Hay
más de una versión del metaverso, palabra que escuchamos mucho últimamente. No
me refiero a la científica, que quizá tenga unas expectativas para el futuro
todavía por descubrir, sino a la más cercana que la describe como un
ciberespacio –mundo virtual-, donde los seres humanos no podemos actuar como
tales. Antes debemos crear nuestros avatares para movernos por él. Allí, con
una serie de pasos y requisitos, podríamos vivir lo que en éste, nuestro
planeta real, sería imposible. Un sofisticado juego, metáfora de la realidad, que
acumula cada día más adeptos por su parafernalia, protocolos y lenguaje
exclusivo; donde no hay limitaciones físicas ni económicas. Evasión, al fin y
al cabo, aunque algunos llegan a confundirla y creer que han descubierto un
mundo factible.
Ciertamente,
el que habitamos es un verdadero caos, se mire por donde se mire. Una realidad,
afónica ya de pedir a gritos esos cambios indispensables.
¿De
verdad somos tan incapaces que nos conformamos con colonizar un mundo virtual,
con una identidad irreal, porque no podemos manejar el nuestro? Ahí quedan las
intenciones oníricas ejecutadas por los avatares: en un limbo virtual sin
repercusión en la tierra que pisamos cada día. Sin mayor trascendencia, salvo
la de pasar un buen rato con unas gafas aparatosas, auriculares incluidos, y el
sentimiento de decepción cuando se las quitan.
Todos
los gustos merecen ser respetados, aunque no entiendo tanta fascinación. Yo prefiero
otro metaverso: un viaje al País de Nunca Jamás, a Narnia o una merienda con Alicia
y el sombrerero loco.
Esperanza Liñán Gálvez
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