Artículo de Cláudia F. Lopes Gomes, Assistant Professor at Faculty of Medicine,
Universidad Complutense de Madrid. César
López-Matayoshi, Investigador del Departamento de Medicina Legal, Psiquiatría
y Patología, Universidad Complutense de Madrid. Juan F. Gibaja, Researcher in Prehistory, Institución Milá y
Fontanals de Investigación en Humanidades (IMF-CSIC) y Sara Palomo Díez, Profesor Ayudante Doctor Genética Forense,
Universidad Complutense de Madrid. Publicado en la revista digital The
Conversation.
Entrar hoy en un mercado de la cuenca mediterránea es observar una
gran diversidad de quesos: desde el manchego
curado, al limiano, el feta o el pecorino. Esta riqueza gastronómica es el
resultado de una paradoja evolutiva fascinante. Si viajáramos al inicio del
Neolítico, descubriríamos que aquellos primeros pastores que comenzaron a ordeñar cabras y ovejas podían
haber sufrido fuertes dolores de estómago si bebían leche. Eran, genéticamente,
intolerantes a la lactosa, un tipo de azúcar presente en la leche y otros
productos lácteos.
Nos propusimos medir con precisión el mapa
de la tolerancia a la lactosa en la prehistoria europea y entender qué impulsó
a la humanidad a abrazar el pastoreo antes de que nuestros cuerpos estuvieran
preparados para ello.
El archivo genético: ¿qué sabíamos hasta hoy?
La capacidad de digerir la leche depende de
la enzima lactasa, cuya actividad prorrogada en la edad
adulta –llamada “persistencia de la lactasa”– es regulada por
una mutación en el gen LCT. En las últimas décadas, la ciencia ha analizado
muestras de ADN antiguo de cientos de individuos repartidos por todo el
continente y los datos acumulados hasta la fecha muestran un panorama muy
claro.
Durante el Neolítico temprano y medio, la
información genética que permite seguir procesando la lactosa tras el destete
era prácticamente inexistente. En las grandes bases de datos arqueogenéticas,
que abarcan desde el norte de Europa hasta el sur peninsular, la inmensa
mayoría de los individuos analizados presentan el genotipo ancestral de
intolerancia a la lactosa o hipolactasia.
La mutación genética que permitía que la
lactasa degradara la lactosa era una rareza extrema. Se estimaba que la presión
selectiva a favor de este gen no comenzó a generalizarse hasta la Edad del
Bronce, miles de años después de que las vacas y las ovejas formaran parte de
la vida cotidiana.
Entonces, ¿por qué insistir en una fuente de alimento que
provocaba malestar? La respuesta no está en nuestros genes de entonces, sino en
las vasijas de barro.
La tecnología prehistórica que salvó vidas
Al transformar la leche cruda en queso o
yogur a través de la fermentación, conseguían eliminar la mayor parte del
suero, que es donde se concentra la lactosa.
El producto resultante no solo era
perfectamente digerible para un individuo con hipolactasia, sino que además se
convertía en un alimento imperecedero, rico en grasas y proteínas, que podía
almacenarse para los meses de invierno. El pastoreo no se abandonó porque el
queso funcionó como una barrera tecnológica que neutralizaba el problema
digestivo.
Sin embargo, nuestra investigación en la
región de los Pirineos aporta una pieza inesperada al puzle. Al estudiar los
restos óseos de una necrópolis de montaña, detectamos la presencia de la
información genética responsable por la persistencia de la lactasa en un
individuo en una época mucho más temprana de lo habitual para estas latitudes.
Esto nos indica que la mutación ya
circulaba de forma minoritaria por las rutas migratorias europeas, mucho antes
de que se produjera el gran boom demográfico
de la tolerancia.
Del Neolítico a la cultura del queso mediterránea
Esta diferencia no es casual. En el norte
de Europa, donde las condiciones climáticas dificultaban la agricultura
estacional, la presión de la selección natural fue feroz: la leche cruda era un
salvavidas líquido en periodos de hambruna, lo que puede haber acelerado la
propagación del gen de la tolerancia.
En cambio, en el Mediterráneo, la
abundancia de otros recursos alimentarios y, sobre todo, el desarrollo temprano
de una maestría insuperable en la elaboración de quesos y derivados lácteos
fermentados hicieron que tener el gen de la tolerancia no fuera una cuestión de
“vida o muerte”.
Por eso, la fuerte tradición quesera del
sur de Europa no es una simple preferencia culinaria moderna. Es la herencia
directa de una estrategia de adaptación prehistórica, el testimonio vivo de
cómo nuestros antepasados modificaron su entorno y sus recetas para sobrevivir
cuando sus cuerpos aún no estaban listos para digerir la leche.
Eulàlia Subirà y Gerard Remolins han colaborado en la investigación y en la
elaboración del presente artículo.
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