Artículo
de Manuel Gómez Pallarés,
Catedrático en Tecnología de Alimentos, Universidad de Valladolid. Publicado en
la revista digital The Conversation
En las últimas semanas se está hablando
mucho del desperdicio alimentario en España debido a la aprobación de una nueva ley. Este desperdicio en el mundo supone un
tercio de todos los alimentos que se producen, lo que afecta de una manera muy importante
a la huella de carbono y la huella hídrica del planeta.
En la Unión Europea se calcula que un 40 % del desperdicio alimentario
se debe al consumidor y
una de las principales herramientas para reducirlo es la formación, divulgación
y concienciación. Pero si esta no se hace adecuadamente, puede ser
contraproducente. La alimentación no es algo sencillo, ya que involucra
aspectos de seguridad alimentaria y salud, hábitos de vida, hedonismo y
aspectos económicos. Cuando intervenimos sobre cualquiera de estos aspectos,
solemos influir en alguno de los otros.
En general, el desperdicio de alimento en
los hogares se centra en tres grandes grupos. Por un lado, las sobras de
distintas elaboraciones. Por otro, partes no comestibles (o con menor calidad
organoléptica) de determinados alimentos. Y por último, alimentos que superan
su fecha de caducidad o se estropean por distintos motivos. Vamos a analizar
cada uno de ellos.
Las sobras
Una forma sencilla de reducir el
desperdicio de las sobras es que no las haya. Y para eso, podemos intentar que
las personas terminen todos los platos. Esta era una práctica muy habitual en
España hace décadas. Nuestros mayores habían pasado épocas de hambre, y la
visión de un niño rollizo era la de un niño sano.
Afortunadamente, esto ha pasado y sabemos
que no es bueno, en general, forzar el consumo de alimentos cuando no se tiene
hambre. Nuestras necesidades calóricas son bastante reducidas, y la ingesta
media de calorías al día suele superarlas. Por lo que no debemos forzar. De
hecho, comer menos nos podría ayudar a vivir
más y mejor.
La solución para reducir las sobras es
planificar bien las elaboraciones, teniendo en cuenta los miembros de la casa y
lo que suele comer cada uno. Y consumir esta comida sobrante en las 24-48 horas
de su elaboración, manteniéndola en refrigeración y calentándola en el momento
de consumirla si es necesario.
Las partes no comestibles
Muchas frutas y verduras contienen partes
no comestibles, como pieles, corazones, hojas duras, tallos, huesos y otras.
Algo similar ocurre con carnes y pescados, en los que es necesario desechar
huesos, espinas o partes concretas. Por tanto, al comprar estos productos para
cocinar se suele producir un cierto desperdicio. Algunas de estas partes se
pueden aprovechar para hacer un caldo o alguna otra receta. Y en algunos casos
pueden ingerirse, bien directamente, como las pieles de ciertas frutas, o tras
su cocinado. Pero esto no es viable en todos los casos.
Una posible solución consiste en consumir
productos previamente procesados en la industria. Sin embargo, la reducción de
desperdicio es engañosa, ya que aunque no se produzca en los hogares sí que se
haría en la industria alimentaria, y por tanto el desperdicio en la cadena
sería similar.
Estas alternativas industriales en algunos
casos son alimentos mínimamente procesados. Mediante procesos físicos, como
pelado o corte. Y conservados congelados o tras una cocción sencilla. Pero
otras veces se trata de productos ultraprocesados, perjudiciales para nuestra salud.
Los productos perecederos
Muchos de los alimentos frescos que
compramos tienen una vida útil reducida, lo que incrementa el riesgo de que se
estropeen pasado un tiempo sin consumirlos. Una posible solución para que esto
no ocurra es comprar productos de larga vida útil, normalmente ultraprocesados.
La industria dispone de medios de
conservación mucho más eficientes, o mejor aplicados, de los que se dispone en
los hogares. Así, los procesos de congelación de la industria pueden ser mucho
más eficaces que los congeladores caseros. Y la mayoría de los sistemas de
pasteurización y esterilización industriales son difíciles de imitar en los
hogares, al menos con la misma eficacia.
Sin embargo, para incrementar la vida útil
de los alimentos también se recurre al uso de ciertos ingredientes y aditivos.
Así, la utilización de conservantes en ciertos productos procesados resulta
habitual. El azúcar y la sal también son muy buenos conservantes, aunque no son
muy buenos para nuestra salud. Y los productos secos, con baja actividad de
agua, también se conservan mejor.
En el caso del pan, los panes de molde, y
los dulces, se conservan mejor que las barras. Y todavía presentan una mayor
vida útil los panes secos o tostados. Pero la calidad nutricional de las
barras, especialmente en el caso de que sean integrales, es algo mejor.
En definitiva, debemos seguir comprando
productos frescos, ya que su consumo, y el hecho de cocinar y controlar los
ingredientes utilizados, es bueno para nuestra salud. Los alimentos procesados
o ultraprocesados pueden ser una ayuda puntual, pero no deben convertirse en el
centro de nuestra dieta, especialmente los ultraprocesados.
¿Cuáles son las mejores soluciones?
La solución para reducir el desperdicio
consistirá en un adecuado control de las compras. También en una buena gestión
en el almacenamiento, teniendo en cuenta las fechas de consumo preferente o
caducidad de cada producto. De esta manera podemos consumirlo o cocinarlo antes
de que se estropee.
En cuanto a lo que consideramos estropear
un alimento, esto puede ser muy variado. Algunos se “estropean” por un
deterioro microbiano. Estos productos debemos descartarlos bien cuando se
alcanza la fecha de caducidad, bien cuando observamos el crecimiento microbiano.
Los peligros a los que nos exponemos son variados, pero ciertos
microorganismos, como los mohos, pueden generar micotoxinas, que no suelen
producir efectos negativos a corto plazo, pero sí lo hacen a largo plazo.
También se pueden desarrollar bacterias patógenas causantes de enfermedades.
Otros productos se “estropean” por una
pérdida de aromas o cambios en su textura. Los productos que llegan al final de
su vida útil suelen indicar lo que se considera fecha de consumo preferente. Y
es importante diferenciarla de la fecha de caducidad. Cuando un alimento supera
la fecha de consumo preferente es perfectamente comestible, o al menos su
consumo no comporta riesgo para nuestra salud.
Muchos de los productos que se estropean
por causas físicas pueden consumirse directamente pasada la fecha de consumo
preferente. En otros casos puede ser conveniente transformarlos mediante
técnicas culinarias. Así, una fruta que ya no está tan crujiente o firme puede
destinarse a elaborar zumos, purés u otros productos sin pérdida de calidad. El
pan correoso se puede tostar. Incluso el pan duro se puede triturar y utilizar en distintas recetas.
Siempre es bueno reducir el desperdicio
alimentario, especialmente para la salud del planeta. Pero las soluciones deben
tener en cuenta otros aspectos, como nuestra salud, los costes e incluso cómo
lo planteamos en casa e involucramos a toda la familia.
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