07 agosto 2026

AQUELLOS DOMINGOS DE VIEJO COLOR

 



El último día de la semana desde siempre ha estado marcado o definido por una característica específica: es el merecido día dedicado al descanso y al disfrute de la actividad lúdica. Pero los cambios en los hábitos y costumbres a lo largo del tiempo han generado que, en muchos aspectos, los domingos actualmente no se diferencien en demasía con respecto al resto de los demás días de la semana. Los siguientes párrafos va a estar dedicados a comentar cómo eran aquellos antiguos domingos de nuestras infancias, centrándonos en las décadas de los 50 y 60 de la anterior centuria. Por supuesto que estos recuerdos son personales. Cada uno tiene anclados en los archivos de la memoria “sus domingos”. También, el escritor. Vamos a destacar, por consiguiente, rasgos generalizables que puedan asumirse por la mayoría sociológica.

Todos los miembros de la familia esperaban con ilusión y necesidad la jornada dominical. El “papá” y, en algunos casos, la “mamá, no tenían que acudir a su puesto de trabajo fuera del hogar. En consecuencia, no había que madrugar, con ese despertador de cuerda que resultaba tan ruidoso e incómodo para el sosiego. El aseo del cuerpo era una obligación ineludible. La leyenda urbana comentaba que muchos sólo se duchaban o lavaban, integral o por partes, los domingos. El preciso puntualizar que no todos los pisos tenían cuarto de baño. Tras el aseo, se desayunaba con esa calma inusual en el resto de la semana.

Había que vestirse “de domingo”. Ropa limpia y planchada, pues era necesario ir bien presentado a cumplir con el precepto de la “fiesta de guardar”: la misa de 12, en la parroquia del barrio o en la más suntuosa y monumental Iglesia Catedral. En el templo magno oficiaba la santa misa el prelado de la diócesis, quien también predicaba la homilía. Muchos pasaban por los confesionarios para poder comulgar, lo cual era una buena señal para representar que eran personas “de bien”. Especialmente comulgaban las señoras y los niños. Había que estar “bien con dios”. Tanto a la llegada al templo parroquial, como a la salida de la misa, eran frecuentes los encuentros con los amigos, vecinos o conocidos. También con los familiares, a los que se veía de tarde en tarde. Se preguntaban por la salud, intercambiando parabienes. “Cada día te veo más joven” “pues estoy de tratamiento de la ciática” “pero qué grande esta este niño, tiene toda la cara del padre” “te acompaño en el sentimiento por lo de tu abuela” “ya tiernes edad de buscarte un novio, que no quiero verte vistiendo a santos” “el niño está bien “colocao” como aprendiz de confitero” “no te pongas tan remilgada, que ya eres mocita vieja” “A Simón le van bien las cosas en el trabajo, ya ha dado la entrada para el seiscientos, yo quiero aprender a conducir pero él no me deja” etc. Esas relaciones después de misa eran también interesantes para hacer algunos negocios, siempre con la cordialidad y la sonrisa “Profidén” en el rostro.




Una vez abandonado el recinto sacro, la familia solía dirigirse al puesto de periódicos más cercano. El padre elegía el Marca o el SUR. Los periódicos editados en Madrid se repartían por todo el territorio nacional, utilizándose el tren como transporte de los diarios, por lo que no se exponían en los puestos de venta hasta el lunes. Pasados los años, el uso del transporte aéreo facilitó la llegada de la prensa nacional en el mismo domingo. Los niños conseguían algún tebeo, como El TBO, El Capitán Trueno, El Jabato y la muy popular Claro de Luna, de ediciones Toray, que narraba una historia basada en una canción del momento.

Muchas familias acudían a algún bar del centro de la ciudad o de la zona del puerto malagueño, a fin de tomar un aperitivo: cerveza o vinos con gambas cocidas, aceitunas “aliñás” para los padres y refrescos de naranjada o limonada para los niños. Los más pequeños de la casa ya habían conseguido de sus padres la compra de algunas “chuches”: pipas de girasol, saras o regalices, chicles “bazokas”, avellanas, etc. Normalmente se almorzaba en casa, pues no estaban los bolsillos para hacer demasiados extraordinarios. Al ser domingo, muchos padres pasaban por la confitería (La Imperial, Casa Anglada, La Española, Aparicio) para llevar “un papelito” de pasteles, para los postres y meriendas del día.


