10 julio 2026

MAESTROS EN EL RECUERDO

 


Los seres humanos tenemos una mayor o más deficiente memoria, facultad que nos permite recordar hechos y vivencias pretéritas, ya sean de carácter significativo o banales. Obviamente, la memoria, como todo órgano corporal, debe ser cuidada y cultivada en el día a día. También es una incómoda realidad que al paso de los años las “tinieblas se van interponiendo en la realidad de los hechos que hemos protagonizado, llegando incluso a olvidarlos. ¡Cada vez tengo menos memoria! es una expresión frecuente en nuestras conversaciones cotidianas. Llega el caso en que nos hablan de alguna persona con la que hemos convivido y tenemos que manifestar con humildad que no lo localizamos en nuestros recuerdos.

Sin embargo, hay una serie de personas que mantienen latentes en su mente numerosos recuerdos, con detalles que llegan a asombrarnos por su concreción clarificadora. Entre esos recuerdos, aparecen nombres y rostros que hemos conocido y tratado hace varias décadas y cuyas imágenes y caracteres parecen imborrables en nuestra memoria: nos estamos refiriendo a los MAESTROS que tanto nos han ayudado en nuestra infancia. En la mayoría de los casos, mantenemos una buena valoración de su importante labor en nuestra formación. Sus imágenes, muy lejanas, nos generan admiración, cariño, emoción y nostalgia, afecto agradecido por todo lo que, con generosidad y paciencia, nos enseñaron y educaron.

¿Qué buenas semillas y valores sembraron en nuestra infancia y adolescencia? Nos enseñaron a leer, a escribir, las cuatro reglas aritméticas, a dibujar, a bien expresarnos, a ser ordenados, a estudiar y jugar, las normas básicas de educación y comportamiento, a pensar, imaginar y soñar, a respetar a los demás. También, el mundo natural, con sus ríos, montañas, cordilleras, valles y los climas de la Tierra, la naturaleza vegetal y animal. Por qué era bueno hacer el bien, sintiéndonos más felices, pues haciendo el mal nos sentíamos tristes y aislados. Cada maestro, en su especialidad temática nos iba descubriendo el proceso de la Historia, la magia de la física y los elementos químicos, la fuerza mental de las matemáticas y la geometría, el placer de los libros y el poder escribir bien nuestros pensamientos, emociones y creatividad, según las normas adecuadas de la expresión y la comunicación. La necesidad incontestable de respetar la forma de hablar, escribir, pensar y actuar, de personas diferentes a nosotros. Fórmulas para tratar de entender el mundo que nos había correspondido protagonizar. Y así, toda una filosofía de la vida.



Lo más emocionante es comprobar hoy como el nombre de todos nuestros maestros y profesores permanecen indelebles en los archivos misteriosos de la memoria, representando los mejores recuerdos de nuestra querida infancia y adolescencia. La “seño” de primero, el maestro de segundo, don Miguel de tercero, don Francisco de Matemáticas, El padre Maldonado o don Florián en religión, don Rafael en gimnasia, don Manuel en música, doña Carmen en francés, don Salvador en Física y Química, la Srta. Encarnación, la madre Ángeles… Junto a los nombres y sus rostros, miles de vivencias y anécdotas que compartíamos con nuestros compañeros de clase, cuyos nombres también recordamos, diariamente escuchados al pasar la lista de clase en las distintas asignaturas. Y a ese compañero de banca o asiento, que por la inicial de su apellido siempre nos acompañaba curso tras curso y era nuestro amigo.

 

Tal vez, en aquellas lejanas fechas del calendario, no valorábamos en su justa importancia las actividades y obligaciones que realizábamos como alumnos de primaria o bachillerato. Madrugar, salvo los fines de la semana, ir al colegio, atender en las clases y estudiar muchas horas, el buen comportamiento para evitar los castigos, hacer los exámenes y pruebas, las recuperaciones para las materias suspensas, la obligación colectiva de ir a misa a la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús los domingos a las doce, cuidándonos de que el compañero con la lista de clase nos “apuntara”, el cine en blanco y negro que nos proyectaba el Padre Maldonado el domingo por la tarde en la residencia de los jesuitas, a dos pesetas la entrada, cuyos densos rollos de celuloide había que ir poniendo en la única cámara que se poseía, el tener que ir a las clases de Educación Física caminando ida y vuelta desde las instalaciones del colegio hasta el Frente de Juventudes del Pasillo de Natera. Hoy, con la franqueza de la verdad, recordamos todos aquellos hechos formativos como los mejores de nuestra existencia.

