Artículo
de Miguel Ángel Marín, Musicología, Universidad de La Rioja. Publicado en la
revista digital The Conversation
Ninguna
obra canónica del arte occidental ha suscitado un problema tan crítico sobre su
autoría como el famoso Réquiem, (parcialmente) compuesto por Wolfgang
Amadeus Mozart (1756-1791).
El
hecho de que su muerte fuera relativamente imprevista, con apenas treinta y
cinco años, disparó una serie de fantasías que, alimentadas por la épica del
Romanticismo, acabarían incrustadas en el imaginario de todos los oyentes. Tal
ha sido el efecto del mito mozartiano que sus últimos coletazos todavía
perduran en la actualidad en la oscarizada película Amadeus, dirigida por Miloš Forman hace cuatro
décadas.
Pero
el resultado más demoledor de la muerte temprana de Mozart fue la imposibilidad
de concluir la misa de difuntos que le habían encargado pocos meses antes. De
las catorce secciones que conforman el Réquiem, solo pudo culminar
las dos primeras. Otras ocho quedaron en borrador y de las cuatro últimas no
llegó a esbozar material alguno.
En este estado era imposible interpretar la
obra, que parecía así irremediablemente condenada al olvido en un rincón del
catálogo mozartiano, como embrión de lo que pudo haber llegado a ser.
Retomando la tarea
Sólo el tesón de su viuda Constanze cambió el destino. Movida por
el aliciente de cobrar el encargo y honrar la memoria de su marido, encomendó
al compositor Franz Xaver Süssmayr, uno de sus discípulos, la tarea titánica de
completar la obra del maestro.
Süssmayr fue
el responsable de dos operaciones sustantivas que nunca llegaron a ser del todo
reconocidas en el ámbito público de la interpretación. La primera fue completar
las ocho secciones esbozadas (del Dies
irae al Hostias)
añadiendo nuevos materiales y orquestando el torso que había ideado Mozart.
Y la segunda,
más complicada, fue componer al completo las tres secciones finales (Sanctus, Benedictus y Agnus Dei), para
las que no había ningún borrador de partida. Para aliviar la magnitud del
encargo, y con el fin de garantizar cierta coherencia, Süssmayr optó por
reutilizar la música de las dos primeras secciones para la Lux aeterna final,
simplemente sustituyendo un texto por otro. Sin su intervención, la obra
probablemente nunca hubiera entrado en el repertorio canónico.
Completada la
operación, el Réquiem pudo
entonces recibir su estreno trece meses después, en enero de 1793. Con la
publicación de la partitura en Leipzig en 1800, la obra se propagó rápidamente
por todos los rincones de Europa, incluidas muchas ciudades españolas: desde
centros capitales como Madrid, Barcelona, Sevilla y Zaragoza a poblaciones más
modestas como Olot, Mondoñedo, Orihuela y Cervera.
La indefinición de la
autoría
Pero quizá sin ser del todo consciente, con este proceso de
difusión Constanze había dado pie a uno de los debates más agitados y
controvertidos que nunca se han visto en la historia de la música: el de la
verdadera autoría de la composición. ¿Qué partes de la obra que todos conocían
eran realmente de Mozart y cuáles habían surgido de la pluma de Süssmayr?
Las polémicas
entre musicólogos sobre este espinoso asunto se han sucedido en olas desde
entonces. Pero ninguna ha evitado que se acabara estableciendo la práctica de
atribuir el Réquiem en
exclusiva a Mozart. Los carteles anunciadores, los programas de mano y las
críticas de conciertos han obviado durante estos dos siglos la imprescindible
participación de Süssmayr en la finalización de la obra.
A partir de la
década de 1970 empezaron a plantearse propuestas alternativas en el ámbito de
la musicología. ¿No era posible, a partir de
los autógrafos conservados, imaginar el Réquiem que
Mozart hubiera podido componer de haber vivido algún tiempo más? A fin de
cuentas, todos los expertos coincidían en que Süssmayr, con todo su mérito, era
un compositor de oficio pero de talento modesto, que además había trabajado con
la presión psicológica de someterse a la equiparación con un genio.
‘Recuperar’ un Réquiem inexistente
De modo que en
las últimas décadas han surgido una veintena larga de versiones alternativas del inacabado Réquiem que
modifican la versión “original” en grados muy diversos, en ocasiones incluso
extremos. El avance en la investigación de las fuentes mozartianas y la
continua actualización de los principios de la filología musical demandan
nuevas ediciones que integren estos desarrollos.
Además, en la
medida en que conocemos mejor los procedimientos compositivos de Mozart, las
prácticas litúrgicas de su entorno y la técnica compositiva del propio
Süssmayr, es posible evaluar con más precisión la edición de 1800 y proponer
realizaciones mejor fundadas históricamente. La idea quimérica de reconstruir
el Réquiem ha
inspirado tácitamente muchos de estos intentos.
La conclusión
inapelable que podemos extraer hoy de este complejo panorama es que esa
empresa, la de completar el Réquiem mozartiano
en su versión perfecta y definitiva, no es solo una operación difícil: es
sencillamente imposible.
Existe una tensión irresoluble entre dos facciones. Por un lado,
quienes abogan por una versión originada en el círculo vienés del compositor,
que suene como tal y transmita la visión única e irrepetible de quienes
vivieron en ese preciso lugar y momento (ideales que encarna la versión de
Süssmayr). Por el otro, quienes sostienen que, precisamente gracias a la gran
distancia estilística que nos separa de Mozart, ahora resulta mucho más fácil
que entonces observar los detalles de su lenguaje y codificarlo de una manera
más objetiva. Solo nos queda esperar a que la inteligencia artificial haga
pronto su propia propuesta.
Si este dilema no tiene una solución definitiva, al menos podemos
promover una aproximación más transparente a este complejo asunto: consignar
siempre quién es el autor, junto a Mozart, de la versión que se esté
interpretando o grabando.
El reconocimiento de esta autoría secundaria en nada eclipsa la
grandeza mozartiana. Más bien, si acaso, la dignifica al recordarnos la
grandeza de cómo un fragmento musical ha podido desplegar una de las
composiciones más extraordinarias de la historia de la humanidad.
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