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26 enero 2008

LOS MILAGROS.

                                  

            Para los creyentes es clarísimo que ha habido y hay milagros.

            Para los científicos los milagros son ajenos a su campo.

            Los creyentes se apoyan en su evidencia subjetiva.

            Los científicos dicen que de ellos no hay evidencias objetivas.

            Los primeros lo aseguran, pero con una seguridad que…

            Los segundos aseguran que nadie puede, ni debe, estar seguro de aquello de lo que no se tiene evidencia intersubjetiva, al alcance de cualquier otro. Si algo es verdadero  –dicen ellos- debe ser verdadero  para cualquiera, siempre que se encuentre en las mismas circunstancias

            Y, entre tanto aquí estamos los filósofos, en "tierra de nadie", como dice B. Russell, "no man´s land", gente de frontera,  expuestos a ser atacados y tentados por ambos, recibiendo sopapos de los unos o de los otros o recibiendo guiños y siendo tentados por los otros o por los unos  para tener relaciones cuando ambos saben o deben saber que nosotros estamos ya comprometidos con la razón y que no queremos serle infiel, que  lo único que intentamos hacer es encender la luz para ver qué es lo que puede verse. Pero, eso sí, siempre escépticos, siempre dispuestos a bajarse del burro en cuanto la razón nos lo indique. Un filósofo dogmático es una contradicción. El filósofo siempre tiene que estar dispuesto a quitarse la ropa que tenía puesta, sin sentir vergüenza de ello, aunque entre ropaje y ropaje se encuentre, a veces, desnudo.

 

            ¿Qué es un milagro?. "La alteración del orden natural causada por una intervención directa de Dios o indirecta, a través de la Virgen o de los Santos".

 

            El concepto de milagro, pues, no es un concepto científico, no pertenece al lenguaje de la ciencia, no habita en su campo.

            El concepto de milagro pertenece al campo religioso, habla el lenguaje de la religión.

            La ciencia, pues, no tiene nada que decir. Un científico, en cuanto científico, es ajeno a, no está en contra de, los milagros. Es como el jugador de petanca que, en cuanto jugador, no puede decir nada de la termodinámica o del electromagnetismo, sólo juega.

 

            Una cosa es decir: "esta curación no ha ocurrido por ninguna causa conocida", (por lo tanto tiene que ser por causas desconocidas) y otra cosa es decir que la causa de esa curación ha sido Dios, o la Virgen o no sé qué Santo. Esto ya es dar un paso más alto. Lo podrá dar alguien por motivos religiosos, por motivos subjetivos, pero nada más. Un científico, ante este hecho, lo verificará, pero no irá más allá.

 

            ¿Quiere esto decir que los milagros son falsos?. NO.

            ¿Quiere esto decir que los milagros son verdaderos?. NO.

 

            Una curación inexplicable por causas conocidas, para una persona de la calle, no es un milagro, es una curación inexplicable por las causas que actualmente conocemos, nada más. Sólo el creyente, con su fe, lo reconoce y lo denomina como milagro.

            Hay muchas personas piadosas que son muy piadosas pero, a veces, bastante miopes.

            Los eclipses de sol, durante mucho tiempo, fueron fenómenos milagrosos y el arco iris, como todos sabemos, durante muchos siglos no fue un fenómeno atmosférico sino la firma del pacto que Dios firmó con Moisés, allá arriba, en el monte Sinaí.

 

            Cuando alguien entra en una catedral y mira una vidriera que representa la huída a Egipto ve que en la escena los personajes, incluido el burro, van caminando hacia la izquierda.

            En ese mismo momento alguien que vea esa vidriera desde fuera verá que caminan hacia la derecha.

            Ambos miran lo mismo pero ambos ven cosas distintas. ¿Quién de los dos tiene razón?. Los dos tienen razón porque nadie tiene La Razón. Sencillamente la verdad es perspectiva. Sería absurdo que ambos vieran lo mismo desde situaciones y perspectivas distintas. Y aquí estamos los filósofos a cuestas con el relativismo de la verdad y luchando contra todo exclusivismo y dogmatismo.

 

            Nuestro mundo occidental, tan racional y tecnológico él, está afectado por una especie de virus permanente de superstición y credulidad asombrosas.

            Ponemos la TV o leemos la prensa y aparecen una cantidad de kioscos o chiringuitos de todo tipo. Desde los que te adivinan lo por-venir, hasta los que dicen que pueden hacerte millonario. Desde los que hacen amarres a los que te encuentran el amor eterno o el trabajo que tú anhelabas. Horóscopos, videntes, astrólogos, tarotistas, echadores de cartas. Los que te leen la mano o los posos del café. ¡Dios mío, qué ejército tan numeroso y tan variopinto¡. (Pero, eso sí, todos cobrando).

            Cualquier Rapel o cualquier Aramís Fuster se lo montan a lo grande sobre la credulidad y la miopía de tanta gente buena y sencilla, pero ingenua.

 

            Pero es curioso que los milagros, donde más se dan es en las religiones monoteístas.

            Para los maestros religiosos orientales el levitar, la ubicuidad, la meditación trascendental, la curación por la mente, la concentración extrema…es algo normal, no tiene que ver nada con los milagros.

            Para las culturas arcaicas y para el hombre primitivo todo era milagroso. Desde la salida o puesta del sol, hasta el nacimiento de un niño o la llegada de la primavera. Desde la lluvia hasta la cosecha. Todo era milagroso. La vida era un milagro continuo y perpetuo.

 

            Pero ¿Son o no son milagros?. ¿Los milagros son verdaderos o son falsos?.

           

            Y pregunto yo: ¿de qué color es el amor?, ¿cuánto pesa la tristeza?, ¿Cuánto mide la melancolía?, ¿a qué sabe el odio?

            ¿Es que, acaso, no existen los colores, los pesos, las medidas, los sabores?.

            ¿Es que, acaso, no existen el amor, la tristeza, la melancolía y el odio?.

 

            Pues entonces….

            Que quizás lo que nos hacen falta son científicos que sean sabios y religiones que sean inteligentes.

 

 

                                                                       Tomás Morales Cañedo.

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