Los seres
humanos tenemos una mayor o más deficiente memoria,
facultad que nos permite recordar hechos y vivencias pretéritas, ya sean de
carácter significativo o banales. Obviamente, la memoria, como todo órgano
corporal, debe ser cuidada y cultivada en el día a día. También es una incómoda
realidad que al paso de los años las “tinieblas se van interponiendo en la
realidad de los hechos que hemos protagonizado, llegando incluso a olvidarlos.
¡Cada vez tengo menos memoria! es una expresión frecuente en nuestras
conversaciones cotidianas. Llega el caso en que nos hablan de alguna persona
con la que hemos convivido y tenemos que manifestar con humildad que no lo
localizamos en nuestros recuerdos.
Sin embargo,
hay una serie de personas que mantienen latentes en su mente numerosos
recuerdos, con detalles que llegan a asombrarnos por su concreción clarificadora.
Entre esos recuerdos, aparecen nombres y rostros que hemos conocido y tratado
hace varias décadas y cuyas imágenes y caracteres parecen imborrables en
nuestra memoria: nos estamos refiriendo a los MAESTROS
que tanto nos han ayudado en nuestra infancia. En la mayoría de los casos,
mantenemos una buena valoración de su importante labor en nuestra formación.
Sus imágenes, muy lejanas, nos generan admiración, cariño, emoción y nostalgia,
afecto agradecido por todo lo que, con generosidad y paciencia, nos enseñaron y
educaron.
¿Qué
buenas semillas y valores sembraron en nuestra infancia y adolescencia? Nos
enseñaron a leer, a escribir, las cuatro reglas aritméticas, a dibujar, a bien
expresarnos, a ser ordenados, a estudiar y jugar, las normas básicas de
educación y comportamiento, a pensar, imaginar y soñar, a respetar a los demás.
También, el mundo natural, con sus ríos, montañas, cordilleras, valles y los
climas de la Tierra, la naturaleza vegetal y animal. Por qué era bueno hacer el
bien, sintiéndonos más felices, pues haciendo el mal nos sentíamos tristes y
aislados. Cada maestro, en su especialidad temática nos iba descubriendo el
proceso de la Historia, la magia de la física y los elementos químicos, la fuerza
mental de las matemáticas y la geometría, el placer de los libros y el poder escribir
bien nuestros pensamientos, emociones y creatividad, según las normas adecuadas
de la expresión y la comunicación. La necesidad incontestable de respetar la
forma de hablar, escribir, pensar y actuar, de personas diferentes a nosotros. Fórmulas
para tratar de entender el mundo que nos había correspondido protagonizar. Y
así, toda una filosofía de la vida.
Lo más
emocionante es comprobar hoy como el nombre de
todos nuestros maestros y profesores permanecen indelebles en los
archivos misteriosos de la memoria, representando los mejores recuerdos de
nuestra querida infancia y adolescencia. La “seño” de primero, el maestro de
segundo, don Miguel de tercero, don Francisco de Matemáticas, El padre
Maldonado o don Florián en religión, don Rafael en gimnasia, don Manuel en
música, doña Carmen en francés, don Salvador en Física y Química, la Srta.
Encarnación, la madre Ángeles… Junto a los nombres y sus rostros, miles de
vivencias y anécdotas que compartíamos con nuestros compañeros de clase, cuyos
nombres también recordamos, diariamente escuchados al pasar la lista de clase
en las distintas asignaturas. Y a ese compañero de banca o asiento, que por la
inicial de su apellido siempre nos acompañaba curso tras curso y era nuestro
amigo.
Tal vez, en
aquellas lejanas fechas del calendario, no valorábamos en su justa importancia las actividades y obligaciones que realizábamos como
alumnos de primaria o bachillerato. Madrugar, salvo los fines de la semana, ir
al colegio, atender en las clases y estudiar muchas horas, el buen
comportamiento para evitar los castigos, hacer los exámenes y pruebas, las
recuperaciones para las materias suspensas, la obligación colectiva de ir a
misa a la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús los domingos a las doce,
cuidándonos de que el compañero con la lista de clase nos “apuntara”, el cine en
blanco y negro que nos proyectaba el Padre Maldonado el domingo por la tarde en
la residencia de los jesuitas, a dos pesetas la entrada, cuyos densos rollos de
celuloide había que ir poniendo en la única cámara que se poseía, el tener que
ir a las clases de Educación Física caminando ida y vuelta desde las
instalaciones del colegio hasta el Frente de Juventudes del Pasillo de Natera.
Hoy, con la franqueza de la verdad, recordamos todos aquellos hechos formativos
como los mejores de nuestra existencia.
