Artículo
de Javier Giralt Latorre, Profesor
Titular de Universidad de Filología Catalana Departamento de Lingüística y
Literaturas Hispánicas, Universidad de Zaragoza y María Teresa Moret Oliver, Profesora Permanente
Laboral-Departamento de Lingüística y literaturas hispánicas-Área de lengua
española, Universidad de Zaragoza. Publicado en la revista digital The
Conversation
Melón es el nombre de una localidad gallega en la
comarca del Ribeiro, en la provincia española de Ourense. Es muy probable que,
si no lo conocemos y pasamos por él en nuestro camino hacia las Rías Baixas,
pensemos que se llama así porque existen o existieron campos de melones o
alguna relación de este lugar con dicha fruta. Lo mismo que municipios como
Pancorbo, en Burgos, o Pancrudo, en Teruel, tienen algo que ver con pan. Pero
estaríamos muy equivocados en estas interpretaciones.
En los nombres de lugares sobreviven palabras
desaparecidas, ecos de lenguas habladas hace siglos, memorias de antiguos habitantes
o paisajes que ya no existen. Los topónimos funcionan como auténticos archivos
del territorio, capaces de conservar huellas lingüísticas e históricas que los
hablantes ya no reconocen.
En los últimos años han proliferado noticias sobre supuestas “lenguas
ancestrales” escondidas en la toponimia. Muchas parten de una intuición correcta:
los nombres de lugar suelen ser extraordinariamente conservadores y pueden
preservar elementos muy antiguos. Pero también existe un riesgo evidente:
interpretar cualquier topónimo como un misterio prerromano o como la huella
automática de una lengua perdida.
No son lo que parecen
Mientras la lengua cambia, los topónimos pueden
mantener palabras desaparecidas, formas dialectales antiguas o significados que
hoy no reconocemos. Y precisamente por eso muchos acaban siendo reinterpretados
con el paso del tiempo.
Cuando un nombre deja de entenderse, lo
explicamos a partir de palabras conocidas de nuestra lengua actual. Pero el
nombre de Melón no tiene nada que ver con la fruta,
sino que realmente procede del antropónimo latino Mellonius,
probablemente representado en el medieval gallego Mellone, referido
a un antiguo poseedor del lugar.
Observemos otro caso curioso. En Huesca
hay una localidad llamada Guasa. Su nombre no tiene nada que ver con
estar de broma. Proviene de una voz de origen vasco, en concreto gogor “duro”,
un adjetivo que surge de la reduplicación de gor, que significa
actualmente “sordo”.
En Teruel podemos ir a Libros, un pequeño y pintoresco pueblo a
orillas del Turia cuyos habitantes puede que disfruten mucho de la lectura, o
no, pero cuyo nombre está vinculado a una condición fiscal medieval del lugar.
¿Y qué decir de Mozota, en Zaragoza? Lejos de referirse a
alguna “moza” de esa localidad, proviene del árabe mawsaṭa, “centro, punto central”, en referencia a
la porción de tierra firme que queda en el centro del pronunciado meandro que
describe en ese punto geográfico el río Huerva.
Seguimos: Griegos, también en Teruel, además de
ser el pueblo más frío de España, está sobre un
antiguo asentamiento de helenos. Y, sin embargo, conserva la raíz lingüística
céltica brig-, presente en topónimos hispanos antiguos (Brigaecium, Brigantium, Segobriga)
y en el origen de numerosos topónimos actuales (Coimbra, Sanabria, Sepúlveda,
Setúbal), cuyo significado primitivo es “colina, altura” y que, por extensión
metonímica, se convirtió en sinónimo de “fortaleza, lugar fortificado”.
Como vemos, pues, las apariencias engañan,
y así se pone de manifiesto en muchos de los topónimos que ya hemos incorporado
en Toponomasticon
Hispaniae, un proyecto que tiene como objetivo el estudio y
divulgación de los nombres de lugar de todo el territorio español y portugués,
considerando todas las lenguas peninsulares.
