Un cuento de Mario Moliner
“Un año más, desempolvo el viejo
cajón de las figurillas de Navidad. Aunque me tengo por ateo practicante, no
puedo resistir la tentación de, año tras año, repetir el mismo ritual. Ahí está
esa familia asimétrica, la misma que mi padre usaba antes de que la guerra nos
dividiera entre buenos y malos; esas gallinas tan grandes como corderos, esos
Reyes Magos descomunales que apenas entran en el portal de Belén de serrín
conglomerado.
Aguantan sin desmigarse del todo
esas cortezas de corcho cuarteado que hacen de serranías remotas y en las que
incrusto un grupito de famélicos camellos de patas tullidas. Lo que más me
gusta es colocar la lámina de cielo estrellado de tonos violáceos que añade el
toque mágico final. Concluida la obra, me sirvo un mosto del tiempo y observo
el nuevo escenario. Me gusta llevar a cabo este montaje en los días de
Adviento, esa cuesta abajo hacia la felicidad infantil que, a mi edad, aún me
genera algo parecido a la emoción.
Cada año pienso que esta será la
última. Y cada año celebro haberme equivocado. Con el dispositivo electrónico
de los servicios sociales colgando del pecho, no temo si en el momento menos
pensado llega la hora final. Ya me atenderán, ya se encargarán de mí. Son gente
responsable y trabajadora. Cuando pasa la tarde del 6 de enero y retiro todo el
tinglado y me veo aún ahí, como ese descolado mueble viejo, que cantó Gardel,
me veo un poco raro. Siento que quizá debería meterme en la caja de las
figurillas y pasar los largos meses siguientes en su compañía, inerte y tranquilo.
Seguro que, al menos una vez al año, alguien sentiría la ilusión de volverme a
ver al desembalar esos trastos navideños.”
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