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08 enero 2017

CREDIBILIDAD



Una muy reconocida institución universitaria, ubicada en el marco territorial de nuestro país, celebraba su prestigioso y bianual congreso internacional de lingüística. Cualificados investigadores, procedentes de las más afamadas universidades del planeta, acudían a las atractivas sesiones de estudio con sus numerosas comunicaciones y ponencias, relativas al campo científico, siempre enriquecido y actualizado, del uso correcto de la palabra y su significado.
Uno de los debates que más expectación suscitó, entre las interesantes y contrastadas discusiones de los congresistas, fue aquél en el que se decidió elegir aquella palabra que, en el momento actual, mejor representara o caracterizase el panorama de la inestable sociedad globalizada en la que hoy nos ha correspondido vivir. No resultaba fácil acordar el vocablo que mejor definiera a la sociedad internacional que el mundo representa, aparentemente bastante enferma y desconcertada pero que, sin embargo, sigue avanzando con la inercia insólita del vehículo desgastado y, en numerosas ocasiones, mejor o peor reparado.
Tras los vibrantes posicionamientos en las contrastadas argumentaciones, se alcanzó un difícil acuerdo para concretar la mejor palabra que definiera  el estado actual de la sociedad mundial. Aunque el vocablo elegido resultó ser CREDIBILIDAD, el fundamento de su significación aludía específicamente a su carencia, es decir, a la falta o ausencia de esa facultad o cualidad de creíble, a la que alude el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. Aunque en desuso, la palabra admitida para ese concepto es INCREDIBILIDAD.
Efectivamente, en esta convulsa época que estamos protagonizando, la sociedad sufre y padece una patología carencial de credibilidad. Es obvio que todos somos un poco culpables de ese estado de incredulidad o incredibilidad en el que parece nos hemos acomodado. Pero, en esa asunción de responsabilidades, existen muy diversos niveles de protagonismo. ¿Quiénes son los principales actores (esta palabra también resulta, con fortuna, muy expresiva) en esa jerárquica estructura piramidal que ha sembrado un erial “infinito” de incredulidad?
Los primeros puestos para ese incrédulo listado se hallan ocupados por aquéllos que se lucran, engañan y malversan con la actividad u oficio político. También habría que aludir a las instituciones que nos gobiernan y administran, en sus distintas escalas espaciales de la territorialidad local, regional, nacional e internacional. Siguiendo este poco alentador escenario, aparecen otros preclaros protagonistas sobre los que quiero eludir un adjetivo calificador: los organismos financieros, los medios de comunicación, la difusión publicitaria, los grandes grupos que articulan y dominan el comercio mundial y, por supuesto, todas esas instituciones religiosas que dicen representar el noble mensaje de la divinidad.

Tras este sombrío y decrépito panorama, generado por la endémica falta de credibilidad generalizada que hoy nos subyuga, tenemos que buscar y hallar algo de luz y esperanza en ese ocre bosque en el que, a modo de laberinto disuasorio, nos sentimos atrapados.


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