MARIE
¿Os habéis preguntado alguna vez
cuántas veces al día dais las gracias? Gracias por la sal, por la puerta, por
la información.
Gracias por el cambio, por el pan, por
el paquete de tabaco.
Unas gracias de cortesía, de conveniencia, automáticas, mecánicas. Casi
huecas.
A veces tácitas. A veces demasiado
enfáticas: Gracias a ti. Gracias por todo. Infinitas gracias.
Gracias de verdad.
Unas gracias profesionales: Gracias por su respuesta, por su atención,
por su colaboración.
¿Os habéis preguntado alguna vez
cuántas veces en la vida habéis dado realmente las gracias? Unas gracias
sinceras. La expresión de vuestra gratitud, de vuestro agradecimiento, de
vuestra deuda.
¿A quién?
¿Al profesor que os abrió la puerta al mundo
de los libros? ¿Al joven que intervino cuando os agredieron en la calle? ¿Al
médico que os salvó la vida? ¿A la vida misma?
Hoy ha muerto una anciana a la que yo
quería.
A menudo pensaba: «Le debo tanto.» O: «Sin ella, probablemente ya no
estaría aquí.» Pensaba: «Es tan importante para mí.»
Importar, deber. ¿Es así como se mide la gratitud? En realidad, ¿fui
suficientemente agradecida? ¿Le mostré mi agradecimiento como se merecía? ¿Estuve
a su lado cuando me necesitó, le hice compañía, fui constante?
Me
pongo a pensar en los últimos meses, en las últimas horas. En las
conversaciones que tuvimos, en las sonrisas, en los silencios.
Me
vienen a la memoria los momentos compartidos. Otros los he olvidado. E invento
los que me perdí.
Intento determinar el día en que me di cuenta de que algo había cambiado
irremediablemente y empezaba la cuenta atrás.
Sucedió de golpe. De un día para otro. No digo que no hubiera indicios.
En ocasiones Michka se detenía en mitad del salón, desorientada, como si ya no
supiera por dónde tirar, como si hubiera olvidado de pronto aquel ritual tan
repetido. Otras veces se detenía en mitad de una frase, tropezando literalmente
con algo invisible. Buscaba una palabra y encontraba otra. O no encontraba
nada, tan solo el vacío, una trampa que debía sortear. Pero seguía viviendo
sola, en su propia casa. De manera automática. Y continuaba leyendo, viendo la tele,
recibiendo visitas de vez en cuando.
Pero
entonces llegó aquel día de otoño, sin previo aviso.
Antes,
todo iba bien. Después, ya no iba nada. (…)
(…) «Envejecer es aprender a perder. Asumir,
todas o casi todas las semanas, un nuevo déficit, una nueva degradación, un
nuevo deterioro. Así es como yo lo veo. Y ya no hay nada en la columna de las
ganancias. Un día ya no puedes correr, ni caminar, ni inclinarte, ni agacharte,
ni levantarte, ni estirarte, ni encorvarte, ni darte la vuelta de un lado, ni
del otro, ni hacia delante, ni hacia atrás, ni por la mañana, ni por la noche,
ni nada de nada. Solo puedes conformarte, una y otra vez. Perder la memoria,
perder los referentes»
(…)
Delphine de Vigan, nacida en 1966 en Boulogne-Billancourt,
una comuna relativamente
pequeña dentro de la región de Isla de Francia cerca
de París, muestra desde una corta
edad una gran pasión e interés por la literatura. Esa inquietud es la que la
impulsaría a inscribirse en la Escuela de Estudios Avanzados en Ciencias de la
Información y la Comunicación, de la facultad de letras de la Sorbona. Después de concluir sus
estudios en el CELSA, la joven francesa decide
dejar de lado sus pretensiones literarias para desempeñarse en el rol de
directora de estudios en un instituto de opinión
pública en Alfortville.
Delphine de Vigan escribía, por lo menos, dos horas
diarias, después de regresar del trabajo. En 2001 publicó su primera
novela Días sin hambre (Jours sans faim) bajo el
seudónimo de Lou Delvig, una obra semiautobiográfica en la que la
autora relató su experiencia con la anorexia durante su
juventud. En 2005 publicó el libro de cuentos Les jolis garçons (sin
traducir al español) y la novela Una tarde de diciembre (Un
soir de décembre), esta vez bajo su verdadero nombre.
Su primer éxito fue No y yo (2007),
obra que ganó el Premio Rotary
International en 2009, así como el prestigioso premio
francés Prix des libraires. La novela fue traducida a veinte
idiomas y en 2010 se realizó una adaptación cinematográfica dirigida por Zabou Breitman. Tras el éxito del
libro, se dedicó por completo a la literatura, convirtiéndose en una escritora
profesional.
En 2011, su novela Nada se opone a la noche,
en la que narra la historia de su propia familia haciendo frente al desorden bipolar que afronta
su madre, ganó una serie de premios literarios franceses, incluyendo el Prix du
Roman Fnac, el Prix Roman France Télévisions y el Prix Renaudot des Lycéens.
Amaduma

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