02 enero 2026

¿PREVENIR LA DEMENCIA SENIL? QUE NO PARE LA MÚSICA

 

Publicado en la Revista Digital QUO.

Un seguimiento a más de 10.800 personas mayores sugiere que escuchar música a menudo se asocia con hasta un 39% menos de demencia, y tocar música, con un 35% menos.

La demencia es un conjunto de síntomas que incluye deterioro de la memoria, el pensamiento y la vida diaria. No tiene cura hoy, así que prevenir o retrasar su llegada importa. Un nuevo estudio sugiere que las personas mayores que se relacionan con la música con frecuencia presentan un riesgo significativamente menor de desarrollar demencia. El artículo, publicado en el International Journal of Geriatric Psychiatry, informa que escuchar música de forma constante se asoció con hasta un 39% menos de riesgo. Tocar un instrumento de manera regular se vinculó con una reducción del 35%.

Las poblaciones envejecen y los casos de demencia aumentan. Sin tratamientos curativos disponibles, los científicos buscan factores de estilo de vida que puedan prevenir o retrasar el deterioro. Muchos estudios pequeños habían apuntado a posibles beneficios cognitivos de la música. Sin embargo, a menudo incluían muestras reducidas, personas que ya tenían problemas cognitivos o sesgos de selección. Para evitarlo, los investigadores recurrieron a un conjunto grande y longitudinal con participantes sanos al inicio.

Además, quisieron explorar si el nivel educativo modulaba la relación entre la música y los resultados cognitivos. Esta pregunta añadía una capa social y cultural que otras investigaciones habían dejado de lado. Entender quién se beneficia más puede ayudar a diseñar intervenciones ajustadas.

La investigación se basó en datos de ASPREE (estudio australiano sobre la aspirina en la reducción de eventos en personas mayores) y un subestudio complementario. El análisis final incluyó a 10.893 adultos que vivían en la comunidad, con 70 años o más, sin diagnóstico de demencia al comenzar. El seguimiento mediano fue de 4,7 años, con algunos casos observados durante más tiempo. Este periodo permite ver trayectorias, no solo fotos fijas.

A los tres años de iniciar su participación, los voluntarios respondieron preguntas sobre sus actividades sociales. Entre ellas, con qué frecuencia escuchaban música o tocaban un instrumento. Las respuestas iban de nunca a siempre. A partir de ahí, el equipo evaluó la salud cognitiva año a año para detectar cambios relevantes.

Un panel de expertos estableció los diagnósticos de demencia con criterios rigurosos. También identificaron CIND (deterioro cognitivo sin demencia), una forma menos grave de deterioro. Esto permitió distinguir entre la aparición de demencia y etapas previas que no siempre progresan, pero conviene vigilar.

Los resultados mostraron una asociación robusta entre la música y un menor riesgo de demencia. Quienes dijeron escuchar música siempre tuvieron un 39% menos de riesgo de desarrollar demencia frente a quienes escuchaban nunca, rara vez o a veces. Ese mismo grupo presentó además un 17% menos de riesgo de CIND.

Tocar un instrumento también se relacionó con resultados positivos. Las personas que tocaban a menudo o siempre mostraron un 35% menos de riesgo de demencia respecto a quienes tocaban rara vez o nunca. En cambio, tocar no se asoció con un menor riesgo de CIND. Las trayectorias de la práctica instrumental y la escucha podrían actuar por vías distintas, algo que futuros estudios deberían aclarar.

Cuando se analizaron ambas actividades a la vez, apareció un beneficio combinado. Quienes escuchaban música con frecuencia y tocaban un instrumento presentaron un 33% menos de riesgo de demencia. También mostraron un 22% menos de riesgo de CIND. La suma no multiplicó efectos, pero sí reforzó la dirección de la asociación.

El equipo evaluó además cambios en pruebas cognitivas específicas. Escuchar música de forma constante se asoció con mejores puntuaciones en cognición global, que es una medida del rendimiento mental general, y en memoria. Tocar un instrumento no se relacionó con cambios significativos en esas puntuaciones. No todo lo musical pesa igual sobre cada dominio cognitivo.

Ni escuchar ni tocar pareció asociarse con cambios en la calidad de vida percibida ni en el bienestar mental. Esta ausencia de relación puede deberse a que esas métricas capturan dimensiones más amplias que la música por sí sola no mueve. O quizá a techos de efecto en una muestra relativamente sana.

La educación introdujo matices. La asociación entre escuchar música y menor riesgo de demencia fue más marcada en personas con 16 o más años de estudios. En ese grupo, escuchar siempre se vinculó con un 63% menos de riesgo. En quienes tenían entre 12 y 15 años de educación, el patrón fue menos consistente y no apareció una protección significativa. Los autores señalan que este resultado fue inesperado y merece más investigación.

Como todo estudio observacional, existen limitaciones. La investigación identifica asociaciones, no demuestra que la música cause la reducción del riesgo. Puede existir causalidad inversa, es decir, que los cerebros más sanos busquen más la música. Además, los participantes eran en general más saludables que la población mayor media, lo que podría limitar la generalización. Todo esto obliga a leer los porcentajes con una buena pizca de prudencia.

Otro punto débil es que la implicación musical se midió por autoinforme. No se recogieron detalles sobre estilos, duración de las sesiones ni si al escuchar la radio predominaba la música o la palabra hablada. Estos matices podrían ser clave para entender los mecanismos. La música es un mundo, no una única intervención.

El siguiente paso lógico es probar intervenciones controladas. Ensayos aleatorizados que promuevan la escucha o la práctica musical ayudarían a aclarar si hay efecto directo. También conviene estudiar poblaciones más diversas. Si los hallazgos se replican, la música sería una herramienta accesible y de bajo coste para apoyar la salud cognitiva en la vejez.


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