27 octubre 2022

EL METAVERSO


Hay más de una versión del metaverso, palabra que escuchamos mucho últimamente. No me refiero a la científica, que quizá tenga unas expectativas para el futuro todavía por descubrir, sino a la más cercana que la describe como un ciberespacio –mundo virtual-, donde los seres humanos no podemos actuar como tales. Antes debemos crear nuestros avatares para movernos por él. Allí, con una serie de pasos y requisitos, podríamos vivir lo que en éste, nuestro planeta real, sería imposible. Un sofisticado juego, metáfora de la realidad, que acumula cada día más adeptos por su parafernalia, protocolos y lenguaje exclusivo; donde no hay limitaciones físicas ni económicas. Evasión, al fin y al cabo, aunque algunos llegan a confundirla y creer que han descubierto un mundo factible.  

Ciertamente, el que habitamos es un verdadero caos, se mire por donde se mire. Una realidad, afónica ya de pedir a gritos esos cambios indispensables.   

¿De verdad somos tan incapaces que nos conformamos con colonizar un mundo virtual, con una identidad irreal, porque no podemos manejar el nuestro? Ahí quedan las intenciones oníricas ejecutadas por los avatares: en un limbo virtual sin repercusión en la tierra que pisamos cada día. Sin mayor trascendencia, salvo la de pasar un buen rato con unas gafas aparatosas, auriculares incluidos, y el sentimiento de decepción cuando se las quitan.

Todos los gustos merecen ser respetados, aunque no entiendo tanta fascinación. Yo prefiero otro metaverso: un viaje al País de Nunca Jamás, a Narnia o una merienda con Alicia y el sombrerero loco.    



 

Esperanza Liñán Gálvez  


 

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