Artículo
de Álvaro Astasio Picado, Profesor
de Enfermería Médico-Quirúrgica. Doctor en Biomedicina Aplicada., Universidad
de Castilla-La Mancha. Publicado en la revista digital The Conversation.
Muchas
personas observan que, con el paso de los años, dormir “como un niño” se vuelve
más difícil. El sueño parece menos profundo, los despertares nocturnos son más
frecuentes y cualquier ruido leve o preocupación puede interrumpir el descanso.
Esta
experiencia no es una simple percepción subjetiva: la ciencia del sueño ha
demostrado que el envejecimiento se asocia a cambios bien definidos en la estructura
y la regulación del sueño.
La arquitectura del sueño cambia con la edad
El
sueño humano se organiza en ciclos que incluyen fases de sueño no REM (N1, N2 y
N3) y sueño REM. La fase N3, también conocida como sueño de ondas lentas o
sueño profundo, es especialmente importante para la recuperación física y
cerebral.
Diversos
estudios han demostrado que, a partir de la edad adulta media, se produce una
reducción progresiva del sueño de ondas lentas, junto con un aumento del número
de despertares y del tiempo despierto tras el inicio del sueño. En concreto, un
metaanálisis clásico basado en datos de más de 65 estudios y miles de
individuos sanos mostró que el
porcentaje de sueño profundo disminuye de forma significativa con la edad, a la
vez que el sueño se vuelve más fragmentado y menos eficiente.
Este
cambio en la arquitectura del sueño explica en gran medida la sensación de
“sueño ligero” que refieren muchas personas mayores.
El envejecimiento cerebral desestabiliza el sueño
Dormir
no es un proceso pasivo. El cerebro mantiene activamente el estado de sueño
mediante redes neuronales que inhiben la vigilia y protegen frente a estímulos
externos. Con el envejecimiento, estas redes se vuelven menos eficaces.
Los
cambios estructurales y funcionales del cerebro envejecido, especialmente en
regiones frontales, reducen la generación de ondas lentas y disminuyen la
capacidad del órgano para mantener un sueño profundo y estable. Como
consecuencia, el umbral para despertarse baja, haciendo que estímulos menores
provoquen microdespertares o despertares completos.
Además,
con la edad se altera la microarquitectura
del sueño, como los husos del sueño, que desempeñan un papel clave
en la consolidación del descanso nocturno y la protección frente a
interrupciones.
Estudios
con actigrafía también muestran que los patrones de
descanso-actividad se vuelven más fragmentados con la edad, reflejando una
pérdida de continuidad del sueño. Y somos más vulnerables al insomnio
Amanece más temprano
Otro
factor clave es el envejecimiento del sistema circadiano, el “reloj interno”
que regula los ciclos de sueño y vigilia. Con la edad, se produce un adelanto
de fase circadiana, como si el día comenzase antes para nuestro cerebro. Eso
explica por qué muchas personas mayores tienen sueño
más temprano por la tarde y se despiertan
muy pronto por la mañana.
Además,
las señales circadianas que inducen al descanso, como la secreción de
melatonina o los cambios de temperatura corporal, se reducen, haciendo
que el sueño sea más vulnerable a interrupciones.
Aunque
el envejecimiento biológico explica parte del fenómeno, el sueño ligero no debe
atribuirse únicamente a la edad. En las personas mayores aumenta la frecuencia
del dolor crónico, las enfermedades respiratorias o cardiovasculares y la nicturia (necesidad frecuente de orinar
por la noche), que pueden hacernos despertar. Además, es habitual consumir
alguno de los múltiples fármacos que alteran el sueño.
¿Por qué necesitamos el sueño profundo?
La
pérdida de sueño de ondas lentas no solo afecta a la sensación subjetiva de
descanso. Investigaciones recientes sugieren que este tipo de sueño está
implicado en procesos de limpieza metabólica cerebral y en la salud cognitiva.
Un estudio longitudinal publicado en JAMA
Neurology encontró que la reducción del sueño de ondas
lentas se asociaba con un mayor riesgo de desarrollar demencia en adultos
mayores, lo que refuerza la importancia de preservar la calidad del sueño en el
envejecimiento.
