19 junio 2026

DE UN LIBRO PARA EL SÁBADO: DELPHINE DE VIGAN



                                      MARIE

 

        ¿Os habéis preguntado alguna vez cuántas veces al día dais las gracias? Gracias por la sal, por la puerta, por la información.

       Gracias por el cambio, por el pan, por el paquete de tabaco.

        Unas gracias de cortesía, de conveniencia, automáticas, mecánicas. Casi huecas.

        A veces tácitas. A veces demasiado enfáticas: Gracias a ti. Gracias por todo. Infinitas gracias.

       Gracias de verdad.

        Unas gracias profesionales: Gracias por su respuesta, por su atención, por su colaboración.

        ¿Os habéis preguntado alguna vez cuántas veces en la vida habéis dado realmente las gracias? Unas gracias sinceras. La expresión de vuestra gratitud, de vuestro agradecimiento, de vuestra deuda.

       ¿A quién?

        ¿Al profesor que os abrió la puerta al mundo de los libros? ¿Al joven que intervino cuando os agredieron en la calle? ¿Al médico que os salvó la vida? ¿A la vida misma?

 

       Hoy ha muerto una anciana a la que yo quería.

        A menudo pensaba: «Le debo tanto.» O: «Sin ella, probablemente ya no estaría aquí.» Pensaba: «Es tan importante para mí.»    

      Importar, deber. ¿Es así como se mide la gratitud? En realidad, ¿fui suficientemente agradecida? ¿Le mostré mi agradecimiento como se merecía? ¿Estuve a su lado cuando me necesitó, le hice compañía, fui constante?

      Me pongo a pensar en los últimos meses, en las últimas horas. En las conversaciones que tuvimos, en las sonrisas, en los silencios.

      Me vienen a la memoria los momentos compartidos. Otros los he olvidado. E invento los que me perdí.

      Intento determinar el día en que me di cuenta de que algo había cambiado irremediablemente y empezaba la cuenta atrás.

 

 

      Sucedió de golpe. De un día para otro. No digo que no hubiera indicios. En ocasiones Michka se detenía en mitad del salón, desorientada, como si ya no supiera por dónde tirar, como si hubiera olvidado de pronto aquel ritual tan repetido. Otras veces se detenía en mitad de una frase, tropezando literalmente con algo invisible. Buscaba una palabra y encontraba otra. O no encontraba nada, tan solo el vacío, una trampa que debía sortear. Pero seguía viviendo sola, en su propia casa. De manera automática. Y continuaba leyendo, viendo la tele, recibiendo visitas de vez en cuando.

      Pero entonces llegó aquel día de otoño, sin previo aviso.

      Antes, todo iba bien. Después, ya no iba nada. (…)

 

(…) «Envejecer es aprender a perder. Asumir, todas o casi todas las semanas, un nuevo déficit, una nueva degradación, un nuevo deterioro. Así es como yo lo veo. Y ya no hay nada en la columna de las ganancias. Un día ya no puedes correr, ni caminar, ni inclinarte, ni agacharte, ni levantarte, ni estirarte, ni encorvarte, ni darte la vuelta de un lado, ni del otro, ni hacia delante, ni hacia atrás, ni por la mañana, ni por la noche, ni nada de nada. Solo puedes conformarte, una y otra vez. Perder la memoria, perder los referentes» (…)

 

 

Delphine de Vigan, nacida en 1966 en Boulogne-Billancourt, una comuna relativamente pequeña dentro de la región de Isla de Francia cerca de París, muestra desde una corta edad una gran pasión e interés por la literatura. Esa inquietud es la que la impulsaría a inscribirse en la Escuela de Estudios Avanzados en Ciencias de la Información y la Comunicación, de la facultad de letras de la Sorbona. Después de concluir sus estudios en el CELSA, la joven francesa decide dejar de lado sus pretensiones literarias para desempeñarse en el rol de directora de estudios en un instituto de opinión pública en Alfortville.

Delphine de Vigan escribía, por lo menos, dos horas diarias, después de regresar del trabajo. En 2001 publicó su primera novela Días sin hambre (Jours sans faim) bajo el seudónimo de Lou Delvig, una obra semiautobiográfica en la que la autora relató su experiencia con la anorexia durante su juventud. En 2005 publicó el libro de cuentos Les jolis garçons (sin traducir al español) y la novela Una tarde de diciembre (Un soir de décembre), esta vez bajo su verdadero nombre.

Su primer éxito fue No y yo (2007), obra que ganó el Premio Rotary International en 2009, así como el prestigioso premio francés Prix des libraires. La novela fue traducida a veinte idiomas y en 2010 se realizó una adaptación cinematográfica dirigida por Zabou Breitman. Tras el éxito del libro, se dedicó por completo a la literatura, convirtiéndose en una escritora profesional.

En 2011, su novela Nada se opone a la noche, en la que narra la historia de su propia familia haciendo frente al desorden bipolar que afronta su madre, ganó una serie de premios literarios franceses, incluyendo el Prix du Roman Fnac, el Prix Roman France Télévisions y el Prix Renaudot des Lycéens.


Amaduma


 

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