Palpitaban los
labios femeninos y la mirada suplicante, llena de lágrimas, iba ablandando el
reducto rocoso en el que había convertido su corazón. Él no quiso recordar el
sufrimiento pasado. Ahora la sentía débil, desamparada y advirtió cómo iba
cediendo su resistencia. Por fin cejó en
su lucha y la estrechó con fuerza. Notó los brazos fibrosos que, como hiedra
envolvente, le inmovilizaron contra el muro de piedra. Atrapado entre ellos llegó
a sus oídos el leve silbido, la humedad de la lengua bífida y apenas fue
consciente del veneno que empezó a circular por sus arterias.
Mayte
Tudea
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