Llegados
a este punto, ¿qué se puede hacer para dormir “más profundo” al envejecer (sin
caer en mitos)?
Aunque
parte de los cambios del sueño forman parte del envejecimiento normal, existen
estrategias eficaces para mejorar la continuidad y profundidad del sueño en
personas mayores, basadas en mecanismos fisiológicos bien descritos.
Luz matutina: reforzar el reloj biológico
La exposición a luz por la mañana, preferentemente luz natural,
es una de las intervenciones no farmacológicas mejor fundamentadas. La luz
actúa como el principal sincronizador (zeitgeber) del ritmo circadiano,
reforzando la señal de vigilia diurna y ayudando a que el sueño nocturno se
consolide.
En
adultos mayores, cuya señal circadiana suele ser más débil, la
luz matutina ayuda a estabilizar los horarios de sueño y a reducir despertares
nocturnos. Estudios y revisiones en cronobiología del envejecimiento subrayan
que una adecuada exposición lumínica mejora la alineación
circadiana y la calidad del descanso.
Regularidad de horarios: el valor de la rutina
Mantener
horarios regulares de acostarse y levantarse, incluso los fines de semana, es
especialmente importante con la edad. El cerebro envejecido depende más de
señales externas y rutinas conductuales para mantener la estabilidad del sueño.
Los
trabajos clásicos de D. J. Dijk y J. F. Duffy demostraron que la interacción
entre el ritmo circadiano y la presión
homeostática del sueño se vuelve más frágil con la edad. Por
ello, la regularidad actúa como un “andamiaje externo” que compensa esta pérdida de robustez circadiana. Por el
contrario, un horario irregular hace que el sueño se fragmente.
Ejercicio y actividad diurna: aumentar la presión de
sueño
La
actividad física regular, especialmente durante el día, contribuye a mejorar la
llamada presión homeostática del sueño, es decir, la necesidad biológica de
dormir que se acumula durante la vigilia. Llegar a la noche con suficiente
“hambre de sueño” facilita un inicio más rápido del sueño y una mayor
continuidad nocturna.
Revisiones
sistemáticas indican que el ejercicio
aeróbico y de fuerza en personas mayores se asocia con mejoras
en la eficiencia del sueño y reducción de despertares, además de proporcionar
beneficios cardiovasculares y funcionales.
Identificar y tratar las causas de los despertares
nocturnos
En
cuanto a las señales de alarma, el sueño ligero merece una
evaluación clínica cuando se acompaña de somnolencia diurna intensa, ronquidos
habituales con pausas respiratorias, despertares por sensación de ahogo, movimientos
molestos en piernas al acostarse, empeoramiento progresivo o impacto
significativo en la calidad de vida.
En
estos casos, la causa subyacente suele ser identificable y potencialmente
tratable, lo que puede mejorar de forma sustancial el descanso nocturno y la
salud global.
Un
principio clave en geriatría del sueño es que despertarse con frecuencia no
siempre es un problema primario del sueño. El dolor crónico, el reflujo
gastroesofágico, la nicturia, la apnea obstructiva del sueño y el síndrome de piernas inquietas son causas
frecuentes de sueño fragmentado en personas mayores.
La
evaluación y el tratamiento dirigidos a mejorar estas condiciones pueden
contribuir de forma notable a una mejor calidad
del sueño sin necesidad de fármacos
hipnóticos.
Precaución con los hipnóticos: priorizar
intervenciones no farmacológicas
El
uso de hipnóticos en personas mayores se asocia a mayor riesgo de caídas,
deterioro cognitivo, confusión y dependencia, especialmente cuando se consumen
benzodiacepinas y fármacos Z. Por este motivo, las guías clínicas y revisiones
recomiendan evitar su uso prolongado en este grupo de edad.
La terapia cognitivo-conductual (TCC-I) es
considerada el tratamiento de primera línea para el insomnio crónico en adultos
mayores, con eficacia demostrada y un perfil de seguridad claramente superior
al de los fármacos.
Por
más que el refranero nos asegure que “A la vejez se apoca el dormir y se
aumenta el gruñir”, lograr que el cerebro envejecido tenga un buen descanso
nocturno es posible.
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