El diálogo
entre las personas es una de las posibilidades más importantes que tenemos los
seres humanos, para nuestro enriquecimiento cultural y la apertura relacional. Resulta
evidente que los libros, las instituciones regladas formativas (escuelas,
institutos, universidades) la “infinita revolución de Internet, los medios de
comunicación (prensa, radio, televisión), las redes sociales, los centros
culturales, etc. todo ello nos aporta amplia y variada información de manera
continua y en la mayoría de las ocasiones de forma gratuita.
Pero esa
lúcida facultad de poder hablar con un interlocutor
es un recurso natural y fascinante en su valor. Ese amable compañero de charla
nos facilita una información que ha sido generada por algo tan sutil, enriquecedor
y misterioso como es el ejercicio de la vida. Vamos a comentar algunos
significativos ejemplos que avalan y sustentan esta afirmación.
Vamos
caminando por el entorno natural y nos encontramos con UN HOMBRE DEL CAMPO. En su modesta apariencia
acumula bastantes años en su memoria. Ha podido ser labrador, pastor, cabrero,
leñador, ganadero. Nos acercamos a él y tras los buenos días observamos un rostro
curtido por el sol y agradecido por nuestra atención. A Demetrio, sin duda, le agrada hablar, expresarse, ser escuchado,
acerca de lo que le preguntamos (especialmente, si tiene relación con el campo.
En su experiencia tiene mucho que decir y aportar. Lo hace con generosidad,
tratando de que se le entienda. El ritmo expresivo es pausado, lento, casi
teatral, porque para este campesino las prisas, los relojes y las
aceleraciones, carecen de sentido. La información que nos facilita es de primera
mano, pues la ha obtenido a través de la experiencia, con su duro trabajo,
sometido a la rudeza de los cambios del tiempo, en cada hora y día, a través de
muchos años. Larga vida laboral trabajando la tierra, cuidando a los animales y
aprendiendo sobre su entorno. Primero fue la radio y después la televisión. Nos
dice, con sencilla franqueza, que no necesita de “aparatos” para saber la hora
del día ni para conocer la temperatura del aire. “Yo
le puedo asegurar cuando va a llover, si va a venir una helada y si el viento
soplará de aquí o de allá”.
Nos contará
también que muchas de las medicinas, que le recetan los médicos para aliviar
las dolencias, él puede conseguirlas eligiendo determinadas hierbas del campo.
De inmediato comenta una serie de problemas corporales, aclarando que, para cada
dolencia, hay una hierba apropiada que alivia e incluso cura. Demetrio se
enorgullece de ser un buen “chef de restaurante” pues sabe mezclar los
alimentos, básicamente naturales, para conseguir platos suculentos y
exquisitos. Si se nos ocurre preguntarle por el estado del mundo, sabe hacer un
resumen asombrosamente lúcido, aunque reconoce que apenas sabe leer y aplicar
las “cuatro reglas” de la aritmética. Explica que vivimos en un mundo
enloquecido por el dinero, en donde los ricos tienen cada vez más poder y los
pobres más necesidad. Él tiene la suerte de vivir en plena naturaleza, alejado
de tantas ambiciones y falsedades que viajan por todo el planeta. Un mundo que
no sabe bien para dónde ir.
Al final nos
despedimos con un “a la paz de dios”, no sin antes haberte dejado con sus
palabras y gestos un rico bagaje de sabios y prácticos consejos para
sobrellevar la existencia, Su generosidad es admirable y su sencillez
positivamente envidiable.
Hay también
otros “tertulianos” que en el curso de su trabajo apenas pueden estar callados.
Y a poco que les des un enlace temático ya no dejarán de parlotear. La
necesidad de hablar y dialogar difícilmente pueden reprimirla. Nos estamos
refiriendo al PELUQUERO y al TAXISTA. El paralelismo entre uno y otro
profesional se define en la necesidad de comunicar, mientras están realizando
su trabajo. El peluquero tiene algo de más tiempo para ese diálogo o monólogo, aunque
el taxista puede tener una “carrera” larga y entonces el tiempo para dialogar
con el cliente se amplía. En uno y otro caso, normalmente los clientes no
suelen preguntarles. Son ellos quienes, con más o menos tacto o discreción,
realizan preguntas que puedan abrir temáticas para el diálogo. Son personas “de
ciudad” y las cuestiones en las que sienten más a gusto son de naturaleza sociopolítica,
económica o costumbrista. Se cuenta alguna anécdota acerca de un famoso
profesional de la tauromaquia, quien, estando sentado en el sillón de una
peluquería, a la pregunta del barbero sobre qué servicio deseaba, aquél le
respondió (no era la primera vez que estaba en manos de ese locuaz barbero) con
brevedad y firmeza: “que se calle”.
No podemos
olvidarnos de otras personas a quienes también les agrada y necesitan “hablar
de lo que sea”. Son los JUBILADOS, cuya
acción de comunicar y escuchar se agudiza cuando no tienen en casa a nadie más
con el que poder contactar. Hacen todo lo posible por iniciar el intercambio de
las palabras, debido a que su capacidad expresiva la tienen “bloqueada” por no
tener a quien los escuche. Se esfuerzan en hacer nuevos amigos “en donde sea y
cuando se pueda”. Estos jubilados urbanos, también, por supuesto, los que
residen en el ámbito rural, han ido acumulando en su itinerario vital numerosas
y variadas experiencias. Les gusta que la gente les pregunte. También se
sienten felices, respondiendo a esas personas más jóvenes, que los tratan con
discreción y respeto. Cuando no tienen interlocutor para intercambiar sus
opiniones, su tiempo lo van dibujando con lentos paseos, tantas veces sin norte
o destino. Cuando se sienten cansados toman asiento, contemplando ese horizonte
marítimo, vegetal o urbano, “hablando” en silencio con esos atardeceres que nos
despiden del día cuando llega la noche. No pocas veces se van recreando en la
nostalgia de sus recuerdos, anhelos y frustraciones.
Concluyendo, el diálogo es bueno, necesario y didáctico, para enriquecer la experiencia y lúcidamente terapéutico contra el acre nublado de la soledad. No importa que nuestro interlocutor carezca de títulos y prebendas universitarias. Su cultura, procedente del recorrido por la vida, tiene el valor testimonial de lo verdadero y la sencillez transparente de la proximidad. Cuando hablemos con alguno de estos hombres del campo, hay que tratarlos con respeto, tanto por la edad, como por la sabiduría que han sabido ir acumulando en sus mágicas alforjas. Son “ilustres licenciados” por la Universidad de la Vida.
Es obvio que practicar
el diálogo tiene unas REGLAS BÁSICAS. Los
tiempos de intervención deben ser equilibrados, para cada interlocutor. Hay que
respetar las opiniones que no compartimos, exponiendo “sin enfados” nuestros
particulares puntos de vista. En ningún momento se debe menospreciar o
infravalorar a la persona con la estamos hablando. Cuando estemos en tiempos de
“crispación” social, deben evitarse determinados temas que pueden ser
conflictivos en su deriva. De manera especial, los de naturaleza política. Todo
diálogo puede reportarnos enseñanzas y valores. La cortesía y las buenas formas
deben ser inexcusables. -
José L. Casado Toro
Enero 2026

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Por favor: Se ruega no utilizar palabras soeces ni insultos ni blasfemias, así todo irá sobre ruedas.
Reservado el derecho de admisión para comentarios.