Adaptaciones a palabras más cercanas
Incluso hay casos en los que un nombre de
lugar acaba siendo reanalizado a partir de palabras que resultan más familiares
para los hablantes, fenómeno este al que el filólogo catalán Joan
Coromines llamó metacedeusis.
Cuando la forma de un topónimo es opaca,
es decir, cuando el hablante no identifica su significado, el nombre se adapta
poco a poco a otras palabras que resultan más reconocibles. Un ejemplo sería el
de Santaliestra en Aragón (o Santallestra en Huesca), probablemente procedente
de silva ilicestra (en latín, “bosque de encinas”). Pasados
los siglos, la voz latina inicial fue sustituida por el adjetivo santa,
dando lugar a un hagiotopónimo (nombre de lugar relacionado con un santo) que
se ha vinculado a Santa Eleuteria.
El mapa conserva palabras y paisajes
desaparecidos
Los topónimos no solo conservan palabras antiguas.
También guardan paisajes y formas de vida desaparecidas. Así, Valdenoches, en Guadalajara, parece hoy un
nombre perfectamente comprensible: un “valle de noches”.
Sin embargo, es probable que el
sustantivo noches proceda de una forma romance antigua
derivada del latín nuces, plural de nux, “nogal”,
seguramente con una evolución fonética mozárabe.
Fósiles lingüísticos
Y este origen a partir de un fitónimo
(nombre de planta) es el que también se ha dado a algunos ríos del área este
peninsular, como el Noguera Ribagorzana o el Noguera Pallaresa: popularmente se
interpreta que ese “noguera” tiene el sentido de “nogal” y, sin embargo, está
haciendo referencia a la actividad de transportar troncos por el río desde los
altos valles pirenaicos: proviene de naucaria, “almadía” o balsa de
troncos.
Algo semejante ocurre con Pancorbo (Burgos) y Pancrudo (Teruel). Aunque hoy el primer
elemento parece vincularse inevitablemente al pan, los nombres nos remiten,
respectivamente, al latín pandu curvu, “terreno inclinado o
curvado” y pandu crudu, “vertiente cruda, de extrema dureza”. Estos
topónimos habrían conservado una voz antigua ya desaparecida de la lengua
actual. El mapa funciona, pues, como una especie de fósil dialectal.
Lugares desaparecidos
En otros casos, la toponimia conserva
incluso nombres de lugares que ya no existen. El río Mesquí/Mezquín, en Teruel, podría derivar del
árabe andalusí masākin (“moradas”, “casas”). La documentación
medieval menciona un lugar desaparecido llamado Mezchino, pero el
río conservó su nombre aun cuando el asentamiento ya había dejado de existir.
El paisaje actual guarda así la huella lingüística de una población de origen
árabe perdida hace siglos.
No basta con la intuición
Por eso la toponimia no puede estudiarse solo a partir
de parecidos fonéticos o corazonadas ingeniosas. Para reconstruir el origen de
un nombre de lugar es necesario tener muy presentes los testimonios antiguos, y
para ello hay que acudir a la documentación, donde podemos encontrar variantes
muy valiosas que nos ayudarán comprender la evolución del topónimo a lo largo
del tiempo e intuir su etimología (la palabra de la que procede) y su etiología
(la razón que lo motivó).
Aunque siempre con extrema prudencia,
puesto que los registros medievales pueden proporcionar en ocasiones “falsos
amigos” que conduzcan a propuestas erróneas. Así ocurre, por ejemplo, con Vadocondes (Burgos)
junto a las formas antiguas que apuntan a un compuesto “vado de los condes”, la
documentación transmite variantes como Valdecuendas o Vadacondas,
posiblemente debidas a errores de lectura o de transcripción repetidos en la
cadena documental. Tomarlas como testimonios fidedignos de la forma antigua
podría alterar por completo la interpretación del topónimo.
Los topónimos no son simples etiquetas geográficas.
Son fósiles lingüísticos donde sobreviven palabras, sonidos y paisajes que ya
han desaparecido de la lengua cotidiana. A veces creemos entender un nombre
porque reconocemos una palabra familiar. Pero el mapa conserva voces mucho más
antiguas que nosotros.
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