encadenadas, producidos por el romper de las olas. Nos referimos a esas ondas hídricas que el viento y el efecto lunar producen sobre las aguas de los mares y las acumulaciones lacustres, formas que van “explosionando” en las orillas de las playas o en los malecones del puerto, produciendo una fina y agradable espuma blanquecina, que conforma bellos dibujos y difunden el aroma salino del mar. Ese simple, gratuito y grandioso espectáculo va acompañado de una dulce acústica hídrica, orquestal, percutiendo sobre la arena bellos compases, dinamizando nuestros sentimientos y adornando nuestra imaginación.

El agua siempre es una buena generadora de sonidos. Sentimos el continuo gotear de un grifo mal calibrado, que al principio nos molesta, pero que con el tiempo nos habituamos a su melodía repetitiva que se nos hace familiar. Más románticas son las gotas de lluvia sobre los cristales o el techo de una vivienda. Hay personas a quienes gusta escuchar llover desde la intimidad de su habitación o desde su habitual puesto de trabajo. El temporal de los intensos aguaceros de un día de tormenta, incluso con aparato eléctrico, en principio nos asusta o inquieta, pero después reflexionamos y comprendemos las razones de la naturaleza para tan “brusco” proceder. Nos encanta contemplar y sentir la acústica que produce el fluir de esas torrenteras o manantiales en el seno de la naturaleza, percutiendo sobre los cantos rodados del lecho fluvial. La acción benefactora del agua genera en su movimiento muy delicados o graves sonidos, que motivan nuestro ensueño, la nostalgia de numerosos recuerdos y, sobre todo, esa paz espiritual proporcionada por el agua en el entorno idílico de la naturaleza, maestra solidaria de nuestros afanes, esperanzas y sosiegos.

A poco que reflexionemos, son indiscutibles los efectos beneficiosos del agua. Innegociable alimento para el regadío de los cultivos y las plantas. El mejor líquido para saciar la sed e hidratar nuestros cuerpos. El más adecuado recurso para la limpieza de cualquier elemento material, ya sea éste corporal o de otra naturaleza. Ha sido el tradicional y económico medio de transporte, a través de los mares y las arterias fluviales, con la fraternal ayuda del viento. También, un eficacísimo, limpio e inagotable medio para la generación de energía hidroeléctrica. Y desde siempre, un trascendental elemento de motivación para la potenciación del atractivo turístico. No nos olvidemos de otra evidencia: el agua representa entre el 50 y el 70% del organismo corporal. Somos en gran medida ... agua, juntos a otros numerosos y vitales componentes químicos.


 

Volviendo a la fuerza acústica de sus sonidos, nos deleita escuchar ese “chorreo” o caída del agua en los estanques, en las fuentes, en los surtidores, en las cascadas, produciendo magníficas notas orquestales en el pentagrama natural, para “aliviar” o contrastar otros sonidos que no proporcionan precisamente alivio para nuestro oído o ese ánimo abrumado por la densificación o contaminación acústica. Ver, “sufrir” un jardín sin elementos hídricos o un parque sin fuente por la que mana el agua vitalizadora, sería como “entristecer” una mañana sin sol o unos rostros carentes de la necesaria alegría.

Uno de los grandes placeres que podemos gozar, cuando visitamos algunos grandes jardines o recorremos atractivos y frondosos entornos naturales, es deleitarnos con esos sonidos producidos por el agua en su discurrir. Pero en ocasiones ese movimiento hídrico no lo vemos, parece que juega al “escondite” con nuestros ojos. Es el agua oculta que escuchamos en su movimiento, pero que “celosa o tímida” no se muestra ante nuestros ojos. Por fin la encontramos, para nuestra satisfacción visual, placer y alegría, avenando un estanque, fluyendo de una fuente o formando esa bella cascada, cuya percusión retumba con solemnidad sobre la recia piel del suelo natural.

Hoy día, en una mayoría de ciudades, grandes o más modestas, las fuentes públicas, ofrecen el incentivo de combinar los sonidos inolvidables del agua al caer, con inteligentes juegos de luces. Esa plástica y cromática combinación o alianza conforma un espectacular cuadro pictórico, en el que se mezclan la luminosidad del color, las notas y acordes del pentagrama lírico, con la frescura sublime, de esa agua que tanto y bien nos alimenta.  

 

José L. Casado Toro

Agosto 2024

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Por favor: Se ruega no utilizar palabras soeces ni insultos ni blasfemias, así todo irá sobre ruedas.
Reservado el derecho de admisión para comentarios.

Buscar