A lo largo de nuestro recorrido de vida nos encontramos con
puertas desconocidas que debemos atravesar y todas son expectativas por
descubrir. Nunca sabemos lo que nos espera al otro lado, ya estén cerradas,
abiertas o entreabiertas.
Si están cerradas nos paramos antes de llamar buscando una postura
firme delante de ellas con la incógnita de quién, o qué, habrá después de esa
parada obligatoria. Ante lo desconocido nuestro mecanismo de alerta se pone en
marcha. Si previamente hay escalones, es mejor subirlos despacio para
amortiguar la sensación de que cada peldaño no es un salto de obstáculos, sino otra
ocasión para eliminar la inquietud del preámbulo. Observar cerradura y timbre o llamador
también nos envía señales de lo que podemos encontrar: clásicos abigarrados y
oxidados por la pátina del tiempo, o modernos y funcionales sin
personalidad…Todo forma parte de la antesala del futuro vivencial que nos
espera.
Si están abiertas nos paramos instintivamente en su umbral por
una cuestión de respeto. Los pasos se muestran impacientes y quieren
adelantarse sin pensarlo demasiado. No solemos fijarnos en su color, estado ni
en otros detalles; está de par en par y eso nos basta. Siempre hemos escuchado
que una puerta abierta es una invitación tácita para el visitante. Y bajamos la
guardia porque nuestros ojos, de forma superficial, observan el panorama interior.
Entonces, envían una señal de seguridad al cerebro que se encarga de relajar
cualquier signo de desconfianza. Adelante, el camino se antoja fácil pero
cuidado con mirar en una sola dirección, no vayamos a perder la perspectiva.
También las veremos entreabiertas, éstas son un sí con vocación
de no. Pueden interpretarse como el espíritu de la contradicción, o simplemente
una invitación condicionada a medio camino entre la certeza y la incertidumbre.
De cualquier forma y situación que aparezcan, y ojalá sean
muchas a lo largo del tiempo, nunca dejarán lugar a la indiferencia. Son un estímulo
para nuestros sentidos que nos impulsa a buscar lo que hay más allá de cada
una.
Esperanza
Liñán Gálvez


Interesante reflexión sobre las encrucijadas de la vida. He tenido reminiscencias de la Puerta Verde además de otras más peligrosas y otras más placenteras.
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