Éramos muy jóvenes y la estructura del mundo se nos iba abriendo con fascinante y sugestiva amplitud, al descubrirnos sus misterios, logros y dificultades. Las alegría e ilusiones de aquellos años difícilmente las hemos vuelto a sentir con la inocencia, la pureza y la credibilidad de cuando éramos niños. La coeducación de géneros no se aplicaba en los tiempos del franquismo: salvo en las escuelas unitarias, sólo había colegios masculinos y femeninos. La cultura del Nacionalcatolicismo era absoluta. Con el tiempo, fuimos descubriendo otras formas de concebir los proyectos de vida.



Lo más emocionante es comprobar hoy como el nombre de todos nuestros maestros y profesores permanecen indelebles en los archivos misteriosos de la memoria, representando los mejores recuerdos de nuestra querida infancia y adolescencia. La “seño” de primero, el maestro de segundo, don Miguel de tercero, don Francisco de Matemáticas, El padre Maldonado o don Florián en religión, don Rafael en gimnasia, don Manuel en música, doña Carmen en francés, don Salvador en Física y Química, la Srta. Encarnación, la madre Ángeles… Junto a los nombres y sus rostros, miles de vivencias y anécdotas que compartíamos con nuestros compañeros de clase, cuyos nombres también recordamos, diariamente escuchados al pasar la lista de clase en las distintas asignaturas. Y a ese compañero de banca o asiento, que por la inicial de su apellido siempre nos acompañaba curso tras curso y era nuestro amigo.

 

Tal vez, en aquellas lejanas fechas del calendario, no valorábamos en su justa importancia las actividades y obligaciones que realizábamos como alumnos de primaria o bachillerato. Madrugar, salvo los fines de la semana, ir al colegio, atender en las clases y estudiar muchas horas, el buen comportamiento para evitar los castigos, hacer los exámenes y pruebas, las recuperaciones para las materias suspensas, la obligación colectiva de ir a misa a la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús los domingos a las doce, cuidándonos de que el compañero con la lista de clase nos “apuntara”, el cine en blanco y negro que nos proyectaba el Padre Maldonado el domingo por la tarde en la residencia de los jesuitas, a dos pesetas la entrada, cuyos densos rollos de celuloide había que ir poniendo en la única cámara que se poseía, el tener que ir a las clases de Educación Física caminando ida y vuelta desde las instalaciones del colegio hasta el Frente de Juventudes del Pasillo de Natera. Hoy, con la franqueza de la verdad, recordamos todos aquellos hechos formativos como los mejores de nuestra existencia.

Éramos muy jóvenes y la estructura del mundo se nos iba abriendo con fascinante y sugestiva amplitud, al descubrirnos sus misterios, logros y dificultades. Las alegría e ilusiones de aquellos años difícilmente las hemos vuelto a sentir con la inocencia, la pureza y la credibilidad de cuando éramos niños. La coeducación de géneros no se aplicaba en los tiempos del franquismo: salvo en las escuelas unitarias, sólo había colegios masculinos y femeninos. La cultura del Nacionalcatolicismo era absoluta. Con el tiempo, fuimos descubriendo otras formas de concebir los proyectos de vida.




Aquellos maestros de infantil y primaria, aquellos profesores de secundaria, ya no están físicamente con nosotros. Incluso muchos profesores de la facultad universitaria se marcharon en el tiempo, camino de la inmensidad espacial u onírica. Cuando miramos las fotos “amarillentas” de los compañeros de infancia, cuando observamos la orla fotográfica del final de la licenciatura universitaria, nos emocionan en el recuerdo sus imágenes. Todos, alumnos y maestros, todos éramos más jóvenes, crédulos e ilusionados. Son los fundamentos fraternales y paternales de nuestra modesta biografía para el recuerdo.

El reconocimiento y agradecimiento a la generosa, altruista y esforzada labor que ejercieron aquellos maestros de los cincuenta, sesenta y setenta en el desarrollo de nuestras vidas es inmenso. Su ejemplo nos ayudó en el comportamiento diario, mientras íbamos creciendo. Así somos hoy, en gran parte gracias a su destreza vocacional y buen sentido que aplicaron a nuestra educación. Nos enseñaron un noble modelo para vivir y protagonizar el futuro, no exento de dificultades, en un mundo que se nos presenta cada vez más difícil, complicado y penosamente incomprensible. Guerras, genocidios, corruptelas, enfrentamientos, cinismos y mentiras, impunidades, odios y ambiciones desmedidas, en el que los valores de paz, verdad, bondad, legalidad, concordia y diálogo aparecen como objetivos insoslayables y tantas veces inalcanzables. Gracias, maestros de la educación, la enseñanza y la vida. Os merecéis un lugar de privilegio, en los anaqueles mágicos de la memoria. No os olvidaré.

 

Pulsar Play para oir canción: Lo logramos, maestros










José L. Casado Toro

Julio 2026.


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