Después del almuerzo los “mayores” hacían la siesta, mientras los niños jugaban. Pero había que preparar la tarde, para el disfrute del día de fiesta. La radio era un eficaz aliado para la distracción. Por supuesto, Radio Nacional de España, para escuchar “el parte” de las 14:30. Muchos padres iban al estadio de la Rosaleda, cuando había partidos del Club deportivo Málaga. En caso de que el equipo de la ciudad jugara en otra ciudad, se sintonizaba la cadena SER de Radio Madrid y escuchaban la marcha de los partidos de fútbol, especialmente los de la 1ª división, ya que la emisora conectaba con todos los campos en tiempo real. Se tenía encima de la mesa la quiniela del PAMDB (Patronato de apuestas mutuas deportivas benéficas) para comprobar si los resultados de los encuentros concordaban con el 1, X, 2 (gana el equipo de casa, empata o pierde) signos que el apostante había anotado en el boleto. Tenían premio económico los acertantes de 14 resultados, y los de trece. Con los años, también los acertantes de 12 resultados recibían alguna compensación en pesetas. Una frase repetida: “desafortunado en el juego, pero afortunado en amores”. La madre solía dedicar parte de la tarde a tricotar, coser, planchar o subía a casa de alguna vecina del bloque para hablar de sus cosas, con el tazón de café con leche y las rosquillas fritas de harina, huevo y azúcar, canela o miel, muy apetitosas.


Y ¿qué hacían los más jóvenes de la familia? Según la edad, los pequeños se juntaban con los vecinos para jugar en la calle a la pelota, si el tiempo acompañaba. Otros tenían la suerte de conseguir las tres o cuatro pesetas para comprar una entrada en el cine del barrio, con programa doble. En el caso de Málaga, los cines más populares con películas de reestreno eran: el Capitol, el Avenida, el Duque, el Moderno, el Plus Ultra y el Cayri cinema. Había que volver a casa no más tarde de las 8 o las 9 de la noche, con lo que se podía ver las dos películas y volver a visionar parte de la primera. Los hijos ya más crecidos buscaban la diversión y el “ligue” en los guateques que se organizaban en casa de algún amigo, que conseguía el permiso de sus padres, para mover los muebles del salón estar. Se utilizaba el pick-up o”picú, pequeño tocadiscos con singles de vinilo, que reproducía las canciones de los grupos y solistas de la época, música para bailar “separados” o “agarrados” (Los Bravos, Duo Dinámico, Los Brincos, Los Diablos, Conchita Velasco, The Platters, Nino Bravo, y Salvatore Adamo, etc). Los padres vigilaban para que no hubiera alcohol, sólo refrescos, tapas o dulces para la merienda.

Algunos jóvenes ennoviados, con el control de los padres respectivos, dedicaban horas al paseo cogidos de la mano y buscando algún rincón discreto para intercambiar ese beso prolongado, “victoria” esforzada para cada salida.


Las “chachas” que servían en alguna casa “bien” tenían libre la tarde dominical para dar sus paseos, ir al cine o salir con el chico con el que habían “ligado” los domingos previos. También solían llevarse los pequeños de los señores al Parque, para que jugaran y darles la merienda (rebanada de pan y pastilla de chocolate Dolca o Nestlé. También galletas Maria. El yogurt no se había generalizado todavía).

Algunas familias solían dar (con el buen tiempo meteorológico) un paseo por el Puerto marítimo, aprovechando la mañana o la tarde dominguera. En aquellos años, el recinto portuario era utilizado para sus funciones propias. No estaba dedicado también al turismo, como hoy ocurre, con restaurantes, tiendas, bares y cafeterías. Por el contrario, había montículos de aceitunas, trigo, naranjas que se exportaban en los barcos mercantes. También, bidones de aceite. Abundaban los veleros o barcos de pesca de arrastre, por la bahía malagueña o para desplazarse a los caladeros marroquíes. El gran SILO, inaugurado en 1952 y hoy desaparecido, servía para guardar los cereales y otras mercancías de importación y exportación. En la gran terraza de una nave adjunta abundaban las parejas de “tortolitos”, quienes se reunían para la ilusión de esas “manitas”, besos o demás tocamientos fugaces, aunque a veces venía el guardia del puerto y soltaba sus buenas reprimendas que casi nunca llegaban a mayores. Cuando el calendario indicaba algún santo o cumpleaños en la familia, además del chocolate y los churros en casa Aranda, se hacía el extraordinario de dar un divertido paseo en un coche de caballos por el centro de la ciudad.

Y pronto llegaba la noche, para hacer la cena e ir la cama, pues el lunes había que madrugar, con el trabajo del padre y el colegio de los niños. No siempre los “deberes” se habían cumplimentado, por lo que había que sacrificarse alguna hora después de cenar. En la oscuridad nocturna, unos y otros, mayores y pequeños, pensaban sus recuerdos acerca de cómo habían pasado el domingo: los juegos, las fiestecillas, los dulces, la quiniela del “otra vez será”, la merienda con la vecina del cuarto en la que se hablaba de “todo” y esa expresión: ¡hasta el domingo que viene, pues a lo mejor iremos de merienda al campo! en el deseo ilusionado de todos los miembros de la casa. Tras el descanso nocturno, llegaba la rutina del lunes en una España de posguerra, con las carestías mejor o peor llevadas, con el catolicismo como doctrina oficial en todos los órdenes de la vida y con la preocupación y cuidado en los comportamientos familiares, por “el qué dirán” los vecinos y amigos del barrio.  Eran los domingos y los días de viejo y ocre color, esperando un mañana que podría ser mejor -


 

José L. Casado Toro

Agosto 2026

 

 


 



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