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28 enero 2016

QUINCALLERIA

                                                               
La puerta está entreabierta como una invitación a todos los huéspedes. Nadie sabe si se quedarán poco tiempo o su estancia será definitiva. Son vestigios de un pasado esplendoroso sin el cual no existiría nuestro presente literario. Pero ellas  están tristes porque nadie las usa y el destino las ha relegado a las páginas amarillentas de los clásicos.
En esta quincallería de palabras nadie es baladí. Fulano y mengano están arrebujados en un rincón bajo la tenue luz de un quinqué. Se refrescan el gaznate entre bravatas y porfías. A su diestra, zutano y perengano enajenan unas fanegas por un puñado de maravedíes. Al cabo de la noche, el morapio y el calor de la lumbre enajenan sus entendederas.
¡Miren quien llega la mar de lozano! Es el trilero que trae más hambre que una cohorte de desarrapados. Ahora lo veis, ahora no lo veis… Después de llenar la tripa y la faltriquera desaparece raudo como alma que lleva el diablo. Aún queda noche y muchos pardillos por engatusar.  
Zagal y zascandil se dieron la mano un buen día y entraron sin miedo, porque saben que se admite lo que un día fue bisoño y el tiempo volvió añejo. A muchas les llegará el momento de pernoctar entre las baldas de esta quincallería.
No ha mucho de aquí ya vienen por el sendero: tocadiscos, cassette, guateque y una larga lista de palabras que eran las dueñas del siglo pasado. Con un poco de suerte algunas serán rescatadas a mitad de camino porque está de moda lo vintage. El resto dormirá un dulce sueño hasta que algún escritor las necesite para sumergirse en nuestra historia y las libere del olvido.
De cualquier forma, siempre estarán entre nosotros cada vez que leamos a nuestros autores más veteranos, o los nietos escuchen los entrañables relatos que les cuentan sus abuelos.
Y como de necios es huir del consejo: no olvidemos que todo lo viejo fue nuevo alguna vez. 

  
Esperanza Liñán Gálvez 




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