Éramos muy
jóvenes y la estructura del mundo se nos iba abriendo con fascinante y sugestiva
amplitud, al descubrirnos sus misterios, logros y dificultades. Las alegría e
ilusiones de aquellos años difícilmente las hemos vuelto a sentir con la
inocencia, la pureza y la credibilidad de cuando éramos niños. La coeducación
de géneros no se aplicaba en los tiempos del franquismo: salvo en las escuelas
unitarias, sólo había colegios masculinos y femeninos. La cultura del
Nacionalcatolicismo era absoluta. Con el tiempo, fuimos descubriendo otras
formas de concebir los proyectos de vida.
Lo más
emocionante es comprobar hoy como el nombre de
todos nuestros maestros y profesores permanecen indelebles en los
archivos misteriosos de la memoria, representando los mejores recuerdos de
nuestra querida infancia y adolescencia. La “seño” de primero, el maestro de
segundo, don Miguel de tercero, don Francisco de Matemáticas, El padre
Maldonado o don Florián en religión, don Rafael en gimnasia, don Manuel en
música, doña Carmen en francés, don Salvador en Física y Química, la Srta.
Encarnación, la madre Ángeles… Junto a los nombres y sus rostros, miles de
vivencias y anécdotas que compartíamos con nuestros compañeros de clase, cuyos
nombres también recordamos, diariamente escuchados al pasar la lista de clase
en las distintas asignaturas. Y a ese compañero de banca o asiento, que por la
inicial de su apellido siempre nos acompañaba curso tras curso y era nuestro
amigo.
Tal vez, en
aquellas lejanas fechas del calendario, no valorábamos en su justa importancia las actividades y obligaciones que realizábamos como
alumnos de primaria o bachillerato. Madrugar, salvo los fines de la semana, ir
al colegio, atender en las clases y estudiar muchas horas, el buen
comportamiento para evitar los castigos, hacer los exámenes y pruebas, las
recuperaciones para las materias suspensas, la obligación colectiva de ir a
misa a la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús los domingos a las doce,
cuidándonos de que el compañero con la lista de clase nos “apuntara”, el cine en
blanco y negro que nos proyectaba el Padre Maldonado el domingo por la tarde en
la residencia de los jesuitas, a dos pesetas la entrada, cuyos densos rollos de
celuloide había que ir poniendo en la única cámara que se poseía, el tener que
ir a las clases de Educación Física caminando ida y vuelta desde las
instalaciones del colegio hasta el Frente de Juventudes del Pasillo de Natera.
Hoy, con la franqueza de la verdad, recordamos todos aquellos hechos formativos
como los mejores de nuestra existencia.
Éramos muy
jóvenes y la estructura del mundo se nos iba abriendo con fascinante y sugestiva
amplitud, al descubrirnos sus misterios, logros y dificultades. Las alegría e
ilusiones de aquellos años difícilmente las hemos vuelto a sentir con la
inocencia, la pureza y la credibilidad de cuando éramos niños. La coeducación
de géneros no se aplicaba en los tiempos del franquismo: salvo en las escuelas
unitarias, sólo había colegios masculinos y femeninos. La cultura del
Nacionalcatolicismo era absoluta. Con el tiempo, fuimos descubriendo otras
formas de concebir los proyectos de vida.
Aquellos
maestros de infantil y primaria, aquellos profesores de secundaria, ya no están
físicamente con nosotros. Incluso muchos profesores de la facultad
universitaria se marcharon en el tiempo, camino de la inmensidad espacial u onírica.
Cuando miramos las fotos “amarillentas” de los compañeros de infancia, cuando
observamos la orla fotográfica del final de la licenciatura universitaria, nos
emocionan en el recuerdo sus imágenes. Todos, alumnos y maestros, todos éramos
más jóvenes, crédulos e ilusionados. Son los fundamentos fraternales y
paternales de nuestra modesta biografía para el recuerdo.
El
reconocimiento y agradecimiento a la generosa, altruista y
esforzada labor que ejercieron aquellos maestros de los cincuenta, sesenta y
setenta en el desarrollo de nuestras vidas es inmenso. Su ejemplo nos ayudó en
el comportamiento diario, mientras íbamos creciendo. Así somos hoy, en gran
parte gracias a su destreza vocacional y buen sentido que aplicaron a nuestra
educación. Nos enseñaron un noble modelo para vivir y protagonizar el futuro, no
exento de dificultades, en un mundo que se nos presenta cada vez más difícil,
complicado y penosamente incomprensible. Guerras, genocidios, corruptelas, enfrentamientos,
cinismos y mentiras, impunidades, odios y ambiciones desmedidas, en el que los
valores de paz, verdad, bondad, legalidad, concordia y diálogo aparecen como
objetivos insoslayables y tantas veces inalcanzables. Gracias, maestros de la
educación, la enseñanza y la vida. Os merecéis un lugar de privilegio, en los
anaqueles mágicos de la memoria. No os olvidaré.
Pulsar Play para oir canción: Lo logramos, maestros
José L. Casado Toro
Julio 2026.




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