Artículo
de Maria Izquierdo-Pulido,
Catedrática del Departamento de Nutrición, Ciencias de la Alimentación y
Gastronomía, Universitat de Barcelona,
Isabella Parilli Moser, Profesora lectora e investigadora del Departamento
de Enfermería Fundamental y Clínica, Universitat de Barcelona y Maria Fernanda Zeron Rugerio, Profesora
Lectora del Departamento de Enfermeria Fundamental y Clínica. Facultad de
Enfiermeria. Universidad de Barcelona, Universitat de Barcelona. Publicado en
la revista digital The Conversation.
El magnesio se ha convertido en uno de los suplementos estrella.
Las motivaciones para consumirlo son múltiples: dormir mejor, reducir el
estrés, evitar calambres, tener más energía o prevenir carencias. Las redes
sociales han amplificado su popularidad y muchas personas lo toman con la idea
de que es una solución sencilla para sentirse mejor. El problema es que a
menudo se confunden funciones fisiológicas reales con beneficios clínicos que,
en personas sanas, están poco demostrados.
Pero ¿qué dice realmente la ciencia?
Un suplemento no mejora
una dieta pobre
El magnesio es un mineral esencial. Participa en centenares de reacciones enzimáticas y es necesario
para el metabolismo energético, la función muscular y nerviosa, la síntesis de
proteínas, el mantenimiento de los huesos y el equilibrio electrolítico.
Una ingesta insuficiente puede asociarse a fatiga, debilidad o
alteraciones neuromusculares. Pero una cosa es que el magnesio sea
imprescindible y otra muy diferente es que suplementarlo resulte útil para todo
el mundo. En nutrición, más no siempre quiere decir mejor. De hecho, el beneficio
de un suplemento, ya sean vitaminas o minerales, es claro cuando hay un
déficit; en cambio, el efecto es mucho menos evidente cuando las necesidades ya
se cubren con la alimentación.
Las mejores fuentes dietéticas de magnesio son los cereales
integrales, las verduras de hoja verde, las legumbres, los frutos secos, las
semillas y el cacao puro. En muchas personas, incorporar más de estos alimentos
tendría más sentido que añadir una cápsula. Un suplemento no mejora una dieta
pobre: la sustituye de manera ilusoria. Confiar en que una píldora compensará
lo que no comemos es engañarse a uno mismo. Y una idea que, por desgracia,
resulta muy rentable para quien la vende.
En la Unión Europea hay alegaciones de salud autorizadas para el magnesio: que contribuye a reducir el cansancio, al metabolismo energético
normal y a la función muscular y nerviosa. Son declaraciones ciertas en sentido
fisiológico, pero no significan que un suplemento de magnesio actúe como un
energizante o relajante universal. Indican, simplemente, que el organismo
necesita este mineral para funcionar bien.
Promesas del magnesio
versus qué dice la ciencia
También se ha popularizado la idea de que cada problema requiere
una forma concreta de magnesio: citrato para el estreñimiento, bisglicinato
para el sueño, malato para el cansancio, treonato para el cerebro.
Es cierto que
las distintas sales varían en su absorción y tolerancia digestiva, pero
demostrar que una sal concreta es clínicamente superior para dormir o para
reducir el estrés en personas sanas es otro tema. Este “recetario de sales” es
hoy más una estrategia de marketing que
una conclusión científica.
La ciencia matiza cada una de estas promesas. El sueño es uno de
los reclamos más populares: el magnesio interviene en la excitabilidad
neuromuscular y en procesos de relajación, lo que le proporciona una base
biológica plausible.
Aun así, la evidencia clínica es bastante limitada: un ensayo clínico reciente en
adultos con mala calidad del sueño apunta a una reducción modesta del tiempo
necesario para conciliar el sueño. No obstante, hacen falta más estudios
clínicos, con muestras más amplias y medidas objetivas del sueño, antes de
poder afirmar con solidez que el magnesio mejora la calidad del descanso. De
hecho, la Unión Europea no tiene aprobada ninguna declaración de propiedades
saludables que relacione este mineral con la mejora del sueño.
Con los calambres musculares para algo parecido. Las revisiones disponibles no
muestran un beneficio claro en personas que los experimentan de forma habitual,
y la idea de que “el magnesio elimina los calambres” es demasiado simplista.
En cuanto a la energía, el organismo no funciona como un depósito
que se llena indefinidamente: si las necesidades ya están cubiertas, añadir más
magnesio no produce más energía. El beneficio esperable es corregir una
deficiencia, no convertir un mineral en un estimulante.
Tampoco es inocuo en
cualquier cantidad
Lo que obtenemos de los alimentos rara vez causa problemas,
pero los suplementos en dosis altas, en cambio, pueden provocar diarrea, náuseas y dolor abdominal.
En personas con enfermedad renal o que toman determinados
medicamentos el riesgo es mayor. Además, puede interferir con algunos
antibióticos y fármacos para la osteoporosis si se toman al mismo tiempo.
Todo junto invita a una reflexión más amplia. En una población
sana, la mayoría de complementos alimentarios no son necesarios si la dieta es suficiente, completa y equilibrada. Algunos pueden ser útiles en situaciones concretas –déficits diagnosticados,
necesidades aumentadas o indicaciones clínicas–, pero eso no justifica su uso
generalizado.
El problema no es solo el producto, sino también el mensaje que lo
acompaña. La idea de que una cápsula puede compensar la falta de sueño, el
estrés crónico o unos hábitos poco saludables resulta muy atractiva desde el
punto de vista comercial, pero responde más a intereses de mercado que a
necesidades reales de salud pública.
El magnesio no es una moda sin fundamento: es un nutriente
esencial con funciones muy importantes. La pregunta no debería ser “¿qué
suplemento me falta?”, sino “¿realmente lo necesito o simplemente me lo han
vendido bien?”. La mejor recomendación sigue siendo la que parece “menos
atractiva”, pero también la más sólida: primero, los alimentos y, solo cuando
sea necesario, una suplementación bien indicada por un profesional sanitario.
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