ACEITUNEROS
Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma, ¿quién,
quién levantó los olivos?
No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.
Unidos al agua pura
y a los planetas unidos,
los tres dieron la hermosura
de los troncos retorcidos.
Levántate, olivo cano,
dijeron al pie del viento.
Y el olivo alzó una mano
poderosa de cimiento.
Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos, decidme en el alma ¿quién
quién amamantó los olivos?
Vuestra sangre, vuestra vida,
no la del explotador
que se enriqueció en la herida
generosa del sudor.
No la del terrateniente
que os sepultó en la pobreza,
que os pisoteó la frente,
que os redujo la cabeza.
Árboles que vuestro afán
consagró al centro del día
eran principio de un pan
que sólo el otro comía.
¡Cuántos siglos de aceituna,
los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna,
pesan sobre vuestros huesos!
Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
pregunta mi alma: ¿de quién,
de quién son estos olivos?
Jaén, levántate brava
sobre tus piedras lunares,
no vayas a ser esclava
con todos tus olivares.
Dentro de la claridad
del aceite y sus aromas,
indican tu libertad
la libertad de tus lomas.
Miguel
Hernández nació en Orihuela (Alicante) el 30 de
octubre de 1910 en una familia de ganaderos y pastores. Estuvo
en el colegio hasta los catorce años, aunque diversas
dificultades en el negocio familiar hicieron que abandonara los estudios y se
dedicara al pastoreo.
Su interés por
la literatura lo llevó a profundizar en la obra de algunos clásicos, como
Garcilaso de la Vega y Luis de Góngora, así como en la de Rubén Darío y Antonio
Machado.
Al estallar
la guerra civil, se alista como voluntario en el ejército republicano. En 1937
contrae matrimonio con Josefina Manresa. Publicó diversos poemas en las
revistas El Mono Azul, Hora de España y Nueva Cultura, y dio
numerosos recitales en el frente.
Terminada la
guerra regresó a Orihuela, donde fue detenido en septiembre de 1939. Murió en
el penal de Alicante el 28 de marzo de 1942, víctima de un proceso de
tuberculosis.
Su primer volumen de versos fue Perito
en lunas, al que siguió El rayo que no cesa (1936),
considerada su obra maestra y de madurez. En él la vida, la muerte y el amor
son los ejes centrales del poemario. Durante la contienda cultivó la llamada
poesía de guerra. Prueba de ello es Vientos del pueblo, en el
que se incluyen “Canción del esposo soldado” o “el niño yuntero”.
También en este periodo inicia El
hombre acecha que manifiesta su visión trágica y pesimista de
la contienda fratricida. Mientras se hallaba en la cárcel escribió Cancionero y romancero de ausencias (1938-1941),
donde hizo uso de formas tradicionales de la poesía popular castellana para
expresar en un estilo conciso y sencillo su hondo pesar por la muerte de su
primer hijo, por la separación de su mujer y su segundo hijo, destinatario de
las célebres “Nanas de la cebolla”, así como la angustia que le
producían los efectos devastadores de la guerra.
“Aceituneros” es un poema de reivindicación social,
se convirtió en un himno de conciencia obrera.
Tanto el cantautor Paco Ibáñez, como el grupo musical Jarcha le pusieron
música.
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