31 julio 2026

DE UN LIBRO PARA EL SÁBADO: SANDOR MARAI


 

 

 

El general se entretuvo casi toda la mañana en la bodega del lagar. Había salido al viñedo de madrugada, junto con el vinatero, para ver qué se podía hacer con dos barriles de vino que habían empezado a fermentar. Eran las once pasadas cuando terminaron de embotellar el vino; entonces regresó a la casa. Bajo las columnas del porche de piedras húmedas que olían a moho le esperaba el montero, para entregar a su señor una carta que acababa de llegar.

 

—¿Qué quieres? —le preguntó, y se detuvo con fastidio. Se echó atrás el sombrero de paja de ala ancha que le cubría la frente y le oscurecía totalmente la cara rojiza. Hacía años que no leía ni abría ninguna carta. El correo lo abría, examinaba y seleccionaba uno de sus sirvientes de confianza, en la oficina del administrador.

—Un recadero acaba de traerla —dijo el montero, que se mantenía en posición de firme en el porche.

        Reconoció la letra, cogió la carta y la guardó en el bolsillo. Entró en el frescor del vestíbulo y entregó al montero su sombrero y su bastón, sin musitar palabra. Sacó las gafas del bolsillo donde guardaba también los puros, se acercó a la ventana y se puso a leer la carta en la sombra rasgada apenas por algunos rayos que penetraban por las rendijas de las persianas medio echadas.

 

—Espera —dijo por encima del hombro al montero, que se disponía a retirarse con el sombrero y el bastón.

        Arrugó la carta y se la guardó en el bolsillo.

—Que Kálmán prepare el coche para las seis. El landó, que va a llover. Que se ponga la librea de gala. Tú también —añadió con énfasis, como si estuviera enfadado por algo —. Que todo esté limpio y reluciente. Que empiecen ahora mismo a limpiar el coche y el aparejo. Te vistes de gala, ¿entendido? Y te sientas al lado de Kálmán, en el pescante.

—Entendido, excelencia —respondió el montero, mirando a su amo fijamente a los ojos—. A las seis en punto.

—A las seis y media os vais —dijo, moviendo a continuación los labios en silencio, como si estuviera contando—. Os presentáis en el Hotel del Águila Blanca. Solo tienes que decir que te he enviado yo y que ya está dispuesto el coche del capitán. Repítelo.

        El montero repitió las instrucciones. Entonces el general levantó una mano y miró al techo, como si quisiera añadir algo más. No dijo nada y subió al primer piso. El montero, firme, lo observó con ojos vidriosos, lo siguió con la mirada y esperó a que la cuadrada figura de anchas espaldas desapareciera por el recodo de la escalera de piedra del primer piso.

        El general entró en su habitación, se lavó las manos y se acercó al pupitre alto y estrecho, cubierto de paño verde, salpicado de manchas de tinta, donde había cortaplumas, tinteros y cuadernos con tapas de hule a cuadros, como los que utilizaban los colegiales para hacer los deberes, todos guardados con un orden milimétrico. En el centro del pupitre había una lámpara de pantalla verde y la encendió porque la habitación estaba a oscuras. Detrás de las persianas echadas, el verano quemaba el jardín lleno de plantas secas y de hojas arrugadas, como un pirómano colérico que incendiara toda la vegetación antes de desaparecer. El general sacó la carta del bolsillo, alisó el papel con gran cuidado y, con las gafas caladas, volvió a leer las frases cortas y rectas, escritas con letra fina, a la luz resplandeciente de la lámpara. Juntó las manos por detrás mientras leía.

        En una pared había un almanaque de números enormes. Catorce de agosto. El general echó la cabeza hacia atrás, para contar. Catorce de agosto. Dos de julio. Contaba el tiempo transcurrido entre una fecha remota y aquel día. Cuarenta y un años, dijo en voz alta. Hacía rato que hablaba en voz alta, aunque estaba solo en la habitación. Cuarenta y un años, repitió después, un tanto confundido. Como un niño  que se enreda por lo difícil de los deberes, se puso colorado, echó la cabeza atrás y cerró los ojos humedecidos. Por encima de la chaquetilla amarilla como el maíz tenía el cuello hinchado y rojo. Dos de julio de mil ochocientos noventa y nueve, la fecha de aquella cacería, musitó. Luego guardó silencio. Apoyó los codos en el pupitre, con preocupación, como si fuera un colegial aplicado, volvió a mirar el texto de la carta, aquellas pocas líneas. Cuarenta y uno, dijo al final, con voz ronca. Y cuarenta y tres días. Eso era. (…)

 

En esta magistral novela, Sándor Márai plantea la búsqueda de la verdad como fuerza liberadora, como soporte ético imprescindible para sobrellevar el peso de una vida.

    

Sándor Márai nació el 11 de abril de 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Abandonó sus estudios de derecho para dedicarse al periodismo y la literatura. En los años veinte residió en ciudades como Leipzig, Fráncfort, Berlín y París. Fue en esta época cuando se decantó por escribir en húngaro, su lengua materna. Tras regresar a Hungría en 1928, publicó obras clave como "Los rebeldes" (1930) y "Confesiones de un burgués" (1934), alcanzando gran popularidad.

Fue un firme opositor tanto al nazismo como al posterior régimen comunista. Márai abandonó su país definitivamente en 1948. Tras vivir en Italia y Suiza, se radicó en Estados Unidos (San Diego, California). La subsiguiente prohibición de su obra en Hungría hizo caer en el olvido a quién en ese momento estaba considerado uno de los escritores más importantes de la literatura centroeuropea. Después de varias décadas, hasta el ocaso del comunismo, este extraordinario escritor fue redescubierto en su país y en el mundo entero. Sándor Márai se quitó la vida en 1989 en San Diego, California, después de varias tragedias familiares y pocos meses antes de la caída del muro de Berlín.

 

Otros títulos publicados: La Herencia de Eszter, Divorcio en Buda, La Amante de Bolzano, La Mujer Justa, La Hermana, La Extraña, La Gaviota, Liberación, Tierra, tierra, Diarios 1984-1989.

 

 Amaduma

 

 

 

 


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