Artículo
de Javier Andreu Pintado, Catedrático
de Historia Antigua y Director del Diploma en Arqueología, Universidad de
Navarra. Publicado en la revista digital
The Conversation.
El próximo mes de agosto en España miraremos al cielo para
contemplar un histórico eclipse de Sol. Sabemos cuándo
comenzará, cuánto durará y qué parte del disco solar quedará oculto por la
Luna. Aplicaciones móviles permiten calcular el instante exacto del máximo
oscurecimiento y recomiendan lugares concretos desde los que poder
contemplarlo.
Sin embargo, durante buena parte de la
historia de la humanidad, gracias a la fascinación que, como astro rey,
generaba el Sol, estos fenómenos fueron mucho más que una curiosidad
astronómica: eran acontecimientos capaces de alterar el orden del mundo.
La antigua Roma no fue una excepción. Con un notable
protagonismo del Sol en su primitiva religiosidad, aunque las élites conocían
las explicaciones científicas heredadas de la astronomía griega, los eclipses
–etimológicamente, en griego, “desaparición del sol”– siguieron interpretándose
como señales de los dioses a las que convenía estar atento dado el carácter
religioso de la cultura romana.
Ambas formas de entender el fenómeno –la
científica y empírica y la prodigiosa y supersticiosa– convivieron durante
siglos y nos permiten comprender cómo concebían los romanos la relación entre
naturaleza, religión y poder. Esta relación estaba sintetizada en la voz
latina omen, presagio que acompañaba a un
personaje o a un acontecimiento, definiéndolo.
Tenebrae facta sunt: mucho más que una sombra sobre el Sol
Ya los astrónomos babilonios habían descubierto que los
eclipses eran cíclicos y podían ser previstos con métodos que
posteriormente heredaron los griegos y, a través de ellos, también Roma. Sobre
ellos teorizaron, en la Historia Natural y en Tiestes, los escritores e
intelectuales Plinio el Viejo y Séneca. El conocimiento
astronómico romano, por tanto, estaba lejos de ser rudimentario y
bebía de una tradición que, para el mundo clásico, arranca en la literatura
homérica.
Un ejemplo significativo lo ofrece el emperador Claudio. El historiador
romano Dion Casio cuenta que, antes de un eclipse ocurrido el 1 de agosto del
año 45, el cuarto emperador de la dinastía Julio-Claudia hizo anunciar
públicamente el fenómeno para evitar que la población cayera presa del pánico.
El poder imperial era, pues, consciente tanto de la posibilidad de predecir el
eclipse como del temor que, por su carácter tenebroso, este provocaba en la
población.
Prodigia et metum: ciencia y religión no eran incompatibles
Pero conocer la explicación astronómica no significaba
renunciar a una interpretación religiosa. Para un romano, el universo estaba
gobernado por los dioses y un fenómeno natural podía tener una causa física y,
a la vez, transmitir un mensaje divino.
El historiador Plutarco, en la
Vida
de Rómulo, cuenta como en junio del 708 a. C., la muerte del primer rey de Roma fue acompañada de la
conversión del día en noche. Acaso por eso, los eclipses pertenecían
con frecuencia al ámbito de los prodigia, anuncios de la ruptura
del equilibrio entre dioses y hombres que requerían una respuesta de la
religión estatal. Las obras del también historiador Tito Livio están
repletas de ejemplos. En el año 340 a. C., un eclipse coincidió con una lluvia de piedras y
el Senado decretó rituales para restaurar la paz con los dioses. Otro eclipse,
el 17 de julio de 188 a. C., oscureció Roma durante cerca de dos horas.
Livio cuenta que el fenómeno provocó tal inquietud que se decretaron tres días
de purificación en el sagrado monte Aventino.
La
coincidencia entre eclipses y momentos de crisis política reforzó su carácter
ominoso. En los años de la expansión romana en Macedonia un eclipse se
interpretó como antecedente de la derrota de los griegos en
la batalla de Pidna del año 168 a. C. En el 49 a. C., Dion Casio menciona un eclipse total de Sol entre
una serie de prodigios que anunciaban desgracias para Roma. El impacto fue tal
que algunos magistrados llegaron a retrasar la toma de posesión de sus cargos
por considerar desfavorable el momento. El político y filósofo Cicerón interpretó como mal augurio para su
consulado del 63 a. C. el eclipse parcial de Sol vivido el 18 de mayo de
ese año. Y la tradición evangélica alude al eclipse posterior a la muerte de
Jesús en época tiberiana como expresión máxima de los prodigia que siguieron a la crucifixión.
En Roma el interés por los eclipses no
residía únicamente en que oscurecieran el cielo durante unos minutos sino en el
significado que se atribuía a aquella oscuridad. El cosmos y la historia
formaban parte de un mismo orden, y cualquier alteración en el firmamento debía
ser adecuadamente interpretada. De hacerlo mejor o peor dependían, en buena
medida –o esa era la creencia–, el futuro y la salus del
pueblo y, sobre todo, del estado.
Mentes hominum: lo que sabía el pueblo
La inmensa mayoría de la población romana
nunca había leído a Aristóteles o
a Posidonio,
ni tenía acceso a los textos de Séneca o Plinio. Su experiencia del eclipse era
muy distinta. Garante de la luz, el calendario y el orden cotidiano, el Sol
desaparecía inesperadamente en pleno día y era lógico interpretar aquella
oscuridad como una temible alteración cósmica.
Ante el eclipse de agosto nuestra reacción
no será de temor o de desazón. Sin embargo, como acontecimiento histórico que
sin duda viviremos, cuando el próximo día 12 el eclipse nos lleve de nuevo a
mirar al cielo podremos pensar que también miraron a él los romanos. Y que, al
hacerlo, se preguntaban algo a lo que la astronomía no podía responder: ¿qué querían
decir los dioses con aquella repentina desaparición del Sol?
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